Chapter 34
DESPUÉS DE LA DISCUSIÓN, LUNES
No la sigo.
No porque no quiera o no necesite hacerlo, es que me he quedado completamente inmóvil, como si acabaran de vaciarme por dentro.
La veo alejarse hacia su casa después de lanzarme mi ropa, sus zapatos y hasta el maldito succionador y no entiendo nada.
En serio.
Absolutamente nada.
La cita estuvo bien. Lástima que fuera parte del briefing.
Las palabras siguen rebotando dentro de mi cabeza una y otra y otra vez.
No.
No.
No, joder.
El aire abandona mis pulmones.
—Mierda.
Me paso una mano por la cara, después la otra.
Mierda.
Mierda.
Mierda.
Valeria.
La conversación.
El evento.
La idea.
Todo.
La muy cabezota piensa que le he robado la idea para dársela a Valeria.
Una carcajada amarga e incrédula escapa de mi garganta.
¡Joder!
Estaba intentando hacer exactamente lo contrario.
Necesito pensar y ordenar esto, porque si voy ahora mismo a su puerta solo conseguiré empeorarlo.
Debe estar herida, estoy seguro.
Mucho.
La recuerdo en Valencia con aquella horchata hablándome de esa nueva idea de NíaBeauty, de los aromas, de los recuerdos y las emociones.
Dios.
Sonrío.
Entonces ya estaba enamorado de ella, ahora lo sé.
¿Es posible en tan poco tiempo? Te digo yo a ti que sí.
Solo alguien como Nía sería capaz de convertir una línea de productos en una historia.
En serio, solo ella.
Por eso precisamente le conté la idea a Valeria, porque sabía que funcionaría y que era brillante, por lo que merecía algo mucho más grande que una tienda online y un puñado de pedidos, merecía que el mundo entero conociera su trabajo, no que se lo robaran.
La diferencia es enorme y ahora ella cree exactamente lo contrario.
Saco el móvil y marco su número, en un movimiento impulsivo.
Da tono, pero no lo coge.
Nada.
Vuelvo a llamar.
Nada.
Una tercera vez.
Nada.
Me apoyo contra la pared y cierro los ojos; no tengo ni idea de qué hacer.
Yo soluciono problemas, más o menos, es mi trabajo.
Conseguir acuerdos, cerrar contratos, convencer personas y encontrar salidas, porque siempre hay una salida.
Siempre.
Pero esto… Esto trata de Nía, y resulta que no tengo ni puta idea de cómo arreglar algo cuando la persona a la que quiero es precisamente la que está rota.
Su mensaje sigue ahí:
Me duele la cabeza. Necesito dormir. Hablamos mañana.
Mentira.
No hemos hablado nada, no me ha dejado, literalmente me ha dejado muy claro que no quiere saber nada de mí.
Para prueba, mi ropa tirada en el suelo, después de haberla lanzado a mi cara.
Aprieto el teléfono entre los dedos.
Quiero ir, subir esas escaleras y llamar a su puerta hasta que me escuche.
Quiero explicarle que la colección no era para Valeria, que era para ella, que la conversación de esa noche terminaba con su nombre encima de la mesa, que el contrato de colaboración está preparado…
que ya que la había invitado al evento, quería intentar sorprenderla de alguna manera después de aquella cita.
Que todo aquello era un regalo, no un robo.
Pero ahora mismo Nía ha decidido creer lo contrario, y hasta que no piense un plan, no hay nada que pueda hacer para cambiarlo.
Un suave viento trae olor a mar, a sal y a verano. El mismo que había cuando la besé y me reconoció que su cita perfecta era aquella.
La Harley, el mirador, ella y yo.
Aprieto los ojos con fuerza y luego miro hacia su casa.
Estoy solo, no hay nadie en las calles del barrio ahora mismo, solo las macetas, las ventanas cerradas y una sensación horrible que tengo instalada debajo de mis costillas.
Reconozco que tengo miedo de haber hecho las cosas mal. Ya no se trata de perder una negociación, de equivocarme o de fracasar.
Tengo miedo de perderla a ella, pero no sé cómo demostrarle que está equivocada, porque para hacerlo tendría que conseguir que volviera a escucharme.
No obstante, sospecho que eso va a ser muchísimo más difícil de lo que imagino.
42 Nía
Haberle montado el pollo que le he montado a Gael no me ha servido para nada.
Me siento igual de mal.
Literalmente.
Hoy no pienso ir al coworking, necesito darme el lujo de intentar estar lo más tranquila posible, lamerme a solas mis heridas y buscar una solución como vea que esa tiparraca de Valeria saca productos iguales a los míos.
Patricia sigue sentada en la silla del escritorio.
Despierta, por supuesto, porque los demonios no necesitan descansar.
Le lanzo una almohada, pero la atraviesa y me frustro todavía más, ni siquiera puedo experimentar la satisfacción de golpear a mis propios pensamientos intrusivos.
Maravilloso.
La ducha tampoco ayuda.
Ni el café.
Ni la tostada de pavo y queso.
Ni absolutamente nada.
