Chapter 21
—¡POR EL AMOR DE DIOS, CUENTA DE UNA VEZ!
Parpadeo.
India me mira desde el otro lado de la mesa con una servilleta en la mano, Bruna está inclinada hacia delante como si fuera una periodista a punto de sacar una exclusiva y Vega tiene esa expresión tranquila de quien ya sabe que voy a acabar contándolo todo igualmente.
Suspirando, dejo el taco sobre el plato.
Mis amigas están esperando a que les cuente qué diantres ha pasado en esa reunión, tras mandarles un mensaje al grupo cuando venía de camino diciéndoles que el famoso representante era Gael, soy consciente.
—Pues eso… que el representante de Inés era él. ¡Precisamente él! Y como no nos poníamos de acuerdo con la forma de hacer la publicidad… pues que me ha propuesto una apuesta y he aceptado…
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Bruna pega un grito.
—¡AAAAAAAAH!
Medio local se gira hacia nosotras.
—¡Bruna!
—¡Perdón! —susurra—. Continúa.
—No pienso hacerlo.
—Lo harás.
—Me estáis agotando.
—Nos acabas de decir que has hecho una apuesta con tu vecino buenorro y que encima depende en gran parte de él que consigas tu primera colaboración. Lo mínimo es que detalles las condiciones —dice India.
Miro mi bebida, que es un cóctel raro, mientras intento procesar mi propia vida.
Acabo de aceptar una cita con mi vecino.
Bueno, una apuesta, que no es lo mismo, ¿verdad?
Patricia acaba de ponerse a llorar en una esquina.
—Venga, habla —dice Vega.
—Dice que existe la cita perfecta.
—El cabrón va fuerte —murmura Bruna.
—Y yo le he dicho que no.
—Normal.
—Y entonces me ha retado.
—Normal.
—Y yo he aceptado.
—NO ES NORMAL —gritan las tres.
No puedo evitar reírme.
—¿Y qué gana él? —pregunta India.
—Que reconozca delante de vosotras y Carmen que tenía razón.
Bruna se atraganta con el taco.
—¿Delante de Carmen?
—Sí.
—Qué hijo de puta más brillante.
—brUNA.
—Es verdad. El hombre sabe dónde hacer daño.
—¿Y tú qué ganas? —pregunta Vega.
—Si pierde, se encargará él solo de toda la campaña y dejará de meterse en las decisiones creativas.
—No va a perder —dictamina India.
—Ni tú tampoco —dice Bruna.
—¿Ni yo qué?
—Ni tú tampoco.
—¡Que no me gusta!
—Claro.
—Lo digo en serio. No quiero nada con él. Es un pesado y sonríe demasiado.
—Lo que tú digas.
Bruna se abanica con la carta y luego levanta su copa:
—Brindemos.
—¿Por qué?
—Por la primera cita de Nía.
—NO ES UNA CITA.
—Por la primera cita de Nía —repite haciendo caso omiso de mis palabras.
—No pienso brindar por eso.
—Pues yo sí —dice India.
—Y yo —añade Vega.
—Y yo —dice Bruna—. Más que nada porque ese hombre tiene una Harley y yo soy una mujer sencilla.
—¿Y qué te ha dicho exactamente? —pregunta India.
Me apoyo en la silla.
—Me ha dicho…
Sonrío sin poder evitarlo, maldita sea.
—¿Qué?
—Me ha preguntado si tenía miedo de enamorarme.
Bruna deja la copa sobre la mesa.
—Ay.
India se lleva una mano al pecho.
—Ay.
Vega suspira.
—Ay.
—¿Qué os pasa?
—Nía… —murmura Bruna—. Eso no se dice.
—Pues lo ha dicho.
—¿Y tú qué has respondido?
—Que estaba loco.
—¿Y?
—Y que aceptaba.
Bruna vuelve a pegar un gritito.
—¡Dios mío!
—¡Bruna!
—Perdón, es que os juro que estoy viviendo esta historia más que la mía.
—¿Y tú no tienes miedo? —pregunta Vega.
La pregunta me pilla desprevenida, pero debajo de todas estas risas y este cachondeo en la conversación, hay algo: una cosa pequeña, una molestia, una especie de pellizco.
¿Y si tiene razón, estoy aterrada y resulta que me gusta más de lo que quiero reconocer?
Patricia, sentada frente a mí en una silla imaginaria, cruza las piernas.
Pues claro que tienes miedo, me dice. Normal, te hace sonreír, te mira y se te olvida respirar y consigue que me calle.
La ignoro como tantas otras veces y me limito a mirar a mis amigas, porque quizá la vida no es exactamente como la imaginaba cuando tenía veinte años, pero aquí sentada junto a las tres mujeres que me han visto romperme y volver a empezar cien veces, pienso que no está nada mal.
Aunque mi vecino insoportable me acabe de declarar la guerra y aunque, muy en el fondo, una parte de mí esté deseando perder y tener esa cita perfecta con él.