Chapter 8
La estantería viene en una caja larga, pesada e innecesariamente complicada.
La apoyo contra la pared del salón y saco las piezas una a una.
Dieciséis tornillos.
Cuatro baldas.
Dos laterales.
Una bolsa de piezas metálicas que parecen iguales pero, según el manual, no lo son.
El manual tiene dibujos pequeños y una alegría insultante.
"Montaje fácil en veinte minutos".
Claro y yo soy la reina de Inglaterra.
A los diez minutos ya he perdido un tornillo.
A los quince, descubro que una balda está al revés.
A los veinte, entiendo que la estantería no se va a montar sola.
A los treinta, estoy sudando.
A los cuarenta, se me cae una pieza.
¡BUM!
El sonido retumba en la habitación.
Recojo la pieza, intento colocarla otra vez y la estantería se mueve.
La sujeto, pero una de las baldas golpea contra el suelo.
¡BUM!
Cierro los ojos.
—Genial —murmuro.
Sigo, porque soy cabezota y porque no creo que sea tan inútil como para no saber montar esto.
Además, necesito tener algo terminado hoy.
Una cosa. Una sola, aunque sea una estantería barata de madera clara que probablemente no soportará ni el peso de mis libros.
El problema es que el suelo no está completamente recto.
Nada en esta casa está completamente recto.
Eso también me gusta, pero ahora mismo lo odio.
Empujo la estantería hacia la pared, pero no encaja, así que vuelvo a moverla.
Golpea de nuevo.
¡BUM!
Me quedo quieto, esperando la reprimenda, porque soy consciente de que estoy haciendo mucho ruido.
Nada.
Quizá no lo ha oído y la pared es más gruesa de lo que parece.
Quizá...
Toc.
Toc.
Toc.
Me giro despacio, miro la pared y sonrío.
No debería, de verdad que no, también soy consciente de eso, pero lo hago, porque la imagen de Nía al otro lado de esa pared, probablemente con el ceño fruncido y cara de querer arrancarme la cabeza, es demasiado fácil de imaginar.
Toc.
Toc.
Toc.
Otra vez.
Aunque estos golpes tienen un nivel de hostilidad considerablemente mayor.
Dejo el destornillador sobre el suelo, me acerco a la pared y apoyo los nudillos.
Esta vez soy yo quien golpea la pared.
Toc.
Toc.
Toc.
Me muerdo el interior de la mejilla para no reírme.
No sé qué espero: que se calme, que me ignore o que la pared se convierta en el método de comunicación más absurdo de mi vida.
Toc.
Toc.
Toc.
Esta vez viene más rápido e impaciente.
Me apoyo contra el marco de la puerta, cruzo los brazos y sonrío abiertamente.
Acabo de mudarme, tengo la casa llena de cajas, la espalda destrozada y estoy de trabajo hasta las cejas.
Pero, aún así, lo más interesante de mi día está ocurriendo en este mismo instante y a través de una pared.
—Buenas noches, vecina —digo lo bastante alto para que me escuche.
Un segundo.
Dos.
Tres.
—No me llames vecina.
Su voz llega amortiguada, pero llega y, por alguna razón absurda, me hace gracia.
Mucha.
—Técnicamente lo eres.
—Técnicamente eres insoportable.
—Eso ya me lo habías dicho.
—Y volveré a decirlo.
—Qué detalle.
Al otro lado no responde de inmediato.
Me imagino su cara enmarcada en cabello corto y oscuro.
Ojos enormes, aunque todavía no sé de qué color exacto porque esta mañana estaba demasiado ocupado intentando que no se estrellara contra el suelo y luego defendiéndome de sus acusaciones.
Pero sí recuerdo su forma de mirar: directa e incómoda, como si no supiera hacer nada a medias.
Recuerdo también la manera en la que se apartó de mi mano demasiado rápido, como si admitir que la había ayudado pudiera darle alergia.
Recuerdo su boca.
Eso sí lo recuerdo.
Demasiado bien, además.
Y su manera de mover las manos al hablar.
Dispara palabras, gestos, miradas.
Todo.
—Deja de hacer ruido —dice al otro lado.
—Estoy montando muebles.
—Pues móntalos en silencio.
—No sabía que existía esa modalidad.
—Invéntatela.
Me río, no puedo evitarlo.
—¿Siempre das órdenes a través de las paredes?
—Solo cuando mi nuevo vecino decide taladrarme el sistema nervioso.
—No estoy taladrando.
—Pues suena como si estuvieras construyendo una catedral.
Miro la estantería a medio montar.
—Es una estantería.
—Pues dile que sufra más bajo.
Esta vez la risa se me escapa sin poder contenerme.
—¿Te estás riendo?
—Un poco.
—Qué bien. Me alegro de contribuir a tu felicidad.
—Lo estás haciendo mejor de lo que crees.
Después llega una pausa en la que esta conversación absurda podría terminar o convertirse en otra cosa.
No sé por qué no quiero que termine.
Debería quererlo, porque tengo trabajo, muebles… ya sabes.
Tengo vida.
Pero no, me quedo aquí con la mano apoyada en la pared como un idiota.
—Mira, Gael —dice. Y mi nombre en su voz suena distinto, más afilado y más vivo—. Mañana trabajo. Necesito dormir. Si puedes dejar de luchar contra tu mobiliario, te lo agradecería.
—Lo intentaré.
—No lo intentes. Hazlo —dice entre dientes.
Estoy seguro de que si me tuviera delante me estrangularía.
Sonrío.
—Buenas noches, Nía.
Por un momento pienso que no va a contestar, pero entonces…
—Buenas noches.
Luego escucho movimiento al otro lado, quizá se esté alejando poniendo los ojos en blanco.
Después recojo el destornillador y termino de montar la estantería con más cuidado.
No porque ella me lo haya pedido, por supuesto que no. Pero es tarde, Carmen me ha dicho que Nía madruga y no soy ningún animal.
Nada más.
Cuando por fin termino, dejo los libros en el suelo y decido que ya seguiré mañana. Me ducho, ceno un bocadillo que he comprado de camino de pie en la cocina, decido que mañana tendré que hacer una compra en el súper y reviso de nuevo el móvil.
Correos, mensajes, reuniones, una campaña que amenaza con complicarse y una colaboración pendiente.
Voy directo a la habitación tras lavarme los dientes, porque estoy molido.
Huele a cartón, detergente y casa recién ocupada.
Abro la ventana un poco y dejo que entre el aire de la calle: tibio, con sal, de Alicante.
Me tumbo y miro el techo.
Debería estar pensando en trabajo, llamadas, contratos y la cantidad absurda de cosas que tengo pendientes, pero me sorprendo pensando en la vecina.
En la forma en la que ha dicho mi nombre, lo mucho que parece odiarme y lo fácil que es hacerla saltar.
También en lo raro que resulta que, después de un día agotador, lo único que me haya despejado de verdad haya sido una discusión a través de una pared.
La vecina me cae mal, objetivamente es borde y exagerada, y claramente tiene problemas para diferenciar entre un accidente y un intento de asesinato.
Eso está claro.
Pero mientras cierro los ojos me descubro sonriendo, lo cual tampoco habla demasiado bien de mí.
Llevo menos de un día viviendo aquí y ya tengo un nuevo hobby : meterme con ella.