Chapter 30
No puedo dormir.
Lo intento, de verdad que lo intento, pero no puedo.
LLevo un rato metido en la cama y no hay manera.
Miro el techo, me giro hacia la izquierda, después hacia la derecha.
Me tapo, me destapo.
Nada.
Ni una posibilidad.
Mi cuerpo está en la habitación 204 de un hotel rural precioso, con vigas de madera y una cama cómoda, pero mi cabeza en cambio sigue en la muralla.
Con Nía, su boca, sus dedos agarrándome la camisa y ese beso que no debería haber ocurrido y que, precisamente por eso, se me ha quedado clavado en todas partes.
Me paso una mano por la cara.
—Joder.
Muy maduro, Gael, muy maduro.
La habitación está casi a oscuras, solo entra algo de luz desde la calle, una luz amarilla y tenue que dibuja la silueta de la ventana sobre el suelo.
Al otro lado de la pared está ella, en la 205, separada por unos centímetros de piedra, pintura y una decencia que empieza a parecerme completamente sobrevalorada.
No sé qué está haciendo, quizá duerme, habla con sus amigas o quizá se arrepiente.
Me incorporo en la cama ante esa última posibilidad.
Claro, es que Nía tiene todo el derecho del mundo a arrepentirse, a asustarse y a volver mañana a Santa Cruz y fingir que esto solo ha sido una ruta bonita con una ruta en moto, horchata, sobres y un beso en un pueblo precioso.
Pero yo no sé si podría fingirlo, no después de hoy ni tras verla hablar de su iaia en Altea como si el amor pudiera seguir vivo en una flor sobre un recibidor.
No después de verla conducir mi Harley con esa risa que todavía tengo metida en el pecho, ni mucho menos después del beso, porque hay besos que se olvidan al cabo de un rato y luego está el suyo, que se ha quedado aquí, en mi boca, en mi piel, en mis manos y en un sitio del pecho donde yo no suelo dejar entrar a nadie.
Me levanto, camino hasta la ventana, nervioso, y recuerdo esa pregunta que escribí yo mismo pero que me tocó esquivar.
Qué cobarde y qué suerte he tenido.
Aún así, no puedo dejar de pensar en la respuesta que podría ser ayer, hace tres semanas o hace dos meses.
Todo eso me lleva directamente a mi madre, al tanatorio, a mi padre sentado en una silla de plástico, con las manos juntas y la mirada perdida, a mi hermana llorando en un baño, a mí firmando papeles, llamando a familiares, buscando ropa, decidiendo flores, contestando mensajes, a todas las veces que alguien me dijo que era muy fuerte y a ninguna de las veces que nadie me preguntó si podía con aquello.
Trago saliva.
No.
Definitivamente no voy a dormir, así que solo se me ocurre hacer una cosa.
TOC.
TOC.
Entonces escucho algo.
TOC.
TOC.
Espero.
El corazón me late con una estupidez impropia de un hombre adulto.
Otro golpe.
TOC.
Me río por lo bajo, no sé qué significa, pero mi cuerpo lo interpreta de una manera muy concreta e impulsiva: necesito verla.
Me pongo la camiseta y salgo de la habitación antes de pensar demasiado.
El pasillo está en penumbra, la madera cruje bajo mis pies y me detengo frente a su puerta, la 205.
Durante unos segundos no hago nada, solo estoy ahí como un imbécil, delante de la habitación de una mujer que acaba de besar y que le está desordenando la vida entera.
Llamo.
Dos golpes.
TOC.
TOC.
La puerta se abre casi al instante y se me olvida todo.
Nía está al otro lado con el pelo suelto, la cara lavada y un pijama que le queda demasiado bien.
Me quedo mirándola un segundo más de lo prudente.
—No puedes dormir —afirmo.
Ella cruza los brazos.
—Tú tampoco.
—No he preguntado.
—Yo tampoco.
Sonríe y noto el nerviosismo en su boca.
—¿Me has llamado? —pregunta, señalando la pared.
—He dado dos golpes.
—Eso, en nuestro idioma, es prácticamente una declaración formal.
—Nuestro idioma es bastante limitado.
—Pero eficaz.
Nía baja la vista un segundo.
