Vecinos con demasiado roce Chapter 2
5%

Chapter 2

Una semana antes, LUNES

Hay casas que son casas sin más, pero luego está la mía.

Mi casa no tiene solo cuatro paredes, una puerta y un techo que, por cierto, cruje cuando hace demasiado calor —que en Alicante se da bastante a menudo siempre—.

Es… otra cosa.

Memoria. Ruido de platos. Aroma a comida recién hecha.

Mi casa es mi iaia diciéndome que deje de comer pan antes de que esté la comida… mientras me corta otro trozo.

Son escaleras estrechas, paredes blancas que han visto más vidas que cualquier álbum de fotos y un patio pequeño donde el sol entra como si también tuviera derecho a vivir aquí.

La heredé hace dos años y todavía hay días en los que me parece raro decirlo en voz alta.

Heredar suena a pérdida. Y lo fue, claro que lo fue.

De hecho, lo sigue siendo.

Mi iaia está en la mesita de la entrada, en una foto en la que salimos ambas abrazadas, al lado de la que hay un jarrón que siempre tiene flores frescas.

A veces le pongo velas que huelen a vainilla.

Ahora mi iaia es eso que miro cuando alzo la vista hacia el cielo para pedir que las cosas me salgan bien.

Como si todavía pudiera ayudarme.

Así que sí, heredar suena a pérdida, pero también a quedarte, a seguir construyendo la estela que dejan tus antepasados.

Me he puesto intensa, ¿verdad?

Un poco.

Pero es un tema que me toca el corazoncito bastante.

Tengo la casa, que la cuido como un tesoro, pero desde que mi iaia no está también tengo un corazón vendado a medias, porque yo sola no logro curarme como lo hacía ella con mis rodillas raspadas siendo un moco de seis años.

Y supongo que también está Patricia.

Patricia apareció cuando la iaia se marchó.

Nadie la invitó, ni siquiera preguntó si podía quedarse, simplemente llegó, se sentó en una esquina de mi cabeza y decidió comentar absolutamente todas mis decisiones.

La mayoría de la gente tiene intuición.

Yo tengo a Patricia.

Es parecido, pero mucho más dramático.

Por ejemplo, ahora mismo Patricia está convencida de que voy a arruinar NíaBeauty, vender la casa, terminar viviendo debajo de un puente y alimentar palomas para sobrevivir.

Yo todavía me estoy tomando el café.

Apoyo la espalda en la pared del salón y dejo que el silencio me envuelva un segundo.

Un silencio que no es silencio del todo, porque en Santa Cruz nunca lo es.

Siempre hay algo: un vecino bajando las escaleras, una puerta que se abre, una conversación a media voz que, en realidad, no es tan a media voz.

Y el mar de fondo, un poco más allá.

No se ve desde todos los rincones, pero se huele y se siente, porque se cuela por las ventanas abiertas como si fuera uno más de la ciudad.

Cierro los ojos y, por un momento, vuelvo a la cocina, a la mesa pequeña de madera.

Y no estoy sola.

—No te levantes, que todavía no hemos terminado —decía la iaia .

Y yo ya con el plato limpio.

—No puedo más.

—Claro que puedes —respondía, sirviéndome un poco más—. Si estás en los huesos.

Mentira.

Siempre he tenido buen saque.

Pero con ella… más.

Arroz a banda.

Olleta.

Coca amb tonyina en Hogueras.

Pan con tomate, aceite y sal, que sabía mejor que cualquier cosa gourmet que he probado después.

Y el café.

Siempre el café.

En tazas pequeñas que quemaban.

En sobremesas largas donde no hablábamos de nada importante… pero en realidad lo hablábamos todo.

Abro los ojos.

Y durante un segundo me da la sensación de que si voy a la cocina… va a estar allí.

Pero no.

No está.

Y eso es algo a lo que, por mucho tiempo que pase, no termino de acostumbrarme.

Respiro hondo.

Me separo de la pared, camino hacia la ventana y la abro del todo.

