Vecinos con demasiado roce Chapter 18
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Chapter 18

VIERNES

La mañana empieza con timbrazos, muchos timbrazos, porque India tiene la costumbre de llamar como si viniera a avisarme de una invasión alienígena.

—¡Ya voy! —grito.

Abro la puerta y la veo aparecer con tres cafés en una mano y una palmerita de chocolate enorme en la otra.

—Buenos días, emprendedora del amor.

—Buenos días.

—¿Ha dormido bien nuestra Harley Davidson? —pregunta poniendo morritos.

—Fuera de mi casa —le digo entre risas señalando el exterior.

—No —dice, y se cuela dentro como si fuera una sabandija.

Cinco minutos después llega Bruna con pendientes nuevos, labios rojos y unas gafas de sol gigantes.

—¿Has venido a hacer fotos o a robar un banco?

—Ambas cosas a lo mejor.

—Perfecto.

Vega aparece la última con el portátil, la cámara y cara de haber dormido poco.

—Por favor, decidme que hay café —suplica.

—India ha traído.

—Entonces os sigo queriendo.

Y, de repente, mi casa se llena de ruido del bueno: amigas, labiales, café y risas.

Bruna mueve cosas sin permiso, India baila y Vega coloca focos de luz y reniega de mi fibra óptica.

Y yo las observo, agradecida por tenerlas aunque sean insoportablemente entrometidas.

Estoy emocionada porque, pensándolo bien y aunque cada una tenga su trabajo, de ahí a que paguemos a medias el espacio de coworking, NíaBeauty no soy solo yo, también son ellas.

Bruna me ayudó a empaquetar pedidos cuando todavía vendía diez productos al mes, India lloró más que yo cuando llegó mi primer pedido grande y Vega, cuando me ayudó a crear la web, me repitió que dejara de pedir perdón por no saber hacerlo sola.

Han estado junto a mí cuando todo esto comenzó, en todas mis dudas y en cada "¿y si no funciona?".

Y siguen aquí.

—¿Qué te pasa? —pregunta Bruna.

—Nada.

—Estás poniendo cara de llorar y no te favorece nada.

—No estoy poniendo cara de llorar.

—Pues a mí me lo parece.

—Es alergia —digo, parpadeando de forma continua al tiempo que miro hacia arriba para impedir como sea que las lágrimas salgan de mis ojos.

India me abraza.

Será traidora… todo el mundo sabe que si estás emocionada o a punto de llorar y te abrazan, es como caer en una trampa mortal, porque terminas llorando.

—Ay, que se emociona —dice, acariciándome la espalda de arriba abajo.

—¡Suéltame! —exclamo mientras intento zafarme moviendo los hombros.

—No quiero, no seas antipática —dice apretujándome entre sus brazos.

Es una lapa, una lapa asfixiante.

—Pero es que… —intento decir.

—No, no y no —dice ella superdigna moviendo la cabeza de lado a lado.

—¡Que me estás aplastando una teta!

—¡Ah! Perdón, perdón. —Hace un mohín de incomodidad y, al fin, me suelta.

Las cuatro nos echamos a reír y es entonces cuando nos ponemos a trabajar.

Bueno, más bien me ayudan con todo el trabajo que tengo por delante.

— Drama Mediterráneo —dice Bruna cogiendo uno de los coloretes.

— Santa Cruz Sunset —añade Vega.

—Ese es precioso.

—Todavía me cuesta creer que esto exista de verdad.

Las tres levantan la vista hacia mí.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada —responde Bruna—. Solo que eres una pesada. ¿Por qué tienes tanto síndrome de la impostora? ¡Esto lo has creado tú y debes sentirte muy orgullosa!

—Es precioso, Nía —añade India.

Y entonces me emociono un poquito, solo un poquito.

Bruna tiene toda la razón, lo que pasa es que a veces todavía me cuesta creerlo.

Me cuesta creer que todo esto existe, que NíaBeauty es real, que mis productos están aquí, que las ventas llegan y que hay gente usando maquillaje que he imaginado yo.

Y entonces… Bruna se queda inmóvil.

—Ay. Ay. Ay.

—¿Qué? —pregunto.

—Ay.

India se acerca a la ventana.

—AY.

Vega también.

—Madre mía.

—¿Qué os pasa?

