Vecinos con demasiado roce Chapter 22
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Chapter 22

Cuando vuelvo a Santa Cruz todavía queda luz entre las fachadas blancas.

Las macetas siguen colgando de las paredes, Carmen está hablando con una vecina desde una ventana y un niño corre escaleras arriba mientras su madre le grita que se va a partir los dientes.

El barrio ya me resulta familiar y tampoco puedo evitar mirar hacia la casa donde vive Nía, la cual tiene las luces apagadas.

Seguro que está con sus amigas, cenando, pasándolo bien y poniéndome a caldo.

La imagen me hace gracia.

Muchísima.

—Espero salir vivo —murmuro para mí.

Entro en casa y dejo las llaves sobre la encimera.

Mi ropa acaba tirada sobre una silla y me preparo una cena deprimente compuesta por un poco de embutido, pan y algo de fruta.

No tengo ganas de cocinar y tampoco demasiada hambre, solo una especie de nervios extraños que llevaba años sin sentir.

Así que ceno viendo una serie que no estoy viendo, me ducho y me siento en el sofá con una cerveza.

Es entonces cuando la sonrisa vuelve sola, porque me acuerdo de ella y de cómo se ha puesto roja cuando le he dicho que estaba preciosa al enfadarse.

¿Me he excedido?

Quizá sí, pero lo hecho, hecho está.

Mi móvil vibra, sacándome de mis pensamientos, y descubro que Inés me ha mandado un audio de whatsapp.

Dime que te das cuenta de que estás sonriendo como un imbécil, escucho cuando lo reproduzco.

Resoplo y la llamo por teléfono.

—Vete a dormir —le digo cuando descuelga la llamada.

—Gael, te conozco.

—No digas tonterías —digo poniendome en pie, la conversación me está poniendo un poco nervioso.

—¿Le has contado lo de mañana?

Sonrío.

—No. Nada.

—Pero llevas años con esa idea de cita en la cabeza y vas a experimentarla con ella.

—Bueno, ¿y qué?

—Estás jodido, simplemente.

Me río.

—Buenas noches, Inés.

—No. Espera. ¿Te gusta?

—Adiós, Inés.

—¡GAEL!

Cuelgo; ni yo mismo quiero responder a eso.

No todavía, al menos, porque la respuesta me da  miedo.

Voy al dormitorio y, tras abrir el armario, saco una caja vieja de madera que dejo sobre la cama.

Dentro hay sobres, fotografías, entradas de conciertos, un mapa doblado, una libreta con la tapa de color negro, una pulsera de tela y recuerdos, muchos más recuerdos.

La idea de cita que tengo preparada para Nía mañana, nació hace años, cuando las cosas se fueron a la mierda y tuve que aprender a reconstruirme.

Cuando cogía la Harley sin rumbo y recorría la Comunidad Valenciana durante horas.

Parando, respirando, pensando y volviendo a encontrarme.

En cada parada escribía preguntas tontas o importantes que me ayudaban a recordar quién era, qué quería, qué me hacía feliz, qué soñaba cuando tenía diez años, qué me daba miedo, qué había perdido, qué esperaba encontrar…

No sé, mil cosas.

Con el tiempo guardé los sobres y nunca volví a abrirlos.

Hasta hoy, que los extiendo sobre la cama y sonrío.

Puede parecer una locura, pero por primera vez en mucho tiempo sé con quién quiero compartirlos.

Me paso las manos por la cara, sorprendido conmigo mismo, pues me acabo de dar cuenta de que me da igual ganar o perder la apuesta.

No quiero besarla porque pierda, ni que me dé la razón delante de Carmen.

Quiero enseñarle el mar, verla reír, escuchar cómo me cuenta historias absurdas, saber por qué habla con las plantas cuando las riega y descubrir qué soñaba la niña que se convirtió en la mujer que fabrica labiales con nombres imposibles.

Quiero conocerla, simplemente.

Miro el reloj y veo que son cerca de las diez y media.

