Vecinos con demasiado roce Chapter 13 #3
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Chapter 13 #3

—Esto no puede ser normal —murmuro para mí mismo, aunque lo cierto es que tampoco me esfuerzo demasiado en corregirlo.

Es más, creo que debo darle las gracias a Nía, así que antes de empezar con el trabajo decido hacer algo para celebrar su destreza culinaria.

De momento, cojo el plato donde estaba la tortilla, el cual ahora está vacío, y lo lavo; no quiero que vengan bichos al fregadero por dejar restos de comida.

Después me lavo los dientes y, mientras me visto, lo escucho: primero es música, luego una voz y finalmente… Nía, quien está cantando y lo hace fatal, por cierto.

Pero fatal.

Desafina como si fuera una gallina estrangulada y puedo imaginar de forma casi perfecta cómo baila con un moño torcido, una camiseta enorme y moviendo las manos mientras canta algo que probablemente ni siquiera conoce.

Llevo demasiados años viviendo en hoteles, apartamentos y habitaciones impersonales y resulta que lo que echaba de menos no era una casa, sino escuchar a alguien desafinar al otro lado de una pared.

Zarandeo la cabeza, intentando librarme a toda costa de este tipo de pensamientos, porque siento que podría acostumbrarme y las costumbres son peligrosas.

Sobre todo cuando tienen ojos enormes y te insultan con cariño.

Es entonces cuando llaman a la puerta de mi casa.

Maldigo, porque quiero marcharme ya, necesito hacer esto antes de que Nía se marche al trabajo y yo comience mi jornada, por lo que no quiero perder el tiempo.

Cuando abro la puerta encuentro a Carmen ataviada con un delantal de flores, pendientes gigantes en forma de palmera y una bandeja en las manos.

—Buenos días, hijo.

—Buenos días.

—Te he traído magdalenas.

—Carmen, no hacía falta —contesto agradecido y con una sonrisa.

—Claro que hacía falta —dice ella haciendo un aspaviento con la cabeza—. He hecho una hornada y digo, pues le llevo unas cuantas.

Acto seguido me entrega la bandeja y entra sin pedir permiso.

Como siempre.

Mi casera es tipo: soy Concha, entro, a lo Aquí no hay quien viva.

—¿Cómo has dormido?

—Bien.

—¿Y la vecina?

Parpadeo un par de veces.

¿A qué se refiere? ¿Por qué me pregunta sobre Nía?

No entiendo a esta mujer.

—¿Perdón?

—Tu vecina Nía.

—¿Qué pasa con ella?

—Nada —dice, pero sonríe, y eso en Carmen nunca es buena señal.

—Carmen, Carmen… —le advierto, sonriendo de lado.

—Solo digo que es una niña maravillosa.

—Y yo digo que solo es mi vecina.

—Claro.

—Pues sí.

—Claro que sí —repite—. Deja de mirar la pared, entonces.

Casi me atraganto con mi propia saliva.

—¿Qué?

—Ay, no pongas esa cara. A mi edad una aprende a ver cosas.

—No miro ninguna pared.

—Ya. Y yo fui Miss España en mis tiempos mozos.

La mujer se marcha cinco minutos después dejándome una bandeja de magdalenas y una crisis existencial.

Porque no miro la pared.

¿Verdad?

No.

Claro que no.

Por suerte, además de la crisis, también me deja a solas para llevar a cabo mi misión: comprar coca boba en La Masa de Tomasa , una de las tiendas más famosas de la ciudad y que me pilla abajo del barrio.

También me hago con una botella de horchata fresca, y es al volver cuando escucho su voz de nuevo, que se cuela hacia el exterior por la ventana de su cocina, la cual está abierta y da al barrio.

¡Bien! Eso significa que todavía no se ha marchado al trabajo.

—¡NO ME GUSTA! —exclama—. ¿Cómo tengo que explicarlo?

Me quedo quieto, porque quizá me interesa lo que está diciendo.

Ya sé que está mal escuchar conversaciones ajenas, pero no lo puedo evitar.

—Solo está bueno. Pero de ahí a que me guste… —rezonga.

Tengo que morderme el interior de la mejilla para no reírme.

—Y además friega fatal —añade. Hace una pausa, y sigue: —¡Y sonríe demasiado!

Ahora sí que ya no puedo aguantarlo y me echo a reír como un idiota.

No sé con quién está hablando, pero lo que sí sé es que no se habla así de alguien que te resulta indiferente.

¿O me equivoco?

Sinceramente, me alegra mucho más de lo que debería.

Llego a casa saboreando la diversión y preparo una bandeja con la coca boba que he comprado para Nía, la cual viene envuelta en papel de estraza con el sello de la tienda. Después escribo una nota con mi mejor letra, aunque tampoco es decir mucho.

La tortilla estaba espectacular.

Prometo seguir mejorando mis habilidades culinarias.

Firmado:

El vecino guapo que friega mal.

Sonrío satisfecho y dejo la bandeja junto a su puerta para después huir como si fuera un delincuente.

Paso la mañana preparando contratos, campañas y atendiendo clientes: uno quiere un vídeo más orgánico, otro quiere que algo parezca espontáneo después de haber aprobado doce cambios y una influencer me manda seis audios porque no sabe si subir una foto con bikini azul o verde.

—Verde —murmuro respondiendo.

—¿Por qué verde? —pregunta.

—Porque el azul te hace parecer una botella de agua Solán de Cabras.

—Me encanta trabajar contigo —acaba diciendo.

Lo sé, por eso me pagas , quiero decirle, mas no lo hago porque escucho la puerta de Nía cerrarse.

¿Habrá visto ya mi sorpresa?

Digo yo que sí.

Llevo menos de una semana viviendo aquí.

Repito, menos de una semana, y no sé cómo es estar aquí, en mi nueva casa, sin esperar escucharla al otro lado de la pared.