Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 33
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Capítulo 33

Luca

Me quedé mirando el ventanal de mi despacho mientras terminaba de guardar unos papeles en el maletín. Afuera empezaba a anochecer y la nieve seguía cayendo sobre Zúrich con una calma extraña, como si el mundo no estuviera a punto de venirse abajo.

—¿Entonces qué? —me preguntó Thomas desde la puerta—. ¿Una cerveza antes de que desaparezcas en tu cueva familiar?

Solté una risa cansada.

—Paso, mi madre y Elsa llevan toda la tarde haciendo galletas y seguro que quieren intoxicarme obligándome a probarlas.

—Cobarde.

—Superviviente.

Thomas iba a responderme cuando mi móvil vibró dentro del bolsillo del pantalón. Fruncí el ceño al ver el nombre de Daniel.

Contesté al instante.

—Dime.

—Necesito verte ya —soltó sin rodeos—. He descubierto cosas muy graves.

Mi cuerpo te tensó entero.

—¿Qué pasa?

—Por teléfono no, ve a la cafetería donde quedamos la primera vez. Ven ahora.

Colgó sin darme opción a más preguntas. Thomas me miró serio.

—¿Qué ocurre?

—Era Daniel, dice que ha descubierto algo importante; que vaya ahora a verle.

—Entonces vámonos.

Negué.

—No hace falta que vengas.

Thomas soltó una carcajada seca.

—¿Todavía no te has enterado de que ya no pienso dejarte solo en esta mierda?

Quince minutos después entrábamos en la cafetería. Daniel ya nos esperaba en una mesa apartada, con expresión tensa y varias carpetas sobre la mesa.

En cuanto nos sentamos, habló.

—Todo lo que Clarissa te contó era mentira.

Noté el corazón golpeándome el pecho.

—Explícate.

Daniel abrió una carpeta y empezó a sacar documentos.

—Clarissa nunca estuvo escondida en ese pueblo que te dijo. Durante este año ha estado viviendo cerca de Zúrich con un hombre llamado Markus Steiner. Ludópata, estafador y con antecedentes penales.

Thomas soltó un insulto por lo bajo; yo apenas podía respirar viendo las fotografías que me estaba mostrando.

Clarissa saliendo de una casa o del casino con un hombre rubio. Ella estaba de la mano con él. En otras imágenes, estaba abrazada a su cuello o besándose con él.

—No puede ser…

—Sí, fingieron todo juntos, escucha.

Empezó a contarnos todo lo que había descubierto. Clarissa, dos meses antes de desaparecer, contrató un seguro de vida y puso a ese hombre como beneficiario. Con ese dinero y el de las joyas, habían estado viviendo todo ese tiempo.

—Hija de puta —siseé.

Thomas me agarró del brazo antes de que me levantara de golpe.

—Luca, tranquilo.

Pero tranquilo era lo último que podía estar.

—¡Todo este tiempo! ¡Todo este puto tiempo ella viviendo su vida y nosotros llorándola!

Daniel siguió hablando. Como el dinero del seguro y de las joyas ya se les había acabado, estaban prácticamente arruinados. Y cómo durante los días que les había seguido había escuchado y grabado conversaciones muy preocupantes.

—¿Qué conversaciones?

Vi cómo tragaba saliva y eso me acojonó.

—Quieren matarte.

Thomas y yo nos miramos alucinados.

—¡¿Qué?!

—Tienen pensado manipular tu coche. La idea es que cuando mueras, ella cobrará un seguro que ha contratado a tu nombre y después, siendo tu viuda, se quedará con todo lo demás: las cuentas, la empresa, la casa, todas tus posesiones, vaya.

Thomas la llamó de todo menos guapa. Y yo sentí cómo las náuseas me subían por la garganta y cómo la rabia me recorría las venas.

Porque no solo había jugado conmigo y planeaba matarme a mí, sino porque ese día podía darse la casualidad de que Elsa podría viajar conmigo y matarla a ella también.

—La policía tiene que saber esto ya; están desesperados y son peligrosos.

Salimos de la cafetería los tres y fuimos directamente a la comisaría, donde a los inspectores que nos atendieron, con la ayuda y las pruebas que llevaba Daniel, les conté todo.

La policía organizó el operativo para detenerlos a primera hora de la mañana siguiente.

Bonito día de Nochebuena, pensé con amargura.

