Vecinos con demasiado roce
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Chapter 1
Hay dos cosas que debes saber del barrio de Santa Cruz.
La primera es que las calles no son calles, porque son escaleras, cuestas y rincones donde las casas parecen apoyarse unas en otras para no caerse.
La segunda es que aquí no hay intimidad ninguna.
Todo se oye, todo se ve y todo se comenta, porque así somos los alicantinos, ¿sabes?
Y ahora mismo, yo soy el tema del día.
—¡SAL AHORA MISMO, GAEL! —grito desde mitad de la calle, con la respiración acelerada y un zapato en la mano.
Quiero cogerlo del pescuezo y hacerlo trizas.
Ya lo he dicho.
A Gael, no al zapato.
Es uno de los zapatos de tacón que llevé en la boda de mi prima María.
Es de color fucsia.
Iba preciosa.
María también.
El eco rebota en las paredes blancas decoradas con macetas llenas de geranios que alguien ha regado hace apenas unos minutos.
Huele a humedad y a sal, porque es lo que tiene vivir cerca del mar.
A vida normal.
Bueno, eso será la tuya, coliflor, porque la mía de normal tiene lo justo.
Una persiana chirría al levantarse, una ventana se abre dos casas más arriba y alguien susurra algo.
Me apuesto a que ha sido Don Ernesto, el párroco de la Iglesia de Santa María, al tiempo que se santigua, porque se escandaliza por todo.
Perfecto.
Ya tenemos público.
Levanto la vista y observo la puerta de su casa, la misma desde la que hace apenas unas horas me miraba como si yo fuera…
Cierro ese pensamiento de golpe.
Puto.
Puto.
Puto.
—¡GAEL!
Nada.
Aprieto los dientes, me da mucha rabia que encima me ignore el grandísimo hijo de Satán.
Lo siento, no tengo otra opción y hago lo que cualquier persona equilibrada, emocionalmente estable y con autocontrol haría en mi situación: lanzo el zapato.
El tacón impacta contra la puerta de madera y rebota con un golpe seco.
Un segundo de silencio.
Y luego…
La puerta de su casa se abre.
BINGO.
Aparece descalzo, con una camiseta negra básica y pegadita a su perfecto cuerpo y el cabello revuelto, como si acabara de pasarse la mano mil veces por él.
O lo hubiera hecho yo, que también me vale.
Basta, Nía, no te fijes en lo bueno que está, me reprendo.
Qué cerda soy, al parecer.
Cerda y estúpida, porque este tío me la ha jugado… y yo sigo babeando por sus abdominales.
Tiene la cara todavía medio dormida… hasta que me ve.
Sonrío de forma diabólica.
Se va a cagar pero bien.
Entonces le cambia el gesto, seguramente el mío es como el de la novia de Chuky.
¿Estoy fea?
Pues que sufra.
No soy perfecta, no soy Taylor Swift.
—¿Se puede saber qué…?
No termina la frase, porque el segundo zapato ya va en camino.
—¡Joder! —se aparta justo a tiempo y el zapato golpea contra la pared—. ¿Qué haces?
—¡DEVUÉLVEME MI TIEMPO! —le grito, porque decirle Devuélveme la vida, que me l’has quitao’ a lo David Bustamante, ya está muy trillado.
Después de eso nos envuelve un silencio raro y espeso, de esos en los que todo el mundo está escuchando pero nadie respira.
Gael baja las escaleras deprisa y lo veo aparecer acercándose a mí con esa forma suya de moverse, tan segura y contenida, como si todo lo tuviera bajo control.
JA.
Repito: se va a cagar.
—Nía —dice, más cerca ahora, frunciendo el ceño—. ¿Qué coño está pasando?
Me río, pero no porque tenga gracia. Lo hago porque si no, igual me pongo a llorar y no queremos eso, ¿verdad?
Ni una lágrima por este desgraciado, no pienso darle ese espectáculo.
No, no, ni una lágrima por ti, ni una lágrima, ¿pa’ qué?, esto también es de Bustamante, no sé qué narices me ha dado hoy con este chico.
—¿Qué está pasando? —repito, ladeando la cabeza—. ¿De verdad necesitas que te lo explique?
El sol empieza a colarse entre las casas y le da de lleno en la cara, marcándole la mandíbula, la sombra de la barba de un día y esa mirada que…
¡NO!
NO.
No, Nía.
Ni de coña.
—No tengo ni idea de por qué estás montando este numerito —dice.
—Claro que no —asiento despacio—. Tú nunca tienes ni idea.
Me agacho y la bolsa que llevaba entre mis brazos cae al suelo con un golpe sordo.
Sonrío mientras rebusco en su interior.
Saco una camiseta.
Es suya, así que contengo el impulso de olerla como una psicópata; en su lugar la aprieto un segundo entre los dedos.
