Vecinos con demasiado roce Chapter 26
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Chapter 26

Nunca había pensado que una ciudad pudiera cambiar tanto dependiendo de con quién la recorres.

Valencia siempre ha sido para mí una sucesión de reuniones, ferias de cosmética, trenes de vuelta demasiado pronto y cafés bebidos con prisa.

Hoy no.

Hoy parece otra.

Gael aparca la Harley cerca del centro y caminamos unos minutos entre calles que empiezan a llenarse de gente. Las terrazas rebosan conversaciones, los semáforos cambian de color con una calma que en Alicante siempre me ha parecido imposible y el aire huele a café y azahar.

—¿Dónde me llevas? —pregunto.

—Ten paciencia.

—Llevas diciéndome eso desde las ocho de la mañana.

—Y todavía no te has escapado.

—Porque quiero ganar la apuesta.

—Claro —Me da un golpecito con el hombro—. No es porque estés disfrutando ni nada de eso.

Pongo los ojos en blanco, pero no digo nada.

Doblamos una esquina y, de pronto, aparece frente a nosotros el Mercado de Colón.

Me detengo sin querer y admiro la fachada modernista, que parece una mezcla perfecta entre historia y luz. Los ladrillos rojizos contrastan con la cerámica de colores, los grandes arcos dejan pasar el sol y, al cruzar la entrada, el bullicio se convierte en una especie de música agradable.

Hay flores, muchísimas flores, puestos gourmet y panaderías.

El olor a café se mezcla con el de las naranjas recién exprimidas, el jamón cortado al momento y la vainilla de una pastelería cercana.

La gente pasea sin prisa, algunos trabajan con el portátil y otros simplemente hablan.

Durante unos segundos, creo entender perfectamente por qué Gael ha querido traerme aquí.

—Vale... —murmuro girando sobre mí misma—. Esto es una pasada.

Él no mira al edificio, pero sí me está mirando a mí.

—Lo sé.

—¿Vienes mucho?

—Cuando necesito recordar que trabajar también puede ser bonito.

Lo observo de reojo y admito que hay algo en esa frase que me gusta mucho, porque entiendo exactamente a qué se refiere.

Terminamos sentados en una mesa de madera junto a uno de los ventanales y pedimos varias cosas para compartir.

Croquetas de jamón, ensaladilla rusa, coca de verduras, unas bravas y un par de cañas de cerveza con la jarrita congelada.

—¿Siempre comes así? —pregunto.

—¿Así cómo?

—Como si fueras a alimentar a un equipo de fútbol.

—Me gusta probar cosas.

—Glotón.

—Curiosa.

—No soy curiosa.

—Has probado de mi plato tres veces.

—Control de calidad.

—Claro.

—No quiero que te intoxiques.

—Qué considerada.

Le saco la lengua sin pensar realmente en que es un gesto infantil, pero lo imito cuando suelta una carcajada.

Pasamos el resto de la comida hablando de cosas absurdas y así es como descubro que odia el cilantro, que sabe distinguir un buen café solo por el olor, que su sueño a los diez años era ser piloto y que sigue convencido de que las croquetas congeladas deberían estar prohibidas por ley.

—¿Y tú? —pregunta.

—¿Yo qué?

—¿Qué comida no soportas?

Pienso unos segundos.

—Las olivas.

Gael deja el tenedor muy despacio, como si lo que acabara de decir fuera un sacrilegio.

—No.

—Sí.

—No puedes hablar en serio.

—Lo hago.

Niega con la cabeza, debe ser un defecto gravísimo.

—Pues entonces no sé si podemos seguir siendo amigos o lo que sea que seamos.

—No éramos amigos.

—Ahora menos.

Reímos los dos.

*

Después de comer seguimos caminando entre los puestos y nos detenemos en una librería, luego en una tienda de productos valencianos y por último en una floristería diminuta donde me paso cinco minutos oliendo lavanda.

—¿Siempre hueles las plantas?

—Sí.

—¿Por qué?

—¿Y por qué no? Cada una huele distinta.

—Eso tiene bastante sentido.

—Gracias.

—Aunque sigo pensando que estás un poco loca.

—Eso también.

Al salir, Gael señala un pequeño local.

—Ven.

—¿Otra sorpresa?

—Esta es obligatoria.

Cinco minutos después tengo delante una horchata enorme y dos fartons.

Los miro y luego lo miro a él.

—No me juzgues.

—Todavía no.

Muerdo el fartón después de sumergirlo en la horchata, que cae por los lados del bollo.

Me ha dejado un pequeño bigote blanco sobre el labio superior.

Lo sé porque noto el frescor del líquido.

Gael intenta contener la risa, pero fracasa estrepitosamente.

—¿Qué?

Niega con la cabeza.

—Nada.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Cojo una servilleta y me limpio.

—Sigue ahí.

Vuelvo a intentarlo.

—Todavía.

—¿Dónde?

—Espera.