Cuando vuelve a mirarme, la broma ya no le alcanza del todo.
—No sabía que estabas despierto.
—Lo estaba.
—Ya.
—Mucho.
Se le escapa una sonrisa pequeña y después mira hacia el pasillo vacío.
—¿Quieres pasar?
Podría decir que no. Debería, quizá.
Podría decirle que es tarde, que ha sido un día intenso, que mañana hablaremos con más calma y que no quiero que haga nada de lo que pueda arrepentirse.
Podría decir cualquier cosa sensata, pero Nía está en la puerta con los ojos brillantes y una vulnerabilidad que no intenta esconder del todo.
Y yo llevo demasiadas horas intentando ser sensato.
—Sí —respondo.
Entro y Nía cierra la puerta despacio, como quien aparta el mundo durante un rato.
La habitación es casi igual a la mía, pero en ella parece distinta: más cálida y habitada.
Nía se queda de pie, a pocos pasos de mí, y de repente ninguno de los dos sabe muy bien qué hacer con las manos.
Lo cual es absurdo, teniendo en cuenta que hace menos de una hora las mías estaban en su cara y las suyas en mi camisa.
—Esto es raro —dice.
—Un poco.
—No quiero que sea raro.
—Yo tampoco.
—Pero lo es.
—Sí.
Ella suspira y se ríe bajito.
—Qué desastre.
—Bastante.
—Se supone que tú deberías tener alguna frase de esas tuyas.
—¿De esas mías?
—Sí. Algo de hombre seguro, vecino guapo que friega mal y organizador de citas.
—Se me han acabado.
Nía me mira y entonces su expresión cambia, porque entiendo lo que acabo de decir. No que no tenga ocurrencias, sino que no quiera usarlas ahora o con ella.
Me acerco un paso.
—No quiero estropear esto —digo.
Nía traga saliva.
—¿El qué?
Podría decir el beso, la cita, la noche, nosotros.
Pero ninguno de esos términos me parece suficiente.
—Lo que sea que está pasando.
Ella se queda en silencio y durante un segundo tengo miedo de haber dicho demasiado.
Luego da un paso hacia mí.
—Yo tampoco —dice, y me mira como si estuviera a punto de saltar desde un sitio muy alto y aún no hubiera decidido si quiere que la empujen o que la sujeten.
—Pero también me da miedo hacer como si no pasara nada.
—A mí también —confieso.
Sus ojos se suavizan.
—¿A ti?
—Mucho.
—No tienes pinta.
—Trabajo mucho la fachada.
—Te queda bien.
—Gracias.
Sonríe y eso nos salva un poco, devolviéndonos a un lugar donde podemos respirar, pero sin eliminar la tensión y el deseo que existe entre los dos.
Ni, por supuesto, la certeza de que estamos de pie en una habitación de hotel, demasiado cerca y con demasiadas ganas de dejar de pensar.
Nía baja la mirada hacia mi boca y eso me impulsa a avanzar otro paso.
—Si me acerco más, necesito que estés segura.
Ella me sostiene la mirada y no encuentro bromas ni huidas ni frases afiladas.
—Estoy segura —dice.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza, mi mano roza la tibia piel de su cuello y ella cierra los ojos.
Siento ese gesto en algún lugar de mi cuerpo que no sé nombrar y la beso de nuevo.
Sus dedos suben a mi nuca, se enredan en mi pelo y yo pierdo un poco el hilo de todo, pues conforme el beso se hace grande, nosotros también.
Nía se ríe contra mi boca cuando tropiezo con la pata de la cama.
—Muy elegante.
—Estoy bajo presión.
—¿Mucha?
—No tienes ni idea.
—Pobrecito.
La miro y tiene los labios hinchados, el pelo revuelto y una sonrisa que podría arruinar carreras profesionales.
—No te rías de mí, Virginia María.
—Me río muchísimo.
La cojo por la cintura y ella deja de reírse.
O casi.
Porque la risa se le queda atrapada entre la boca y la respiración cuando vuelve a besarme.
Y entonces todo se vuelve más lento, más serio y más nuestro.
Nos sentamos en el borde de la cama sin dejar de mirarnos y Nía me toca la cara con los dedos, como si quisiera comprobar que estoy aquí.