—Tu vecino —susurra Bruna.

—¿Qué vecino?

—El que va a ser mi marido si tú no espabilas.

—¡brUNA!

Pero las tres ya están pegadas al cristal, literalmente, como tres jubiladas cotillas.

Y yo quiero morirme porque, efectivamente, Gael está ahí fuera con una camiseta negra, vaqueros por encima de la rodilla y gafas de sol.

No sé dónde va, pero… ¿por qué tan guapo?

¿QUÉ?

¿He dicho yo eso?

No, no, no.

—No entiendo nada —dice India—. ¿Por qué tiene brazos?

—Todo el mundo tiene brazos —murmura Vega.

—Me has entendido perfectamente. Me refiero a ESOS brazos.

—¿Por qué sonríe así? —pregunta Bruna.

—¿Y por qué vive aquí? —añade India.

—¿Y por qué no se ha enamorado de mí? —remata Bruna.

—¡Apartaos de la ventana! —susurro.

—No.

—¡Nía, tiene hoyuelos!

—¡NO MIRÉIS!

Y entonces ocurre: Gael levanta la vista y se encuentra con tres caras deformadas por estar pegadas al cristal.

Bruna saluda, India también, Vega levanta una mano con absoluta dignidad y él, el muy cabrón, sonríe y saluda, divertido.

Ahora sí , susurra Patricia en mi cabeza.

¿Ahora qué? , le respondo de la misma manera.

Ahora ya podemos mudarnos.

No pienso mudarme, pienso, y la sola idea se me hace bola.

Pues yo sí.

Cierro las cortinas de golpe y Patricia desaparece.

—¡ESTÁ BUENÍSIMO! —grita Bruna.

—¡Y TIENE UNA HARLEY! —añade India.

—Y parece simpático —dice Vega, en un tono de voz más normal.

—¡Y FRIEGA MAL! —respondo.

Las tres se quedan calladas y luego empiezan a reírse.

—Ay, Dios mío —dice Bruna entre lágrimas—. Está perdidísima.

—No estoy perdida.

—No, hija —dice India abrazándome—. Estás jodidísima.

Creo que Patricia acaba de desmayarse, porque ni siquiera me ha llevado la contraria.

21 Nía

—Vale, ahora enseñadme otra vez esa foto porque sigo sin superarlo.

Bruna amplía la imagen en el portátil y las cuatro nos quedamos mirándola.

Silencio.

Luego India se lleva una mano al pecho.

—Es que parece una marca de verdad.

—Porque es una marca de verdad —dice Vega sin apartar la vista de la pantalla.

—Ya, pero me refiero a una marca de esas que salen en revistas y tienen publicidad cara y modelos que parecen hidratarse con lágrimas de unicornio. Como Charlotte Tilbury o algo así.

Bruna se ríe.

—Pues hija, normal. Si es preciosa.

Lo es.

No porque sea mía ni nada, pero todos los productos son muy bonitos y NíaBeauty se parece exactamente a lo que siempre había imaginado.

Hemos pedido comida a un italiano para celebrarlo, porque una norma no escrita que tenemos entre las cuatro es celebrar cada pequeño logro de la otra.

Pizza, pasta, pan de ajo y una ensalada para sentirnos mejores personas. Que nadie va a tocar, por cierto, así que la guardaré para mañana o algo. Las cuatro sabemos perfectamente que el pan de ajo tiene prioridad moral.

—Esto está de muerte —anuncia India con un trozo de pizza en la mano.

—La verdad es que sí —dice Vega.

—Cuando sea vieja quiero comer esto al menos una vez a la semana —añade Bruna.

Las cuatro nos echamos a reír y es entonces cuando mi móvil vibra, el anuncio de que me ha llegado un email emerge en la pantalla y el corazón me da un pequeño vuelco.

Inés Ferrer.

—¡Me ha escrito Inés Ferrer! —grito lanzando un trozo de pan de ajo por los aires.

Las tres se abalanzan sobre mí.

—¡Abre!

—¡Corre!

—¡No respires!

—¿Cómo que no respire?

Abro el correo y leo sujetando el móvil con manos temblorosas.

Hola, Nía:

¡Como te dije, me encantan las fotos y el concepto ! 😍

¿Te vendría bien vernos esta tarde para concretar ideas? Iré con mi representante, que es quien lleva toda la parte de colaboraciones y campañas.

