Vecinos con demasiado roce Chapter 13
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Chapter 13

No sé qué esperaba; quizá un caos parecido al de su cabeza, muestras de cosas y algo ruidoso, colorido y desordenado.

Encuentro una parte de eso, pero también hay otra cosa: calidez.

La casa de Nía huele a café, a vainilla y a algo limpio que no sé identificar.

Las paredes son blancas, como las mías, pero aquí parecen más vivas.

Hay macetas en las ventanas, libros apilados sobre una mesa, muestras de productos en una bandeja y una libreta abierta llena de anotaciones.

En el recibidor, sobre una consola de madera, hay una fotografía.

Me detengo sin querer.

En la imagen aparece Nía abrazada a una mujer mayor.

Sonríen las dos.

Pero Nía sonríe de otra manera, más abierta y más niña.

A un lado hay un jarrón con flores frescas y una vela apagada que huele vagamente a vainilla.

No pregunto.

No sé por qué, pero sé que no debo hacerlo.

Nía se da cuenta de que estoy mirando y su gesto cambia.

—Mi iaia —dice, antes de que yo diga nada.

Asiento despacio, comprendiendo que sigue siendo alguien muy importante para ella.

—Te pareces a ella.

No sé por qué lo digo.

Quizá porque es verdad.

No físicamente de forma exacta, pero sí veo un parecido en la forma de sostener la sonrisa, como si ambas supieran reírse incluso cuando la vida no les pone las cosas fáciles.

Nía se queda callada un segundo.

—Eso dice Carmen.

—Carmen dice muchas cosas.

—Demasiadas.

Sonríe y, por alguna razón absurda, siento que he ganado algo que no sabía que estaba intentando ganar.

—Ven —dice, apartándose—. La impresora está en el salón.

El salón es pequeño, luminoso y caótico de una forma que tiene sentido.

No es desorden por dejadez, más bien se trata de vida en movimiento.

Sobre la mesa hay envases nuevos, etiquetas, muestras de labiales, una taza vacía y papeles con nombres escritos a mano: Drama Mediterráneo , Santa Cruz Sunset y Quédate un poco más.

Leo este último dos veces, no sé por qué.

—No mires tanto —dice ella, encendiendo la impresora.

—Estoy mirando lo normal.

—Tú no miras normal. Tú analizas.

—Deformación profesional.

Ella levanta la vista.

—¿Profesional de qué?

Sonrío.

—De arreglar problemas.

—Qué definición más sospechosa.

—Bastante exacta.

—¿Eres sicario?

—Solo los lunes —le sigo el juego.

—Hoy es miércoles.

—Descuida, estás a salvo igual.

Resopla, pero se le escapa una risa muy pequeña, casi accidental.

Me gusta.

Mucho.

Carraspeo, necesito recuperarme de esto.

—Pásame el archivo —dice.

Le envío el documento al correo que me dicta y, mientras lo descarga, me acerco un poco a la mesa.

Hay un labial sin cerrar.

El envase es suave, mate, de un color arena muy limpio. No parece uno de esos productos que gritan lujo intentando parecer caros, sino cuidado y pensado.

—¿Todo esto es tuyo?

—Sí.

—¿Lo diseñas tú?

—Con ayuda. Bruna me echa una mano con la parte visual y Vega con la web. India opina mucho.

—¿Y sirve de algo?

—No siempre, pero la queremos igual.

Sonrío.

Ella coloca papel en la impresora y la impresora empieza a hacer ruido.

—Uso ingredientes naturales —dice, como si necesitara explicarlo.

Y joder. Se ilumina cuando habla. Literalmente.

Como si hubiera alguien encendiendo una luz dentro de ella—.

Los envases son reciclables. Intento producir aquí siempre que puedo.

Nada de pruebas en animales y nada de venderle a la gente que necesita convertirse en otra persona para sentirse bien.

—Suena muy… a ti —digo.

Ella frunce el ceño.

—No me conoces.

—No mucho, pero algo así.

—No —niega con la cabeza, sonriendo.

—Sé que discutes con paredes.

—Eso no cuenta.

—Sé que proteges tus plantas como si fueran menores a tu cargo.

—Tampoco cuenta.

—Sé que te importa esto.

Se queda callada y la impresora escupe la primera página.

Luego la segunda.

Durante estos segundos no decimos nada, pero no me resulta incómodo.

Cojo los papeles cuando terminan de imprimirse.

—Gracias.

—De nada.

—Te debo una.

—Me debes doce horas sin notas.

—Eso no es una deuda. Es una condena.

Pone los ojos en blanco.

—Vete, Gael —dice con una sonrisa, dándome la espalda al tiempo que hace un aspaviento con la mano.

Sé que para nada lo está haciendo a malas o con una falta de respeto.

—Con educación, vecina.

—Vete, Gael, por favor.

—Mucho mejor.

Voy hasta la puerta y antes de salir vuelvo a mirar la fotografía de su iaia.

—Era la mejor persona del mundo —dice observando desde la esquina, antes de llegar al recibidor.

Me quedo quieto en el umbral, porque no sé qué responderle a eso.

La mayoría de la gente le diría que lo siente, y seguramente eso estaría bien, porque es lo que se suele decir, pero a mí me suena pequeño.

Demasiado pequeño para una pérdida que todavía vive en la entrada de una casa.

—Entonces esta casa tiene suerte —digo.

Nía me mira a los ojos y esta vez no frunce el ceño, ni me llama insoportable ni hace ninguna broma.

Solo me mira durante dos segundos y luego baja la vista.

—Sí —murmura—. Supongo que sí.