A mí también me cuesta creer que este día haya empezado con una moto, un sobre y un sueño de cuando tenía diez años y termine con ella delante y con todo lo que no hemos dicho llenando la habitación.
—Gael —susurra.
—Dime.
—No quiero pensar.
—Entonces no pensemos —respondo.
Y, durante algunas horas, dejamos que el mundo sea solo esta habitación, esta cama y esta forma nueva de decirnos la verdad sin usar ninguna palabra.
*
Me despierto cuando una claridad muy leve empieza a colarse por la ventana.
Durante unos segundos no me muevo al comprobar que Nía está dormida a mi lado.
Tiene el pelo extendido sobre la almohada, una mano cerca de la cara y la respiración tranquila.
Parece en paz.
Con mucho cuidado, le aparto un mechón de pelo de la mejilla y se acerca un poco más a mí, todavía sin despertarse.
Y yo, que llevo años creyendo que se me da muy bien no necesitar a nadie, descubro que podría acostumbrarme peligrosamente a esto: su calor, su peso ligero junto a mí, el sonido de su respiración y la certeza sencilla de que no me gusta tanto como creía estar solo.
Debo haberme vuelto loco… no la conozco.
¿Entonces por qué mi corazón late así cuando estoy cerca de ella?
No sé qué somos, qué va a pasar cuando volvamos o si esto ha sido un paréntesis o el principio de algo que ninguno de los dos sabe manejar.
Pero lo que sí sé es que cuando preparé esta cita pensé que estaba intentando ganar una apuesta, pero menudo idiota, no estaba intentando ganar nada, solo encontrar la manera de estar cerca de ella.
Y ahora está aquí, dormida a mi lado, con una expresión tranquila en la cara y mi vida un poco más desordenada que ayer.
Sonrío, apoyo la cabeza en la almohada y vuelvo a mirarla.
Toda la vida había pensado que enamorarse era una caída en picado y resulta que no, que se parece mucho más a encontrar por fin un lugar donde dejar de fingir que estás bien.
37 Nía
DOMINGO
Lo primero que noto al despertarme es el calor, lo segundo el brazo que rodea mi cintura, así que llego a la conclusión de que no tengo ninguna intención de moverme, porque estoy muy agustito.
Abro los ojos despacio y la luz de la mañana apenas se cuela por las cortinas, dibujando sombras suaves sobre las paredes de piedra.
Durante unos segundos me quedo inmóvil, respirando y sintiendo nada más.
La almohada, las sábanas y el cuerpo de Gael detrás del mío.
Respira de forma tranquila, no parece que esté despierto, y la forma en que me tiene abrazada es como si fuera la cosa más natural del mundo entre los dos.
Me giro despacio, Gael tiene los ojitos cerrados y un estado de completa paz impreso en su rostro.
Tiene el pelo revuelto, la barba un poco más marcada y los labios ligeramente hinchados.
Por el amor de Dios… es tan guapo que duele.
Sin poder evitarlo, alargo una mano y le aparto un mechón de pelo de la frente.
Mal.
Fatal.
Abre un ojo y casi me tiemblan los dedos.
—Te he pillado.
Cierro los míos inmediatamente.
—Estoy dormida.
—Claro.
—Profundamente dormida.
—Por supuesto.
Noto cómo se ríe y después acerca un poco más la cara a la mía.
—Buenos días, vecina.
Y ahí, justo ahí, mi corazón decide hacer el ridículo antes incluso del desayuno.
*
El comedor del hotel parece sacado de una postal.
Hay mesas de madera vestidas con manteles de cuadros, ventanas enormes por las que entra la luz de la mañana y un buffet con pan recién hecho, mermeladas caseras, quesos, embutidos, tomate rallado, aceite de oliva, croissants, bizcocho, fruta y café.
—¿Vas a comerte todo eso? —pregunta Gael observando mi bandeja.
—¿Vas a juzgarme?
—Un poco.
—Entonces sí.
Nos reímos y durante un rato hacemos exactamente lo que hacen las personas felices: nada extraordinario.
Solo desayunar, hablar, compartir una cesta de pan, discutir sobre cuál es la cantidad aceptable de mermelada en una tostada y olvidar durante unos minutos que el mundo sigue girando ahí fuera.
