Vecinos con demasiado roce Chapter 4
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Chapter 4

Hay días en los que ser autónoma tiene cierto encanto.

Pocos, eso sí, según la racha.

Pero alguno hay.

Por ejemplo, esos días en los que consigues tachar tareas de la lista y te sientes una adulta funcional durante aproximadamente siete minutos.

Bueno, hoy no es uno de esos.

Hoy paso la mañana respondiendo correos electrónicos, revisando muestras de labiales, las constantes interrupciones de India y las intervenciones no solicitadas de Patricia.

No son exactamente lo mismo, por si te lo preguntas, aunque ambas resultan agotadoras.

—¿Creéis que si me hago flequillo pareceré una persona nueva? —pregunta India desde la otra punta del coworking.

—No —responde Vega sin levantar la vista del ordenador.

—¿Y si me mudo a… no sé, algún país del sudeste asiático?

—Tampoco.

—¿Y si bloqueo a todos mis ex?

—Eso sí.

—Vaya. Habéis reaccionado muy rápido a esa.

Bruna, Vega y yo reímos al mismo tiempo.

Claro, es que hay prioridades en esta vida, y bloquear exnovios ocupa un lugar sorprendentemente alto en la lista.

Pero, volviendo al tema, hoy llevo toda la mañana intentando concentrarme y cada vez que abro un documento, una hoja de cálculo o un correo, aparece la misma imagen en mi cabeza.

Esa camiseta negra y esa sonrisa insufrible precedente a comentarios mordaces.

—Estás escribiendo la misma frase desde hace diez minutos.

Levanto la vista y me doy cuenta de que Vega me observa desde su mesa.

Parpadeo un par de veces, miro la pantalla y, efectivamente, es la misma frase.

Cierro los ojos,  me llevo dos dedos al puente de la nariz y pellizco.

—Estoy reflexionando —me excuso.

—Estás empanada.

—Reflexionar y estar empanada son prácticamente lo mismo.

—No lo tengo yo muy claro, pero si tú lo dices… —dice Vega, luego suelta un suspiro.

—¿Todavía estás pensando en ese chico?

—No estoy pensando en ese chico —respondo con el ceño tan fruncido que ni todo el bótox del mundo podría reparar eso.

—Estás pensando en ese chico —afirma supersegura de sí misma.

La odio.

Un poco.

Solo un poco.

Patricia cree que estamos pensando muchísimo en ese chico y que deberíamos mudarnos para no volver a hacer el ridículo en esta ciudad, pero ella siempre propone soluciones drásticas.

—No estoy pensando en él, en serio —insisto.

—Ajá.

Ese "ajá" de Vega debería estar prohibido por ley, porque significa que no me cree lo más mínimo.

Lo peor es que suele tener razón.

Por suerte, antes de que pueda seguir interrogándome, India se mete en la conversación:

—Tengo hambre.

—Como siempre —dice Bruna sin levantar la vista de la tablet.

—Lo digo en serio.

—Hace cuarenta minutos te has metido un trozo grandísimo de coca de mollitas entre pecho y espalda. ¿Qué más quieres?

—Y fue insuficiente.

—Como tu último novio —murmura Bruna sonriendo de forma maquiavelica.

Desde luego, no sé para qué quiero enemigos, si mira cómo son mis amigas.

Solo le ha faltado soltar un: MUAJAJAJJA e insertar emoticonos de diablitos morados como lo haría en una conversación de whatsapp.

India le lanza un bolígrafo, pero Bruna lo esquiva sin esfuerzo.

Es preocupante la práctica que tiene.

—Voy a pedir comida.

—Es la una y media. ¿No puedes esperar un poco?

—Precisamente.

—Eso no tiene sentido. —Vega niega con la cabeza.

—Tengo hambre. No necesito sentido.

La discusión dura exactamente cuatro minutos antes de que acabemos haciendo lo que hacemos siempre que se nos hace la hora de comer y nos lo podemos permitir: pedir comida al coworking.

Esto lo hacemos por varias razones, entre ellas, que ninguna quiere cocinar, ninguna quiere salir a pillar unos bocadillos del bar del final de la calle, por ejemplo, y todas somos demasiado vagas para discutirlo más, así que terminamos encargando comida al asiático de la esquina.

El de siempre, que tarda una eternidad cuando tenemos hambre y aparece en tiempo récord cuando ya no nos importa.

Esta vez llega más pronto de lo esperado y comprobamos que los recipientes están calientes, los fideos brillantes de aceite, las verduras con una cantidad cuestionable de salsa y el pollo probablemente ha visto más mundo que nosotras.

Grasiento, poco equilibrado y espectacular.

¿Para qué voy a mentir?

Sentadas alrededor de una mesa llena de envases de cartón, vamos a proceder mientras damos cuenta de esta insalubre comida a hablar de trabajo, clientes imposibles y facturas.

La vida adulta es bastante menos glamourosa de lo que prometían las películas.

—Voy a morir joven —anuncia India después del primer bocado.

—Pero feliz —añade Bruna.

—Y con colesterol —remata Vega.

Yo me río mientras enrollo fideos alrededor del tenedor y por un momento todo resulta agradable, fácil y normal.

Justo lo que necesito, porque nadie me va a devolver estos últimos días en los que he estado funcionando a base de café y una cantidad poco saludable de fe.

Fe en NíaBeauty , en que las cosas salgan bien, en que todo este esfuerzo sirva para algo y en que la reunión con la influencer sea tan buena como parece.

Y Patricia podrá decir misa, pero no pienso acabar debajo de un puente con unos guantes que tengan las yemitas de mis dedos cortadas.

¿Estamos?

Estamos.

—Cuando era pequeña pensaba que a los treinta tendría una casa preciosa, las cosas claras y una cocina llena de plantas aromáticas —dice India.

—¿Y qué tienes? —pregunta Bruna.

—Hemorroides de vez en cuando.

—Dicen que una vez salen, son para toda la vida, ¿no? Eso cuenta como estabilidad.

India le lanza una servilleta, yo me río y, por un segundo, me olvido del representante, de la influencer y del idiota de esta mañana.

Terminamos de comer con este ambientillo tan agradable que aparece cuando estoy con ellas, trabajamos, tomamos unos cafés que guardamos en la nevera del coworking y seguimos trabajando.

Cuando me quiero dar cuenta ya es por la tarde, así que recojo mis cosas, me despido de las chicas y salgo al exterior.

Alicante tiene una luz especial cuando el sol empieza a caer, y es que las fachadas parecen más cálidas, el aire se vuelve más suave y el olor a mar se desplaza por toda la ciudad.

Emprendo el camino hacia Santa Cruz sin ningún tipo de prisa y cuando llego al barrio, hago lo de siempre sin darme cuenta:  bajo el ritmo.

Disfruto de subir los escalones, de las macetas, del ruido de la gente y de mis calles.

No tardo en toparme con la fachada de mi casa, y es entonces cuando veo la escena que hace de preludio para un calvario que no me veo venir.