Chapter 3
Hay una teoría que no sé muy bien quién se inventó, pero que, sinceramente, debería estar escrita en la puerta de cualquier coworking:
“Si juntas a varias mujeres autónomas en un mismo espacio, no solo compartirán wifi… compartirán su estabilidad emocional.”
Y no en el buen sentido.
Nuestro coworking está en una calle céntrica de Alicante, de esas donde siempre parece que hace más calor del que realmente hace.
Tiene un ventanal grande que da a la calle, mesas blancas que en teoría deberían estar ordenadas y una cafetera que suena como si estuviera a punto de explotar cada vez que alguien la usa.
India puso un par de maceteros grandes con plantas artificiales para que ninguna tuviera la responsabilidad de regarlas, pero hubiera algo de decoración mona.
Es decir, es perfecto.
—No puedo creer que me haya dicho eso —dice India, entrando como un torbellino.
Literalmente, un poco más y se tropieza con sus propios pies.
Pelo recogido de cualquier manera, gafas de sol aún puestas y purpurina en el escote.
—Buenos días a ti también —murmura Bruna sin levantar la vista del portátil.
—No, no son buenos días —responde, dejando el bolso sobre la mesa con dramatismo—. Son días de replantearse decisiones vitales.
Bruna levanta la vista desde su iPad y yo sigo observando desde la puerta, plantada como un pino.
Llevo todo el camino pensando en el idiota con el que me he topado y sigo cabreada como una mona.
—¿Ha vuelto el abuelo? —pregunta, completamente seria.
India se quita las gafas, la mira y suspira.
—No le llames así.
—Bueno, pues el anciano —comenta Bruna poniendo los ojos en blanco.
—India —interviene Vega sin apartar los ojos de la pantalla—, tenía cincuenta y dos años.
—Cincuenta —corrige ella automáticamente.
—Cincuenta y dos —repite Vega—. Y te decía cosas como “las chicas de tu edad no entienden el compromiso”.
Bruna suelta una carcajada.
—A mí eso me lo dice alguien y le pido la jubilación anticipada.
No puedo evitar sonreír, porque aquí están mis tres constantes vitales.
Y menos mal.
India es un caos puro y duro, Vega es el sentido común con patas y Bruna es un problema con una sonrisa bonita.
India es organizadora de bodas y eventos pequeños, una profesión que encaja perfectamente con su personalidad porque vive enamorada del amor incluso cuando este no le corresponde.
Morena, pequeñita y con unos ojos enormes capaces de enamorarse de cualquier ser humano que le preste atención más de treinta segundos, lleva el pelo lleno de mechones que cambia de color según el mes y su estabilidad emocional.
Tiene la teoría de que lo suyo con los hombres maduros es casualidad, pero el resto sospechamos que se debe a que su padre desapareció demasiado pronto y ahora ella intenta resolver traumas infantiles saliendo con señores que podrían explicar la Guerra Civil de primera mano.
Vega tiene su propia marca de ropa artesanal.
Alta, rubia oscura y con esa clase de belleza tranquila que no necesita demostrar nada, posee unos ojos verdes que parecen capaces de ver venir una desgracia dos semanas antes que el resto.
Es la única persona adulta y funcional del grupo, lo que no significa demasiado porque el listón está por los suelos.
Su principal defecto es que lleva años enamorándose de hombres emocionalmente indisponibles con la absurda esperanza de arreglarlos.
Vega cree que puede curar los traumas ajenos con paciencia y comunicación.
La realidad demuestra que algunos hombres necesitarían un exorcismo y ni aun así.
Por último está Bruna, mi mejor amiga desde el instituto, propietaria de una floristería y especialista en decoración floral para eventos, morena, bajita y con una sonrisa preciosa que hace que nadie sospeche el peligro que representa.
Ella es la que menos tiempo pasa en el coworking.
Es de esas personas que parecen adorables hasta que abren la boca y te proponen una idea que puede acabar perfectamente con una orden de alejamiento o una boda en Las Vegas.
Tiene un don especial para detectar la tensión sexual a kilómetros y otro todavía más inquietante para meterse donde nadie la llama.
Su red flag principal consiste en aburrirse muy rápido de los hombres buenos y sentirse inexplicablemente atraída por los problemas.
Afortunadamente, la terapia y los años la han llevado a reducir sus estándares de toxicidad a niveles razonables. Más o menos.
Y luego estoy yo, claro, la única persona del grupo con una voz interior llamada Patricia.
Que tampoco es precisamente una medalla olímpica.
¿Lo ves? Aquí taritas tenemos todas.
—No era tan así —dice India, dejándose caer en la silla—. Era… intenso.
—Era manipulador, aunque todo el mundo puede cambiar —dice Vega.
—Y mayor —añade Bruna.
—Contra la biología no se puede hacer nada, eso sí —comenta Vega poniendo morritos.
—Era elegante —insiste India.
Las tres la miramos, cual niña del exorcista repetida por tres.
—Era un señor —remato yo y entonces Bruna se gira hacia mí con una sonrisa lenta.
—¡Hola! —exclama, y luego se vuelve a girar hacia India—. Menos mal que ya no estás con él. Era como ver a Heidi con su abuelo.
India le lanza un cojín y Bruna lo esquiva sin esfuerzo.
—No sois normales —murmura India.
—No —respondo dejando mis cosas sobre la mesa—. Pero tenemos razón.
