Chapter 11
El resto de la mañana transcurre entre muestras, correos electrónicos y la firme convicción de que mis amigas son unas traidoras.
Porque, después del drama de la nota, la conversación ha derivado a una especie de comité científico dedicado exclusivamente a estudiar la nota de mi vecino.
OTRA VEZ.
Y a mí.
Principalmente a mí.
—Lo de "su vecino insoportable" me parece de un ego tremendo —dictamino mientras reviso unos presupuestos, por sentirme parte de la conversación, más que nada, porque ellas parlotean como si yo no estuviera delante.
—A mí me parece divertido —dice Bruna.
—Estoy con ella —añade Vega.
—A mí me parece que está enamorado —dice India.
—A ti te parece eso porque necesitas terapia desde lo de tu novio el anciano —respondo negando con la cabeza.
—Y tú porque necesitas un novio.
—Necesito una compra del Mercadona y una semana de sueño. Eso es lo que necesito.
Patricia ha aparecido de nuevo y dice que está de acuerdo, así que por una vez nos damos la mano.
La mañana se me pasa volando y cuando estoy a punto de salir suena mi móvil.
—¿Virginia María Montemayor?
—Sí.
—Soy el repartidor. Llevo unas cajas para usted, pero por Santa Cruz no puedo subir con la furgoneta. Estaré por allí en una hora y media más o menos.
Mierda.
Seguro que son los envases nuevos.
—De acuerdo, allí estaré.
Por eso salgo del coworking y, en lugar de comer con las chicas me despido de ellas y paso primero por el supermercado.
No pienso recibir un envío histórico en mi vida alimentándome de una zanahoria mutante.
Compro pechugas de pollo, algo de pescado, huevos, yogures, fruta, café, pan, tomatitos cherry, pasta, rúcula fresca y, por supuesto, queso amarillo y queso parmesano.
Mucho queso.
Porque si la vida me golpea, al menos que me golpee bien abastecida de ello.
Soy un ratoncito.
Cuando llego a casa preparo una pasta sencilla con tomates cherry salteados, ajo y parmesano.
Nada especial, pero huele a hogar.
Me siento en la encimera de la cocina con el plato entre las manos y, durante unos minutos, solo existe el sonido del tenedor golpeando el plato y la luz que entra por la ventana.
Misma cocina, misma mesa, misma casa de la iaia.
—Espero que te gusten los envases nuevos —murmuro hacia la fotografía del recibidor, que puedo ver desde aquí.
Patricia cree que la iaia aprobaría cualquier cosa siempre que comiera más.
Posiblemente tenga razón.
No me da tiempo ni a recoger los platos cuando vuelve a sonar el teléfono.
—Estoy abajo.
Y abajo significa abajo de verdad, en el principio del barrio, porque ni una cabra montesa podría subir con una furgoneta hasta aquí.
Cuando llego, me encuentro con cuatro cajas.
Cuatro.
Enormes.
—¿Esto qué es? —pregunto.
—¿Virginia María? —responde el repartidor.
—Sí.
—Pues esto.
No me gusta la respuesta nada de nada.
Consigo subir una caja.
Luego otra.
Y cuando intento con la tercera, ya estoy sudando, despeinada y negociando con Dios.
—¿Qué haces, hija? —pregunta Carmen desde dos casas más arriba.
—Morirme.
—Pues hazlo después, que esas cajas cuestan dinero.
—Voy por la tercera.
—Te queda media vida.
—Gracias por los ánimos.
Y es entonces cuando aparece ÉL con una bolsa bastante grande de la compra hecha de rafia y una barra de pan en la otra mano.
Se detiene, nos observamos el uno al otro y, no se porqué, pero se me pasa por la cabeza lo que está a punto de decirme.
Patricia dice que antes muerta.
—No hace falta que me mires así, puedo sola.
—¿Así cómo? —pregunta él arqueando las cejas.
Ambos estamos ahí parados, sosteniendo el peso de nuestros bultos.
La diferencia es que a mí me corren las gotas de sudor por la frente y él parece totalmente impasible, como un Hércules español o algo así.
Ni siquiera jadea.
Qué rabia me da la gente con capacidad pulmonar.
Yo qué sé, esto pesa bastante.
—Como si estuvieras valorando si sobreviviré —respondo.
Él mira la caja.
—Estoy valorando si sobrevivirá eso.
—Ja. Qué gracioso —me burlo.
—Mucho.
—Puedo sola —repito.
—Lo dudo un poco —dice sonriendo. Pero ¿por qué sonríe siempre? Y ¿por qué tiene que tener la sonrisa tan recta, tan blanca y tan perfecta?
