Chapter 29
Leo la pregunta una vez.
Dos.
Tres.
Pero las palabras no cambian: ¿Qué es amar para ti?
Así, sin anestesia y sin la posibilidad de convertirlo en una broma sobre croquetas o habitaciones separadas.
Levanto la vista y veo que él también está mirando la tarjeta que me ha dado.
Pero no sonríe, no arquea una ceja ni tampoco hace ninguna broma, porque no parece el hombre que preparó esta cita con sobres, normas y penitencias diseñadas para sacarme de quicio, sino alguien que también acaba de darse cuenta de que el juego se nos ha ido de las manos.
—No me gusta este sobre, no puedo expresarlo con palabras, creo —murmuro.
Gael tarda un segundo en responder.
—Tienes razón.
—Es tu juego —le recuerdo.
—Empiezo a sospechar que el Gael que preparó esta cita es imbécil.
Eso debería hacerme reír, pero la realidad es que la carcajada se queda a medias atorada en mi garganta, porque la pregunta sigue aquí, entre nosotros, y es enorme, peligrosa y no del todo cómoda.
¿Qué es amar para ti?
Pienso en la iaia , en sus manos arrugadas pelando patatas, en las flores del recibidor, en la casa de Santa Cruz y en esa sensación de seguridad que describí en Altea y que desde entonces no ha dejado de perseguirme.
Pienso en NíaBeauty, que me lleva a la necesidad de construir algo que se parezca a un hogar cuando el hogar que tuviste ya no está.
Y de pronto pienso en Gael, no sé por qué. Pero me viene su imagen conduciendo la Harley, callando cuando necesito tiempo, riéndose conmigo a pecho descubierto, dejándome ganar una pregunta absurda, mirándome como si cada respuesta mía le importara de verdad, estando a mi lado…
Trago saliva.
—No sé responder —digo, y mi voz suena más pequeña de lo que me gustaría.
Gael mira la muralla y después me mira de nuevo a mí.
—Yo tampoco —me da la razón y se toca la nuca con una de sus manos.
No sé por qué, pero su respuesta me duele y me calma al mismo tiempo, como si hubiera admitido que estamos en el mismo sitio, perdidos, un poco asustados y sin saber si avanzar o fingir que todavía podemos volver atrás.
—Es una pregunta muy grande —digo.
—Demasiado grande para después de habernos bebido una botella de vino.
—Demasiado grande para ti —digo bajito.
Me mira, aunque no sabría descifrar su expresión con claridad.
—Eso último ha sobrado.
—Necesitaba recuperar el equilibrio.
—¿Y lo has conseguido?
Niego con la cabeza.
—No. —La sinceridad se me escapa antes de poder frenarla.
Y entonces nos quedamos callados y nos envuelve esa clase de silencio que aparece cuando dos personas saben que hay una respuesta, pero todavía no se atreven a tocarla.
Gael baja la mirada hacia la tarjeta.
—Hemos perdido los dos.
—Eso parece.
—La penitencia también es para los dos.
—Técnicamente sí.
—Técnicamente.
No sé quién se mueve primero.
Quizá él.
O yo.
Quizá Morella decide empujarnos un poco con la brisa estival.
El caso es que acabamos de pie junto a la muralla, uno al lado del otro, muy cerca, tanto que mi hombro roza el suyo y su mano queda a unos centímetros de la mía.
Un minuto.
Ese era el trato, ¿no
Sin hablar, sin mirar el teléfono, sin mirar a otra parte.
Yo miro al frente, o al menos eso intento, pero notar a Gael tan cerca y tener prohibido mirar a otro sitio es una trampa.
Una trampa ridícula y preciosa, pero una trampa al fin y al cabo.
Los primeros diez segundos son extraños, los diez siguientes insoportables y a los treinta empiezo a ser consciente de cada parte de mi cuerpo, mi corazón golpeando demasiado fuerte y la respiración de Gael a mi lado.
A los cuarenta, me pregunto si él estará contando también, a los cincuenta dejo de contar porque uno de sus dedo roza uno de los míos.
No aparta la mano y yo tampoco.
Nuestros dedos se tocan otra vez y el mundo, que hasta hace un segundo era un pueblo de piedra, murallas y brisa, se reduce de pronto a ese punto exacto: su piel y la mía.
El minuto termina, lo sé porque Gael respira hondo, pero ninguno se mueve ni rompe el contacto.
Y esa es, probablemente, la respuesta más honesta que podemos dar.
