Vecinos con demasiado roce Chapter 28
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Chapter 28

El restaurante al que decidimos ir está a pocas calles del hotel.

Gael dice que lo eligió porque tiene comida de la zona y porque no parece un sitio diseñado para turistas con prisa.

Yo no sé si eso significa algo, pero cuando entramos entiendo lo que quiere decir.

Es pequeño, tiene las paredes hechas con piedra, mesas de madera, lámparas cálidas y una barra con botellas de vino alineadas.

Una señora mayor sale de la cocina con dos platos humeantes y la expresión de quien no tiene ninguna intención de permitir que nadie se quede con hambre.

Huele a carne a la brasa, pan tostado, setas, queso y vino.

O sea, huele a pecado.

Nos sientan junto a una ventana desde la que se ve una calle empedrada que sube hacia la muralla.

Demasiado íntimo y preparado para que una pierda la dignidad.

Pedimos croquetas, una tabla de queso, alcachofas rehogadas, carne para compartir y vino.

—¿Vino? —pregunto cuando Gael lo pide.

—Estamos en Morella.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Responde a todas.

—Eres consciente de que el vino y yo tenemos una relación peligrosa, ¿verdad?

—Lo sospechaba.

—¿Y aún así?

—Confío en ti.

—Eso demuestra que no me conoces tanto.

Él sonríe.

—O que te conozco lo suficiente.

El camarero sirve el vino rojo, oscuro y brillante y Gael no tarda en levantar su copa.

—Por la última parada —dice, y no puedo evitar perderme en su boca.

Maldito sea.

—Por las habitaciones separadas —digo yo.

Él suelta una carcajada.

—Por supuesto.

Chocamos el cristal de nuestras copas y doy un sorbito.

El vino baja cálido por mi garganta y me relaja los hombros.

La cena empieza como han empezado casi todas nuestras conversaciones: con una discusión completamente absurda sobre si las croquetas deberían contar como patrimonio nacional, si las alcachofas están infravaloradas y si Morella parece un lugar donde una podría escribir una novela gótica.

—Tú escribirías una novela gótica con una protagonista que se cae por las escaleras el primer día —dice Gael.

—Sería una caída con arco narrativo.

—Claro.

—Y con una protagonista fuerte.

—¿Con estabilidad emocional?

—No abusemos de la fantasía.

Nos reímos como siempre, pero noto algo distinto. No sé si es el cansancio, el vino, que llevamos demasiadas horas juntos o que he pasado el día abrazada a su cintura en una moto y mi cuerpo ha decidido interpretar eso como una relación estable.

El caso es que entre broma y broma empiezan a aparecer huecos que se llenan de silencios cómodos, miradas, algún roce de su mano cuando me acerca el pan, su rodilla tocando la mía bajo la mesa, mi manera de no apartarla de inmediato, él dándose cuenta y yo fingiendo que no me doy cuenta de que se ha dado cuenta.

Creo que se me ha entendido.

Un desastre. Precioso, sí, pero un desastre al fin y al cabo.

—¿Te lo estás pasando bien? —pregunta de pronto.

Lo miro por encima de la copa.

—No —miento.

—Ya —dice socarrón, no me cree un pimiento de lo que digo.

—Fatal —miento por dos.

—Se te nota.

—Estoy sufriendo muchísimo. —La ironía es mi especialidad.

—Sobre todo con el queso.

—El queso está siendo lo único decente de este día.

—Qué injusta eres.

—Y tú qué susceptible.

Gael inclina la cabeza, divertido.

—Te ha gustado la ruta —dice a medio camino entre la pregunta y la afirmación.

—No he dicho eso.

—No hace falta.

—No sabes leerme tan bien —finjo que creo firmemente en lo que estoy diciendo.

—Te he visto sonreír en Altea.

—Sonrío a menudo.

—Has sonreído en la Granadella.

—Había mar.

—En Valencia.

—Había horchata.

—En Peñíscola.

Ahí no respondo enseguida, porque en Peñíscola no sonreí solo por el lugar, sino también por verlo a él, por esa parte suya que apareció de repente, sin avisar, cuando una de las preguntas le rozó un sitio que todavía dolía.

—En Peñíscola hacía bonito —digo al final.

Gael me mira con los ojos entornados, mas no insiste, quizá porque sabe exactamente lo que estoy evitando.

O quizá porque él también está evitando cosas.

El camarero trae la carne: un chuletón a la brasa en el punto perfecto.

Comemos, bebemos un poco más y hablamos de tonterías, del recepcionista, de Carmen…

—¿Crees que se imaginará que estamos aquí juntos? —le pregunto.