Cuando terminamos el café, Gael deja la taza sobre el plato.
—Hoy tengo un evento.
Levanto una ceja, interesada.
—¿Un evento?
—Con varios creadores de contenido.
—Qué moderno te ha quedado eso —digo poniendo los ojos en blanco.
—Influencers.
—Mucho mejor. ¿Y?
Se encoge de hombros.
—Podrías venir.
Parpadeo varias, sorprendida.
—¿Yo?
—Claro.
—¿Con influencers?
—Sí.
—¿Voluntariamente?
—¿Cómo, sino?
—¿Y qué he hecho yo para merecer semejante castigo?
Gael se ríe.
—Te servirá para dar a conocer NíaBeauty .
La guasa desaparece de mi cara, porque de repente ya no parece una invitación cualquiera, sino que se puede percibir a través de sus pupilas un interés genuino.
En mis cosas, mi trabajo y mis sueños.
—¿Lo dices en serio?
—Claro que lo digo en serio.
Lo miro durante unos segundos y algo dentro de mí se derrite un poquito.
—Me lo pensaré.
—Mentira.
—Totalmente —me jacto.
—Vendrás —afirma.
—Probablemente.
—Lo sabía —dice, el muy creído, y su sonrisa es tan satisfecha que me entran ganas de tirarle una servilleta.
*
El viaje de vuelta se siente diferente, más tranquilo.
La Harley avanza por las carreteras de la costa y el viento juega con mi pelo.
Mis brazos rodean la cintura de Gael sin necesidad de buscar excusas, porque ya no hay ninguna que valga, pienso que todas las cartas están sobre la mesa.
A media mañana nos detenemos en un mirador, uno de esos lugares donde el Mediterráneo parece infinito.
El cielo está despejado, las gaviotas sobrevuelan los acantilados y el agua brilla como si alguien hubiera derramado miles de monedas sobre la superficie.
Bajo de la moto, me quito el casco y, sin darme cuenta, me topo con el último sobre ante mis ojos.
El número siete.
—¿Preparada? —pregunta.
No, quiero decir.
Sí.
No lo sé.
Lo cojo igualmente y lo abro despacio.
SObrE 7
¿Cuál sería tu cita perfecta?
Me quedo inmóvil, vuelvo a leer la pregunta y entonces…
Sonrío.
Con ganas, enseñando los dientes, de corazón.
Para esta pregunta no necesito buscar una respuesta, pensar ni protegerme.
Levanto la vista, miro alrededor, observo la moto, el mar, los acantilados, recuerdo los sobres, la brisa, todo lo que hemos hecho juntos desde que salimos de Santa Cruz.
Cada pregunta y cada respuesta.
Después lo miro a él, a Gael, que me observa con detenimiento, como si esta fuera la única pregunta que realmente le importa.
Mi sonrisa se hace un poco más grande, si es que es posible.
—¿Ya lo sabes? —pregunta.
Asiento con la cabeza.
—Sí.
—¿Y?
Bajo la vista al sobre, para hacerme un poquito la interesante, más que nada, y después vuelvo a mirarlo.
Digo la verdad, por supuesto:
—Esta.
El silencio que sigue dura apenas un segundo, pero a mí me parece eterno, pues algo en la expresión de Gael cambia, se ilumina y me hace pensar que acaba de ganar una batalla que llevaba mucho tiempo peleando.
No dice nada.
Por raro que parezca no presume, ni bromea, pero sonríe, por lo que tampoco intenta ocultar que se siente feliz.
Y esa sonrisa… Madre mía.
Esa sonrisa.
—Esta, ¿eh? —murmura.
—Esta.
—Qué poco original.
—Cállate.
—Jamás.
Nos acercamos el uno al otro y nos besamos.
Sin penitencias, ni sobres, reglas o excusas, simplemente porque ambos queremos y porque llevamos muchas horas recorriendo carreteras, playas, ciudades y murallas para terminar exactamente aquí, en este beso, en este instante, con el Mediterráneo extendiéndose a nuestros pies y la sensación maravillosa de que ninguno de los dos tiene prisa por llegar a ninguna parte.