Se hace un pequeño silencio, de esos que traen comodidad y que no necesitan llenarse.
El sonido de los teclados vuelve, el de la cafetera también, y el murmullo de la calle que se cuela por el ventanal abierto se une a la orquesta que tenemos aquí montada.
—Vale —dice India de repente—. Necesito cambiar de tema o voy a volver a escribirle. Además, es que no puedo estar consiguiendo que la gente tenga la boda de sus sueños y yo estar tan sola…
—No lo hagas —dice Vega automáticamente.
—Hazlo —dice Bruna—, pero desde mi móvil. Quiero ver qué pasa.
—No —intervenimos Vega y yo a la vez.
India suspira y se deja caer hacia atrás.
Es entonces cuando me mira.
—Te toca —dice.
Frunzo el ceño.
—¿El qué?
—Tu mañana —responde—. Cuéntanos algo interesante.
—Mi vida en general no es interesante.
—Vives en Santa Cruz —dice Bruna—. Eso ya es interesante.
—Mi mañana tampoco ha sido especialmente interesante —miento.
India entrecierra los ojos, Vega levanta la vista de la pantalla y Bruna sonríe.
Mierda.
—¿Qué ha pasado? —pregunta India.
—Nada.
—Mentira.
—No es mentira.
—Es mentira.
—Es una mentira muy pequeña.
—¿Qué ha pasado? —repite.
Suspiro.
—Casi me mato bajando las escaleras del barrio.
—¿Cómo que casi?
—Lo suficiente como para replantearme mi coordinación motora.
—¿Y?
—Y un imbécil me sujetó antes de que me estampase contra el suelo.
Las tres me miran como si fueran tres cuervitos a punto de sacarme los ojos.
—¿Estaba bueno? —pregunta Bruna levantando las cejitas repetidas veces.
—¿Qué importa eso?
—Es una pregunta objetiva.
—No voy a responder.
—Estaba bueno, está claro —dictamina India.
—No lo sabes. ¿Por qué dices eso? —me indigno.
—Lo sé por cómo estás evitando responder.
Vega apoya los codos sobre la mesa.
—¿Quién era?
—¡Y yo qué sé! —grito, haciendo aspavientos con los brazos.
Patricia cree que recordaríamos hasta su grupo sanguíneo si nos lo hubiera dicho, pero la ignoro.
—Uy, uy, uy. Pero ¿por qué te enfadas?
—Porque me ha caído mal, muy mal. ¡Ya está! ¿Cambiamos de tema?
—Vale —dice India—. Dejemos de hablar del tío ese porque claramente no estás preparada para aceptarlo.
—Gracias —digo, aliviada, luego pongo morritos.
—Hablemos de otra cosa, entonces, sí —dice Vega.
—Mi vida ahora mismo son labiales —respondo.
—Y crisis existenciales —añade India.
—Y café.
—Y más crisis existenciales —corrige Vega.
No les falta razón.
Porque llevo semanas durmiendo poco, trabajando demasiado y revisando el correo como si esperara una señal divina.
O una colaboración.
Preferiblemente una colaboración.
—¿Tenemos noticias de las influencers? —pregunta Bruna.
Claro, es que todavía no lo he contado, pero a mí siempre me han enseñado que la suerte no existe, pero el trabajo duro, el compromiso y la dedicación, sí.
Con el objetivo de hacer crecer NíaBeauty , escribí a varias influencers de cosmética, proponiéndoles una colaboración con mis productos.
Entre ellas estaba Inés Ferrer, una de las más tochas en redes sociales.
Levanto la vista y sonrío, precisamente es ella quien ha respondido a mi mensaje.
—Me ha respondido una de ellas—digo con la boquita pequeña.
Las tres se incorporan literalmente a la vez.
—¿Y?
—¿Y?
—¿Y?
—Dios mío, parecéis palomas —digo.
—Nía.
—Pues pinta bien o eso creo —informo y ellas gritan.
Gritan mucho.
Intento mantener la calma, pero la realidad es que no me sale.
—¡LO SABÍA!
—¡LO SABÍA!
—¡LO SABÍA!
—Patricia cree que no va a llegar a nada… —murmuro.
—Joder, con Patricia… —pregunta India.
—Qué agotadora, la Patri —dictamina Bruna.
—Lo sé.
—Y tú la escuchas demasiado —añade Vega.
—También lo sé.
Abro el correo de nuevo.
Lo he leído doce veces, voy por la trece.
—Se trata de Inés Ferrer. Dice que le encanta el proyecto —explico.
—¿Y entonces por qué tienes cara de funeral? —pregunta Vega.
Señalo una línea.
—Porque cada tres frases menciona a su representante.
—¿Y?
—Que me pone nerviosa, es como si necesitara su aprobación para aceptar mi colaboración.
—¿Y por qué te pone nerviosa?
—Porque los representantes siempre ponen nerviosa a la gente.
—Eso te lo acabas de inventar. Querrá dejarse guiar por él, simplemente. Realmente ese es su trabajo.
—Sí, eso es verdad —digo soltando una mini carcajada que me destensa todo el cuerpo.
—Lo sabía.
—Dice que cualquier decisión hay que hablarla con él —continúo—. Que él coordina todo. Que él revisa todo. Que él aprueba todo.
—Controlador —masculla India.
—India, no es una relación.
—Todavía.
Pongo los ojos en blanco.
Qué manía tienen de convertir cualquier cosa en una comedia romántica.