Todavía tengo tiempo, así que voy al aparcamiento donde mi Harley está aparcada, paso la mano por el depósito y sonrío.

—Mañana nos toca trabajar.

Cojo un paño y empiezo a limpiarla, aunque lo hice el otro día y sigue sin hacerle falta, pero necesito hacer algo con estos nervios.

Mientras froto el cromado, me descubro sonriendo otra vez como un adolescente, un completo idiota, alguien que lleva demasiado tiempo sin esperar nada de nadie y, de repente, tiene ganas de que llegue el sábado.

Cuando termino, la observo: es perfecta, como el primer día, y por un momento me imagino a Nía detrás de mí, abrazada a mi cintura, riendo, protestando…

Esa imagen, por alguna razón extraña, me hace feliz.

26 Nía

SÁBADO

Hay personas que cuentan ovejas para dormir. Te suena, ¿verdad?

Bueno, pues yo cuento posibilidades y ninguna tiene mucho sentido, que digamos.

Doy una vuelta en la cama, luego otra y finalmente pongo la almohada del otro lado, como si eso fuera a ordenar también mis pensamientos.

No funciona, claro, y es que al otro lado de la pared…

Toc.

Toc.

Toc.

Cierro los ojos y, muy a mi pesar, sonrío.

Mal.

Muy mal.

—¿Qué quieres? —pregunto lo bastante alto para que me escuche—. ¿Que no duerma, mañana esté cansada y tengas ventaja porque no estoy en plenas facultades?

Al otro lado se hace un pequeño silencio.

—No se me había ocurrido, pero gracias por la idea.

Pongo los ojos en blanco.

—Eres insufrible.

—Eso ya lo sabía.

Espero unos segundos.

—¿Y entonces?

—Solo quería decirte que tienes una nota debajo de la puerta.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Lo que oyes.

Me incorporo de golpe, como si de pronto me hubiera convertido en un resorte.

—¿Otra?

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde, me temo —mascullo al tiempo que me pongo las chanclas para ir a por la dichosa nota.

Escucho una risa amortiguada al otro lado de la pared y, por algún motivo completamente absurdo, esa risa me hace sonreír.

Otra vez.

Cruzo el pasillo, abro la puerta y descubro que, efectivamente, hay un sobre blanco esperándome con mi nombre al completo: Virginia María Montemayor.

Frunzo el ceño.

—Te he dicho mil veces que no me llames así —digo al lado de su ventana.

—Y yo lo ignoro, ya lo sabes.

Capullo.

Me meto dentro de casa con el sobre y cierro la puerta.

Patricia ya está sentada encima de la mesa del salón, balanceando las piernas, cree que esto no tiene muy buena pinta.

Me llama la atención que esté un poco emborronada, como una imagen gastada de un televisor antiguo.

Abro el sobre con cuidado y veo que en el interior hay una única hoja doblada.

Buenos noches, vecina:

Mañana nos espera un día largo, así que necesito que vengas cómoda.

Aquí te dejo una lista de todo lo que necesitas: vaqueros, zapatillas, ropa de baño y ropa de cambio, chanclas, toalla de playa y una camiseta que no te importe llenar de recuerdos.

También puedes traer un pijama, pero solo si quieres.

Te espero mañana a las ocho en punto en las faldas de Santa Cruz.

No llegues tarde, tengo preparado algo que, te prometo, no te esperas.

Y, por cierto… descansar también forma parte de la cita perfecta, así que deja de darle vueltas.

Firmado: Gael.

P.D.: Sí, he puesto solo "Gael". Vamos progresando.

Termino de leer y vuelvo a empezar, y luego otra vez, porque cuanto más leo esa nota, menos entiendo qué demonios es lo que ha preparado.

Lo de las zapatillas, vale. Pero ¿ qué es eso de llenar una camiseta de recuerdos? ¿Un pijama?

—¿Y si me secuestra? —pregunto en voz alta.

Patricia se encoge de hombros, cree que de ser así, al menos el secuestrador está bueno.

