Vecinos con demasiado roce Chapter 33
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Chapter 33

No recuerdo cómo llego hasta la salida ni quién me abre paso ni tampoco si me cruzo con alguien conocido.

Solo sé que le escribo un mensaje a Gael, porque a mí sí me queda educación y saber estar, no como a él, y salgo de allí como alma que lleva al diablo.

Solo recuerdo el mar, las luces del evento y la sensación de que algo acaba de romperse dentro de mí.

Supongo que ese algo se llama confianza.

—Taxi —le digo al primer conductor que encuentro.

No sé qué estado parezco tener, quizá tengo cara de estar completamente descompuesta por una diarrea estratosférica o algo, pero el señor se baja del taxi y me abre la puerta trasera y todo.

—¿Está todo bien? —me pregunta cuando me siento.

Le miro los ojillos a través del espejo retrovisor y compruebo que es un señor calvo.

—Al barrio de Santa Cruz, por favor.

¿Que tengo el vomitao’ en la garganta?

Sí.

¿Pienso echarle la papilla al pobre señor calvo?

No.

Nunca vomito.

No sé hacerlo, no puedo, siento que mis ojos explotarán y moriré.

Así que dejo reposar la espalda sobre el asiento y Alicante empieza a moverse al otro lado de la ventanilla.

Patricia no se ha ido, claro, porque los peores momentos de mi vida siempre han venido con ella de acompañante.

No hables , le digo.

¿Por qué? , pregunta ella.

Porque no te quiero escuchar , me remuevo en el asiento.

Curioso, eso mismo deberías haber pensado antes de contarle tu idea.

Cierro los ojos de forma fuerte, tanto que me duele detrás de las cuencas, pero da igual porque la conversación sigue reproduciéndose dentro de mi cabeza.

Una y otra vez.

Como esa canción que te da cringe pero tampoco puedes dejar de cantar tipo como la de Tengo un plan, dime tú si nos vamos…

Me apoyo contra la ventanilla e intento respirar y encontrar una explicación lógica a la conversación que he escuchado.

Una.

Solo una.

Pero cuanto más lo intento, peor resulta todo.

Porque entonces aparece Valencia, ese paseo y la conversación que tuvimos Gael y yo, donde le conté mi idea.

—Quiero hacer una colección basada en emociones.

Gael tarda unos segundos en responder.

—Explícame eso.

—Por ejemplo... nostalgia. O calma. O valentía. O amor. Que cada producto tenga un aroma diferente asociado a una emoción concreta, pero también una historia detrás, una historia real. Algo que haga que la gente se identifique, que recuerde a alguien, un lugar o una etapa vital concreta.

—Porque la gente no recuerda las cosas —dice él.

Lo miro.

—¿Cómo?

—La gente recuerda cómo se sintió.

Me quedo quieta.

—Sí. Exactamente. Es eso. Justo eso.

Gael asiente despacio.

—Es una buena idea, Nía.

Es una buena idea, me dijo.

¡Dios! ¡Claro que era una buena idea!

Tan buena que ahora otra persona, concretamente Valeria, que tiene más poder, más seguidores y seguramente más dinero que yo, la va a llevar a cabo antes que yo porque Gael se lo ha contado.

Ya sabía yo que esa forma de sonreírle no era ni medio normal.

Siento un pinchazo en el pecho y no puedo evitar que los recuerdos me colapsen completamente la cabeza.

Gael escuchándome atentamente, Gael haciéndome preguntas, Gael interesado, Gael pensativo, Gael diciendo que era una buena idea…

Todo encaja.

Todo.

Y eso es lo peor.

Porque cuando una mentira encaja demasiado bien resulta imposible dejar de creerla.

Te lo advertí, dice Patricia. Te dije que iba a salir mal, que enamorarse era una pésima idea.

—¡CÁLLATE! —exclamo completamente desequilibrada.

El taxista me mira por el retrovisor. Está acojonado, lo entiendo perfectamente, yo también lo estaría.

Debo parecer la niña de la curva, la de The Ring o yo qué sé.

O a lo mejor piensa que voy hasta arriba de psicotrópicos.

Ojalá, la verdad, eso tendría una explicación más válida para este señor, que piensa que estoy delulu.

