Vecinos con demasiado roce Chapter 10
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Chapter 10

Llego al coworking veinte minutos después, sudando un poco por la cuesta, el sol y la mala leche.

India está sentada con los pies encima de una silla, comiéndose una barrita de cereales como si estuviera sufriendo una condena, Bruna dibuja algo en su iPad y Vega revisa una hoja de cálculo con cara de estar mirando directamente al abismo.

—Buenos días —digo.

Las tres levantan la vista al mismo tiempo.

—No —dice India.

Frunzo el ceño.

—¿No qué?

—No son buenos días.

—¿Por qué?

—Porque traes cara de haber asesinado a alguien y no saber dónde esconder el cuerpo.

—O de querer hacerlo —añade Bruna.

—Eso es más preciso —dice Vega.

Dejo el bolso encima de mi mesa.

—No he asesinado a nadie.

—Todavía —murmura India.

Patricia se siente vista.

Saco la nota del bolso y la dejo sobre la mesa sin decir nada.

Las tres se abalanzan sobre ella.

Literalmente.

Bruna la coge primero, India se pega a su hombro y Vega se acerca por detrás, intentando fingir que no está igual de interesada.

Bruna lee en voz alta:

— Estimada vecina: La estantería ha sobrevivido y yo también. Gracias por su preocupación. Atentamente, su vecino insoportable.

Se hace un silencio muy breve, pero India grita como una posesa dos segundos más tarde, casi provocándome un infarto de miocardio.

—¡ME ENCANTA!

—No te encanta y no grites, casi me muero —digo.

—Me encanta muchísimo.

—Es un imbécil —digo negando con la cabeza—. Dime tú la necesidad que tiene de hacer esto.

—Es un imbécil gracioso —corrige Bruna.

—Que es peor —añade Vega.

—Gracias —señalo a Vega—. Una persona sensata. ¿Os hace gracia su nota? Porque a mí no.

—No he dicho que sea malo —responde ella—. Pienso que es peligroso.

—¿Peligroso? Mira, no quieras añadir más problemas a mi vida.

—Sí. Los imbéciles graciosos son los peores. Primero te hacen reír, luego te hacen perder el criterio y después acabas diciendo cosas como "no sé qué me pasó".

India asiente con gravedad.

—Eso es ciencia.

—Eso es una gilipollez —digo yo, poniendo los ojos en blanco.

No van a convencerme por mucho que se empeñen.

—Las dos cosas pueden ser verdad —dice Bruna.

Me siento en mi silla y abro el portátil con más fuerza de la necesaria.

—No voy a perder ningún criterio por un tío que escribe notas en puertas ajenas después de no dejarme estar tranquila en mi casa con tanto golpe.

—Técnicamente es tu puerta —dice Vega.

—Técnicamente podéis callaros todas.

Bruna sonríe.

—Uy.

—¿Uy qué?

—Nada.

—No, ahora me lo dices —digo con el ceño fruncido—. Que lleváis un cachondeo que no es normal, hombre.

—Nada, nada. Solo digo que veo tensión.

La miro.

—¿Tensión? Claro, la mía, que me la subís al decir estas cosas tan absurdas.

—No, tensión de la otra. Él te deja una nota. Tú te enfadas. Él sabe que te has enfadado. Tú sabes que él sabe que te has enfadado. Esto es una estructura romántica básica.

—No estamos en una comedia romántica.

India se atraganta con la barrita, Vega tose y Bruna directamente se ríe.

Pero ¿qué les pasa a estas tías?

—Claro que no —dice esta última—. Somos mujeres adultas en un coworking, hablando de un vecino guapo que deja notas provocadoras en la puerta, después de evitar que te quedaras sin dientes como tu iaia. Nada romántico en absoluto.

—No he dicho que sea guapo —digo ignorando lo de los dientes.

Y sí, mi iaia tenía dentadura postiza.

Si la tuya no, no era una verdadera iaia.

—No hace falta. Tu cara lo dijo ayer.

Abro un documento en blanco en mi ordenador portátil, quiero pasar de ellas para que esta conversación termine.

—Voy a trabajar.

—Huida —dice India.

—Confirmación —añade Vega.

