Vecinos con demasiado roce Chapter 35
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Chapter 35

¿Y si me he equivocado?

La pregunta se queda suspendida en el salón, entre las paredes, los papeles Patricia y yo.

Spoiler: ninguna de las dos parece saber qué hacer con ella, porque hasta ahora todo era sencillo.

Gael era un cabrón y me había traicionado  y fin de la historia.

Mira tú qué sencillo.

Dolía, sí, pero era sencillo.

Ahora ya no, ahora todo vuelve a parecerme complicado.

Eso no demuestra nada , dice Patricia.

Levanto lentamente la cabeza.

—¿Qué?

No demuestra nada, podría ser una coincidencia.

—¿Una propuesta de colaboración entre Valeria Soler y Nía Beauty es una coincidencia?

Es algo nuevo y grande, es peligroso.

Parpadeo.

No estoy de acuerdo.

Que sea nuevo y grande no lo convierte en peligroso.

Patrici solo quiere acobardarme y meterme miedo.

Vuelvo a bajar la vista hacia los documentos y noto que mis dedos tiemblan.

Paso la primera página, después la segunda, luego la tercera y empiezo a leer de verdad.

Cinco minutos después me duele el pecho, diez minutos más tarde me duele el alma, y a los quince ya no quiero seguir leyendo, porque cada línea destruye una parte de la historia que me he contado durante toda la noche.

Fechas.

Correos entre Gael y ella de ese mismo día, antes del evento.

¿Cuándo? ¡Si estaba conmigo! ¿Cómo no me di cuenta?

Anotaciones.

Observaciones.

Evidentemente todo empieza el mismo día de la estúpida cita perfecta, pero por lo que puedo leer, en todo momento le habla de mí y mi proyecto con el fin de que podamos hacer una colaboración tocha que me lleve a tener una amplísima cartera de clientas.

Patricia guarda silencio, ahora mismo no tiene nada que decir.

Encuentro un par de notas escritas al margen que me dejan muda.

Pequeña.

En la primera pone que la CEO de NíaBeauty debe conservar el control creativo completo y en la segunda que no se debe modificar el concepto original.

Importante: aprobación previa de Virginia para cualquier lanzamiento.

Virginia.

No NíaBeauty.

Virginia.

Yo.

Yo.

Yo.

¡Joder!

Aparto de un manotazo a Patricia y me esfuerzo muchísimo por recordar Valencia.

Pero no la versión que me he repetido toda la noche, sino la verdadera, la real, la que ocurrió, la que  no está empañada por la inseguridad que Patricia vierte sobre mí como si fueran polvos de hada.

Gael escuchándome, Gael preguntándome, Gael interesándose, Gael sonriendo cuando hablé de la colección y Gael diciéndome que era una buena idea, pero no porque quisiera robármela, sino porque le gustaba, le gustaba de verdad.

¡Vio posibilidades y empezó a mover todo!

Me llevo una mano a la boca y siento cómo algo crece por segundos dentro de mí.

Y no, no es Patricia convirtiéndose en el pulpo gigante que acaba siendo Úrsula, la bruja del mar, en la sirenita.

Es algo enorme, horrible y que se parece muchísimo a la culpa.

—Ay, Dios mío —me llevo una mano a la frente, agobiadisima.

Y entonces empiezo a llorar.

Porque claro, esa es la única reacción lógica posible.

Llorar y querer desaparecer bajo tierra, ambas cosas al mismo tiempo.

Es entonces cuando el móvil vibra sobre la mesa, y no necesito mirar la pantalla para saber quién es.

Yo lo sé.

Mi corazón lo sabe, pues da un pequeño vuelco que  me anima a coger el aparato.

Mi estómago también.

¡Hasta Patricia lo sabe!

Gael.

Otra vez.

La llamada sigue sonando hasta que finalmente deslizo el dedo para descolgar.

—¿Sí?

Al otro lado hay silencio, uno tan largo que durante un segundo pienso que se ha cortado.

—Nía —dice por fin, y escuchar su voz juro que es como sentir un bálsamo reparador que me baña desde la cabeza hasta los pies.

Dios mío, su voz.

Las lágrimas vuelven con más fuerza, porque ya no estoy enfadada, pero sé a ciencia cierta que quizá he podido hacerle daño.

—Dime que has leído el contrato, por favor.

No respondo, no puedo, aunque la respuesta es evidente y él lo sabe.

El silencio dura apenas unos segundos, pero son suficientes para que entienda que, efectivamente, lo he visto.

—Vale —dice.

—Gael...

—No —dice y yo cierro los ojos—. Déjame hablar.

Supongo que es lo mínimo que puedo hacer después del ridículo que le he hecho pasar en medio del barrio, no intento interrumpirlo, ni defenderme ni justificarme, porque entiendo que lo más justo es que sea yo quien ahora lo escuche a él.

—Estoy intentando entender qué demonios pasó en ese evento y creo que ya lo sé —dice, y yo trago saliva.

—¿Y qué es?

—Pensaste que te había robado la idea —afirma, como la certeza que es.

La verdad es que escucharlo en voz alta resulta todavía peor.

—Yo… —La voz se me rompe—. Gael…

—No. Esta vez me vas a escuchar tú a mí.

Se hace el silencio, cuelga la llamada y acto seguido escucho a través de la pared unas llaves, una puerta cerrarse y el sonido de unos pasos en el exterior que entran por la ventana abierta.

—Ábreme la puerta, Nía, por favor.

El corazón se me detiene, pero no digo nada.

—Se acabaron los mensajes, las llamadas y las suposiciones.

Durante un segundo vuelvo a verlo en Morella junto a las murallas, mirándome como si yo fuera algo valioso que no quería perder.

—Ábreme la puerta, Virginia, por favor.

Me quedo mirando la puerta de mi casa, esperando con miedo, culpa y esperanza al mismo tiempo.

No tengo armas para enfrentarlo, así que… manos al aire.

Tengo la extraña sensación de que mi vida está a punto de cambiar otra vez.