El aire entra de golpe y caliente porque ya estamos casi a la mitad de junio, y con ese punto de sal que se te pega a la piel y te recuerda que estás en casa.

Miro hacia fuera y las escaleras serpentean entre casas blancas llenas de macetas con muchos colores, algunas perfectamente colocadas y otras a su aire,  como el barrio y la gente que vive aquí.

Aquí hay cero postureo, porque hay vida de verdad.

—Buenos días, Nía —dice una voz desde abajo.

Me asomo un poco.

Carmen, la vecina de dos casas más abajo, está regando las plantas como si eso fuera un deporte de alto riesgo.

Nos separa su otra casa, que tiene ahora mismo vacía.

No sé cuándo la alquilará.

Carmen ronda los ochenta y tantos, aunque preguntarle la edad exacta sería una temeridad que ninguna persona cuerda cometería dos veces.

Tiene el pelo corto, teñido de un rubio imposible que desafía todas las leyes de la naturaleza, y unos ojos pequeños y vivaces como olivas de cuquillo que parecen enterarse de todo antes que nadie; probablemente sea así.

Lleva toda la vida en Santa Cruz, así que conoce quién se divorció, quién se casó, quién volvió con su ex y quién dice que no bebe alcohol mientras esconde botellas de vino en el armarito de la cocina.

Su deporte favorito principal es regar las plantas, su segundo deporte favorito es enterarse de cosas.

Y en ambos es extraordinariamente buena.

Siempre lleva delantales con flores, pendientes grandes y esa energía de mujer capaz de organizar la mayor revolución vecinal antes de la hora del almuerzo.

Pero la verdad es que Carmen siempre ha sido mucho más que una vecina, porque fue amiga de mi iaia durante toda la vida.

De esas amistades que sobreviven décadas, bodas, entierros, mudanzas y discusiones absurdas sobre cuál es la mejor receta de arroz.

Crecí viéndolas tomar café juntas, hablar desde una ventana a otra y discutir como si fueran hermanas para, cinco minutos después, volver a reírse de cualquier tontería.

Así que, en cierto modo, Carmen siempre ha estado ahí: primero vigilándome por encargo de mi iaia y después por iniciativa propia.

Creo que la iaia le dejó el puesto de vigilante oficial del barrio en herencia y Carmen se tomó el ascenso demasiado en serio.

—Buenos días —respondo.

—¿Hoy trabajas?

—Siempre trabajo. Soy autónoma, acuérdate —le digo sonriendo.

—Eso no es bueno —dice, sin dejar de regar—. Hay que vivir.

Sonrío otra vez.

—Lo intento.

—Inténtalo más —responde, desapareciendo dentro de su casa.

Asiento, aunque ya no me ve.

Tiene razón, pero también…

No.

Porque ahora mismo mi vida es esto: la casa, el barrio y NíaBeauty, mi negocio de cosmética.

Nada de distracciones.

Nada de chicos.

Miro hacia la mesa del salón.

Hay muestras de labiales, papeles, bocetos de Bruna y notas con ideas que escribí a las tres de la mañana como si fueran geniales —y algunas lo son—.

Todo desordenado y mío.

Me gusta.

Me gusta todo esto y la vida que estoy intentando construir, aunque a veces no tenga ni idea de cómo hacerlo.

Patricia tampoco tiene ni idea, pero eso jamás le ha impedido opinar.

Cierro la ventana a medias, cojo las llaves y salgo de casa.

Ya llego tarde al coworking en el que trabajo, así que no puedo entretenerme más.

En cuanto pongo un pie en la calle, el barrio me envuelve otra vez: el sol ya está más alto, las paredes reflejan la luz y alguien sube las escaleras con una bolsa de la compra.

Un turista intenta orientarse con el móvil y yo bajo las escaleras de las calles empedradas con cuidado, porque si algo tiene Santa Cruz es que te obliga a ir despacio, a mirar dónde pisas y no creerte invencible.

Y justo cuando giro la esquina, casi me mato.

Literal.

Mi pie resbala en uno de los escalones y, durante un segundo, veo mi vida pasar delante de mis ojos.