—Nía —dice al fin.
Giro la cabeza y compruebo que está demasiado cerca, porque las luces de Morella le dibujan sombras suaves en la cara, sus ojos no tienen ninguna broma preparada y me está mirando como si yo fuera la pregunta y la respuesta al mismo tiempo.
—¿Qué? —susurro.
Gael levanta una mano despacio, pero no me toca enseguida, sino que se queda a medio camino, como si estuviera pidiendo permiso, me dejara una salida y no supiera que llevo varias paradas sin encontrarla, porque seguramente no exista un camino que me haga huir de él.
Sus dedos apartan un mechón de pelo que se me ha pegado a la mejilla.
Es un gesto sencillo y pequeño, pero me atraviesa entera.
—Se te ha escapado —dice.
—¿El mechón?
—El equilibrio.
No sé si reírme, contestar, huir o acercarme, pero Gael tiene todavía las yemas de sus dedos cerca de mi cara y no quiero que los aparte.
Por alguna razón que no entiendo me gustaría que cogiera mi rostro entre sus palmas calientes.
Esta verdad aparece dentro de mí con una claridad brutal.
En serio, no quiero que se aparte, no quiero que cada uno vuelva a su habitación, no quiero que mañana todo esto se convierta en una anécdota bonita y ya está, pero tampoco sé cómo decir nada de esto, así que hago lo único que puedo hacer: no moverme.
Gael baja la mirada a mi boca una vez, solamente una, porque después vuelve a mis ojos.
El aire desaparece.
O yo dejo de saber respirarlo, que también es posible.
—Podemos fingir que esto forma parte del juego —murmura.
Su voz tiene algo roto y contenido que me hace temblar como una hoja.
—Podemos —respondo.
—O podemos admitir que hace rato dejó de serlo.
Cierro los ojos un segundo, solo uno, y cuando los abro él sigue aquí, esperando delante de mí.
A lo mejor amar no es tener una definición perfecta de ello, a lo mejor empieza de esta manera, con alguien que espera y que no empuja.
Con alguien que podría besarme y aun así se detiene a preguntarme sin palabras si quiero que lo haga.
—Gael… —susurro. No sé qué más decir, supongo que no hace falta, pues esta vez soy yo quien se acerca lo justo para romper la poca distancia que queda entre los dos.
Me besa despacio, como si hubiera estado esperando todo el día para eso y quisiera saborear tanto mis labios como el momento de la misma manera.
Es tan cuidadoso que me desarma. Tanto, que siento mis piernas como si fueran gelatina.
Es imposible que bese tan bien…
Su mano está en mi mejilla y la otra apoyada apenas en mi cintura.
Mi cuerpo no tarda en inclinarse hacia él como si por fin hubiera dejado de discutir consigo mismo.
Cierro los ojos, todo mi alrededor desaparece y solo me quedo con él, su boca y su respiración.
Adoro la forma en que me besa, sin tomar más de lo que le doy, porque eso, de alguna manera, me hace querer darle más.
Le agarro la camisa con los dedos y él suelta un jadeo contra mi boca.
Ahora entiendo que cada parada ha sido una forma distinta de acercarnos.
Altea.
La Granadella.
Valencia.
Peñíscola.
Morella.
Él.
Yo.
Cuando nos separamos, no nos apartamos del todo, y su frente queda apoyada contra la mía.
Ambos respiramos de forma entrecortada.
—Creo que hemos vuelto a perder.
Abro los ojos, lo miro y esta vez no tengo fuerzas para hacerme la indignada.
—Cállate.
Él sonríe un poco más.
—Eso también cuenta como respuesta.
—No abuses.
—No puedo prometerlo.
Me río con los nervios aún vivos en la piel, sintiendo sus labios todavía envolviendo los míos y esta mezcla absurda de vértigo y calma que no sé dónde colocar.
Gael me acaricia la mejilla con el pulgar despacio y luego baja la mano, como si supiera que necesitamos recuperar un poco de aire antes de volver a perdernos.
—¿Volvemos?
—Sí, vamos —le pido.
Necesito ganar tiempo para asimilar lo que acaba de ocurrir entre los dos, y la única forma que se me ocurre es caminar de vuelta hasta el hotel.
35 Nía
Cuando llegamos al pasillo de nuestras habitaciones, nos detenemos entre la 204 y la 205.
Dos puertas.
Dos llaves.
Dos habitaciones separadas, por supuesto, la decencia intacta.
Carmen estaría orgullosa.