Thomas, como prometió, no me dejó solo. Esa noche en la que no dormimos nada ninguno de los dos, nos pasamos todo el tiempo sentados en el sofá hablando.

Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue poner a mi madre al tanto de todo lo que pasaba y pedirle que se llevara a Elsa esa noche a su casa.

Dejándole claro que en algún momento del día siguiente Thomas las recogería para llevarlas a casa de Yara para que estuvieran allí lejos del foco de la prensa.

A primera hora de la mañana, Clarissa entró tan campante por la puerta de casa.

No había pasado la noche en casa; según ella, una amiga estaba mal y se había ido con ella para hacerle compañía.

En cuanto la vi, lo único que sentí fue rabia y asco.

—¿Qué haces despierto? —preguntó quitándose el abrigo.

La miré fijamente.

—¿Cuánto tiempo llevas planeando matarme?

Se quedó completamente inmóvil. Durante un segundo vi el miedo cruzarle los ojos Luego sonrió.

—No sé de qué me hablas.

Solté una risa amarga.

—Se acabó, Clarissa.

Dejó el bolso encima de la mesa con violencia; encima va a ponerse chula, pensé con amargura.

—¿Quién te ha dicho esa mierda?

—Aquí la única mierda que hay eres tú, por todo lo que has hecho y lo que tienes pensado hacer.

La furia deformó su rostro.

—¡Tú tienes la culpa de todo! ¡Si no me hubieras cortado el dinero, nada de esto habría pasado!

Tenía cojones la cosa, pensé mientras me contenía para no cogerla del cuello y retorcérselo.

—¿Mi culpa? —di un paso hacia ella, amenazante—. ¿También fue mi culpa que abandonaras a tu hija? ¿Que fingieras tu muerte? ¿Que destrozarás nuestras vidas?

—Yo solo quería vivir bien.

—No, tú solo querías dinero para saciar tu vicio.

Sus ojos se volvieron salvajes.

—¿Y qué pasa? ¿Que ahora la puta esa del pueblo sí te sirve? ¿Ya te cansaste de mí?

Estaba claro que quería meter a Yara para desviar mi atención en otra cosa que no fuera lo que había descubierto. No lo iba a conseguir, ni tampoco iba a consentir que su sucia boca hablara de la mujer que amaba más que a mí mismo.

—No vuelvas a poner su nombre en tu sucia boca.

—Oh, claro —dijo burlándose—. Ahora la niñera de cuatro huérfanos es mucho mejor que yo.

La mandíbula me tembló de rabia y le miré con un desprecio con el que pensé que jamás miraría a nadie.

—Ella vale más que tú, aunque juntaras diez vidas.

Vi cómo sus ojos se llenaban de ira y cómo abrió la boca seguramente para seguir insultando a Yara o para despreciarme a mí, pero no tuvo la oportunidad y menos mal porque estaba al límite de mi paciencia y, si la policía, que fueron los que nos interrumpieron entrando por la puerta de casa, hubiera sido yo el que hubiera acabado en el calabozo aquella noche.

Todo pasó muy rápido.

Las esposas. Los gritos. Los insultos hacia todos los que estábamos a su alrededor y a los que no estaban también.

Cuando la metieron en el coche, respiré tranquilo por primera vez en semanas, sabiendo que todos los míos estaban a salvo en casa de Yara y que lo estarían mucho más con Clarissa detenida.

Después de pasar horas en la comisaría y declarar, conduje hasta el pueblo completamente agotado.

Nevaba con fuerza cuando entré en la casa. Lo primero que hice nada más entrar fue mirar por la ventana a la casa de enfrente.

Sonreí pensando que allí estaban todas las personas que quería y que estaban a salvo.

Thomas había cumplido lo prometido y había traído hasta la casa de Yara a Elsa y a mi madre a media mañana. Un mensaje suyo me lo confirmó cuando lo vi mientras declaraba en la comisaría y ver su coche allí me lo confirmaba.

Había tomado la decisión de no irrumpir el día de Nochebuena ni el día de Navidad.

Dejaría pasar esos dos días y después intentaría hablar con Yara, intentaría explicarle todo, pedirle perdón y otra oportunidad.

Sabía que me amaba no solo porque esas fueran las últimas palabras que me dijo la última vez que estuvimos juntos, sino porque sus ojos llevaban diciéndomelo casi desde el primer día que nos conocimos.

Así tenía la esperanza de que las cosas se arreglaran y de que pudiéramos vivir una vida juntos.

Juntos con todos los niños.

