Chapter 27 #2
—El hotel está aquí al lado.
—De acuerdo —le digo.
Incluso de noche, me doy cuenta de que el pueblo está precioso.
Las farolas proyectan una luz cálida sobre el empedrado, aunque todavía no es demasiado tarde, y a lo lejos se escucha una puerta cerrarse, una risa dentro de una casa y el ladrido de un perro que decide que somos sospechosos durante tres segundos y luego pierde el interés.
Todo parece íntimo, como si Morella hubiera sido diseñada por una señora mayor con muy mala leche para que dos personas que llevan todo el día jugando a no enamorarse terminen perdiendo la partida.
El hotel rural está en una esquina, con una fachada de piedra, ventanas de madera y un cartel discreto colgado junto a la puerta.
Hay dos farolillos encendidos y una maceta enorme con lavanda seca.
—Qué bonito —se me escapa.
Gael sonríe.
—Lo sé.
Lo miro de reojo.
—No hablaba de ti.
—Ya.
—De verdad.
—Claro.
—Gael —me quejo.
—Virginia María.
—No empieces.
—Tú eres quien ha empezado.
Entro antes de contestarle, porque si algo he aprendido en las últimas horas es que discutir con Gael es como intentar ordenar un cajón de cables: empiezas con una intención clara y terminas hecha un lío.
El recibidor del hotel huele a madera, a jabón limpio y a leña apagada.
Hay vigas en el techo, una pequeña chimenea en un rincón y fotografías antiguas de Morella colgadas en la pared: la muralla nevada, una plaza llena de gente, mujeres con pañuelos en la cabeza y niños corriendo por una calle empedrada.
Detrás del mostrador nos recibe un hombre de unos cincuenta años, con gafas y una sonrisa tranquila.
—Buenas noches.
—Buenas noches —responde Gael—. Tenemos reserva a nombre de Gael.
El hombre consulta el ordenador y yo miro alrededor intentando no pensar demasiado en la palabra reserva.
Reserva.
Hotel rural.
Noche.
Morella.
Gael.
Yo.
—Sí, aquí está —dice el recepcionista—. Una noche.
Una.
Noche.
Mi alma abandona mi cuerpo, da una vuelta por recepción, lee las normas de evacuación y vuelve.
—¿Una noche? —pregunto.
Gael me mira.
—Sí.
—¿Una noche? —repito. ¿Soy idiota? Debería parar de hacer esto.
—Eso he dicho.
Él parece confundido durante medio segundo, pero después parece entenderlo, o eso creo.
Y sonríe.
Cómo no.
Parece que mi ataque de decencia repentina le hace gracia.
El recepcionista, que tiene toda la pinta de haber visto demasiadas parejas en situaciones similares, carraspea con educación.
—Son dos habitaciones, ¿cierto? —le recuerda Gael.
—Eso es.
Respiro.
Vale.
Bien.
Perfecto.
Por supuesto, claro, dos habitaciones como dos adultos civilizados y responsables que no toman decisiones cuestionables que somos.
—Ah —digo, muy digna—. Claro.
Gael se ríe por lo bajo y lo fulmino con la mirada.
El recepcionista nos entrega dos llaves.
—Habitaciones 204 y 205. Están contiguas.
Contiguas, por supuesto, porque el universo tiene sentido del humor y hoy ha decidido usarlo todo contra mí.
—Compartimos pared otra vez, vecina —dice Gael.
Lo miro muy despacio.
—No me llames vecina.
—Pero si hoy casi lo echaba de menos.
Y lo peor es que yo también.
No que me llame vecina, obviamente, eso sería absurdo. Lo que quizá echaba de menos era esa manera suya de decirlo, como si la palabra tuviera una historia pequeña solo nuestra.
Gael se despide del recepcionista y subimos por una escalera estrecha que cruje bajo nuestros pasos.
El hotel parece de esos sitios donde todo suena más de lo normal: la madera, las llaves, las cremalleras de las mochilas, la respiración cuando alguien se acerca demasiado.
Gael se detiene frente a la 204 y me señala la 205.
—La tuya.
—¿Cómo sabes que no quiero la 204?
—Porque he elegido la mejor para ti.
—¿Y eso lo has decidido tú?
—Por supuesto.
—Qué generoso por tu parte, macho alfa del alojamiento rural.
Él sonríe y apoya el hombro en el marco de su puerta.
—Tiene mejores vistas.
Eso me desarma un poco.
—Ah.
—Y está más lejos de la escalera. Por si quieres dormir mejor.
Eso me desarma otro poco.
—Gracias —digo.
Su sonrisa cambia y deja de ser burlona para ser un poco más suave y más peligrosa.
—De nada —dice—. Nos vemos en un rato para cenar.
—Claro, nos vemos en un rato —respondo sonriendo.
Abro mi habitación antes de que el pasillo se vuelva demasiado pequeño y, en efecto, la 205 es preciosa.
