Vecinos con demasiado roce Chapter 12
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Chapter 12

MIÉRCOLES

La mañana empieza con una videollamada, tres correos urgentes, una taza de café frío y la certeza de que trabajar desde casa suena mucho mejor cuando mi alrededor no está lleno de cajas.

Sobre el papel, la idea era buena, puesto que significaba mudarse a Alicante para tener una base y dejar la vida nómada; la práctica, sin embargo, consiste en estar sentado en la mesa de la cocina, con el portátil abierto, una libreta apoyada sobre una caja de vasos y un cliente diciendo la palabra "auténtico" por cuarta vez en menos de diez minutos.

—Queremos algo natural —dice desde la pantalla—. Cercano y real, pero aspiracional.

Aprieto los labios.

No porque me haga gracia.

Bueno, sí.

Un poco.

—Natural, cercano, real y aspiracional —repito.

—Exacto.

—Perfecto.

No es perfecto, es una contradicción con presupuesto, pero eso no se dice en una videollamada.

Eso se piensa, se apunta en una libreta y se convierte en una propuesta que parezca inteligente.

Mientras el cliente sigue hablando, miro de reojo la casa.

La estantería sigue en pie, contra todo pronóstico.

No está recta del todo, eso sí, pero está en pie, que es lo importante.

Casi me parece emocionante.

He colocado algunos libros, dos carpetas y una foto pequeña que todavía no he decidido dónde dejar. La compré hace años en Lisboa, en un mercadillo, y ni siquiera sé por qué sigo llevándola conmigo en cada mudanza.

Supongo que todos tenemos cosas que arrastramos sin saber explicarlas.

La videollamada termina veinte minutos después y el cliente se despide diciendo que está "muy ilusionado con el tono".

Yo cierro el portátil y me quedo mirando la pantalla apagada.

—Claro —murmuro—. El tono.

Mi móvil vibra otra vez.

Un mensaje, luego otro, luego una llamada perdida y, por último, un correo marcado como urgente, que seguramente no lo es.

Trabajo con personas que tienen crisis por un filtro mal escogido, por una frase de campaña que no "respira" y por marcas que quieren vender autenticidad con calendarios de contenido aprobados por cinco departamentos.

Me gusta mi trabajo la mayoría de los días, de lo contrario me dedicaría a otra cosa, porque siempre he pensado que puedo crear mi vida ideal, esa que tanto deseo, y en eso tiene mucha importancia a lo que me dedique de manera profesional, pero hay mañanas en las que echo de menos cuando lo más complicado de una frase era que tuviera sujeto, verbo y predicado.

Me levanto, abro la nevera y descubro que ayer compré pan, fiambres, fruta, carne, pescado, huevos y una bolsa de café.

Bien, voy progresando.

No obstante, acto seguido también recuerdo que dejé la mitad de la compra en una bolsa, junto a la puerta.

No tan bien.

Recojo lo que queda, guardo las cosas y preparo otro café.

Esta vez intento beberlo caliente, que parece una ambición pequeña, pero en mi vida roza lo revolucionario.

Estoy contestando un correo cuando necesito imprimir un documento.

Un contrato breve que tengo que revisar con anotaciones a mano porque mi cerebro funciona mejor cuando puede subrayar palabras con un boli.

El problema es que no tengo impresora.

¿Quién se muda a una casa nueva dedicándose a lo mismo que yo y piensa que lo primero es la impresora?

Una persona adulta y organizada.

Es decir, alguien que no soy yo.

Bueno, adulto soy, que a los treinta y tres, la edad de Cristo, creo que ya es hora, pero organizado nada de nada.

Suspiro y miro el documento en la pantalla, como si fuera a salir impreso a través del teclado o algo así.

Luego miro la hora y la pared que comparto con Nía.

Supongo que no debería hacerlo, sería lo más sensato, la verdad, pero una parte de mí bastante más grande de lo que estoy dispuesto a admitir, se pregunta si estará en casa.

Me acerco a la ventana y observo que la calle está tranquila, aunque en Santa Cruz esa palabra significa que al menos tres personas están hablando desde tres puntos distintos y todo el mundo sabe lo que está pasando.

Y entonces la veo: está en la puerta de su casa, inclinada sobre una maceta.