¡Venga ya, hombre!
—¿Perdona?
—Que vas a terminar despeñándote otra vez.
—No me despeñé.
—Casi.
—Pero no.
—Pero casi.
Y, para mi desgracia, se ríe.
Porque claro, el muy desgraciado encima tiene hoyuelos.
¿Quién demonios tiene hoyuelos en los mofletes cuando se ríe y pretende que te enfades en serio?
—Dame eso.
—No.
—Virginia María —sonríe, canalla—, dame eso, anda.
Me quedo inmóvil.
¡Será bruja, la Carmen!
Le ha dicho mi nombre, estoy segura. Ha debido ser ella. ¿Cómo lo sabe, si no?
—No te atrevas.
—Dame la caja.
—No.
—Virginia María.
—Te odio.
—Perfecto. Dame la caja.
Y, antes de que pueda protestar, la carga y comienza a subir los escalones.
¡Con su compra y todo!
Ha metido la barra de pan dentro de su bolsa y con la otra mano está transportando la caja, que la sujeta al estar apoyada en el lado derecho de su cervical, en ese espacio entre su cuello y su hombro que debe oler a gloria.
—¡No necesito ayuda! —exclamo furiosa.
—Ya.
—¡Lo digo en serio!
—También.
—¡Gael!
—¿Sí, vecina?
—¡No me llames vecina!
—Técnicamente...
—¡Ni se te ocurra terminar esa frase!
Carmen se ríe tanto que tiene que apoyarse en la pared, y yo empiezo a sospechar que se alimenta del sufrimiento que me provoca este chico.
Entre los dos terminamos subiendo las cajas.
Bueno, él sube la que ya lleva y la otra que queda mientras yo le sigo detrás como un perrito, haciendo ruido con mis chanclas al caminar, pero no vamos a entrar en detalles.
—¡Ay!
Me agacho, pero Gael es más rápido y lo recoge.
Es uno de los envases de los nuevos labiales, el cual gira entre sus dedos.
— Que le den —lee el nombre.
—Sí.
—Original.
—Gracias.
—¿Es una amenaza o un producto?
—Depende del día.
Su sonrisa se ensancha y yo decido no mirarle demasiado la boca.
No puedo más con esta situación, con su sonrisa y con que encima tenga pestañas largas.
Que eso ya es abusar, hombre.
—Me gusta.
—No te he preguntado.
—Ya.
Se lo quito de las manos, aunque por primera vez desde que lo conozco, no parece que se esté riendo de mí.
Más bien parece… ¿interesado?
No sé.
—¿Son tuyos?
—Sí.
—¿Todos?
Asiento con la cabeza.
Es entonces cuando termino de meter todas las cajas dentro de mi casa y me despido de él.
Uff.
Me da taquicardia su cercanía.
Pero taquicardia real, lo prometo.
—Bueno… gracias, tengo que seguir trabajando —le digo antes de cerrar la puerta.
—A mandar, vecinita —dice el muy cabrón.
Pongo los ojos en blanco y cierro la puerta.
La tarde se me pasa abriendo cajas, colocando envases nuevos y haciendo fotografías.
Son preciosos: en mate, reciclables y con ese tono arena suave que tanto me ha costado conseguir.
Mientras sigo actualizando algunas cosas de la web se me ocurre una nueva línea de coloretes:
Drama Mediterráneo.
Santa Cruz Sunset.
Me he enamorado y qué.
No.
Ese último no.
Ni de broma.
Por la noche, ya metida en la cama y con crema hidratante en las manos tras haber cenado un sandwichito completo, abro el grupo de Las Desgraciadas .
Nía: Ha tocado mis labiales después de ayudarme a subir las cajas del demonio. Eran muchas y pesaban de lo lindo.
India: Eso ha sonado muy sexual.
Bruna: Estoy orgullosa.
Vega: Voy preparando el vestido para la boda.
Nía: Voy a abandonar el grupo.
India: Como abandonaste tu dignidad esta mañana.
Bruna: ¿Te ha llamado Virginia María?
Nía: ¿Cómo sabes eso?
Bruna: INTUICIÓN FEMENINA. ¡Es una historia de amor de manual!
Vega: Seguro que Carmen se lo ha contado.
India: No descarto nada.
Apago el móvil y me tapo hasta la barbilla a pesar de que no hace precisamente frío.
Bueno.
Al menos hoy no ha sido insoportable.
Patricia suspira.
Me duermo sonriendo.
Y eso es exactamente lo que más miedo le da a Patricia.