—Deseo reprimido —remata Bruna.

Levanto la vista.

—Bruna, como vuelvas a decir deseo reprimido antes de las diez de la mañana, te bloqueo en la vida real.

—Eso no existe.

—¡Pues lo invento!

Durante los siguientes veinte minutos intento trabajar.

Y digo intento, que es una palabra preciosa para describir el fracaso con intención, porque cada vez que empiezo a revisar los textos de la web, mis ojos se van a la nota, la cual he dejado al lado del portátil.

Error.

Grave error.

Parece mirarme como la pared y la zanahoria, y empiezo a pensar que todo en mi vida me observa.

Patricia cree que esto es el inicio de un brote.

Patricia podría relajarse un poquito y no asustarme.

—Vale —dice Vega, cerrando su portátil—. Veo que vas a ponerte a trabajar en serio. Yo voy a descansar de lo mío. ¿Te ayudo en algo?

Gracias a Dios.

Cambio de tema.

Mi favorito.

O uno de ellos.

Porque hablar de NíaBeauty me activa una parte del cerebro que no está ocupada imaginando la muerte accidental de un vecino atractivo.

Borra lo de atractivo, se me ha escapado.

—Pues… quiero cerrar nombres —digo, sacando la libreta—. Y subir la nueva línea de labiales a la web esta semana.

Bruna se incorpora, India baja los pies de la silla y Vega coge un bolígrafo.

Este es nuestro ritual: cuando una tiene algo importante que hacer en su trabajo, las demás se ponen serias.

Bueno, serias dentro de lo que podemos, tú ya me entiendes.

La página de inicio aparece delante de nosotras cuando inicio sesión en mi página web.

Todavía le faltan algunos retoques, fotos nuevas, un par de textos y algunos detalles.

Siempre faltan detalles porque nunca la veo perfecta.

—¿Vas a cambiar también la sección de filosofía de marca? —pregunta Bruna.

Asiento con la cabeza.

—Quiero que se entienda mejor lo que hago.

—¿Maquillaje? —pregunta India.

—Gracias por tu aportación.

—De nada —dice ella sonriendo. Es mala pillando la ironía.

Pongo los ojos en blanco.

—No vendo solo maquillaje.

—Ya está. Ha salido la empresaria —murmura India.

La ignoro, porque tengo razón.

—Hay miles de marcas vendiendo maquillaje. Yo no quiero ser una de esas.

Miro la pantalla y el logo de NíaBeauty.

Todavía me cuesta creer que exista de verdad.

—La iaia decía que había que dejar algo bonito detrás —murmuro casi para mí—. Supongo que esto es lo mío.

Durante un segundo ninguna dice nada y entonces Bruna sonríe.

—Pues te está quedando precioso.

Le devuelvo la sonrisa y digo:

—Quiero que la gente entienda que los envases son reciclables, que produzco aquí, que no hago pruebas en animales y que no hace falta parecer una modelo de revista para usar nuestros productos.

¡Ah! Y que me gusta utilizar ingredientes que huelan a Mediterráneo.

Lavanda, flor de azahar, romero, cítricos… cosas que me recuerdan a casa.

Bruna sonríe, Vega también e India me señala con una patata frita que no sé de dónde ha salido.

Desde luego, tiene un estómago de hierro.

—Eso es porque tú siempre has sido una hippie con packaging bonito.

—No soy una hippie.

—Has discutido tres veces con un proveedor por el tipo de cartón de una caja.

—Porque el otro era menos sostenible.

—Gracias por demostrar mi argumento.

La ignoro otra vez.

Cada día ignoro más gente, es una habilidad que estoy desarrollando y lo cierto es que estoy muy orgullosa.

—Solo quiero que la marca se parezca a mí —digo finalmente—. Que sea cercana. Real. Que no parezca creada para mujeres que hacen yoga al amanecer, beben zumos verdes y tienen la vida resuelta. Eso de levantarte a las cinco de la mañana para validarte… no lo veo.

—Porque tú desayunas café y ansiedad —dice Vega.

—Exacto.

—Y una zanahoria que lleva dos semanas sobreviviendo en tu nevera —añade India.

—Eso no es información pública.

—Lo es desde este momento.

