Vecinos con demasiado roce Chapter 16
45%

Chapter 16

Si alguien me hubiera dicho hace una semana que terminaría reconociendo el sonido de los pasos de una chica, que encima resulta ser mi vecina, me habría reído en su cara.

Pero aquí estamos, porque son las ocho de la tarde y sé perfectamente cuándo Nía sale de casa, cuándo vuelve y hasta la velocidad a la que baja las escaleras.

Y estoy seguro porque hace un rato la he escuchado despedirse de Carmen.

—¡Hasta luego!

—¡Y compra tomates, hija, que los de ayer tenían mala cara!

—¡Carmen, los tomates no tienen cara!

—¡Digo que la pinta era horrorosa!

Y luego el sonido de sus zapatillas alejándose escaleras abajo.

Sonrío.

Me preocupa, la verdad, me preocupa mucho.

Necesito una vida.

O un psicólogo, quizá.

Todavía no tengo claro cuál de las dos cosas.

La  merienda ha ido bien. Nía se ha despedido de mí diciéndome que la coca boba estaba muy buena y yo le he respondido que la tortilla que me hizo también.

Supongo que es nuestra forma de darnos las gracias mutuamente por hacer cosas el uno por el otro.

Eso hacen los vecinos, ¿no?

Me pongo con la reunión que tengo a última hora de la tarde y, cuando por fin termino y cierro el portátil, estiro todo mi tren superior sobre la silla y miro la hora.

Todavía queda luz y no pienso en seguir trabajando hasta que se haga de noche.

Un milagro en mí, si me preguntan.

Así que cojo las llaves y bajo las escaleras del barrio hasta donde tengo la moto aparcada.

Porque hay cosas que me recuerdan quién soy cuando el trabajo amenaza con convertirme en un robot con correo electrónico, y una de ellas es mi Harley negra, brillante, con algunos años encima y varias historias que jamás le contaré a nadie.

Paso un trapo por el depósito, compruebo las ruedas, el aceite y los frenos.

Todo por puro ritual, porque está perfecta, ya que siempre la he cuidado demasiado.

Mi padre me enseñó antes casi a montar en moto que en bici. Bueno, enseñarme es una forma elegante de decir que me sentó detrás de él cuando era pequeño y me dijo:

—Si te da miedo, agárrate fuerte.

Y eso hice.

Durante años, además, hasta que un día fui yo quien se sentó delante y la sensación de libertad me atrapó para siempre.

Por eso nunca la vendí; algunas cosas no se venden aunque haya habido épocas en las que hubiera sido lo más sensato.

El aparcamiento está prácticamente al bajar del barrio, por lo que no me sorprendo cuando me encuentro con Carmen, que va de camino a casa.

Lleva una bolsa de la compra con la misma concentración con la que otros desactivan bombas.

—¡Ay, hijo! —sonríe—. Qué moto más bonita.

—Gracias.

—A Nía le encantan las motos.

La miro. Mi interés despierta enseguida.

—Ah, ¿sí?

—Sí.

—Interesante.

—No, no es interesante —dice señalándome con el dedo—. No pongas esa cara.

No puedo evitar reírme.

—¿Qué cara?

—La de "se me acaba de ocurrir algo".

—No se me ha ocurrido nada.

—Pues no se te ocurra.

Esta mujer me conoce demasiado para llevar tan pocos días tratándome.

—¿Sabes que de pequeña se volvía loca cuando veía una moto?

—¿En serio?

—Sí. Su iaia decía que estaba como una cabra.

—¿Y ahora?

—Ahora está peor.

Se ríe y emprende de nuevo su camino, así que yo sonrío y sigo limpiando la Harley.

Es entonces cuando la escucho:

—Madre mía.

Levanto la cabeza, Nía acaba de doblar la esquina y lleva una caja de cartón entre sus manos y el pelo recogido en un moño mal hecho.

La cosa es que no me está mirando a mí, sino a la moto.

Y no tiene el ceño fruncido ni nada. Tampoco pone los ojos en blanco ni su voz se tiñe de sarcasmo.

Solo… Ilusión. Pura y absoluta ilusión.

—¿Es tuya?

—No. La he robado esta mañana.

—¡Gael!

Suelto una carcajada.

—Sí, es mía.

Deja la caja en el suelo y se acerca.

Joder, tiene exactamente la misma expresión que tendría una niña en Disneyland.

—Es preciosa…

Pasa los dedos por el manillar como si estuviera tocando algo sagrado y la delicadeza con la que lo hace me deja completamente embobado.

—Siempre he querido una —confiesa.

—¿Una Harley?

—Una moto, en general.

—¿Sabes conducir?

—No.

—Detalles.

Se ríe.

Y no es una de esas risas pequeñas que me regala cuando se olvida de enfadarse conmigo, no, esta es una carcajada de verdad y resulta que tiene una risa preciosa.

—Mi iaia decía que estaba loca.

—¿Y tú qué decías?

—Que algún día tendría una.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo una férrea relación con mi trabajo y, la verdad, no pienso en nada más.

La miro, vuelve a reírse y yo, sinceramente, creo que podría escucharla soltar carcajadas durante horas sin problema.

—¿Y la usas mucho? —pregunta.

—Siempre que puedo.

—Qué envidia.

—¿Quieres subirte?

Parpadea un par de veces.

—¿Qué?

—Sin arrancarla, solo sentarte.

Como si acabara de ofrecerle la luna, sus ojos se iluminan.

—¿Puedo?

—Claro.

Se sienta con cuidado y entonces sonríe muy feliz, como si fuera una niña pequeña.

Creo que algo dentro de mí deja de funcionar durante unos segundos, porque no sé cómo explicar la forma en la que se me encoge el pecho al verla así.

Como si, por primera vez desde que la conozco, estuviera viendo a Virginia María.

La de verdad.

Y entonces aparece Carmen.

Otra vez.

Claro.

Porque Satanás trabaja, pero Carmen trabaja más.

—¡Ay, qué pareja más bonita!

—¡NO! —decimos los dos al mismo tiempo.

Ella se echa a reír.

—Pues lo parece.

Nía se baja inmediatamente de la moto.

—Carmen, por favor.

—¿Qué? Si yo no digo nada.

—Eso es mentira —decimos Gael y yo al mismo tiempo.

Y Carmen vuelve a reírse.

Yo recojo el trapo, Nía coge su caja y antes de emprender el camino hacia las escaleras para subir al barrio, se gira una última vez hacia la Harley.

—Es preciosa —susurra.

Y se va.

Y yo me quedo sonriendo como un idiota, porque no llevo ni una semana viviendo aquí y hoy he descubierto que la mujer que discute a través de las paredes, le pone nombre a sus labiales y cocina increíblemente bien, pone la misma cara que una niña pequeña cuando ve una moto.

Sinceramente… esa sonrisa me ha gustado demasiado.

Demasiado como para ser buena idea y demasiado tarde para evitarlo.