Vecinos con demasiado roce Chapter 24
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Chapter 24

Hay algo profundamente injusto en descubrir que tu vecino insoportable también sabe elegir carreteras, porque una espera que los hombres como Gael conduzcan deprisa y piensen que un semáforo en ámbar es una sugerencia.

Pero no, conduce muy bien, con esa seguridad tranquila de quien no necesita demostrarle nada a nadie.

Eso también me pone nerviosa, lo reconozco.

Al principio intento mantener cierta distancia, o al menos la suficiente para que quede claro que esto no deja de ser una apuesta absurda y para que él no piense que me impresiona.

Spoiler: no funciona.

Llegan las curvas y mi cerebro tiene prioridades muy claras, siendo la primera de ellas, sobrevivir.

Así que, cuando la Harley se inclina ligeramente, mis manos deciden independizarse de mi dignidad y terminan abrazándole la cintura.

Con fuerza.

Muchísima.

No obstante, al cabo de unos minutos dejo de pensar en que estoy abrazando a Gael y empiezo a pensar en otra cosa como el paisaje, por ejemplo, donde la carretera parece dibujada para enamorar a cualquiera.

El Mediterráneo nos acompaña durante buena parte del trayecto, inmenso y brillante, como una sábana azul extendida hasta donde alcanza la vista.

El sol de primera hora todavía no quema; simplemente acaricia las fachadas de los pueblos costeros y hace que el agua parezca salpicada de pequeños cristales.

A un lado aparecen acantilados cubiertos de pinos y al otro pequeñas calas escondidas entre las rocas.

El aire huele a sal, a tierra caliente y al verano.

Por momentos, me olvido incluso de que llevo casi una semana discutiendo con el hombre que conduce delante de mí.

Me descubro pensando que hace demasiado tiempo que no salgo de mi rutina, que llevo meses viviendo inmersa en pedidos, reuniones, campañas, proveedores y facturas, como si el mundo terminara en la puerta del coworking.

La Harley vuelve a acelerar y siento el viento colándose bajo el casco.

Es una sensación difícil de explicar pero, si tuviera que describirla, diría que se parece a la libertad.

Cierro los ojos apenas un segundo, lo justo para escuchar únicamente el motor, el viento y mi propia respiración.

Quizá por eso no me doy cuenta de cuánto tiempo ha pasado hasta que Gael reduce la velocidad.

Abro los ojos y entonces reconozco el lugar: Altea.

Las casas blancas parecen escalar la montaña unas encima de otras, todas diferentes y, al mismo tiempo, perfectamente ordenadas.

Las fachadas reflejan la luz de la mañana con una claridad casi imposible.

Las macetas rebosan geranios, jazmines y buganvillas de un fucsia tan intenso que parece pintado a mano.

Al fondo, la cúpula azul de la iglesia sobresale entre los tejados como si vigilara todo el pueblo.

Y, detrás de todo eso… El mar.

Siempre el mar, respirando despacio y esperándonos.

Gael aparca junto al paseo marítimo, apaga el motor y el silencio que queda después resulta extraño, como cuando termina una canción que no querías que acabara.

Me quito el casco lentamente y el viento me despeina al instante, pero no me importa.

Respiro hondo y huelo a café recién hecho de las cafeterías cercanas y a sal.

—¿Qué? —pregunta Gael mientras deja los cascos sobre la moto.

No aparto la vista del horizonte.

—Es precioso.

—Lo sé.

—No hablaba de ti.

Se ríe otra vez y empiezo a sospechar que este hombre nació riéndose.

—Ven.

Empieza a caminar por el paseo y lo sigo.

Ya hay familias desayunando, ciclistas tomando café y turistas con cámaras colgadas al cuello.

Un músico afina una guitarra en una esquina mientras el sonido de las olas marca el ritmo de todo lo demás.

Acabamos sentados en una cafetería frente al mar, de esas con mesas de madera clara, sombrillas blancas y camareros que parecen incapaces de tener prisa.

Pedimos unas tostadas con tomate, aceite y jamón serrano, dos cafés y dos zumos de naranja recién exprimido.

—No sabía que desayunabas como una persona normal —le digo.

—Pensabas que me alimentaba de ego, imagino.

—Lo sigo pensando.

—El ego no lleva vitamina C.

Sonrío.

Maldita sea.

Estoy sonriendo demasiado últimamente.

El camarero deja el desayuno sobre la mesa y observo que el pan todavía está caliente, crujiente por fuera y tierno por dentro.

—Vale —murmuro después del primer sorbo de café, el cual me sabe a gloria—. Este sitio ya ha hecho que la cita suba muchos puntos.

—Solo acaba de empezar. ¿Vas a contestar la pregunta del primer sobre o tengo que suplicarte?

Levanto una ceja y pongo morritos.

—Voy a recordar cómo era… —digo sacando el sobre del bolsillo de mi pantalón vaquero.

SObrE 1

¿Cuál era tu sueño cuando tenías diez años?

Si no respondes o mientes...

Gael tiene derecho a un beso en la mejilla.

—Vale —respondo.

—¿Y bien? —pregunta Gael.

¿Está un poquito ansioso o solo me lo parece a mí?

—Voy a contestar, claro —le adelanto—. Creo que mi sueño a los diez años era tener un negocio propio.

—Vaya, no has cambiado nada de nada —se carcajea.

—Se ve que no. He respondido y no he mentido, así que no hay penitencia —le guiño un ojo y doy un bocado a mi tostada.

—Bueno, te creeré por ser el primero… —dice, y saca un sobre del bolsillo interior de la chaqueta.

Tiene escrito un número dos.

Y mi estómago da un pequeño vuelco, cuando lo deja sobre la mesa.

—Adelante.

Lo abro despacio y encuentro una tarjeta idéntica a la del sobre 1.

SObrE 2

¿Cuál es el recuerdo más feliz de tu vida?

Si no respondes o mientes…

Perderás el derecho a negarte a responder en la siguiente pregunta.

El ruido del paseo desaparece llevándose las conversaciones de las mesas de al lado, las olas, el tintinear de las cucharillas…

Todo.

Hay preguntas que no necesitan tiempo para encontrar respuesta y esa lleva esperándome desde hace muchos años.

Levanto la vista y me doy cuenta de que Gael ya no sonríe, solo espera sin prisa, como si supiera que algunas respuestas necesitan primero un poco de silencio.

Aprieto la tarjeta entre los dedos, meditando qué respuesta le voy a dar.