Chapter 23
Arranco despacio y la Harley abandona la zona de Santa Cruz con ese rugido grave que siempre consigue ponerme de buen humor.
Las calles todavía estás despertando: una mujer riega los geranios apoyada en el alféizar de una ventana, un panadero deja varias barras recién hechas en la puerta de un restaurante, alguien saluda desde un balcón y el olor es una mezcla imposible de café recién molido, pan caliente y sal, algo que solo existe en ciudades que viven mirando al Mediterráneo.
Cuando dejamos atrás el castillo de Santa Bárbara, la ciudad empieza a desperezarse de verdad y, aunque el sol aún no aprieta, empieza a aparecer una luz distinta, dorada y suave, como si Alicante todavía no hubiera decidido qué versión del día quiere ser.
Tomo la carretera que bordea la costa y a nuestra derecha aparece el mar, inmenso y tranquilo. Tan azul que durante unos segundos parece completamente inmóvil.
Está plato, como suelen decir los pescadores.
Siempre me pasa lo mismo, y es que por mucho que haya recorrido esta carretera, nunca consigo acostumbrarme.
Hay algo casi terapéutico en conducir junto al Mediterráneo.
El aire entrando bajo el casco, el olor a sal, las montañas asomando al fondo y esa sensación absurda de que todos los problemas pesan un poco menos cuando el mar te acompaña.
Las curvas empiezan a sucederse con calma, una detrás de otra, la Harley se inclina suavemente y es entonces cuando la noto.
Primero una mano y luego la otra sujetándose con timidez a mi cintura.
Sonrío para mí y no digo nada, porque hay momentos que es mejor no romper.
Seguimos avanzando y atravesamos pequeñas urbanizaciones dormidas.
Las primeras terrazas empiezan a llenarse de gente desayunando, alcanzamos a algún ciclista y un corredor saluda levantando la mano.
Poco a poco el paisaje cambia, las palmeras dejan paso a los acantilados, las casas blancas aparecen dispersas entre el verde de los pinos y el mar se vuelve todavía más intenso y salvaje.
Miro un instante por el retrovisor y compruebo que Nía ya no va tan rígida y su cabeza descansa apenas unos centímetros más cerca de mi espalda.
El viento juega con los mechones que se han escapado de su coleta y bailan alrededor del casco.
No sé si está mirando el paisaje o simplemente disfrutando del silencio, pero no importa, ambos estamos haciendo exactamente lo mismo.
Conducimos durante varios kilómetros sin decir una palabra y, sorprendentemente, no hace falta.
Cuando por fin el cartel de Altea aparece a nuestra derecha, reduzco la velocidad.
Siempre me ha parecido uno de los pueblos más bonitos del Mediterráneo.
Y no es para menos…
Las casas blancas parecen derramarse por la ladera de la montaña hasta encontrarse con el mar, las cúpulas azules de la iglesia brillan bajo el sol de la mañana, las buganvillas caen por las fachadas como si alguien hubiera decidido decorar las calles con flores en lugar de pintura y el paseo marítimo, todavía tranquilo a esta hora, parece invitar a bajar el ritmo incluso antes de apagar el motor.
Aparco frente al mar y el rugido de la Harley desaparece para ser sustituido por otro: las olas, constantes y suaves, como si llevaran siglos contando la misma historia.