Chapter 20
Si alguien me hubiera dicho esta mañana que iba a terminar sentada en una cafetería discutiendo con mi vecino delante de una influencer que come patatas bravas como si estuviera viendo una final de La Champions, me habría reído.
Y luego habría llamado a un especialista.
Pero aquí estoy yo y aquí está Gael sonriendo demasiado, para sorpresa de nadie.
Inés ya ha vuelto del servicio.
—Te repito que no puedes pretender que toda una campaña se base en cuatro fotos bonitas y una cafetera —dice, retomando la conversación.
No quiero trabajar con él, pero sí quiero conseguir mi primera colaboración, así que debo pensar bien mis decisiones.
—No son cuatro fotos bonitas. Es hogar.
—Es lento —me debate.
—Es íntimo —insisto.
—Es estático.
—Es real —contraataco.
—Es aburrido.
Abro mucho los ojos.
—¿Aburrido?
—No he dicho eso.
—Acabas de decir eso.
—He dicho…
—ABURRIDO —me indigno fuertemente.
Inés se mete otra patata en la boca.
—Por favor, no me hagáis intervenir. Deberíais saber llegar a un acuerdo vosotros solos.
—Tu representante acaba de insultar mi trabajo —protesto.
—Mi representante no sabe comportarse —responde ella sonriendo.
—Tu clienta es una exagerada —dice Gael.
—¡Perdona!
—Eso.
—No me gusta nada cuando haces eso.
—¿El qué?
—Sonreír después de provocar una guerra.
—No sonrío.
—Claro que sí.
—Son imaginaciones tuyas.
Inés se lleva la mano al pecho.
—Madre mía, me siento como una adolescente viendo una serie.
—No tenemos química —decimos los dos al mismo tiempo, mirándola directamente a los ojos.
—Ya.
La muy bruja sonríe.
Y vuelve a las patatas.
—Seguid, seguid.
Nos miramos y, por primera vez desde que hemos empezado la reunión, ninguno habla.
Hasta que él suspira.
—Lo que quiero decir es que la gente conecta con historias.
—Con historias reales —corrijo.
—Las citas son historias. Para la publi podemos recrear varios tipos de cita según el labial.
—Las citas son una mentira.
Gael arquea una ceja.
—¿Perdón?
—La cita perfecta no existe.
—Claro que existe.
Inés levanta una mano.
—Yo me casé con mi novio del instituto y nunca he tenido Tinder, así que no puedo opinar. Continuad.
La ignoro como hago con Patricia.
—Lo que quiero decir es que la gente se enamora de una idea —continúo—. Y luego llega la vida.
—Eso es muy triste.
—Eso es la realidad, que es diferente.
—No tienes ni idea.
—¿Ah, no?
—No.
—Pues ilústrame —le provoco.
Me ofrece una sonrisa de “se me acaba de ocurrir una barbaridad".
—Te apuesto lo que quieras.
Parpadeo varias veces.
¿Qué dice? ¿Qué está diciendo?
—¿Qué?
—Una cita.
—¿Perdón?
—La cita perfecta.
—No existe, te lo estoy diciendo.
—Déjame demostrártelo —dice muy seguro de sí mismo.
Me echo a reír.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
—Gael, no tienes ni idea de lo que estás diciendo.
—Sí la tengo.
—Eres agotador —digo soltando un suspiro.
—Y tú preciosa cuando te enfadas.
Se me olvida respirar e Inés se atraganta con una patata.
Claro, si es que no para de jalar, la tía.
Tose.
Tose tanto que Gael y yo nos callamos.
Hazle la maniobra esa, la de Heimlich , dice Patricia.
No pienso hacer eso, si tose es que está respirando. Por cierto, nunca le deis a nadie en la espalda si se está atragantando, puede ser peor.
Pero Inés sigue tosiendo y su tez se pone un poco morada.
Verás tú, la tonta de las patatas, dice Patricia.
Gael la mira muy atento.
A que se ahoga…
—¿Ya?
Entonces Inés parece volver a la vida.
—¡Ay, perdón! ¡Perdón! —se disculpa limpiándose las lágrimas que han mojado sus mejillas por culpa de la tos—. ¡Seguid! ¡No existo!
A punto de no existir ha estado sí , dice Patricia.
La fulmino con la mirada por el susto, pero sigo queriendo esta colaboración.
—¿Y si no consigues convencerme? —pregunto.
—Si no consigo que reconozcas que ha sido la mejor cita de tu vida, me encargaré yo solo de toda la campaña y no volveré a meterme en ninguna decisión creativa. Es decir, se hará como tú quieras.
—¿Y si pierdo yo?
Sonríe y juro que por un segundo me pone nerviosa.
De verdad.
—Si pierdes…
—¿Sí?
—Reconocerás delante de tus amigas y Carmen que yo tenía razón.
Me echo a reír.
—Ni muerta.
—¿Miedo?
—¿A ti?
—A enamorarte.
Maldito.
—¿Perdona?
—Lo que has oído.
—¿Tú estás bien de la cabeza?
—Eso intento averiguar desde que me mudé a Santa Cruz.
—Eres insoportable.
—Y tú tienes miedo.
—No tengo miedo.
—Claro.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—¡ACEPTO!
Se hace el silencio e Inés aplaude.
Literalmente.
—¡SÍ! ¡POR FIN! Entonces, ¿colaboramos?
Gael extiende la mano hacia mí.
—¿Trato hecho?
Miro esa mano, sus dedos y luego subo hasta sus ojos y, por algún motivo que no entiendo, siento mariposas.
Mariposas.
A mi edad.
Qué ridículo.
Gael sonríe otra vez y estrecho su mano caliente, grande y segura.
Por alguna razón absurda, tarda una fracción de segundo más de lo normal en soltarme.
—Trato hecho —dice.
—Trato hecho.
—No te arrepientas luego.
—Eso díselo tú a tu ego.
—Nunca.
—Mañana a las ocho de la mañana en las faldas de Santa Cruz. Nos servirá para terminar de cerrar la colaboración.
—Ahí estaré —digo apretando los dientes.
Inés vuelve a aplaudir.
—Dios mío, os adoro.
—No es para tanto —murmuro recogiendo el bolso para ir hacia la barra, pagar mi parte y marcharme de aquí.