Los niños… Cerré los ojos un segundo y sus caras me vinieron a la cabeza. Uno por uno.

Los quería joder, claro que los quería, muchísimo; se habían metido en mi corazón a la misma vez que lo había hecho su tía.

Esperaba que ellos también me perdonaran, sobre todo Joel, al que sabía que seguramente le había dolido más que a los demás porque durante esos días que había estado ausente había roto la promesa que le hice de no hacer daño a Yara y de cuidarla.

Sacudí la cabeza y me alejé de la ventana. Fui hasta la cocina y saqué una cerveza del frigorífico.

Con pasos cansados y la botella en la mano, fui hasta el salón y me dejé caer en el sofá. No había dado ni el segundo trago cuando el timbre de la puerta sonó.

Sonreí porque estaba seguro de que era Thomas, seguramente sabiendo que iba a venir cuando acabara con todo en Zúrich; había estado como la vieja cotilla que era, mirando cada dos por tres por la ventana para ver si mi coche estaba aparcado en la calle y venir corriendo a ver cómo estaba.

Dejé la cerveza encima de la mesa y me levanté para ir a abrir la puerta.

Pero cuando abrí, me quedé congelado en el sitio, y no por el frío que hacía fuera, sino porque no era Thomas el que estaba al otro lado de la puerta mirándome, era ella.

Yara. Mi Yara. Mi pelirroja. Mi vecina cotilla y entrometida.

Nos quedamos mirándonos, sosteniéndonos la mirada como tantas y tantas veces habíamos hecho desde que nos conocimos, estudiándonos, evaluándonos e intentando ver en los ojos del otro todo lo que pensaba y sentía.

Así estuvimos varios segundos o quizá fueron minutos. Sin hablar. Sin movernos. Solo transmitiendo con nuestras miradas todo lo que los dos sentíamos.

Dolor. Rabia. Tristeza. Arrepentimiento. Y el más importante de todos, ese no faltó por parte de ninguno de los dos. Amor.

Vi cómo los ojos de Yara se llenaron de lágrimas a la misma vez que lo hicieron los dos.

Quise hablar. Quise explicarle todo. Pedirle perdón. Quise gritarle que llevaba semanas muriéndome por ella, semanas anhelando sus besos, su piel, sus abrazos, anhelándola entera.

Quise hacer tantas cosas al mismo tiempo que no fui capaz de hacer ninguna.

Pero ella fue la valiente de los dos o la que reaccionó primero.

—Vecino… deja de mirarme y bésame.

Con esas palabras no necesité nada más.

Di los dos pasos que nos separaban, la agarré de la cintura, la acerqué a mí mientras nuestras bocas se buscaban con desesperación.

Con necesidad. Con amor. Con ese beso le dije todo lo que no había sabido decirle antes.

Que la quería. Que siempre había sido ella. Que ella y solo ella era el amor de mi vida, mi hogar, mi todo.

No nos separamos porque quisiéramos, sino porque sonreímos en la boca del otro al oír los aplausos desde la casa de enfrente.

Sin soltarla y solo separándome un poco de sus labios, giré la cabeza y allí los vi a todos; no faltaba nadie.

Thomas con Lina en brazos, Peter con Elsa. Mi madre agarrada del brazo de Celia y Joel, Heidi y Elías un paso por delante, silbando, chillando y aplaudiendo como locos.

—¿Saben…?

Mi pregunta salía con miedo de mis labios, pero Yara no me dejó terminarla. Puso un dedo en mis labios y habló ella para tranquilizarme.

—Thomas y yo hemos hablado con todos después de comer; se lo hemos explicado de forma que, como los niños que son, lo entiendan.

Hizo una pausa y me sonrió. Y qué sonrisa, Dios mío, era la más bonita del mundo.

—Todos están deseando que vuelvas a casa para darte un abrazo. Sobre todo, Joel, que está muy orgulloso de ti por la manera que has tenido de cumplir tu promesa de cuidarme. Aunque fuera haciendo daño, ha entendido que ha sido necesario.

Solté el aire que estaba conteniendo al saber que no me odiaban.

—Yo también estoy deseando abrazarlos a todos.

La apreté más fuerte contra mí.

—Todos sois mi vida, mi hogar.

Sus ojos se humedecieron de emoción.

—Luca…

—Yara, te amo.

Acercó su boca a la mía y en mis labios susurró.

—Te amo.

—Para siempre.

—Para toda la eternidad.