Pero es que la realidad es que estoy delulu, porque Patricia no me deja vivir.

Sonrío, y la sonrisa que le ofrezco es completamente de psicópata.

Pobre hombre.

—No era contigo.

El hombre asiente, aunque sé que ahora mismo se siente inseguro llevándome en el asiento de atrás.

No obstante, en exactamente dos minutos, me apeo del coche tras pagarle y cuando me dispongo a subir las escaleras del barrio, me doy cuenta de que me tiemblan las manos y los pies.

Además, tengo media cara dormida.

¡Tranquila, no es un ictus!

Se llama Patricia y ha vuelto tras un día de tregua.

Aun así, cuando el aire desaparece de mis pulmones es al llegar a mi casa, porque lo primero que veo es su camiseta negra y arrugada, que ya debe haberse secado de la lluvia, sobre la silla del salón.

Después los vaqueros y la sudadera.

Todo sigue ahí, como si estuviera esperándome o perteneciera a esta casa.

Hace apenas unas horas me parecía adorable, ahora me parece una broma cruel y de muy mal gusto.

Mira qué bonito , dice Patricia. Ha dejado recuerdos por todas partes, el muy mamón.

La ignoro y cojo la camiseta porque soy imbécil.

Claramente me gusta sufrir, así que también debo ser masoquista.

Es como cuando estás triste y te pones la película de Siempre a tu lado, Hachiko para llorar lo que no has llorado en toda tu vida, pues cavas tu propia tumba.

La huelo, por supuesto, y todavía huele a él.

Esto me termina de rematar, como era de esperar, porque odio que siga oliendo a él y odio todavía más que una parte de mí quiera abrazarla.

Me dejo caer en el sofá con la camiseta entre las manos y noto cómo me escuecen los ojos.

No.

No voy a llorar.

Ni por él.

Ni por esto.

Ni por nadie.

El móvil vibra y mi corazón reacciona antes que yo.

Es Gael, por supuesto, que me está llamando.

No lo cojo, no pienso hacerlo, así que se corta, pero luego de nuevo vuelve a sonar.

Tampoco respondo.

Y otra vez.

Y otra.

Hasta que finalmente el teléfono se queda en silencio.

Patricia observa la pantalla.

Qué insistente, murmura.

El móvil vibra de nuevo, pero esta vez es un mensaje: ¿Has llegado bien?

Lo miro y no respondo.

Llega otro: Me he preocupado al no encontrarte.

Otro: ¿Estás bien?

Una parte de mí quiere contestar y escribir: No. ¿Por qué lo has hecho? ¿Ha sido todo mentira?

Pero no hago nada, porque si pregunto existe la posibilidad de que me responda y si me responde existe la posibilidad de que me crea cualquier explicación absurda.

Y ahora mismo necesito estar enfadada y aferrarme a algo para justificar mi comportamiento.

El móvil vuelve a vibrar y leo un: ¿Podemos hablar?

Suelto una carcajada pequeña y vacía.

Hablar, dice.

Claro.

Ahora.

Después de todo.

Mis dedos se mueven solos: Me duele la cabeza. Necesito dormir. Hablamos mañana.

Lo envío y me odio inmediatamente, porque es mentira,  sé perfectamente que no voy a pegar ojo en toda la noche.

La respuesta llega casi al instante: Vale. Descansa. Hablamos mañana. ❤️

El emoticono de corazón me atraviesa como una bala y lo observo durante varios segundos; después dejo el móvil boca abajo, como si eso pudiera borrar lo que ha pasado.

A las dos de la madrugada sigo despierta, ni siquiera he cenado.

A las tres también y ya no tengo dudas.

A las cuatro ya he repasado la conversación del evento unas cincuenta veces en mi cabeza y no quiero escuchar explicaciones.

A las cinco he reconstruido cada minuto de esa maldita cita. Cada pregunta, respuesta y mirada. Cada silencio. Y en todas las versiones la historia termina igual: Gael sabía lo que estaba haciendo, conocía a Valeria, escuchó mi idea y se la contó.

Todo encaja.

Todo.

Patricia ya no dice nada, simplemente permanece sentada al pie de la cama observando.

Porque ambas sabemos que el daño ya está hecho.

Decido que lo odio.

Lo peor es que sigo queriéndolo exactamente igual.