Chapter 5
Frunzo el ceño.
Hay cajas por todas partes, una mesa, dos lámparas…
¿Eso es una bicicleta?
Y Carmen, por supuesto, supervisando todo como si fuera la directora de una operación militar.
Sonrío.
Parece que ya ha alquilado la casa, así que bien por ella.
No tiene mucha pensión y no especula con el alquiler, por lo que ese dinero le viene muy bien.
Sigo caminando hacia mi casa y es entonces cuando escucho una voz que hace que me quede completamente inmóvil:
—Esta caja irá mejor dentro.
No.
No puede ser.
No.
Patricia cree que sí, así que me giro y ahí está sujetando una caja enorme con la maldita camiseta negra, porque aparentemente Dios ha decidido castigarme.
El imbécil de las escaleras de esta mañana con la sonrisa insufrible.
Levanta la vista y me ve.
Se queda quieto y yo también, porque por lo visto a mí también parece que me falta una pechinita en la cabeza que me obliga a quedarme parada como un pasmarote delante de él.
Nos señalamos al mismo tiempo.
Lo que yo te diga… no hay nadie al volante.
Ni en su cabeza ni en la mía.
Yo sí, me dice Patricia en el oído.
—¿TÚ?
—¿TÚ?
Lo decimos al mismo tiempo, todo muy romcom vibes.
Mátame, camión.
Carmen sonríe.
Mucho, además.
Tanto, que parece que se haya puesto dos chinchetas en las comisuras de la boca y nunca pueda volver a estar seria.
—¡Ay, qué bien! —exclama—. ¿Ya os conocéis?
—No —digo inmediatamente.
—Sí —dice él al mismo tiempo.
Lo fulmino con la mirada y él sonríe.
Capullo.
—Bueno, sí, desgraciadamente —mascullo.
El muy desgraciado sigue sonriendo, como si esta situación le pareciera divertida.
¿Divertida de qué?
—Nos hemos cruzado esta mañana —explica.
—Casi me mata —añado yo, cruzándome de brazos.
—La sujeté para que no se matara, es distinto —dice alzando el dedo índice muy despacio.
Es un caradura, lo juro.
Sí, la verdad es que esa cara es digna de demanda judicial , dice Patricia.
He dicho caradura, no que sea guapo , la reprendo.
—Detalles —digo haciendo un aspaviento con la mano y rodando los ojos hacia arriba.
Necesito que la maldita Patricia se calle.
Carmen se ríe, pero yo no.
—Bueno, pues mejor —dice Carmen—. Así será más fácil.
Un escalofrío me recorre la espalda y siento un leve rastro de sudor en la nuca.
—¿Más fácil qué?
—La convivencia.
Parpadeo.
Una vez.
Dos.
Tres.
¿Qué dice? ¿Qué dice? ¿Qué dice?
No.
No.
No.
Me da algo.
No.
—¿De qué convivencia hablas? —pregunto.
Carmen me mira como si acabara de decir la mayor obviedad del mundo.
—La de vecinos, hija.
Y señala la casa vacía, su casa de alquiler, vamos, la que comparte pared con la mía.
La casa que llevo viendo toda mi vida, la que ahora…
No.
Es que no puede ser.
¿Ese tío como mi vecino?
¿Qué clase de castigo divino es este?
Porque yo reciclo, yo separo el plástico, ¿vale?
Quiero decir… es una buena acción.
¡No me merezco esto!
Miro a Carmen, miro la casa, lo miro a él y miro la casa otra vez.
—No. Eso no puede ser…
—Sí —dice él.
—No, definitivamente no —digo colocando los brazos en jarras.
—Sí.
—NO.
—Sí.
Odio que disfrute tanto de esto.
—Encantado, vecina.
—No me llames vecina.
—Técnicamente lo eres.
—Técnicamente puedes callarte.
Carmen vuelve a reírse.
Él también.
Yo no.
Deben estar pegándome un vacile… porque yo no entiendo nada de lo que está pasando.
Sin decir nada más, recojo mi dignidad del suelo, me doy media vuelta y camino hacia mi puerta.
—No se lo tomes en cuenta, Gael. Nía es muy buena niña —oigo que le dice Carmen al tonto laba, mas no me giro.
Abro la puerta, entro a casa y cierro.
Apoyo la espalda contra la madera.
Cierro los ojos, agradeciendo que dentro de mis cuatro paredes hay silencio, pero este silencio dura aproximadamente tres segundos, porque entonces escucho ruido al otro lado de la pared.
La pared.
La maldita pared.
La que ahora comparto con él.
¿Gael, se llama?
Respiro hondo.
Patricia acaba de entrar en crisis.
Y, por una vez, creo que tiene motivos.