Vecinos con demasiado roce Chapter 27
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Chapter 27

Cuando volvemos a subir a la Harley, Nía se coloca el casco sin decir nada y esta vez tampoco espera a que arranque para abrazarse a mi cintura y me gusta.

La carretera hacia Peñíscola es distinta a las anteriores: más larga y más tranquila.

Atravesamos campos de naranjos que parecen no terminar nunca, pequeñas carreteras secundarias rodeadas de olivos y pueblos donde el tiempo parece haberse quedado a vivir hace décadas.

El Mediterráneo aparece de nuevo poco antes de llegar, porque tiene la magia de que siempre vuelve, como si quisiera recordarnos que nunca anda demasiado lejos.

Y entonces surge ella, Peñíscola, la ciudad que parece flotar sobre el mar.

Las murallas de piedra abrazan el castillo como si llevaran siglos protegiéndolo del viento y las fachadas blancas reflejan los últimos rayos del sol.

Y el cielo… el cielo parece haberse puesto de acuerdo con el mar para competir en belleza.

Aparco y Nía se quita el casco despacio.

No dice nada, pero gira sobre sí misma observándolo todo.

—¿Qué? —pregunto.

Niega con la cabeza.

—Empiezo a sospechar que llevabas meses preparando esto.

Sonrío..

—Solo quería enseñarte sitios bonitos. Quiero ganar la apuesta, ¿recuerdas?

Ella me mira.

—Lo estás consiguiendo.

No respondo, porque cualquier cosa que diga estropearía ese momento, así que dejamos los cascos y caminamos por las callejuelas empedradas del casco antiguo.

Las casas blancas están cubiertas de macetas rebosantes de geranios, hay ropa tendida entre algunos balcones, un anciano lee el periódico sentado en una silla de madera frente a su puerta y una niña juega con una pelota mientras su madre habla con la vecina de enfrente.

Todo parece sencillo, bonito y real, como si el pueblo hubiera decidido quedarse exactamente igual durante los últimos cincuenta años.

—¿Sabes qué creo? —pregunta Nía.

—¿Qué?

—Que aquí nadie parece tener prisa.

Sonrío.

—Ese era el objetivo.

Seguimos caminando hasta las murallas, desde allí el mar rodea el pueblo por los dos lados, las olas golpean suavemente contra las rocas varios metros más abajo y el viento mueve algunos mechones de su pelo.

Quiero que Nía lo vea.

Ella apoya los antebrazos sobre la piedra y permanece un rato en silencio.

Yo hago lo mismo; empiezo a entender que con Nía los silencios nunca sobran.

Compramos dos helados: el mío de turrón y el suyo de pistacho.

—¿Pistacho?

—¿Qué pasa?

—Esperaba algo más tipo… —pienso unos segundos—. Vainilla o algo así.

Frunce el ceño.

—Eso ha sonado a insulto.

—Un poco.

—Pues que sepas que el pistacho tiene mucha personalidad.

—Como tú.

—¿Eso era un piropo?

—No estoy seguro.

—Pues revisa tus habilidades sociales.

—Las perdí hace años, me temo.

Nos reímos y seguimos andando despacio, sin mirar el reloj, como si el día pudiera durar eternamente.

Ojalá.

Llegamos a uno de los extremos de la muralla y descubrimos que aquí hay menos gente, solo una pareja haciéndose fotos, un pescador lanzando la caña desde abajo y el sonido constante del mar.

Saco el sobre número 5 y Nía lo observa unos segundos antes de cogerlo.

Lo abre, lo lee y después me mira.

—Te toca. Es lo justo. Y ya sabes: no puedes dejarme sin respuesta ni tampoco mentir.

Asiento con la cabeza, resignado a que a Nía es imposible negarle nada.

SObrE 5

¿Cuándo fue la última vez que lloraste?

Bonus Extra si has respondido a más de 3 preguntas: el otro responde y tú no.

Pero si el creador del juego se niega a responder, serás tú quien elija su precio a pagar.

Sonrío, sabía que esta pregunta acabaría llegando, solo que no esperaba que me tocase responderla a mí, pensaba que verdaderamente que Nía no podría utilizar ese privilegio.

Miro el mar, a lo lejos.

Quizá me rentaría más hacer la penitencia.

No lo sé…

—¿Y si no respondo?

—Me dejas conducir la Harley —dice ella con una sonrisa triunfal.

—Ni hablar.

—Las normas son las normas.

—Las normas las he escrito yo —respondo indignado.

—Y aun así has perdido.

Maldita sea.

La observo cruzarse de brazos con esa expresión de satisfacción absoluta que solo aparece cuando cree que ha ganado una discusión.

Y lo peor es que tiene razón.

—Virginia María...

—Vecino Gael…

—No.

—Por favor —hace un mohín.

—No.

— Porfi, porfi —lleva las manos en oración y las pone sobre sus labios.

—Está bien.

Su sonrisa es tan grande que sospecho que llevaba esperando este momento desde que vio la moto por primera vez.

Cinco minutos después me arrepiento de todas las decisiones que me han traído hasta aquí.

Absolutamente todas.

—¿Y esto cómo se pone en marcha?

—Vaya tela…

—Estoy preguntando solamente.

—Joder, Nía…

—¿Qué?

—Me estás dando miedo.

Ella se gira para mirarme.

—¿Cómo voy a darte miedo si llevo un casco con florecitas?

—No llevas un casco con… —Entonces veo las pegatinas de florecitas—. ¿Desde cuándo el casco que te he dejado tiene florecitas?

