Chapter 25
Hay personas que hablan para llenar los silencios y luego está Nía que, cuando un recuerdo le pesa de verdad, hace exactamente lo contrario: no decir nada y mirar el mar.
La observo mientras termina el café, no intento romper ese silencio porque sería injusto.
Hay respuestas que uno no puede mejorar con palabras, así que simplemente dejo que Altea haga su trabajo.
Las olas siguen rompiendo despacio contra el paseo marítimo, una pareja de jubilados comparte una ensaimada en la mesa de al lado, un niño persigue a varias palomas convencido de que alguna terminará haciéndose su amiga y el camarero recoge nuestros platos vacíos con esa tranquilidad que solo existe en los pueblos donde nadie parece tener prisa.
Nía suspira, pero después sonríe.
Y eso me basta.
—¿Lista? —pregunto.
—Depende.
—¿De qué?
—De si la siguiente prueba implica tirarme en paracaídas.
—Todavía no.
—¿Todavía?
—No descartes nada.
Pone los ojos en blanco, demostrándome que vuelve a ser ella de nuevo.
Perfecto.
Pago el desayuno antes de que pueda discutirlo y caminamos hasta la moto.
—Te recuerdo que esto sigue siendo una apuesta.
—No lo he olvidado —respondo.
—Lo digo porque tienes cara de estar disfrutando demasiado.
—¿Y tú no? —la pincho.
No responde, pero tampoco hace falta, pues la respuesta aparece cuando vuelve a colocarse detrás de mí.
Esta vez no espera a que arranque y, por el contrario, sus brazos rodean mi cintura casi de manera automática, como si su cuerpo hubiera decidido confiar antes que su cabeza.
*
La carretera hacia Xàbia parece diseñada por alguien profundamente enamorado del Mediterráneo.
Sube, baja, se curva y se abre de repente dejando ver acantilados inmensos que caen sobre un agua tan transparente que cuesta creer que sea real.
El sol ya empieza a calentar y los pinos desprenden ese olor resinoso que siempre me recuerda a los veranos de cuando era pequeño.
El mar aparece y desaparece entre las montañas como si jugara con nosotros.
—¿Siempre conduces por aquí? —pregunta alzando la voz en mi oído.
—Siempre que necesito pensar.
—¿Y hoy necesitas pensar?
Sonrío.
Muchísimo más de lo que imagina.
—Hoy intento no hacerlo.
Se ríe y otra vez descubro una versión distinta de su risa, con esa manera tan poco elegante de olvidarse durante unos segundos de que el mundo existe.
Seguimos bordeando la costa y las urbanizaciones desaparecen, la carretera se estrecha, los árboles forman un túnel verde sobre nuestras cabezas y, cuando por fin aparece el cartel de la Cala Granadella, noto cómo ella se incorpora ligeramente.
—¿Qué sitio es este?
—Espera.
Aparco en un pequeño descampado rodeado de pinos por el que solo hay que bajar unos cuantos minutos andando para llegar a la playa.
El sendero serpentea entre el bosque, la tierra huele a hierbas como el romero y el tomillo, y poco a poco, el azul empieza a asomarse entre las ramas.
Es entonces cuando vemos la cala, que parece de postal.
De aguas turquesas, las piedras del fondo se distinguen con una claridad casi absurda.
Algunas barcas descansan balanceándose muy despacio, el sol convierte cada ola en un destello y alrededor solo hay roca, pinos y silencio.
Nía se queda completamente quieta.
—Madre mía...
—Bonita, ¿eh?
Niega con la cabeza.
—No.
La miro, porque no entiendo.
—Es muchísimo más que bonita —dice, y sonrío como un idiota.
—Sabía que te gustaría.
Se gira hacia mí.
—¿Cómo lo sabías?
Porque empiezas a sorprenderte con las cosas sencillas , quiero decirle. Porque sabes emocionarte y eres de esas personas que miran un paisaje como si fuera la primera vez que ven el mar.
Pero no digo nada de eso, claro, solo me encojo de hombros y respondo:
—Intuición.
—Mentiroso.
