Vecinos con demasiado roce Chapter 13 #2
35%

Chapter 13 #2

—¿Estás intentando matarte? —pregunto arqueando las cejas.

Él parpadea.

—¿Qué?

—Quedarte petit suisse, ya sabes —le digo, luego hago una mueca cerrando los ojos al tiempo que simulo un cuchillo formado con mis dedos que me corta el cuello y me hace dejar la lengua fuera de mi boca, como si fuera un dibujo animado.

—Solo intento hacer una tortilla… —dice poniendo los ojos en blanco.

—Pues madre mía…

—La sartén me ha traicionado.

—La sartén está pidiendo ayuda, que es diferente.

Gael se gira, mira su cocina, seguro que con ojos críticos, y luego vuelve a mirarme.

—¿Sabes hacer tortillas? —pregunta haciendo un mohín.

—¿Me lo estás diciendo en serio? —Me cruzo de brazos.

—Es una pregunta legítima.

—Claro que sé hacer tortillas —le digo, porque es algo obvio. ¿Quién no sabe hacer tortillas?

—¿Bien?

—¿Cómo que bien?

—Que si están buenas.

—¿Insinúas que podría existir una tortilla mala?

—La mía —suelta y se ríe, un poco avergonzado.

No sé qué se me pasa por la cabeza, pero no se me ocurre otra cosa que entrar a su casa sin pedirle permiso ni nada de eso.

Mi excusa número uno es que alguien tiene que salvar esa cocina.

La número dos es que, por alguna razón que todavía no entiendo, la imagen de él mirando la sartén como si hubiera sido abandonado por ella me da muchísima ternura.

—Muévete —le apremio.

—Sí, chef —dice él con un saludo militar.

—No me llames chef —digo con tono cansino.

—Vale, vecina.

—Tampoco me llames vecina.

—Es complicado complacerte —alega soltando un suspiro.

—Lo que es complicado es sobrevivir aquí, no me digas que no.

Él sonríe de nuevo, pero yo estoy pendiente de otra cosa, y es que su cocina está horrible.

Bueno, la cocina no, más bien la forma en la que la utiliza.

Hay una cebolla abierta, tres huevos rotos y una encimera llena de harina.

No entiendo lo de la harina.  ¿Por qué hay harina? ¿Quién pone harina en una tortilla? ¿Y dónde están las patatas?

—¿Qué demonios es esto?

—En Google ponía que…

—¿Me estás diciendo que Google te ha dicho que le eches harina? —cuestiono, estupefacta.

—Era una receta. —Se encoge de hombros.

—Un atentado, es lo que es.

Gael se echa a reír y me sorprendo pensando que tiene una risa muy bonita.

No obstante, pronto vuelvo a concentrarme en las patatas.

Bueno, primero he de dar con ellas.

—Siéntate, anda.

—¿Me estás echando de mi propia cocina? —se señala el pecho a sí mismo.

—Sí —le digo muy tranquila.

—Supongo que no puedo llevarte la contraria —dice resignado, sentándose en la pequeña mesita redonda que hay en un lateral de la estancia.

—Efectivamente —le digo ya sin mirarlo, pues tengo puesta toda mi atención en poner orden en la encimera.

Mientras preparo una tortilla de verdad, él se queda observándome.

—¿Hoy no has ido al coworking? —pregunta.

—He trabajado desde casa.

—¿Siempre trabajas tanto?

—Pues sí. ¿Y tú siempre haces tantas preguntas? —contraataco.

—Eso no es bueno —dice él.

Levanto la vista.

—¿Perdón?

—Trabajar tanto.

Su tono cambia un poco, siento que ya no está bromeando.

—No sé hacer otra cosa.

Él baja la mirada.

—Ya somos dos. Consejos vendo que para mí no tengo, supongo.

Durante un segundo, solo uno, tengo la sensación de que acabamos de decir algo importante sin decir realmente nada.

Vuelvo a concentrarme en la sartén, porque es más fácil mirar una tortilla que unos ojos que empiezan a parecerse demasiado a un lugar seguro.

Patricia está completamente aterrada, pero no estoy muy segura de querer hacerle caso.

15 Gael

JUEVES

Me despierto sonriendo y eso ya debería preocuparme, más que nada porque llevo años despertándome con el sonido del móvil, una notificación de trabajo o la desagradable sensación de que he olvidado hacer algo importante.

No obstante, hoy lo hago pensando en una tortilla.

Bueno, en una tortilla y en una vecina que ayer invadió mi cocina como una inspectora de sanidad y acabó salvando mi cena.

Y a mí, dicho sea de paso, para que no muriera de inanición.

Lo peor es que dejó media tortilla en la nevera, pero lo peor de lo peor es que anoche me acosté pensando en ella como un imbécil.

En la tortilla, mal pensada.

No en ella.

Bueno, mitad y mitad.

Dejémoslo así.

Resoplo y me incorporo en la cama.

La habitación todavía huele un poco a pintura, detergente y casa nueva, porque Carmen contrata a un par de muchachos siempre que alquila la casa de nuevo para que la dejen a punto.

La verdad es que como casera se porta muy bien, más quisieran muchos ser como ella, pues no especula, está pendiente de todo y, además, la casa está en condiciones y no pone cláusulas imposibles de cumplir.

Abro la ventana y el aire de Alicante entra despacio, trayendo consigo el murmullo habitual del barrio: una persiana que sube, alguien que se despide desde una ventana, una radio sonando en alguna cocina y, en algún lugar, Carmen hablando con otra vecina como si estuvieran negociando la paz mundial.

Santa Cruz, en fin.

No sé cómo lo hace este barrio, pero tiene algo, y ese algo no lo he encontrado en años.

Me paso una mano por la cara, me pongo una camiseta y voy descalzo hasta la cocina.

Abro la nevera y ahí está la tortilla de Nía: perfecta, dorada y esponjosa, como una obra de arte.

—Buenos días, preciosa —murmuro.

Sí, le hablo a la comida, mi familia me enseñó que hay que honrar el alimento que te vas a comer.

No, no es lo más raro que hago, por si te lo preguntas.

Corto un trozo y me apoyo en la encimera mientras desayuno y caigo en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no lo hacía sin estar delante del portátil, ni revisando correos o en plena videollamada.

Estoy solo con mi tortilla y la sonrisa que se me asoma en los labios me empieza a resultar sospechosa.