Lleva el pelo corto despeinado de una manera que seguramente no es intencionada, aunque le queda como si lo fuera, una camiseta amplia color crema, unos pantalones cortos vaqueros y unas chanclas.

Nada del otro mundo.

Ese es el problema: Nía no tiene que hacer nada del otro mundo para captar mi interés.

Todavía estoy buscando la explicación a esto.

Se mueve un poco, aparta una hoja seca de la planta y frunce el ceño como si estuviera manteniendo una conversación seria con ella.

Sonrío sin querer.

Mi vecina tiene esa cosa, una energía extraña… como si todo lo que hiciera, incluso regar una maceta, tuviera consecuencias dramáticas.

Me quedo mirándola dos segundos más de lo aceptable.

Tres.

Cuatro.

Venga, cinco.

Luego me obligo a apartarme de la ventana.

Impresora , me recuerdo a mí mismo.

Eso es lo que necesito, una impresora, no una excusa para verla.

Bajo las escaleras, cierro la puerta detrás de mí y salgo a la calle.

Ella está de espaldas cuando llego.

—Vecina.

Su espalda se tensa solo un poco, pero lo suficiente para que me dé cuenta.

Se gira despacio hacia mí, como si estuviera invocando toda la paciencia que no tiene.

—No.

¿Cómo?

—Todavía no he preguntado nada —digo poniendo los brazos en jarras.

—Da igual. No.

—Buenos días para ti también.

Me mira de arriba abajo y, al imitarla y hacer lo mismo, me doy cuenta de que es un error haber tomado esta decisión.

De cerca, la camiseta se le cae un poco por un hombro y tiene una mancha pequeña de tierra en la mejilla.

No sé si lo sabe.

Probablemente no.

Y, por alguna razón, eso me parece más atractivo que cualquier vestido caro que haya visto en un evento.

Tiene la piel ligeramente dorada por el sol, los ojos despiertos y esa boca que anoche recordé demasiado bien antes de dormir.

Aparto la mirada.

Tarde.

Pero la aparto.

—¿Qué quieres? —pregunta con voz cansina, soltando las palabras en un suspiro.

—¿Tienes impresora?

—¿Perdón?

—Impresora.

—¿Has bajado para preguntarme eso?

—Sí.

—¿Y por qué piensas que tengo impresora?

—Porque eres autónoma.

—Eso es absurdamente ofensivo para el colectivo autónomo.

—No sabía que el colectivo autónomo se ofendía por las impresoras.

—Nos ofendemos por todo. Es lo único gratis que tenemos.

No puedo evitar sonreír, pero ella entrecierra los ojos.

—¿Podrías… no sonreír? —dice acompañando la última palabra del gesto de sus dedos cerrándose contra el pulgar, formando una especie de pico de ave.

—¿Por qué?

—Porque me pones nerviosa —dice sin pensar. Lo sé por cómo se queda quieta un segundo justo después.

Yo también me quedo quieto, porque esas cuatro palabras cambian algo en el aire.

—¿Te pongo nerviosa? —pregunto levantando las cejas, ignorando completamente el vuelco que ha dado mi miembro dentro de mis pantalones.

—De lo irritante que eres —refunfuña.

—Ah.

—No te emociones —sonríe, pérfida.

—Demasiado tarde, me temo.

—Gael —me advierte, levantando su dedo índice ante mis ojos.

Mi nombre en su boca otra vez.

Joder, empieza a gustarme cómo suena en su voz.

—Necesito imprimir dos páginas —digo, antes de que esta conversación se me vaya de las manos—. Si tienes impresora, te prometo no dejarte más notas durante... —finjo pensarlo— doce horas.

—Qué generoso.

—Soy un hombre considerado.

—Eres un pesado.

—También.

Suspira, mira hacia su casa, luego a mí y luego otra vez a su casa.

Está calculando una lista mental de motivos para mandarme a la mierda, lo noto.

Y otra de razones para decir que sí.

O eso espero.

Me gustaría saber cuál gana.

—Tengo impresora —dice al fin—. Pero no la toques.

—No pensaba establecer una relación íntima con ella.

—No hagas bromas con mi impresora.

—Entendido.

—Y nada de comentarios.

—¿Sobre qué?

—Sobre nada.

—Eso va a ser complicado.

—Pues inténtalo.

Me hace un gesto con la mano para que la siga y entro en su casa.