Salgo antes de estropearlo, porque soy bastante bueno estropeando cosas cuando una conversación se vuelve demasiado honesta.

Entro a mi casa con los papeles en la mano, cierro la puerta y me quedo quieto en el recibidor.

La vecina sigue siendo borde, exagerada, mandona y claramente tiene problemas para aceptar ayuda.

No obstante, hace labiales con nombres absurdos, tiene una impresora, flores frescas junto a una fotografía y, en lo que se refiere a su proyecto profesional, parece más honesta que la mayoría de campañas que llevo años vendiendo.

Además, su forma de hablar de lo que ama, hace que todo a su alrededor parezca un poco más importante.

Y eso es peligroso.

Porque hace mucho tiempo que no conozco a nadie capaz de contagiarme ilusión.

Miro los papeles que he ido a imprimir, luego la pared y sonrío.

No he tardado ni veinticuatro horas en confirmar una cosa: Nía Montemayor es un problema y, por alguna razón que todavía no quiero analizar, cada vez me apetece menos evitarlo.

14 Nía

Si alguien me hubiera dicho hace unos días que acabaría acostumbrándome a compartir pared con un hombre insoportable, bueno, más o menos, habría llamado a emergencias.

O a un exorcista.

No tengo claro cuál de las dos opciones sería más útil.

La cuestión es que, después de que Gael se marche con sus papeles impresos y su estúpida sonrisa, consigo volver al trabajo.

O eso intento.

Porque mi cuerpo está delante del portátil, pero mi cerebro lleva desde hace una hora preguntándose por qué demonios me he puesto nerviosa cuando me ha dicho que todo esto era bonito.

Todo esto, repito.

No el labial, o la web…

TODO.

Hasta mi casa.

Y eso es sospechoso.

Muy sospechoso.

Patricia está de acuerdo.

Me preparo para comer una ensalada de garbanzos fría con pimiento, huevo y pollo a la plancha y por la tarde termino de subir varias fotografías nuevas a la web.

Después observo lo preciosos que han quedado los envases: mate, arena, limpios, elegantes y sostenibles, justo como los había imaginado.

Reviso las fichas de producto, los ingredientes que he precisado, los precios y las descripciones.

Y cuando me doy cuenta, el sol empieza a teñir las paredes blancas del barrio con ese color naranja suave que parece inventado solo para Alicante.

Me estiro sobre la silla y escucho crujir mis hombros y mi cuello.

Me cruje hasta el alma, vamos.

—Vale, basta por hoy —me digo a mí misma en un murmuro.

Cierro el portátil, me recojo el pelo en un moño alto y, mientras me froto el rostro con las manos, miro a mi alrededor.

La casa está patas arriba: hay cajas abiertas, etiquetas, ropa encima de una silla y una taza olvidada junto al sofá.

La vida adulta, vaya.

Así que hago lo que haría cualquier mujer responsable: poner música, porque no hay limpieza sin una lista de reproducción cuestionable.

Y, diez minutos después y tras haber puesto una lavadora de blanco, estoy fregando el suelo de la cocina mientras canto fatal una canción de Aitana con una bayeta en una mano y una botella de limpiador en la otra.

Nadie me juzga.

Bueno, Patricia sí, pero Patricia juzga hasta las nubes.

Cuando la lavadora termina tiendo la ropa, doblo toallas que recojo de la cuerda, cambio las flores de la entrada y, cuando paso por delante de la foto de la iaia , me detengo un segundo.

—¿Sabes? —le digo—. Hoy un pesado me ha dicho que esta casa tiene suerte.

La sonrisa de la foto sigue igual, pero Patricia cree que la iaia ya le ha cogido cariño.

—Ni de coña —digo.

La respuesta me sale automática y aún así sonrío, porque me gusta pensar que sigue aquí, que escucha, que mira y que se ríe de mí cuando hago el ridículo.

Y probablemente hoy se esté riendo bastante.

La noche empieza a caer cuando decido que no me apetece cocinar.

Abro el frigorífico y lo observo; seguimos manteniendo una relación medianamente estable.

—A ver...

Tomate, huevos, jamón cocido, queso…

¡Perfecto!

Una tortilla, porque es rápida, sencilla y...

Un olor extraño me interrumpe.

Parpadeo, vuelvo a oler y frunzo el ceño.

No, mi cocina no es, no viene de aquí.

Viene de...

La pared.

Patricia se incorpora como una suricata, cree que la selección natural está haciendo su trabajo y yo le digo que no sea mala.

El olor aumenta y luego…

—¡Mierda! —grita Gael.

Suspiro, llevándome una mano al pecho. Del susto que me ha dado su grito he dado un respingo y todo.

Es lo que tiene vivir en alerta todo el rato.

No.

No, no, no.

No pienso ir.

No soy su madre, ni su mujer. Ni siquiera soy su amiga.

Además, todavía me debe doce horas sin notas, así que yo sigo a lo mío y cada uno en su casa y Dios en la de todos.

Pasa un minuto.

Dos.

Tres.

Y entonces empieza a sonar la alarma de humo.

Cierro los ojos.

—Por el amor de Dios.

Patricia cree que deberíamos dejarlo morir.

—Cállate.

Patricia insiste.

—Cállate.

Y, tres segundos después, ya estoy llamando a la puerta de al lado.

Gael abre y la escena es tan surrealista que me quedo quieta.

Va descalzo, lleva puesta una camiseta gris que se le queda pegadita en el pecho de forma peligrosa y su cabello está revuelto.

En una mano sostiene una espátula y detrás de él sale humo.

Mucho humo.