Vecinos con demasiado roce Chapter 31
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Chapter 31

Cuando aparcamos la Harley a las faldas del barrio, Alicante sigue exactamente igual.

Y, sin embargo, nada lo está, porque ayer por la mañana salimos de aquí siendo vecinos y ahora…

Bueno, ahora no sé exactamente qué somos, pero definitivamente vecinos no.

Nos ha llovido por el camino y nuestra ropa está completamente mojada.

—Hemos vuelto —murmuro.

Gael se quita el casco y yo hago lo mismo.

—Parece ser.

—Qué mala educación.

—¿El qué?

—No avisar.

—¿Avisar de qué?

—De que ibas a poner mi vida patas arriba en un fin de semana.

La sonrisa que aparece en su cara debería estar prohibida.

—Lo tendré en cuenta para la próxima vez.

Mi corazón se vuelve imbécil automáticamente, porque está dando por hecho que habrá una próxima vez.

Y porque, sinceramente, yo también.

Subimos las escaleras hasta mi casa, abro la puerta y entonces ocurre algo rarísimo, porque llevo toda la vida entrando aquí, toda, pero nunca lo había hecho acompañada de alguien que me importara tanto.

La casa parece distinta y todo parece más íntimo de repente, como si alguien hubiera encendido una luz nueva.

—Hola, casa —murmuro.

—Hola, casa de Nía —dice Gael.

—No le hables a mi casa.

—Tu casa parece simpática.

—Mi casa tiene criterio.

—Entonces seguramente no le caigo bien.

—Eso seguro.

Gael deja la mochila en el suelo, cierro la puerta y durante unos segundos nos quedamos mirándonos, tan mojados por la lluvia como vamos.

Ahora no hay carreteras, ni hoteles ni sobres.

Solo él y yo.

Gael da un paso, después otro y cuando llega hasta mí ya no recuerdo qué iba a decir, hacer ni por qué respirar parecía importante.

—Hola —susurra.

—Hola.

—Te he echado de menos durante el rato que hemos tardado en llegar desde el mirador.

Me río y él aprovecha para besarme, porque es un tramposo y porque sabe exactamente cuándo hacerlo.

Mis manos terminan en su cuello, las suyas en mi cintura y durante unos segundos nuestro alrededor desaparece.

Otra vez.

Media hora después, Gael está duchándose en mi baño.

Y yo estoy sentada en el sofá intentando parecer una persona normal, aunque fracaso absoluto.

Mi móvil vibra.

Grupo: Las Desgraciadas.

Bruna: TODO BIEN???

India: Necesitamos pruebas.

Vega: Las pruebas pueden ser fotográficas.

Nía: No. JAJAJA. Estáis locas. Ya hemos llegado de vuelta.

Vega: ¿Qué tal la ruta?

Nía: Ha sido perfecta.

Bruna: Madre mía.

India: Está enamorada.

Vega: Está enamoradísima.

Nía: Callaos.

India: ¿Dónde está ahora?

Miro hacia el pasillo y afino el oído, sigue escuchándose el agua del baño, por lo que todavía no ha terminado de ducharse.

Nía: Duchándose.

El grupo explota, literalmente.

Literalmente.

Bruna: AAAAAAAAAAAAA

India: ¿EN TU CASA?

Vega: ¿USANDO TU BAÑO?

India: Eso es muchísimo más íntimo que el sexo.

Bruna: Totalmente.

Nía: Por favor.

Vega: No, escúchame. Compartir lavabo es el principio del fin.

E intercambiar los números de teléfono como hemos hecho, también, pienso.

Lo peor es que tienen razón, porque cuando Gael sale del baño con el pelo húmedo, sin camiseta y con una toalla sobre los hombros, me doy cuenta de que compartir lavabo debería estar regulado por ley.

Es demasiado íntimo, en efecto, muchísimo más que besarse, porque implica presenciar cosas, rutinas, gestos y vida real.

Por ejemplo, él se afeita mientras yo me maquillo, le robo el secador, me roba el espejo, yo protesto y él también.

Y de repente parece que llevamos haciendo esto toda la vida.

—No tienes espacio para nada —dice.

—Tengo un espacio perfectamente organizado.

—Si tú lo dices… —dice arqueando las cejas—. Madre mía, la que nos ha caído en un momento.

Los vaqueros, su camiseta negra y la chaqueta de cuero están sobre la silla, mojadas todas las prendas, como si pertenecieran a esta casa y él también.

La idea me provoca un vuelco extraño en el corazón, de los peligrosos.

Pero creo que ya no me asusta.