—He aprovechado cuando has ido a pagar en el Mercado de Colón y las he comprado en un puestecito. ¿A que molan?

No puedo discutir esa lógica porque, efectivamente, lleva un casco con florecitas y además parece la persona más feliz del planeta.

Le explico cómo arrancar, cómo acelerar y cómo frenar.

Cómo no matarnos, básicamente.

Además, insisto especialmente en la última parte.

Ella asiente varias veces con demasiada energía, cosa que tampoco me tranquiliza.

—¿Preparada?

—Preparadísima —dice poniendo cara de concentración.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que no está preparada.

—Confía en mí.

—Ahí está el problema.

Pone los ojos en blanco y arranca, haciendo que la moto avance con un pequeño tirón.

Después otro y otro más, hasta que por fin consigue encontrar el equilibrio.

Tengo que reconocer que aprende rápido, más de lo que esperaba.

Quizá la he subestimado.

—¡Mira! ¡Estoy conduciendo!

—Lo estoy viendo.

—¡Estoy conduciendo tu moto!

—También lo estoy viendo.

—¡Tu moto!

—Nía, por favor, mira la carretera.

Ella se ríe y yo descubro algo horrible: me encanta verla feliz.

El viento mueve algunos mechones de pelo que se han escapado del casco, su espalda está recta, sus hombros relajados y hay algo en ella que parece más libre que nunca, como si durante unos minutos hubiera olvidado las listas de tareas, las facturas, las responsabilidades y todas las cosas que suelen pesarle encima.

Solo está disfrutando, simplemente eso.

—¿Sabes qué? Ahora entiendo por qué te gusta tanto.

Sonrío.

—¿La moto?

—La sensación.

Baja un poco la velocidad y el Mediterráneo aparece a nuestra derecha: azul, inmenso y brillante.

—Es como si durante un rato todo lo demás desapareciera.

La entiendo, sé exactamente a qué se refiere, esa es la razón por la que compré la Harley, porque hay días en los que uno necesita dejar atrás el ruido y otros en los que lo encuentra sentado delante de él, conduciendo su moto y sonriendo como si acabara de descubrir un superpoder.

—Vale —dice después de unos segundos.

—¿Qué?

—Creo que necesito una.

Suelto una carcajada.

—Ni de broma.

—¿Por qué?

—Porque bastante tengo con sobrevivir a esta experiencia.

—Exagerado.

—Nía, llevas conduciendo siete minutos.

—Siete minutos gloriosos.

La risa me sale sola y entonces ella también se ríe.

Durante unos segundos solo existen el sonido del mar, el motor bajo nosotros y esa sensación extraña de que, si pudiera congelar un instante de este día para siempre, probablemente elegiría a Nía conduciendo mi Harley y a mí enamorándome un poco más de la cuenta mientras intento fingir que no está pasando.

32 Nía

Se nos ha hecho de noche durante el camino, así que creo que voy entendiendo la razón por la que Gael incluyó el pijama en la lista de cosas que llevarme a la cita.

No, tranquila, no he conducido yo.

Siempre quedarán en mi recuerdo los siete minutos gloriosos, siete y nada más, que Gael me ha dejado conducir la Harley.

Luego él ha vuelto a coger los mandos y, con el Mediterráneo apareciendo y desapareciendo a nuestro lado como si también formara parte del juego, el interior de Castellón nos recibe con montañas, curvas y un silencio distinto.

Morella de noche parece un cuento que alguien escribió con frío, piedra y luces doradas cuando aparece en lo alto, iluminada y rodeada por murallas antiguas que parecen haber visto demasiadas cosas como para impresionarse por nosotros.

El castillo se alza sobre el pueblo como una corona de piedra y las casas se amontonan en la ladera, unas sobre otras, con tejados oscuros y ventanas encendidas.

Me quedo quieta al bajar de la moto, con el casco entre las manos y las piernas un poco dormidas.

Además, mi corazón está haciendo cosas raras que prefiero atribuir al cansancio, a la altura o a que llevo demasiadas horas fingiendo que Gael no me gusta.

Vale, ya lo he dicho.

—¿Qué pasa? —pregunta Gael mientras guarda las llaves de la Harley.

Seguramente se ha dado cuenta de que estoy demasiado callada.

Lo miro y descubro que tiene el pelo despeinado por el casco, la chaqueta de cuero abierta y esa expresión de satisfacción contenida que pone cuando algo le sale exactamente como había planeado.

Lo odio un poco, la verdad, y quizá por eso estoy más callada que antes; ir de copiloto te deja tiempo para meditar.

Así que sí: lo odio un poco, pero por razones distintas a las de los primeros días de convertirse en mi vecino.

Ahora lo odio por guapo, por listo, por traerme aquí y por haber preparado un día tan bonito que me cuesta muchísimo sostener la teoría de que es insoportable.

—Nada —respondo.

—¿Seguro?

—Estoy cansada —digo, porque es lo primero que se me ocurre.

—No me parece que tengas cara de estar cansada.

—¿Desde cuándo eres experto en mis caras?

—Desde que pones una distinta cada tres segundos.

—Eso es mentira.

—Ahora mismo tienes cara de querer insultarme y abrazar una farola al mismo tiempo. Es que no te pillo, tía —dice sonriendo.

Abro la boca para decir algo, pero termino cerrándola porque no sé qué responder.

Maldita sea.

No voy a reconocer que tiene razón.

—Tengo cara de querer cenar —digo.

—Eso también puede ser.

Me entrega mi mochila, se coloca bien la suya y señala una calle estrecha que sube entre casas de piedra.