Antes de que pueda reaccionar, acerca la mano muy despacio y su pulgar roza apenas mi labio superior para retirar la pequeña gota de horchata.

El tiempo decide hacer una pausa y tras ese acercamiento no nos movemos ni hablamos, solo respiramos demasiado fuerte y nos miramos.

Cuando él retira la mano despacio, yo sigo sin apartar los ojos, hasta que una niña pasa corriendo entre nosotros persiguiendo una pompa de jabón y el mundo vuelve a arrancar.

—Gracias —murmuro.

—De nada.

Caminamos unos metros más entre el bullicio de Valencia.

La horchata sigue en mi mano, el calor de la tarde empieza a suavizarse y durante unos segundos ninguno dice nada.

Últimamente con Gael pasan cosas rarísimas, como este silencio que no resulta incómodo, por ejemplo.

—¿Y NíaBeauty? —pregunta de pronto.

Lo miro.

—¿Qué pasa con NíaBeauty ?

—Que siempre hablas de lo que ya has hecho. Pero nunca de lo que quieres hacer. ¿Hay algo que quieras hacer y todavía no hayas contado?

Bajo la vista al vaso de horchata.

Claro que lo hay.

Llevo meses dándole vueltas, apuntando ideas, tachando nombre, probando fórmulas y soñándolo, pero todavía no me he atrevido a hacerlo.

—Puede ser.

—Eso significa que sí.

—Eso significa que eres muy pesado.

—También.

Sigo caminando mientras decido si quiero contárselo o no, porque es una tontería, una idea…

Todavía ni siquiera existe.

—Quiero lanzar una colección nueva.

—¿Y eso da tanto miedo?

—La colección no. La idea, más bien.

Gael se gira un poco hacia mí, prestando atención, como si no estuviera esperando simplemente a que terminara para cambiar de tema y eso me obliga a seguir hablando.

—Estoy cansada de vender solo productos.

—Ajá.

—Quiero vender historias.

Su ceja se arquea.

—Eso suena a algo que diría una escritora frustrada.

—Y tú suenas a alguien que va a quedarse sin horchata.

—Continúa.

Pongo los ojos en blanco, pero sonrío, porque muy a mi pesar, me gusta que me escuche.

—Quiero hacer una colección basada en emociones.

Gael tarda unos segundos en responder.

—Explícame eso.

—Por ejemplo... nostalgia. O calma. O valentía. O amor. Que cada producto tenga un aroma diferente asociado a una emoción concreta, pero también una historia detrás, una historia real. Algo que haga que la gente se identifique, que recuerde a alguien, un lugar o una etapa vital concreta.

—Porque la gente no recuerda las cosas —dice él.

Lo miro.

—¿Cómo?

—La gente recuerda cómo se sintió.

Me quedo quieta.

—Sí. Exactamente. Es eso. Justo eso.

Gael asiente despacio.

—Es una buena idea, Nía.

Me río.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de persona razonable. No te pega.

—Pues acostúmbrate.

—Imposible.

Seguimos caminando y el tema cambia como cambian siempre las conversaciones importantes: sin ruido ni grandes discursos y sin que ninguno de los dos se dé cuenta de que acaba de ocurrir algo relevante.

Paseamos un rato más sin rumbo y sin mirar el reloj hasta que Gael se detiene frente a un pequeño jardín y saca otro sobre de la mochila, el número cuatro.

Lo coloca en mi mano.

—Ya sabes cómo funciona.

Asiento y lo abro para leerlo.

SObrE 4

¿Qué creías que tendrías a los treinta?

Si no respondes o mientes…

Tendrás que dejar que el otro elija la próxima parada.

Me río por lo bajo.

—Qué pregunta más cruel.

—Las mejores suelen serlo.

—Partiendo de la base de que eres tú quien ya está eligiendo las paradas… Bueno…

Miro hacia el jardín y veo que una pareja joven juega con un niño pequeño, alguien pasea un perro y una mujer lee un libro al sol.

—Creía que tendría una casa bonita.

Gael sonríe.

—La tienes.

Asiento.

—También pensaba que tendría estabilidad emocional.

Él hace una mueca exagerada.

—Uf.

—Sí.

—Esa está difícil.

Me río.

—Bastante.

Bajo la vista hacia la tarjeta.

—Y muchas plantas aromáticas.

Él se queda muy serio, saca el móvil y empieza a tocar la pantalla.

No lo entiendo y frunzo el ceño.

—¿Qué haces?

—Comprobando una cosa.

—¿Cuál?

Levanta la cabeza y me dedica esa sonrisa de niño que está orgulloso de su propia tontería.

—Plantas tienes, acabo de verlo en Google Maps.

No puedo evitar reírme.

—Eres idiota.

—Muchísimo.

Guarda el móvil y añade, ya sin bromear:

—Lo demás… Todavía podemos negociarlo.

No sé exactamente qué quiere decir, pero me da miedo preguntarlo, así que seguimos caminando uno al lado del otro con las manos rozándose de vez en cuando, sin entrelazar nuestros dedos.

Todavía.