O haciendo guardia en el rellano con un rosario y una linterna.
No estoy segura.
Gael mete las manos en los bolsillos y yo trato de pensar cómo debería comportarme sin hacer el ridículo.
Ninguno habla, porque de pronto decir buenas noches sería un poco raro.
¿No?
Y decir otra cosa, peligroso.
—Bueno —digo.
—Bueno —repite él.
—Gracias por el día de hoy —sonrío.
—Gracias por no marcharte a Alicante en taxi —murmura riéndose.
—El día no ha terminado —le recuerdo.
—Cierto.
Sonreímos, pero la sonrisa esta vez dura poco, porque estamos demasiado cerca de nuevo, ya sabemos cómo sabe el otro y hay puertas detrás de nosotros.
Gael da un paso hacia mí y yo no retrocedo.
Sin embargo…
—Buenas noches, Nía —dice como si se estuviera obligando a ser sensato, lo cual es muy molesto, porque cuando un hombre que te gusta decide ser sensato, una no sabe si aplaudirle o empujarlo contra la pared.
—Buenas noches, Gael.
Me mira un segundo más y después saca la llave de su bolsillo.
Yo hago lo mismo con la mía.
—Descansa —dice.
—Tú también —respondo, y entro en mi habitación antes de convertirme en una persona sin principios.
Cierro la puerta, apoyo la espalda contra la madera y me quedo así, quietísima, escuchando sus pasos al otro lado del pasillo.
Miro la habitación, la cama, la ventana y la ramita de lavanda mientras me recuerdo que soy una mujer adulta y madura, la cual tiene completamente el control de su vida.
Luego me siento en la cama y me llevo los dedos a los labios.
Qué tópico, qué vergüenza y qué absolutamente inevitable.
Mi móvil vibra, lo saco del bolso y compruebo que es del grupo de mis amigas.
Bruna: ¿SIGUES VIVA?
India: Si no contestas en cinco minutos llamo a emergencias.
Vega: No llames a emergencias. Primero queremos saber si ha habido beso.
Bruna: ESO ES UNA EMERGENCIA.
Miro la pantalla, sonrío y escribo:
Nía: Estoy viva, no voy a llamar a emergencias y sí, ha habido beso.
Durante tres segundos no pasa nada, pero después de eso el móvil casi explota.
Bruna: ¡ AAAAAAAAAHHHHH!
India: LO SABÍA.
Vega: Respira, Bruna. A ver… ¡Detalles!
Bruna: E SCRIBE.
India: ¿Lengua?
Vega: India.
India: ¿Qué? Es una pregunta logística.
Me tapo la cara con una mano, estoy sonriendo como una idiota, pero soy una idiota feliz, una idiota que acaba de besar a su vecino en Morella después de una ruta por media Comunidad Valenciana.
Nía: No voy a dar detalles.
Bruna: Entonces no somos amigas.
India: La amistad se basa en la transparencia.
Vega: Danos al menos una valoración del 1 al 10.
Miro la puerta, como si pudiera verlo al otro lado y la pared compartida del hotel funcionara igual que la de casa.
Como si Gael también estuviera despierto y él también se estuviera tocando la boca y pensando que la hemos liado.
Nía: Once.
El chat vuelve a explotar, pero no les hago caso, dejo el móvil sobre la cama y me acerco a la ventana.
Morella continúa ahí fuera, preciosa y antigua, como si no acabara de pasar nada, pero sí ha pasado, algo ha cambiado.
No sé qué somos, no sé qué va a ocurrir mañana, no sé si esto es buena idea, no sé si Gael sabe amar y no sé si yo sé dejarme querer sin salir corriendo primero.
No sé absolutamente nada, pero recuerdo la pregunta del sobre y, aunque no la he respondido en voz alta, una parte de mí empieza a sospechar que quizá la respuesta no se encuentra en una definición perfecta, sino en un minuto de silencio en Morella, en unos dedos rozándose sin apartarse, en alguien que te mira como si no quisiera perderse ni una de tus contradicciones y en un beso que no exige nada y, aun así, lo cambia todo.
Cierro la ventana, me pongo el pijama y me meto en la cama.
Tengo su aroma adherido completamente a mi ropa y a mi pelo.
Genial.
Perfecto.
Maravilloso.
Voy a dormir fatal.
Me giro hacia la pared que compartimos y entonces lo oigo: dos golpes suaves.
TOC.
TOC.
Mi corazón hace una pirueta ridícula y sonrío en la oscuridad.