Chapter 19
—Te va a gustar.
—Eso dices siempre.
—Esta vez más.
—¿La chica es maja?
Inés sonríe al otro lado de la videollamada.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—La conozco por Instagram.
Me quito las gafas y la miro.
—Vivimos en una época rarísima.
—Pero bonita.
—Discrepo.
—Gael.
—¿Qué?
—Te va a encantar —me asegura para infundirme tranquilidad.
—Eso es muy subjetivo.
—No. Te va a encantar.
—¿La campaña?
—Todo.
Y sonríe.
—¿Por qué pones esa cara?
—¿Qué cara? —casi se ofende.
—La de "sé algo que tú no sabes".
—Porque sé algo que tú no sabes y es que vas a salir contento de la reunión, simplemente.
—Te odio.
—No, me adoras.
Y cuelga.
Resoplo.
Inés lleva días hablándome de una marca pequeña de cosmética que ha descubierto hace poco y con la que está empeñada en colaborar. No deja de decir que es distinta, que tiene personalidad y que detrás hay alguien que ha sabido construir algo honesto en un mundo lleno de copias.
No me ha querido contar mucho más, por eso me costó un poco acceder a que nos reuniéramos con la muchacha.
Dice que prefiere que llegue a la reunión sin expectativas, así que eso hago.
Espero una tarde tranquila, una emprendedora con buenas ideas y una campaña que nos obligue a darle unas cuantas vueltas a la cabeza.
Me gustan las cosas poco vistas en redes sociales.
Lo que no espero, ni por asomo, es que el universo se ría así de mí y el corazón me pegue un golpe tan fuerte por el que casi me olvido de respirar cuando llego al lugar de encuentro y la veo a ELLA.
Mi vecina.
Nía.
No puede ser.
Está sentada frente a Inés y lleva unos vaqueros blancos puestos, una blusa verde y el cabello suelto. Esos ojos enormes que siempre parecen estar a un comentario de mandarme a paseo, me miran de forma tan sorprendida como lo estoy yo.
Necesito procesar, esa es la verdad, por eso parece que me he quedado moñeco .
Virginia María Montemayor, mi vecina, la mujer que canta fatal, me hace tortillas, riega las plantas y le encantan las motos…
La mujer que lleva casi una semana apareciendo demasiadas veces en mi cabeza.
Mierda.
Ella levanta la vista y se queda tan inmóvil como yo.
—¿TÚ?
—¿TÚ?
Lo decimos al mismo tiempo.
Inés parpadea.
Una vez.
Dos.
—¿Os conocéis?
—No —dice ella inmediatamente.
—Sí —respondo.
La miro, me mira e Inés sonríe.
—¡Qué fuerte!
Nía abre mucho los ojos.
—¿Por qué?
—Nada, nada —dice Inés—. Me encanta esta reunión.
—Es mi vecina —explico.
—Por desgracia —murmura Nía.
—Por suerte para ella, quiere decir —añado.
—¿Perdón?
—Nada.
—No, no. Repite.
—No hace falta.
—Gael.
—¿Sí, vecina?
—No me llames vecina.
—No me llames Gael.
—¿Y cómo quieres que te llame? Si es tu nombre.
—Representante —digo, luego carraspeo y me siento junto a ellas.
Inés se echa a reír.
—Vale, parad. Os juro que os grabaría.
Nía se cruza de brazos.
—No tiene ninguna gracia.
—Claro que la tiene —dice Inés. —Qué fuerte me parece esta coincidencia… Pero bueno, tenía muchas ganas de trabajar contigo y ya estamos aquí —dice mirando a Nía.
Nía sonríe y la vecina borde desaparece para dejar paso a la empresaria.
—Lo mismo digo.
—Me obsesionan tus productos.
—Gracias.
—No, gracias a ti. Que le den es una fantasía.
Nía se ríe.
—Y Cállate, Patricia es una obra maestra.
—La pobre Patricia se va a enfadar.
—¿Patricia existe? —pregunto.
—No preguntes.
—Pregunta poco y vive más, sí —añade Inés.
—Consejo aceptado —digo levantando las manos con las palmas hacia ellas, en señal de paz.
Pedimos unas bebidas y algo para picar. Aquí es donde la reunión comienza de verdad y yo me dedico a observar, porque no es la primera vez que la veo brillar cuando habla de su proyecto, y ahora se lo está vendiendo a Inés.
Y joder.
Es imposible no admirarla.
—Me gusta mucho la idea —dice Inés—. Pero no quiero las típicas fotos en un baño o en una habitación blanca.
—Yo tampoco —dice Nía.
—Quiero algo mediterráneo.
—Auténtico, sí —añado.
—Con personalidad —dice Inés.
—Con alma —dice Nía.
Sonrío.
—Exacto.
Ella me mira durante un segundo y por primera vez en toda la tarde no parece querer asesinarme.
—Estaba pensando en algo íntimo —dice ella—. Una rutina. Una casa. Café. Algo muy cotidiano.
—Eso está muy visto, Nía —respondo.
Su cabeza gira lentamente hacia mí.
—¿Perdón?
—Digo que está muy visto.
—¿Y qué propones tú?
—Movimiento.
—Qué profundo.
—Gracias.
—Era ironía.
Inés se mete una patata en la boca.
—Seguid, seguid. Esto es mejor que Netflix.
Nía pone los ojos en blanco.
—No podemos hacer algo vacío.
—Ni algo lento.
—La gente conecta con las emociones.
—Y con las historias.
—Exacto.
—Pues eso digo.
—No estás diciendo eso.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí
Inés levanta una mano.
—Vale. Creo que os estoy entendiendo a los dos.
Nos callamos.
—¿Qué?
—Tenéis química.
—NO —decimos al mismo tiempo.
—Ajá.
—No tenemos química.
—Es mi vecino.
—Es mi vecina.
—Es insoportable.
—Es dramática.
—Es un chulo.
—Es una mandona.
Inés se ríe tanto que tiene que beber agua.
—De verdad, no paréis nunca —dice mi representada mientras se levanta de la silla—. Disculpadme un segundo, voy al baño. No os matéis.
—No prometo nada —dice Nía.
—Qué carácter —digo, luego lanzo un suave silbido.
—Qué cara.
—Qué borde.
—Qué pesado.
Sonrío.
—No pienso trabajar contigo —dice mientras se cruza de brazos.
—Pues qué mala suerte tienes, vecina. Inés sí quiere trabajar contigo y es mi representada.
—No me llames vecina.
—Te llamaré socia.
—Ni en tus sueños.
—¿Y en los tuyos?
—Gael.
—¿Sí?
—Cállate.
Sonrío.
—Eso vende mucho últimamente.
Ella resopla.
Pero se le escapa una sonrisa.
Joder.
Las mujeres inteligentes siempre han sido mi punto débil y Virginia María Montemayor empieza a parecerse demasiado a una mala decisión.
No obstante, creo que ya es demasiado tarde para salir corriendo.