Pequeña, cálida, con paredes blancas, vigas de madera y una cama grande cubierta con una colcha clara.
Hay una ventana con contraventanas antiguas que da a una calle estrecha iluminada por farolas y sobre la mesita han dejado una botella de agua, dos caramelos de miel y una ramita de lavanda atada con cuerda.
Dejo la mochila sobre la cama y me quedo quieta, dejando que el silencio me abrace.
Es la primera vez en todo el día que estoy sola y eso me resulta extraño, pero no por ello dejo de hacer el ejercicio de soltarlo todo, porque creo que lo necesito.
Sí, necesito soltar el casco, la mochila, el día, la guardia, la broma y la necesidad constante de parecer que lo tienes todo bajo control.
Me acerco a la ventana y miro la calle: un gato se estira sobre el capó de un coche y al fondo, una de las murallas se recorta contra la noche.
Pienso en la iaia, no sé por qué.
Bueno, sí lo sé: hoy he pensado en ella más veces de las que esperaba.
En Altea, cuando hablé de mi recuerdo más feliz.
En Valencia, cuando dije que a los treinta pensé que tendría una casa bonita, estabilidad emocional y plantas aromáticas.
En Peñíscola, cuando vi a Gael callarse delante de una pregunta que le dolía.
Y ahora aquí, en este pueblo de piedra, con una habitación propia como Virginia Wolf y otra habitación al lado con él dentro.
Me quito la chaqueta despacio. Menos mal que Gael me la ha prestado, porque en la Harley en las primeras horas de la mañana y las últimas del día, es necesaria.
Me miro en el espejo del baño.
Tengo el pelo aplastado por el casco, las mejillas rojas por el aire de la carretera y los ojos brillantes de ese modo que una no puede justificar con máscara de pestañas.
Qué guapa estoy.
¿Gael pensará lo mismo?
¿Qué?
No, no, no.
Zarandeo la cabeza, abrumada por pensar así, con tal de librarme de ese pensamiento.
No obstante, lo más acertado es que me deje de tonterías, me dé una ducha, me ponga ropa limpia y espere hasta que me avise para cenar.
Porque mañana volvemos a casa, a Santa Cruz y también a la pared compartida, las notas bajo la puerta, Carmen, la vida real y NíaBeauty.
Además, tenemos que llegar a un acuerdo en cuanto a la campaña de publicidad de Inés Ferrer.
No sé por qué esa idea, en vez de tranquilizarme, me produce una punzada extraña en el pecho.
Me ducho rápido y el agua caliente me devuelve poco a poco al cuerpo. Me lavo el pelo con el champú del hotel, que huele a romero, y durante unos minutos intento no pensar en nada.
Fracaso.
Pienso en Gael conduciendo, en su risa, en la forma en que me miró después del beso en la mejilla, en cómo no respondió a la pregunta de cuándo fue la última vez que lloró, en la sombra que le cruzó los ojos y en las cosas que uno guarda porque duelen demasiado o porque decirlas en voz alta las vuelve reales.
Cuando salgo de la ducha, me pongo los vaqueros limpios que he traído y un top.
Me seco el pelo con el secador, alisándolo con la ayuda del cepillo y me maquillo un poco con corrector de ojeras, máscara de pestañas, un poco de colorete y el labial suave de No era para tanto .
Me miro.
—Sí es para tanto, sí —repito intentando no pensar en la imagen de Gael sin camiseta en la cala Granadella, en bañador y con esa tabletita de chocolate que tiene por abdomen.
—Dios mío, Nía, tienes que parar… —mascullo para mí misma.
Es entonces cuando llaman a la puerta con dos golpecitos de nudillos.
TOC.
TOC.
Me quedo mirando la madera y no sé por qué pero sonrío.
Bueno, sí lo sé, pero prefiero no abrir ese melón ahora mismo.
Gael, tal y como esperaba, está al otro lado cuando abro la puerta.
Se ha cambiado de ropa y ahora lleva vaqueros negros y una camisa oscura remangada hasta los antebrazos, el pelo todavía húmedo y la mandíbula con esa sombra de barba que debería estar prohibida.
Me mira y no dice nada.
Yo tampoco, y durante dos segundos el pasillo se convierte en una cosa rara, estrecha y caliente.
Algo que no debería existir entre dos habitaciones separadas.
—¿Qué? —pregunto, poniendo los brazos en jarras.
—Nada, nada.
—Me estás mirando. ¿Tengo algo?
—Para nada.
—Pues deja de hacerlo —le pido.
—No prometo nada.
Mi estómago da un salto ridículo.
—¿Vamos? —digo, porque alguien tiene que salvarnos de nosotros mismos.
—Vamos.
Bajamos las escaleras sin hablar demasiado y eso, viniendo de nosotros, es casi una señal apocalíptica.