Chapter 6
Llevo ya un rato dentro de casa, pero sigo sintiendo exactamente las mismas ganas de coger a Carmen por los hombros y preguntarle si se ha vuelto completamente loca mientras la zarandeo.
Pero no demasiado, porque recordemos que es una señora mayor y a las señoras mayores hay que tratarlas como a los recién nacidos, con mucho cuidadito, porque sus huesitos se pueden descuajeringar en cualquier momento.
Pero vaya tela, con la Carmen…
Una cosa es alquilar la casa, si no digo yo que no, y otra muy distinta alquilársela a ÉL.
Resoplo y observo el recibidor: la fotografía de la iaia sigue encima de la consola de madera, como el jarrón.
Aunque las flores frescas que cambié el domingo pasado empiezan a necesitar relevo.
—No me mires así —murmuro.
La foto no responde, claro, aunque Patricia cree que la iaia se está riendo.
La ignoro.
Lo que sí hago es sacar el móvil, porque si no comparto esta información con alguien, voy a implosionar.
Abro WhatsApp y tampoco me hace falta buscar demasiado, pues el grupo Las Desgraciadas , me sale como primera opción de chat.
Nía: Emergencia.
India: ¿Ha explotado el coworking? No me digas eso, por favor, es el más barato. ¡No podemos permitirnos otra cosa!
Bruna: ¿India ha vuelto con el anciano y te ha pedido que nos lo cuentes?
India: ¡Eh! ¡Serás estúpida!
Vega: ¿Quién ha muerto?
Nía: Nadie. Uff, toquemos madera.
India: Entonces no es una emergencia.
Nía: El imbécil de esta mañana vive al lado.
Bueno, pues ya lo he soltado.
Qué gusto.
Ninguna dice nada y por lo que sea se hace un silencio virtual en la conversación, hasta que…
Bruna: JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA
India: NO.
Vega: No.
Nía: Sí.
India: Me niego a aceptar que el universo funcione tan bien.
Bruna: ¿Vas a reconocer ahora que está bueno o tampoco?
Nía: Flipo contigo, Bruna.
Bruna: Pues a mí me parece un dato bastante importante.
India: Estoy con Bruna.
Vega: Yo también.
Resoplo y pongo los ojos en blanco.
No las soporto, menudas zopencas.
Os odio , escribo.
No tanto como lo vas a amar a él dentro de tres meses, dice India.
Mira, lo que me faltaba por escuchar.
Digo, por leer.
¿Qué se ha fumado?
NI - DE -COÑA.
Voy a abandonar el grupo , escribo de forma casi frenética, porque la conversación, lejos de ayudarme, me está rompiendo los nervios.
No antes de mandarnos una foto , responde Bruna.
Les digo adiós, con todo mi papo, y guardo el móvil.
No me ha servido de absolutamente nada, pero al menos ahora hay tres personas más sufriendo conmigo.
O riéndose de mí.
Quizá viene a ser lo mismo.
Me quito las zapatillas en mitad del pasillo y las dejo tiradas donde caen.
Ya las recogeré.
O no.
No puedo ahora tomar esa decisión, tengo que poner toda mi energía en procesar lo que ha ocurrido.
Camino hasta la cocina intentando convencerme de que esto no es para tanto porque, siendo sincera y una persona medianamente racional, no es mi ex, ni mi jefe.
Ni siquiera es alguien importante en mi vida.
Es solo un vecino nuevo.
Alguien que ya me parecía insufrible antes de mudarse, pero bueno, es un vecino sin más, al fin y al cabo.
Abro el frigorífico.
Lo observo.
El frigorífico me observa a mí.
Tenemos una relación bastante estable, la verdad sea dicha.
—A ver —murmuro en voz alta—. Hay queso rallado, tomate, media bolsa de rúcula que ha vivido tiempos mejores, dos huevos, una cerveza…
También hay una zanahoria sospechosa.
Patricia cree que podría denunciarme por abandono.
La zanahoria, no ella.
Decido hacer una pizza, porque la pizza nunca juzga y nunca te dice que acabas de descubrir que compartes pared con un hombre que parece diseñado específicamente para sacarte de quicio.
La pizza está para apoyarte.
Mientras el horno se calienta, voy a mi habitación, me recojo el pelo en un moño torcido, me quito los vaqueros y me pongo una camiseta enorme de publicidad que me regalaron en un evento de cosmética hace tres años.
La camiseta llega prácticamente hasta mis rodillas.
Perfecto.
Si alguien llama a la puerta esta noche, fingiré mi muerte.
Luego vuelvo a la cocina y monto la pizza, poniendo más queso del que recomienda cualquier médico responsable.
Cuando por fin la meto en el horno, apoyo las manos sobre la encimera.
La casa está en silencio, uno de esos agradables y que conozco de memoria.
El mismo silencio que escuchaba cuando la iaia se quedaba dormida viendo la televisión, el cual me acompañó después, cuando la casa se quedó demasiado grande, aprendí a vivir sola y decidí que iba a quedarme aquí pasara lo que pasara.
Porque esta casa es hogar, refugio y lugar seguro.
Y por primera vez en todo el día consigo relajar los hombros.
Solo un poco.
Lo justo para decirme a mí misma que todo va a ir bien.
Y entonces...
¡BUM!
El golpe resuena al otro lado de la pared.
Me quedo inmóvil, parpadeo y miro hacia la pared.
Quizá ha sido algo puntual, se le ha caído una caja y…
¡BUM!
Otro golpe.
Patricia cree que están desmontando la vivienda con una excavadora y empiezo a considerar que tendría sentido.
Miro el temporizador del horno: doce minutos.
Doce.
Minutos.
No puede ser tan difícil sobrevivir doce minutos.
Entonces llega el tercer golpe.
Y el cuarto.
Y el quinto.
Y cuando me siento en el sofá con la pizza recién hecha y una mascarilla hidratante sobre la cara, la cual me he puesto con deditos temblorosos con tal de calmar mi sistema nervioso, estoy tan pendiente de la pared como de la televisión.
Que es decir mucho, porque la televisión está emitiendo un programa donde una señora intenta encontrar el amor entre veinte hombres vestidos de vikingo.
Y aun así la pared sigue ganando.
—Esto es ridículo —murmuro.
Patricia cree que deberíamos mudarnos.
OTRA VEZ.
—No voy a mudarme.
Patricia cree que deberíamos mudarlo a él.
—Tampoco.
Patricia está empezando a radicalizarse.
Y, sinceramente, la entiendo.