No ayudas absolutamente nada , pienso, y su imagen se emborrona todavía más.

Doblo la nota con cuidado y la dejo en el cajón del recibidor, junto a las dos anteriores.

Solo porque así no se pierden, nada más.

Me meto otra vez en la cama, apago la luz, miro al techo e intento imaginar qué estará haciendo él ahora mismo, si también estará nervioso, si realmente existe un plan, si la Harley tendrá algo que ver, si…

No.

Basta.

Cierro los ojos y me termino durmiendo con la sensación de cuando era pequeña y la iaia me decía que al día siguiente nos íbamos de excursión y con esa ilusión tonta que hace que dormir parezca perder el tiempo.

*

El despertador suena a las siete pero, contra todo pronóstico, ya estoy despierta.

Me ducho deprisa, me tomo un café, me lavo los dientes y me recojo el pelo en una coletita baja.

Como outfit elijo unos vaqueros claros, unas deportivas blancas y una camiseta de algodón color arena.

Abro el armario y cojo la ropa de baño, la ropa de cambio, las chanclas… espero también que la camiseta que llevo sea apta para llenarla de recuerdos, tal y como me dijo.

No sé por qué me hace gracia obedecer todas sus instrucciones.

Cuando termino miro el reloj: las siete y cuarenta y ocho.

Con mi mochila al hombro, cojo el móvil y las llaves y salgo de casa.

Santa Cruz todavía bosteza y las calles están casi vacías, pero alguna persiana que otra empieza a levantarse y un gato cruza una escalera con la tranquilidad de quien sabe que el barrio también le pertenece.

El aire huele a pan recién hecho y a mar.

Camino hasta las faldas del barrio y entonces lo veo apoyado sobre una su Harley negra e impecable.

Chaqueta de cuero, vaqueros oscuros, un casco en una mano y otro sobre el asiento.

Su  sonrisa, sinceramente, debería pagar impuestos.

Se incorpora al verme y me observa de arriba abajo.

—Estás loco —le digo, luego me muerdo el labio inferior.

—Buenos días para ti también —dice con una sonrisa ladeada.

—No pienso subirme ahí sin saber adónde vamos.

—¿Estás segura? No hace falta que lo sepas.

Abre uno de los compartimentos de la moto y saca una chaqueta de cuero que sostiene delante de mí.

—Póntela.

—No hace juego con mi ropa —me quejo, divertida.

—Conmigo sí.

Le lanzo una mirada asesina y él sonríe.

Me pongo la chaqueta y, aunque me va un poquito grande, descubro que huele a cuero, a colonia y, muy ligeramente, a él.

Madre mía…

Gael saca entonces un sobre de color blanco con un número uno dibujado a mano.

—Las reglas son sencillas —me explica mientras me lo tiende y yo lo cojo con ambas manos—. Cada parada tendrá un sobre y dentro habrá una pregunta. No puedes mentir, pero tampoco puedes dejar de responder. Y si te niegas…

Entorno los ojos ante la teatral pausa que está haciendo solo para hacerse de rogar.

—¿Qué? ¿Qué ocurre si me niego? ¡Venga!

—Hay penalización.

—¿Qué penalización?

—Ábrelo.

Rompo el sobre al tiempo que chasqueo la lengua contra el paladar y miro lo que hay dentro: una tarjeta.

SObrE 1

¿Cuál era tu sueño cuando tenías diez años?

Si no respondes o mientes...

Gael tiene derecho a un beso en la mejilla.

Levanto la vista muy despacio y entrecierro los ojos como una hiena cuando lo miro.

—¿Perdón?

Él cruza los brazos.

—Las reglas son las reglas.

—Te las has inventado tú.

—Claro.

—Qué conveniente.

—Muchísimo.

Lo miro, miro la Harley y miro otra vez el sobre.

Entonces comprendo una cosa: no tengo ni idea de cómo va a acabar este día, pero estoy deseando descubrirlo.