¿Te viene bien a las siete?

Un beso.

Inés.

—¡AHHHHHHH! —grita India.

—¡Representante! —dice Bruna.

—Tranquilidad —pide Vega, que ya está sonriendo.

—¿Tranquilidad? ¡Que es Inés Ferrer! —dice India.

—Y quiere trabajar contigo —añade Bruna.

Yo sigo leyendo el correo una y otra vez y sonrío.

¿He conseguido mi primera colaboración?

¡Lo más seguro!

—Bueno —dice Bruna levantándose—. Pues nosotras desaparecemos.

—¿Cómo?

—Tienes una reunión.

—Y luego cenamos en La tía Juana, me apetece comida mexicana. ¡Ándale! —añade India.

—Pero…

—Sin peros —dice Vega—. Vas a ponerte guapísima, vas a cerrar una colaboración maravillosa y luego nos cuentas todo mientras cenamos.

—Y margaritas después—dice India.

—Tú no pidas margaritas que luego lloras.

—¡Solo fue una vez! —exclama India ofendida.

—Tres —corrige Bruna.

Nos reímos juntas.

*

Es una suerte que Inés Ferrer sea alicantina y viva en la ciudad en vez de haberse ido a Andorra, como muchos otros influencers y youtubers, así podemos vernos más tranquilamente en persona.

Tras concretar el lugar de la cita, sobre las seis y media ya estoy frente al espejo.

Patricia cree que me estoy arreglando demasiado, pero solo llevo unos vaqueros blancos, una blusa verde agua y unas sandalias.

Y No era para tanto en los labios, porque siempre queda bien.

El pelo suelto y pendientes pequeños, nada especial ni del otro mundo, simplemente quiero dar una buena impresión.

Eso es todo.

No tiene nada que ver con que vaya a conocer al dichoso representante.

La reunión es en una cafetería del centro de Alicante, de esas que parecen diseñadas para salir bien en Instagram, pero que, sorprendentemente, también hacen un café espectacular.

El local mezcla paredes de ladrillo visto con madera clara, plantas colgantes y ventanales enormes por los que entra la luz de la tarde.

Huele a café recién molido, a bollería recién hecha y a esa calma rara que solo existe unas horas antes de que la ciudad empiece a prepararse para el fin de semana.

Hay gente trabajando con el portátil, dos turistas compartiendo una tarta de zanahoria y una pareja discutiendo en voz baja sobre si pedir una tercera porción de cheesecake.

Me gusta el sitio al instante. Tiene ese equilibrio entre elegante y acogedor que intento transmitir con NíaBeauty : bonito, sí, pero sin resultar inaccesible.

Patricia cree que este tipo de cafeterías cobran tres euros más por cada planta que tienen colgada del techo. Y, sinceramente, no puedo demostrar que se equivoque.

Cuando llega Inés, descubro que todavía es más guapa en persona que por redes sociales, pero además transmite algo agradable y me parece de esa clase de personas que te hacen sentir cómoda al instante.

—¿Nía? —se acerca, un poco titubeante al principio, y después me abraza—. Qué ganas tenía de conocerte.

—Lo mismo digo —respondo sonriendo.

—Me encanta todo lo que haces.

—Muchas gracias.

—Espera a que llegue mi representante, le va a encantar conocerte. No creo que tarde.

Nos sentamos en una mesa de la zona que nos parece más tranquila de la cafetería y charlamos de todo y nada al mismo tiempo.

Diez minutos más tarde, Inés mira hacia la puerta y sonríe.

—Ahí está —me avisa.

Me giro y el mundo parece detenerse a mi alrededor.

No.

No.

No.

Patricia se levanta del sofá imaginario en el que vive, ha entrado totalmente en pánico, porque el hombre que acaba de entrar, que sonríe al entrar de forma socarrona y luego se queda tan inmóvil como yo al comprobar con quién va a tratar… es Gael.

—¿TÚ? —decimos los dos al mismo tiempo.

Inés parpadea.

Una vez.

Dos.

—¿Os conocéis?

—No —respondo automáticamente.

—Sí —dice él al mismo tiempo.

Y la muy traidora de Inés sonríe.

—¡Qué fuerte!