Una hora después estamos quedándonos en ropa de baño.
Yo termino primero y bebo un trago de agua fría que llevo en la moto, la cual he comprado en la cafetería de Altea, miro el mar y entonces la miro.
Lleva puesto un bikini verde oliva sencillo, sin adornos y sin intención alguna de llamar la atención.
Seguramente, si le preguntaran, diría que es un bikini normal, mas no lo es.
O quizá sí.
O lo más probable es que el problema sea yo, porque durante unos segundos mi cerebro deja de funcionar con la eficiencia habitual.
Pierdo media neurona y la otra media intenta recordar cómo se pestañea.
Ella se acerca tranquilamente.
—¿Qué?
Parpadeo, su piercing del ombligo me está distrayendo.
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—Estoy… —Carraspeo—. Comprobando que has traído bañador.
Frunce el ceño.
—¿Y?
—Todo correcto.
—Eres rarísimo.
—Eso también.
Por suerte, entra en el agua antes de que siga haciendo el ridículo.
Pega un gritito, así que entiendo que está fría.
—¡Está congelada!
—¡No exageres!
—¡Pruébala tú si eres tan valiente!
Me lanza un puñado de agua y me da de lleno en la cara.
Nada.
No hay otra alternativa: la guerra empieza oficialmente.
Durante los siguientes veinte minutos dejamos de tener treinta años y corremos, salpicamos, nos perseguimos entre las rocas…
Ella intenta hundirme, pero fracasa estrepitosamente y yo consigo mojarle el pelo entero.
Sé que la he liado con eso cuando jura vengarse de mí.
En algún momento que no sé identificar con claridad, deja de existir la apuesta, como también el trabajo, las notas y las discusiones, quedando solamente dos personas riéndose como si el tiempo hubiera decidido hacer una pausa.
Cuando salimos del agua nos dejamos caer sobre las toallas, respirando deprisa y todavía riéndonos mientras el sol comienza a secarnos la piel.
Una gaviota sobrevuela la cala y el rumor del mar vuelve a quedarse con toda la conversación.
—En cuanto a mi recuerdo más feliz…
—¿Sí? —La animo a que me lo cuente.
—Tenía ocho años. Mi iaia me despertó muy temprano un sábado. Bueno, quiero que sepas que vivía con mi iaia porque mis padres siempre han trabajado fuera de España. El caso es que ese día me dijo que no hiciera ruido porque íbamos a escaparnos.
No puedo evitar sonreír.
—¿Escaparos?
Asiente con la cabeza y, mientras habla, deja de estar sentada frente a mí, porque durante unos segundos vuelve a tener ocho años, lo veo en su forma de sonreír, en cómo mueve las manos y en la manera en que mira el horizonte sin verlo realmente.
—Fuimos al Mercado Central de Alicante. Ella decía que la fruta sabía mejor cuando uno la compraba con tiempo y sin prisas. Compramos fresas, un queso curado que olía fatal, pan recién hecho… —Hace una pausa y sonríe todavía más—. Y unas flores.
Claro.
Las flores.
Ahora entiendo por qué siempre hay flores frescas junto a aquella fotografía del recibidor.
No son decoración, pero sí una especie de memoria.
—Siempre las flores —digo.
Ella asiente despacio.
—Siempre.
La brisa le mueve algunos mechones del pelo mojado, pero ni siquiera intenta apartarlos, está demasiado ocupada recordando.
—Después subimos andando hasta Santa Cruz cargadas de bolsas y ella saludaba absolutamente a todo el mundo. Creo que conocía hasta a los gatos del barrio.
Me río y ella también.
—Cuando llegamos a casa preparó una tortilla de patatas enorme, la mejor que he probado nunca, y nos la comimos en el patio. Había ropa tendida, una radio vieja sonando bajito y un limonero que todavía era pequeño.
Su voz se rompe apenas un poco, pero lo suficiente para que yo lo note y comprendo que no está llorando porque ya ha llorado muchísimo antes.
Hay una tristeza que deja de salir por los ojos y aprende a vivir en la voz, sé perfectamente de lo que hablo.
