Vecinos con demasiado roce Chapter 15
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Chapter 15

Durante la mañana, una pequeña alegría me hace sonreír como una imbécil: Cállate, Patricia se ha vendido siete veces durante las primeras horas.

Siete.

No es una locura, pero esas ventas son mías y eso a una siempre la emociona.

Cerca de la una de la tarde recojo las cosas y vuelvo a casa.

Por supuesto, el universo decide que Carmen tiene planes para mí, cosa que compruebo cuando llego al barrio.

—¡Nía!

—Hola, Carmen.

—Esta tarde vienes a merendar.

—Ay, pues esta tarde no puedo, es que…

—Sí, claro que puedes.

—Carmen, pero es que, en serio tengo mu…

—Ya está hecho —me corta cuando pretendo explicarle que debo seguir una lista de tareas diarias si quiero que mi negocio despegue como Dios manda.

—¿Hecho el qué? —pregunto arqueando una ceja.

—La merienda.

Parpadeo un par de veces.

—He hecho coca de mollitas —añade.

—Muy bien.

—Con chocolate.

—Deliciosa.

—Y café.

—Fantástico.

—Y viene Gael.

Abro mucho los ojos.

—¿Perdón?

—¡Ay, hija, no pongas esa cara! ¡Es una merienda!

—¿Me estás organizando una cita?

—¡Jesús, María y José! ¡Qué exagerada eres! ¡Es una merienda entre vecinos!

Patricia cree que Carmen es una amenaza pública.

—Carmen…

—A las cinco.

Que la detengan , es una mentirosa, malvada y peligrosa. ¡Ya no la puedo controlar! , dice Patricia, a lo David Civera.

Y desaparece dentro de su casa sin esperar respuesta por mi parte, como hacen las dictadoras, aunque opino que no habría valido absolutamente de nada si le hubiera dado otra negativa.

Suspiro con resignación al tiempo que saco las llaves de mi bolso para entrar en casa.

A las cinco menos cinco estoy delante del espejo.

Por supuesto que no me he arreglado, solo me he cambiado el vestido por una camiseta, me he soltado el pelo y me he puesto un poco de colorete, pero eso no cuenta.

Patricia cree que sí, pero me da igual.

Cuando llego a casa de Carmen la mesa ya está preparada con un mantelito precioso de color blanco y pequeñas florecitas bordadas. Sobre él hay un plato con coca de mollitas con chocolate, café, leche, azúcar y servicios para tres.

La madre que la parió…

Todavía estoy pensando por qué he venido.

—Siéntate —me dice sonriendo.

—Carmen, no sé qué pretendes, pero yo…

—Siéntate, te digo.

Y justo entonces aparece él, que debía estar en el cuarto de aseo, porque yo he llegado la última.

Lleva puestos unos vaqueros claros y un polo blanco.

Por supuesto, luce una sonrisa perfecta.

Maldito.

Maldito.

Maldito.

—Buenas tardes, vecina.

—Buenas tardes, pesado.

—Qué románticos sois —dice Carmen, juntando sus manitas en gesto de oración con los deditos puestos bajo su barbilla.

—NO —decimos ambos a la vez.

Ella sonríe, satisfecha.

Bruja piruja.

*

La merienda transcurre entre risas y anécdotas del barrio y, en algún momento, Carmen empieza a hablar de la iaia.

—Tu abuela y yo nos conocimos con quince años.

Sonrío.

—Y se peleaban muchísimo —añado.

—¡Porque era una cabezota! —exclama ella.

—Como tú.

—Como las dos.

Gael sonríe y se limita a escuchar sin interrumpir ni hacer bromas.

—Y si no, tú… —se carcajea.— La primera vez que hizo arroz —dice mirando  a Gael— casi incendia la cocina.

—¡Carmen! —exclamo avergonzada.

—Es verdad —responde ella encogiéndose de hombros.

—Tenía doce años —me excuso.

—Y después montaste una cocina con arena para vender perfumes imaginarios.

Gael levanta una ceja.

—¿En serio?

—Tenía nueve años —me defiendo rodando los ojos hacia arriba.

—Siempre has sido empresaria, entonces —apunta Gael sonriendo. Luego bebe un sorbo de su taza de café.

—Eso decía ella, la iaia. Decía que harías cosas grandes —dice Carmen.

Y, por un segundo, me quedo callada, porque todavía duele, todavía la echo de menos y hay días en los que me gustaría llamarla para contarle cualquier tontería.

Gael no dice nada, solo me mira y me dedica una pequeña sonrisa suave y tranquila, como si entendiera que hay silencios que no necesitan arreglarse.

Eso, por alguna razón, me emociona más que cualquier frase bonita.

Cuando terminamos, Carmen desaparece dentro de la cocina con la excusa de guardar una bandeja, la muy traidora, por lo que me quedo recogiendo las tazas.

—Tu iaia debía de ser increíble —murmura entonces Gael.

Sonrío.

—Lo era.

Levanto la vista y compruebo que me está mirando.

Sus pupilas abrazan las mías en un baile lento y pausado que está lleno de la luz vespertina que entra del exterior.

Es entonces cuando me olvido del barrio, de la mesa, de las macetas, del mundo entero, hasta que…

—¡Ay, qué bien hacéis las cosas juntos!

Ambos pegamos un bote.

—¡NO! —decimos al mismo tiempo.

Juro que Carmen parece una psicópata encantadora sonriendo de la manera en la que lo está haciendo ahora mismo.

—Pues lo parece.

Dios mío.