Me río.

Porque, en el fondo, esto es exactamente NíaBeauty: una marca imperfecta creada por una mujer imperfecta.

Y me gusta que sea así.

—Bueno, el caso es que quiero que los nombres tengan personalidad —explico—. Nada de "rosa amanecer" o "rojo pasión". Eso está muy visto.

—Gracias —dice India—. Si leo otro "rojo pasión", me arranco un ojo.

—La marca eres tú —dice Bruna—. Tiene que sonar a ti.

—Exacto.

Paso una página de la libreta.

—He pensado en una mini colección de cinco labiales.

—Me gusta.

—Primero: No era para tanto.

—Ese debería ser nude —dice Vega.

—Rosa palo —corrijo—. Suave, pero con presencia.

—Como tú cuando finges que no estás teniendo una crisis —dice India.

—Exacto.

Bruna apunta algo en su iPad.

—Me gusta. Es muy "no estoy mal, solo llevo tres días sobreviviendo a base de café".

—Segundo —continúo—: Lo pensé y lo hice .

India levanta la mano.

—Fucsia.

—Fucsia atrevido —confirmo.

—Ese es mío —dice ella.

—No has visto ni el tono.

—Da igual. Me representa.

—Tercero: Que le den .

Bruna sonríe despacio.

—Rojo potente.

—Muy potente.

—Ese va a vender —dice Vega.

—¿Por qué?

—Porque todas tenemos a alguien a quien dedicárselo.

Las cuatro asentimos con la cabeza, no hace falta decir nombres.

Nunca hace falta.

—Cuarto —digo—: Patricia tenía razón.

India abre mucho los ojos.

—¿Vas a poner a Patricia en un labial?

—Patricia lleva dos años opinando gratis. Ya es hora de monetizarla.

Bruna se lleva una mano al pecho.

—Emprendedora.

—Burdeos oscuro —añado—. Dramático. Intenso. De esos colores que te pones cuando no sabes si vas a una cena o a vengarte de alguien.

—Patricia aprobaría eso —dice Vega.

—Patricia aprobaría cualquier cosa con las palabras "tenía razón".

—Cierto.

Miro el último nombre y sonrío. No sé por qué, pero este me gusta especialmente.

—Quinto y último, pero no por ello menos importante: Cállate, Patricia .

Durante un segundo ninguna dice nada, pero luego Bruna sonríe, India también y Vega me mira de una forma un poco más suave.

—Ese es bueno —dice.

—Rosa empolvado —explico—. Bonito, ponible, de diario. Como una forma elegante de decirle a esa parte de tu cabeza que te boicotea que hoy no manda.

Bruna deja el iPad sobre la mesa.

—Ese va a ser el más vendido.

—¿Tú crees?

—Lo sé.

India asiente.

—Todas tenemos una Patricia.

—Algunas tenemos tres —murmura Vega.

Me río, pero algo parecido a una sensación pequeña y cálida se me queda dentro, porque de pronto esos nombres no son solo nombres, sino una forma de convertir mis miedos en algo que alguien pueda llevar en el bolso.

Algo bonito, útil y que no duela tanto.

Miro la libreta y leo el último nombre: Cállate, Patricia.

Patricia, por primera vez en toda la mañana, no dice nada y eso casi me preocupa.

—Bueno —dice India, rompiendo el momento—. Ahora solo falta que el vecino vea el labial Que le den y entienda la indirecta.

Levanto la cabeza.

—No voy a dedicarle un labial a mi vecino —digo casi ofendida.

—No hace falta —dice Bruna—. Él se va a dar por aludido solo.

Miro la nota otra vez y luego a mis amigas.

Luego otra vez la nota.

—Voy a tirarla.

—No —dicen las tres a la vez como si ese estúpido papel tuviera vida propia y yo fuera a arrancársela de un plumazo.

—¿Perdón?

—Hay que guardarla —dice India.

—Por si hay juicio —añade Bruna.

—O boda —remata Vega.

Las miro y entrecierro los ojos muy despacio.

—Os odio.

—Ya —dice Bruna, sonriendo—. Pero nos necesitas.

Pues tiene razón.

¿Quién no necesita a sus amigas?