Chapter 7
Alicante no formaba parte del plan.
En realidad, pocas cosas de mi vida han formado parte de un plan en los últimos años, pero lo de mudarme a una casa encalada, en una calle empinada del barrio de Santa Cruz, con media mudanza atrapada en una escalera y una vecina que parece odiarme por deporte, desde luego no estaba en ninguna lista.
Ni siquiera en las malas.
Y mira que he tenido listas bastante malas.
Apoyo una caja sobre el suelo del salón y respiro hondo.
El cartón cruje bajo mis manos.
Yo también estoy a punto de crujir, porque si alguien me hubiera dicho que mudarse a una casa sin acceso directo en coche iba a convertirse en una disciplina olímpica, quizá habría elegido otro barrio.
Uno más práctico.
Uno con ascensor.
Uno donde subir una cómoda no implicara replantearte tu fe, tu forma física y todas las decisiones que te han traído hasta aquí.
Pero entonces no estaría aquí y, muy a mi pesar, este lugar tiene algo.
La casa es pequeña, antigua y luminosa.
Las paredes son blancas, pero no de ese blanco frío de piso reformado sin alma, sino blancas de cal, de verano, de sol entrando por las ventanas y quedándose pegado a los muebles.
El suelo tiene algunas imperfecciones, las puertas no cierran del todo bien y una de las ventanas chirría como si llevara décadas quejándose de la vida.
Me gusta.
No debería, pero me gusta.
Supongo que después de demasiados hoteles, apartamentos impersonales y habitaciones donde todo huele a ambientador caro y a nadie, una casa con defectos empieza a parecer un lujo.
Dejo la caja junto a la pared y miro alrededor.
Todavía hay demasiado por hacer.
Cajas abiertas, cajas cerradas, cajas que no tengo ni idea de por qué he traído, una lámpara apoyada contra una silla, libros que no caben donde deberían caber…
Y, lo más importante: un portátil esperando encima de la mesa, con treinta y siete correos sin contestar y dos reuniones confirmadas para mañana.
Mi vida normal, básicamente, o lo más parecido a una vida normal cuando trabajas con gente que factura por sonreír a una cámara y puede convertir unos polvos de sol en tendencia nacional con un vídeo de quince segundos.
Me paso una mano por el pelo.
Alicante es práctico, eso es lo que me repito de forma automática.
Estoy aquí por trabajo, varios proyectos que me obligan a moverme entre Valencia, Murcia, Madrid y esta zona de costa.
Necesitaba una base, algo que no fuera otro hotel y me permitiera trabajar sin sentir que mi vida cabe siempre en una maleta.
Así que Carmen, mi nueva y anciana casera, apareció en el momento justo: casa disponible y precio razonable en un barrio precioso.
Pero lo de una vecina con tendencias homicidas no lo mencionó en el contrato.
Detalle importante.
—Gael, cariño —grita Carmen desde la puerta—, ¿te dejo las llaves del cuartito de abajo aquí encima?
—Sí, gracias.
Aparece en el marco de la puerta con las llaves en la mano, el delantal de flores y esa expresión de señora que sabe más cosas de las que dice.
Lleva todo el día dirigiendo la mudanza como si esto fuera una operación militar y yo un soldado bastante mediocre.
—¿Seguro que no quieres que llame a mi sobrino para que te ayude con lo que falta?
—Seguro.
—Mira que está fuerte, que ese te coge cinco cajas de una.
—Yo también —le digo con sorna.
Me mira de arriba abajo.
—Sí, pero tú tienes cara de haberte arrepentido de nacer.
No puedo evitar sonreír.
—Estoy cerca.
Carmen se ríe y deja las llaves sobre la mesa.
—Ya verás qué bien vas a estar aquí. Este barrio es una maravilla. Tranquilo, bonito, con buenos vecinos...
Se detiene, me mira y la sonrisa se le ensancha todavía más.