La observo sin apartar la mirada, tengo la sensación de que me está regalando algo muy valioso.
—Y recuerdo pensar… —traga saliva— ...que si la felicidad existía, tenía que parecerse mucho a aquello.
No sé qué responder cuando se queda en silencio, porque cualquier frase me parece demasiado pequeña.
Ella baja la vista hacia la arena y el mar sigue respirando delante de nosotros.
—No pasó nada extraordinario aquel día. No hubo un viaje, ni regalos, porque no estábamos celebrando nada. Solo estábamos ella y yo y la sensación de que el mundo entero era un lugar completamente seguro mientras pudiera darle la mano.
No sé por qué, pero esa frase me golpea en algún sitio muy antiguo, quizá porque todos hemos tenido una persona que hacía exactamente eso: convertir el mundo en un sitio menos peligroso.
—Supongo que por eso llevo toda la vida intentando volver a sentir algo parecido —dice por último.
Ahí lo entiendo todo: la casa, las flores, Santa Cruz, la fotografía del recibidor y la forma en la que protege cada rincón heredado de su iaia .
Incluso me atrevería a añadir NíaBeauty.
Nunca ha estado intentando construir una empresa, sino intentando conservar una forma de vivir y una forma de querer.
Respiro despacio, porque tardo unos segundos en encontrar las palabras adecuadas para responderle. No quiero decirle que lo siento, que el tiempo lo cura todo ni regalarle ninguna de esas frases que suenan bien y no arreglan absolutamente nada.
Así que la miro y le digo la única verdad que encuentro:
—Creo que tu iaia estaría muy orgullosa de la mujer en la que te has convertido.
Nía levanta despacio la cabeza y veo que sus ojos brillan un poco y es en este instante cuando tengo la extraña sensación de que alguien más se ha sentado con nosotros frente al mar.
Como si aquella mujer que compraba flores, saludaba a los gatos del barrio y preparaba tortillas de patata gigantes hubiera encontrado la manera de seguir acompañando a su nieta.
Quizá sea eso lo que hace el amor cuando es de verdad, no desaparece, solo aprende a quedarse de otra manera.
Saco lentamente el tercer sobre de la mochila.
Ella lo mira y ya sabe lo que significa.
—¿Todavía tienes la esperanza de que pagaré alguna penitencia? —me dice sonriendo.
—Dicen que es lo último que se pierde, ¿no?
SObrE 3
¿Qué es lo que más miedo te da?
Si no respondes o mientes… Elige tú misma el precio a pagar.
—Para esta no me hace falta encontrar palabras con las que expresarme —me asegura—. ¿Tú no sabes que nunca debes revelar tus temores? Al menos, no de primeras… pueden ser utilizados en tu contra.
Parpadeo varias veces, sorprendido, pues para nada me esperaba ese tipo de contestación.
—Vaya, nunca lo había pensado así.
—Debo elegir penitencia, ¿no? Vaya, si antes lo digo… —se ríe un poquito.
—Eso es.
—Vale, pues entonces… —se toca la barbilla con el dedo índice—. Me quedo con la del primer sobre, te doy un beso en la mejilla.
Levanto las cejitas repetidas veces, haciéndome el interesante.
—Esto me está gustando —le digo con una sonrisa ladeada.
Ella pone los ojos en blanco, mas su sonrisa no se borra.
Admito que sentir los carnosos y suaves labios de Nía en la mejilla me acaba de confirmar todo lo que llevo intentando ignorar estos días y es que tiene algo que me encanta y que no puedo explicar.
No obstante, también me quedo con la parte de que no ha querido confesarme sus miedos.
¿No confía del todo en mí o son esos miedos tan grandes que jamás los diría en voz alta?
Entiendo que hay heridas que no necesitan soluciones inmediatas, solo alguien dispuesto a quedarse cuando aparecen, así que acerco mi botella de agua hacia ella.
Nuestros dedos se rozan apenas un instante y permanecemos allí, sentados frente al Mediterráneo, compartiendo el mismo silencio, sin sentir ninguna necesidad de llenarlo.
Su beso todavía vibra en la piel de mi moflete.