No me lo puedo sacar de la cabeza.
Me ha llamado varias veces.
¡Por supuesto que no pienso cogerlo!
Apoyo ambas manos sobre la encimera.
—No vamos a hacer esto.
Ya lo estamos haciendo, Patricia aparece sentada encima de la nevera.
—No necesito tu ayuda.
Eso es exactamente lo que diría una persona que necesita mi ayuda.
—¿Sabes qué?
¿Qué?
—Echo de menos cuando estabas borrosa y terminaste desapareciendo.
Sonríe y eso no me gusta nada.
El móvil vibra y el corazón da un salto estúpido.
Gael.
Otra vez.
Tengo cuatro llamadas perdidas, tres mensajes y ninguno mejora mi humor:
Necesitamos hablar.
Por favor.
Déjame explicártelo.
Aprieto los labios, hay una palabra que me molesta especialmente: Explicártelo.
No negarlo o decirte que te equivocas.
Explicártelo.
Como si hubiera una versión elegante de la traición o como si ponerle un lazo cambiara algo.
Bloqueo la pantalla, dejo el móvil boca abajo y finjo que no me importa.
Fracaso absoluto.
A media mañana el grupo de Las Desgraciadas explota.
India: Buenos días excepto para Gael, que tiene a Nía secuestrada y no ha aparecido ni por aquí ni nada.
Bruna: ¿Qué ha pasado?¿Por qué no estás aquí?
Vega: Yo también necesito contexto.
Maldición.
Durante unos segundos me planteo ignorarlas, pero después recuerdo que llevo demasiadas horas teniendo la misma conversación con Patricia y, sinceramente necesito que alguien más participe.
Nía: Creo que Gael me ha utilizado.
Cinco segundos. Diez. Quince.
Después:
India: Y vive exactamente en la casa de al lado, ¿no?
Bruna: India.
India: Es para hablar.
Vega: No es para hablar.
India: Ya, la verdad es que no.
La sonrisa me dura apenas un segundo, porque después tengo que contarlo todo: el evento, Valeria, la conversación que escuché entre ellos…
Cuando termino nadie responde durante casi un minuto y eso me pone más nerviosa que cualquier otra cosa.
Finalmente aparece un mensaje de Bruna:
Bruna: Joder.
India: Lo mato.
Vega: ¿Le has preguntado?
Me quedo mirando la pantalla sin responder más tiempo del que debería.
Nía: ¿Qué?
Vega: Si le has preguntado antes, durante o después de hacerle pasar semejante ridículo en la calle.
Nía: Pues… no, preguntarle lo que se dice preguntarle… Escuché la conversación.
Vega: Eso no responde a mi pregunta.
Me siento un poco incómoda, la verdad sea dicha. ¿No tengo la razón?
Nía: No hacía falta preguntar.
Vega: Entonces no.
Nía: Vega.
Vega: Solo digo que te fuiste antes de escucharlo completo.
Nía: Porque ya había escuchado suficiente.
Vega: ¿Seguro?
Termino aquí la conversación, no tengo ganas de seguir hablando.
¿Soy un poco cobarde por no enfrentarme a las consecuencias de mis actos?
Posiblemente.
*
El timbre suena poco después del mediodía, pero no espero a nadie, así que frunzo el ceño.
Miro por la mirilla y descubro que es un mensajero.
¿Un mensajero?
Un paquete no traerá, porque los coches no suben por Santa Cruz.
Abro la puerta, ansiosa por descubrir qué quiere.
—¿Virginia Montemayor?
—Sí.
—Firme aquí, por favor —me pide tras decirle mi número de DNI.
Obedezco y me entrega una carpeta gruesa que parece bastante profesional, con mi nombre escrito en una pegatina blanca.
De verdad que no entiendo nada. Mi vida, desde luego, es una sitcom.
¿Dónde está Toñi Moreno?
Porque esto ya es el colmo…
Cierro la puerta, dejo la carpeta sobre la mesa y durante unos segundos no la abro.
Estoy cansada, no tengo ganas y el mundo puede esperar cinco minutos, digo yo.
Patricia observa la carpeta.
Ábrela , rumia en mi oído.
—No.
Ábrela, cabezona.
—No.
Vamos, ábrela.
Resoplo.
Y finalmente lo hago: abro la solapa, extraigo los documentos y empiezo a leer.
La primera página no significa nada, la segunda tampoco, pero la tercera me hace abrir los ojos como platos y seguir leyendo muy interesada.
Mis pupilas se quedan clavadas en una línea concreta y dejan de avanzar. Retroceden y vuelven a leer.
Así una, dos y hasta tres veces, por si acaso, no vaya a ser que me haya vuelto loca.
PROPUESTA DE COLABORACIÓN ENTRE VALERIA SOLER Y NÍABEAUTY
El aire desaparece de mis pulmones y de repente ya no escucho nada a mi alrededor. Ni Patricia, ni los vecinos, ni el ruido del barrio.
Solo una pregunta, una única pregunta que lleva horas intentando abrirse paso entre toda mi rabia.
¿Y si me he equivocado?