Demasiado.
Llevo menos de un día aquí y ya me ha organizado media vida.
—Y Nía es un encanto.
Ah.
Nía, mi nueva vecina, que coincide con ser la misma chica de esta mañana, la de las escaleras.
Ese es el nombre de la chica que casi se cae porque parece ser un poco torpe y aún así consiguió comportarse como si el culpable fuera yo.
—¿Un encanto? —repito.
Carmen alza una ceja.
—Sí.
—¿Estamos hablando de la misma persona?
—¡Claro que sí! Virginia María Montemayor.
—¿Virginia María?
Eso sí que no me lo esperaba, sus padres se quedaron muy a gusto cuando la bautizaron.
Nía no tiene cara de Virginia María.
Tiene cara de Nía: tres letras, respuesta rápida, dedo acusador y mujer que te mira como si ya hubiera decidido que eres culpable aunque todavía no sepa de qué.
—No se lo digas —advierte Carmen—. Odia que la llamen así.
Interesante.
Muy interesante.
—Lo tendré en cuenta.
—No —me señala con un dedo—. No lo tendrás en cuenta. Lo usarás para chincharla. ¡Conozco a los chicos como tú!
Me encojo de hombros.
—No sé de qué me habla.
—Claro que sí. Tienes cara de tener muy mala idea.
—Eso me han dicho alguna vez.
—Pues con Nía, cuidadito. Es una buena niña.
Claro.
La misma buena niña que esta mañana me miró como si estuviera valorando empujarme escaleras abajo y hacer pasar mi muerte por accidente urbanístico.
—Me alegra saberlo.
Carmen suspira.
—Ha pasado mucho, ¿sabes? Pero es fuerte y trabajadora. Muy suya. Igual que su iaia .
Esto último lo dice de otra manera, con más cariño, y eso me hace mirar hacia la pared que separa mi casa de la suya.
No sé por qué.
Quizá porque por primera vez desde que la he visto esta mañana, Nía deja de parecerme solo una chica enfadada con el mundo y empieza a parecerme alguien con una historia.
Todos tenemos una, solo que algunos la escondemos mejor.
—No seré un mal vecino —digo, más serio.
Carmen me mira como si hubiera leído algo en mi cara.
—Eso espero, hijo. Porque ella necesita paz.
Genial.
Perfecto.
Justo lo que soy yo.
Paz.
La representación humana de una vela aromática.
Carmen se marcha poco después, no sin antes recordarme tres veces dónde está el contador de la luz, dos veces que no arrastre muebles muy tarde y una última vez que "Nía madruga mucho porque trabaja demasiado".
Lo que, traducido del idioma Carmen, significa que no le toque las narices.
Intentaré no hacerlo, aunque probablemente fracasaré.
Cuando por fin me quedo solo, la casa parece más grande.
O más vacía.
No sabría decirlo.
Abro una caja marcada como DESPACHO, aunque dentro hay calcetines, dos cargadores, una libreta negra y un marco de fotos envuelto en una camiseta.
Muy profesional todo.
Cojo uno de los cargadores y lo conecto a mi ordenador portátil.
El móvil vibra porque he recibido una notificación, luego otra y otra más.
Trabajo.
Siempre trabajo.
Una marca quiere cambiar la fecha de una campaña.
Una influencer pregunta si puede aprobar un guion mañana en lugar de hoy.
Un cliente pregunta si "natural pero aspiracional" puede ser una línea estratégica.
Cierro los ojos.
A veces echo de menos cuando las palabras significaban algo concreto.
Me siento en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá todavía cubierto de plástico, y respondo varios correos desde el móvil.
Rápido, directo y sin pensar demasiado.
Tengo esa habilidad: resolver problemas ajenos con una calma que no siempre aplico a los míos.
No obstante, ahora mismo tengo una estantería a medio montar, la espalda rota y una vecina que probablemente ya me odia.
Prioridades.