Bueno, no toda, no me apetece revisionar cómo fue el “después” de quitarme las muelas del juicio o mi primer desamor, así que solo lo suficiente como para darme cuenta de que morir despeñada en mi propio barrio sería un poco humillante.

—¡Dios! —mascullo.

Pero no llego a besar el suelo, pues un brazo tan rápido como firme y fuerte me sujeta.

Es algo demasiado eficaz para mi gusto.

Me quedo congelada un segundo, con el corazón acelerado y el equilibrio cogido con pinzas.

Bueno, cogido por ÉL, más bien.

—Igual deberías mirar por dónde vas —dice una voz encima de mi cabeza.

Perdona, ¿qué?

Levanto la vista y ahí está: uno de los tíos más bordes con los que me he cruzado.

¿A qué viene ese mierdolo de comentario?

¿Está tonto o es así de serie?

Sí, vale, también está muy bueno, pero eso no viene al caso.

¿O sí?

Es alto.

Pero alto de esos que no molestan, sino que imponen. Como si el espacio a su alrededor tuviera que reorganizarse para que encaje.

Hombros anchos, camiseta negra —error— pegada al cuerpo —doble error—, marcando lo suficiente como para que una parte de mí, la menos digna, se quede mirando medio segundo más de la cuenta.

Vale.

Dos.

Dos segunditos en los que se me olvida que es imbécil.

Tiene la barba de un día, justo en ese punto en el que no parece descuido, sino intención.

La mandíbula marcada, la boca seria y unos ojos oscuros que no sé muy bien si me están analizando o juzgando… pero que desde luego no están pasando por alto nada.

Y eso ya me cae mal.

Mucho.

Porque me está mirando como si yo fuera un problema.

Y lo peor es que, probablemente, tenga razón.

Basta, Nía. Deja de evaluar su cara como si fuera un producto que vas a lanzar. No está en venta.

Pues ni falta que hace.

—Cuidado —añade con voz grave y calmada.

Me está poniendo de los nervios, la verdad.

—Igual deberías no aparecer de la nada —respondo, apartándome de su mano como si quemara.

Mentira.

No quema, pero debería.

Él arquea una ceja.

—Estaba bajando por mi propia calle.

—¿Tu propia calle? —pregunto alucinada. ¿De qué va este tío? —. Y yo caminando por la mía, no te fastidia.

Airada, me coloco el pelo corto y oscuro que llevo a lo Dua Lipa, de un manotazo.

—Entonces el problema no soy yo.

—No, claro —asiento—. El problema es la gravedad, que hoy ha decidido ir en mi contra.

Me mira y yo hago lo mismo con él.

Hay algo en su expresión… como si estuviera conteniendo una sonrisa.

No te rías, estúpido , pienso. No te atrevas.

—¿Siempre eres así? —pregunta.

—¿Así cómo?

—Dramática.

Me río, chulita, y arqueo las cejas.

—¿Siempre eres así? —contraataco.

—¿Así cómo? —dice él.

Desde luego, menuda conversación de besugos.

—Condescendiente.

—No soy condescendiente.

—Claro que no —digo con ironía.

—Claro que no —repite él.

Nos miramos.

Otra vez.

Sonríe y lo hace con esa sonrisa idiota que dan ganas de borrársela de un plumazo.

—¿De qué te ríes?

—¿Siempre acusas a desconocidos en la calle o es algo puntual?

Pongo los ojos en blanco.

Menudo idiota.

—No tengo tiempo para esto.

Y entonces paso a su lado, rozándolo lo justo.

Porque sí, porque puedo y porque me da la gana.

Bajo un par de escalones y cuando ya estoy a una distancia suficiente, añado sin girarme:

—Por cierto… No me he caído.

—Casi —responde él.

Sonrío.

—Pero no.

Sigo bajando mientras siento su mirada en la espalda.

Y no me gusta.

O sí.

No lo tengo claro.

¿Qué más da?

¡Es solo un desconocido insoportable!

¿Verdad?

Patricia cree que estamos en peligro.

Mierda.