Acto seguido se la lanzo y le da en el pecho, aunque la coge casi al vuelo por reflejo.
—¿Pero qué…?
Otra camiseta.
Un pantalón.
—Nía, para.
—No.
—Para.
—No.
Las prendas vuelan entre nosotros, cayendo por el suelo irregular, quedándose enganchadas en los escalones, en las macetas y en cualquier sitio donde esta historia pueda quedar aún más ridícula de lo que ya es.
—Eso es MI ropa —dice.
—Y esa —respondo, sacando algo más de la bolsa— era MI confianza.
Se lo tiro, lo atrapa y entonces…
Se queda quieto, muy quieto, y mira lo que tiene en la mano.
¿Es que nada de lo que le estoy lanzando va a darle en la puta cabeza o qué?
Encima tiene buenos reflejos.
Encima ágil.
Encima guapo.
¡JODER!
Se queda mirando lo que tiene en las manos y parpadea una vez.
Luego otra.
—Nía…
Levanto la barbilla, muy orgullosa.
Es mi succionador de clítoris y se llama Pengu.
Sí, tiene nombre. No voy a dar explicaciones.
Solo diré que es negro y pequeño, pero lo suficientemente reconocible como para que la señora de la ventana de la casa de la esquina se lleve la mano al pecho.
Me la pela.
—Ay, Virgen… —susurra.
La señora, no Gael, ese no me importa lo que pueda decirme.
Otra directamente desaparece tras la cortina.
Yo cierro los ojos un segundo.
Solo uno.
Bruna se estaría muriendo de risa, India probablemente estaría diciendo que esto es una señal del destino, y Vega… Vega ya me habría dicho que esto iba a acabar mal.
Son mis amigas, luego te las presento.
—¿De verdad estás haciendo esto aquí? —dice Gael en voz más baja, acercándose un paso.
—¿El qué? —respondo—. ¿Devolverte lo que es tuyo? ¿O montar un espectáculo? Porque lo segundo lo empezaste tú.
Se queda quieto frente a mí.
Muy cerca.
Demasiado.
Y el problema no es que esté cerca, sino que mi cuerpo no es de piedra y tiene recuerdos.
Recuerda sus manos.
Su boca.
La forma en la que me…
No.
Aprieto los dientes de nuevo.
—Te vi —digo.
Y todo cambia.
Su expresión, su postura…
Ese microsegundo en el que se queda sin respuesta.
—¿Qué viste? —pregunta, pero ya no suena igual.
—No —niego, riendo sin ganas—. No vamos a hacer esto.
Doy un paso hacia él y el suelo irregular hace que casi tropiece, pero me mantengo.
Lo que me faltaba, perder la poca dignidad que me queda delante de este tío.
—Te vi con ella, Gael, con esa chica.
Silencio, porque el barrio está escuchando y el mundo entero está reducido a esta calle ahora mismo.
—En el evento —añado—. En el maldito evento.
El viento mueve algunas prendas que hay tendidas cerca y algo golpea suavemente la fachada de una de las casas.
Él no dice nada.
—Y escuché lo que le decías—continúo, sintiendo cómo la voz se me rompe por dentro—. Qué casualidad, ¿no? Mismo concepto. Mismo mensaje. Misma idea.
—No es lo que parece.
Ahí está la frasecita de los cojones.
Es que es de manual, vamos…
¿Quién se la cree?
¡Siempre SÍ es lo que parece!
—No —asiento despacio—. Es peor.
Se pasa la mano por el pelo y esta vez no es postureo, es nervio.
—No sabes cómo funciona mi trabajo.
—No —respondo—. Pero tengo bastante claro cómo funcionas tú.
Nos miramos y esta vez no hay bromas ni ese recochineo de vecinos rivales.
No hay nada, solo este momento, el instante en el que todo parecía ser bonito… pero se ha roto.
—Pensé que me estabas conociendo —digo en un susurro—. Y en realidad me estabas estudiando.
Se queda callado.
El muy patán no lo niega, no se defiende, no hace nada.
Y eso es lo peor.
Asiento con la cabeza muy despacio, al tiempo que noto algo caer dentro de mí, algo que no hace ruido pero sí que pesa..
—Perfecto —murmuro.
Recojo la bolsa vacía y luego me giro de nuevo hacia él.
El aire huele a mar.
A sal.
A algo que siempre ha estado ahí… menos hoy.
—Por cierto…
Él no responde, pero me está mirando de frente.
—La cita estuvo bien, fue perfecta, ya te lo dije —digo. Luego trago saliva—. Lástima que fuera parte del briefing.
Camino hacia mi casa, necesito encerrarme en ella y que me proteja con sus sólidas paredes, como lleva haciendo todo este tiempo.
Es entonces cuando el murmullo empieza, alguien comenta, las ventanas se cierran y yo intento no pensar una sola cosa, y es que durante los últimos días me creí todo.
Absolutamente todo.