Estoy relajada, las copitas de vino han hecho su efecto y no me sentía tan agusto desde hace mil años.

Gael se encoge de hombros.

—No lo sé, pero la hubiera liado parda. Hubiera pedido hasta los planos del hotel —dice Gael, divertido.

—Y certificados.

—Y una foto de las camas separadas.

—Con periódico del día para comprobar la fecha.

Me río tanto que casi me atraganto con el vino.

Gael me mira mientras lo hago y deja de reírse un poco antes que yo.

Ese detalle me desordena, porque una cosa es que un hombre te mire cuando hablas y otra muy distinta es que te mire cuando te ríes como si quisiera memorizar el sonido.

Bajo la vista, pincho con mi tenedor un trocito de carne y lo mastico sin saber muy bien qué hacer con mi cara.

—¿Qué? —pregunta él.

—Nada —Le lanzo una servilleta, divertida, tratando de disimular que estoy sintiendo demasiadas cosas.

Él la atrapa en el aire, por supuesto, porque además de guapo tiene reflejos.

Qué rabia.

Cuando terminamos, compartimos un postre que ninguno de los dos admite haber querido pedir. Algo con chocolate, almendra y helado que sabe a infancia y a “me voy a arrepentir mañana pero hoy no me importa”.

Gael paga antes de que pueda protestar.

—Ni se te ocurra —le digo.

—Demasiado tarde.

—No me gusta que paguen por mí y tú llevas haciéndolo todo el día.

—No he pagado por ti.

—¿Ah, no?

—He pagado por la ruta.

—Qué conveniente.

—Mucho.

—Te debo una cena —le digo, señalándolo con el dedo.

—Me parece bien.

Me quedo quieta, porque lo he dicho sin pensar y él lo ha aceptado como si acabáramos de abrir una puerta.

Una cena. Otra, claro, después de esta, cuando la cita haya terminado y ya estemos en Alicante otra vez.

Ay, Padre Santo…

Una parte de mí quiere retirar la frase inmediatamente, pero otra se sienta, cruza las piernas y dice que pues mira, tampoco pasa nada.

Cuando salimos del restaurante, el fresquito de la noche nos recibe.

—Vaya… —murmuro, abrazándome a mí misma.

—Ha refrescado, sí —dice Gael rodeándome los hombros con sus brazos.

Dios, Dios, Dios.

—No hace falta, estoy bien.

—Lo sé —dice, pero no se retira.

Está caliente y su perfume me invade las fosas nasales.

Me encanta, pero no lo admitiría ni ante un tribunal.

—Pesado —le digo, pero lo hago con una sonrisa.

—Y tú tienes frío.

—Eso no invalida lo anterior.

—Lo sé.

Caminamos sin rumbo para dar un paseo y Morella de noche me parece todavía más bonita después del vino.

Las calles suben y bajan sin avisar, las piedras brillan un poco por la humedad y las luces se reflejan en los cristales.

Hay balcones de hierro, puertas antiguas, plantas que sobreviven al verano y esquinas donde una podría esconder una confesión.

—¿Estás cansada? —pregunta.

—Un poco —reconozco..

—Podemos volver al hotel, si lo prefieres.

—No.

La respuesta me sale demasiado rápida y él me mira.

—¿No?

—Quiero caminar.

Su sonrisa aparece despacio.

—Vale.

Seguimos y unos minutos más tarde llegamos a una zona más alta, cerca de la muralla, donde el pueblo parece abrirse a la noche. Desde allí se ven luces desperdigadas a lo lejos, montañas oscuras, tejados silenciosos y el castillo iluminado como si todavía estuviera vigilando algo.

Me acerco al muro de piedra, apoyo las manos y Gael se queda a mi lado sin decir nada.

Durante un rato solo existe la suave brisa nocturna, nuestra respiración y la sensación de que el día entero nos ha traído hasta este punto con una paciencia sospechosa.

—Queda un sobre —dice.

—¿Otro?

—El sexto.

—Pensaba que ya habíamos sufrido suficiente —le digo de broma.

—Yo también.

—Tu ruta es muy intensa, Gael.

—Tiene estructura narrativa.

—Y necesidad de terapia.

—También.

Me río y él saca el sobre del bolsillo trasero de su pantalón.

SObrE 6

¿Qué es amar para ti?

Si no respondes o mientes...

Tendrás que quedarte a mi lado durante un minuto entero sin hablar, sin mirar el teléfono ni a ninguna otra parte.