Vecinos con demasiado roce Chapter 9
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Chapter 9

MARTES

El día empieza con una certeza bastante clara: tengo que hacer la compra.

No es una sospecha ni una intuición, sino un hecho  empírico, contrastado y bastante deprimente en el que llevo pensando desde anoche, cuando abrí el frigo y pude hacerme la pizza de milagro.

La zanahoria sospechosa sigue ahí.

Sí.

En el mismo sitio y con la misma pinta de estar planteándose su existencia.

Patricia cree que la zanahoria ya tiene derechos como ocupante legal de la vivienda.

Yo empiezo a pensar que también.

—Buenos días a ti también —murmuro.

La zanahoria no responde, claro, pero yo ya he aceptado que eso de emprender me está dejando poco a poco delulu.

Apoyo las manos en la puerta del frigorífico y observo el interior con la esperanza de que aparezca comida por generación espontánea.

No aparece, claro.

Qué poco espíritu colaborativo tiene la vida , pienso.

Al final desayuno una tostada tan dura que podría usarse para reforzar los cimientos de la casa, un café enorme y un yogur de identidad dudosa, porque soy una mujer valiente.

Bueno, no, que de valientes está lleno el cementerio.

Soy una mujer que no tiene tiempo, que viene a ser lo mismo, pero con peor piel, porque es la primera que te avisa de que tu cortisol está alto.

Me siento en la mesa pequeña de la cocina con el portátil abierto, la taza de café delante y la lista de tareas del día desplegada en una libreta.

Veamos…

Responder correo de la influencer, revisar muestras, actualizar textos de la web, cerrar nombres de productos, comprar comida...

Subrayo comprar comida dos veces y luego una tercera.

Por si acaso.

El barrio ya está despierto al otro lado de la ventana, porque una persiana sube con un chirrido perezoso, alguien arrastra una silla hacia el exterior de una de las casas y Carmen habla con una vecina en algún punto de la calle y, aunque no entiendo lo que dice, detecto claramente ese tono de quien está dando información importante sin que nadie se la haya pedido.

Santa Cruz funcionando con normalidad, hasta que mi mirada se desvía hacia la pared.

La maldita pared que ahora comparto con él.

Respiro hondo y siento ese globo que nunca termina de inflarse dentro del pecho.

No pasa nada , me digo.

Es una pared, una simple pared hecha de ladrillos, yeso y pintura blanca.

No tiene ningún poder sobre mí.

Patricia cree que deberíamos comprobar si sigue vivo, pero no voy a comprobar nada.

Patricia cree que si murió aplastado por la estantería, Carmen nos pedirá explicaciones.

—No murió aplastado por la estantería, por el amor de Dios…

Patricia cree que no lo sabemos.

Miro la pared.

La pared me mira a mí.

Bueno, no.

Pero casi.

No pienso hacerlo, no soy esa clase de persona. Además, tengo dignidad.

¿Verdad?

Tres segundos después estoy de pie, cruzando la cocina de puntillas como si en mi propia casa hubiera cámaras de seguridad.

Patética.

Muy patética.

Apoyo la oreja contra la pared.

Nada.

Ni golpes, ni cajas, ni su voz…

Solo silencio.

Un silencio sospechosamente perfecto.

Patricia cree que el silencio es peor.

Patricia necesita una afición.

Me separo de golpe, como si la pared quemara.

No sé qué demonios hago… esto es ridículo, absolutamente ridículo.

No voy a convertirme en una mujer que desayuna escuchando paredes.

No, señor.

Tengo límites.

Pocos, pero alguno tengo.

Recojo la taza, dejo el plato en el fregadero y voy a mi habitación para vestirme.

Elijo unos vaqueros claros, una camiseta blanca metida por dentro y una camisa de algodón fino color lavanda que compré en rebajas y que me hace sentir como si tuviera la vida muchísimo más organizada de lo que realmente la tengo.

Me miro al espejo.

Mi pelo todavía está un poco rebelde por haber dormido mal, tengo unas ojeras que, gracias a Dios no están muy marcadas y los labios sin pintar.

Vamos, tengo cara de autónoma con deudas, sueños y una voz interior llamada Patricia.

Tras lavarme los dientes, me maquillo rápido con un poco de corrector, colorete, máscara de pestañas y uno de mis labiales.

Creo que este se llamará No era para tanto .

Rosa palo, suave, bonito y mentiroso, porque sí era para tanto, igual que cuando digo que estoy bien.

Todo está siendo bastante para tanto últimamente.

Me cuelgo el bolso al hombro y cojo las llaves.

Voy tarde, como siempre, pero eso no le sorprende a nadie.

No obstante, mi mente nunca para de funcionar y siempre va a toda velocidad.

Llevo meses dándole vueltas a la nueva colección.

He cambiado los envases por unos más sostenibles, y quiero terminar la web y dejar claro que NíaBeauty no es solo maquillaje.

Quiero que huela a Mediterráneo, a cosas hechas despacio, a ingredientes naturales y a mujeres normales que no tienen la vida resuelta.

Porque yo tampoco la tengo.

Abro la puerta y entonces veo la nota pegada a la madera con un trocito de cinta adhesiva.

Me quedo inmóvil y parpadeo una, dos y hasta tres veces.

No puede ser.

Arranco el papel despacio, como si fuera una prueba de delito y me doy cuenta de que está escrito con letra masculina, firme y ligeramente inclinada.

Estimada vecina:

La estantería ha sobrevivido y yo también.

Gracias por su preocupación.

Atentamente, su vecino insoportable.

Miro la nota, luego la pared y luego vuelvo a mirar la nota.

¿Este pavo me escucha los pensamientos o algo así?

Patricia cree que deberíamos prender fuego a algo, que estamos siendo demasiado blandas.

Yo pienso que todavía no, por lo que doblo el papel y lo meto en el bolso.

No porque piense conservarlo. No te confundas, ¿eh?

Por supuesto que no.

Lo guardo como prueba judicial, no vaya a ser que tenga un plan maquiavélico para desvivirme o algo.

Salgo a la calle, cierro la puerta y bajo los escalones intentando no mirar hacia su casa.

No miro.

Lo consigo, lo consigo, lo consigo.

No miro.

Mierda.

Miro.

La puerta está cerrada.

Perfecto.

Mejor.

No quiero verlo, ni cruzarme con él, ni tampoco que me sonría con esa cara de señor satisfecho consigo mismo y con el mundo.

Ni de coña.