Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 32
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Capítulo 32

Yara

El domingo pasó igual de rápido.

Thomas apareció por la mañana con chocolate con churros recién hechos que fue a comprar al alba a la churrería del pueblo. Y el desayuno se convirtió en una guerra campal de risas y azúcar.

Después del desayuno, los chicos salieron al jardín otra vez a jugar con la nieve y él y yo nos quedamos recogiendo.

Dejé el trapo después de secarme las manos cuando terminé de meter el último vaso en el lavavajillas y me apoyé en la encimera para mirarle.

—Creo que ya va siendo hora de que me expliques qué está pasando.

Thomas levantó la vista.

—Yara…

—No soy idiota, Thomas, sé que pasa algo, y no solo porque la niña haya venido el fin de semana, sino porque me lo dicen tus ojos y tus silencios cuando te quedas muy pensativo y la preocupación aparece en tu rostro.

Suspiró y se pasó una mano por el pelo.

—Lo siento, pero he prometido no contarte nada.

Fruncí el ceño.

—No me jodas, Thomas, ¿por qué ha dejado venir a Elsa? ¿Por qué no me contestó? ¿Qué narices está pasando?

Thomas dudó unos segundos.

—Solo puedo decirte que las cosas no son lo que parecen.

Aquello me dejó todavía más confundida.

—¿Qué significa eso?

—Que cuando llegue el momento, por favor, no cierres tu corazón.

—Thomas, hace tres semanas que Luca desapareció de mi vida sin decir ni una sola palabra.

—Hay un motivo.

—Quizá cuando venga a darme explicaciones, si es que viene, ya sea tarde.

—No lo será.

Me sostuvo la mirada unos segundos antes de añadir:

—Sé que le amas. Y sé que, aunque intentes negarlo, acabarás haciendo lo que te diga el corazón.

No respondí. Porque quizá tenía razón. Y eso era precisamente lo que más miedo me daba.

El domingo llegó a su fin demasiado rápido. Hubo lágrimas otra vez cuando Elsa tuvo que marcharse con Thomas.

Lina no quería soltarla. Ni yo tampoco, siendo sincera.

—Volveré pronto —prometió Elsa abrazándonos fuerte.

Después me miró sonriendo un poquito.

—La próxima vez le diré a la abuela que me acompañe; está deseando veros de nuevo.

Todos sonreímos al oírla hablar de su abuela.

La habíamos conocido en verano en una de las muchas barbacoas que habíamos hecho. Lena era una mujer entrañable que me cayó bien desde el primer minuto en el que Luca nos presentó.

Me recordaba muchísimo a mi madre. Miraba a su nieta y a su hijo con un amor en los ojos que se te encogía el corazón.

Nos reímos mucho con ella porque era muy graciosa y le gustaban mucho las bromas; incluso en uno de los días que pasamos con ella, Celia dijo que por el carácter de los chicos, Thomas parecía más su hijo que Luca.

—Dale un beso muy fuerte de parte de todos y dile que venga contigo cuando quiera.

Nos dimos un abrazo todos juntos, soltando las últimas lagrimitas, y todos desde el porche los vimos marchar en el coche de Thomas mientras Elsa, por la ventanilla, nos decía adiós con la mano.

—Vamos dentro, chicos, que hace mucho frío.

Entramos todos en casa, no sin antes y sin poder evitarlo, echar una mirada rápida a la casa de enfrente.

—¿Una peli en la buhardilla? —propuso Heidi.

—¿Pedimos unas pizzas? —añadió Joel.

—Madre mía, no hace ni una hora que te has comido un bocadillo de media barra. ¿Ya tienes hambre?

La cara de Elías mientras se lo preguntaba fue un poema que nos hizo reír a todos.

—Eso era un aperitivo a media tarde. Habrá que cenar, vamos, digo yo —le contestó fingiendo indignación.

Solté una risilla.

—Ir subiendo a poner la película, terremotos con patas, que yo pido las pizzas, me cambio y me uno a vosotros.

Los cuatro echaron a correr escaleras arriba.

—Una navideña —dijo Lina poniendo en pie el primer escalón.

—Ni de coña.

—¡Joel, esa boca!

—¡Perdón, se me escapó!

—¡Pues que no se te escape que cenas escobilla!

Los cuatro se echaron a reír, pero siguieron corriendo y desapareciendo de mi vista.

Cuando la casa se quedó en silencio, por fin me metí en la cama con sentimientos encontrados.

Por una parte, sonreí pensando en el maravilloso fin de semana que habíamos pasado todos juntos y lo bien que se la veía a Elsa entre nosotros. Pero, por otra parte, algo dentro de mi cabeza no dejaba de darme vueltas pensando en la conversación que había tenido con Thomas en la cocina.

La incertidumbre de saber que pasaba algo y no saber qué era me tenía con los nervios a tope; solo esperaba que, como había dicho Thomas, Luca viniera o se pusiera en contacto conmigo pronto y me explicara de una vez qué estaba pasando.

Con ese pensamiento y la imagen de sus ojos, me quedé dormida abrazada a la almohada.

Los cuatro días siguientes pasaron a una rapidez pasmosa; no paramos en ningún momento haciendo todos esos planes navideños en los que habíamos quedado y nos metimos de lleno en el día de Nochebuena.

La casa olía a canela, a caldo caliente y a horno encendido.

Fuera, la nieve seguía cayendo a ratos, cubriendo el pueblo con ese silencio bonito que solo trae el invierno y sobre todo la Navidad.

Celia y yo estábamos en la cocina a media mañana preparando algunas cosas de la cena mientras los chicos tenían la casa patas arriba entre risas, villancicos y peleas tontas por ver a quién le iban a dejar el regalo más grande al día siguiente.

—Te juro que Joel se ha comido ya media bandeja de canapés —murmuró Celia antes de comerse un trozo de queso.

Solté una risita.

—Eso no me sorprende.

—Y Peter lleva media hora haciéndose el interesante en el sofá viendo las noticias del temporal, como si entendiera lo que dicen.

—Porque se cree un hombre del tiempo frustrado.

Las dos nos echamos a reír justo cuando oímos la voz de Peter desde el salón.

—¡Chicas! ¡Venid rápido!

Fruncí el ceño al escuchar el tono de urgencia con el que nos había llamado.

—¿Qué pasará ahora? —murmuró preocupada Celia.

Salimos de la cocina casi al mismo tiempo.

Peter estaba de pie frente al televisor con los brazos cruzados y la cara totalmente seria.

Fijé la mirada en la imagen que estaba viendo y la respiración se me cortó de golpe.

En la pantalla aparecía la casa de Luca rodeada de policías. En medio de todo ese caos estaba él, muy serio. Pero no solo eso, estaba algo más delgado y en la cara se le notaban unas ojeras que yo nunca había visto ahí, ojeras de llevar muchos días sin descansar bien.

Dieron paso a otra imagen y me tuve que llevar las manos a la boca de la impresión.

Dos policías sacaban a Clarissa de la casa esposada, mientras ella chillaba juramentos contra los policías, pero sobre todo contra Luca.

—Dios mío…

Celia jadeó horrorizada a mi lado.

—Madre mía… madre mía.

Peter negó despacio mientras se pasaba la mano por el pelo nervioso.

—¿Qué está pasando?

Sentí el corazón latiéndome tan fuerte que casi dolía. Y entonces Celia hizo en voz alta la pregunta que yo no me había atrevido a verbalizar por el miedo que estaba sintiendo.

—¿Y Elsa? ¿Dónde estará la niña?

Como si los astros se hubieran alineado, justo en ese momento sonó el timbre de la puerta y los tres nos miramos extrañados.

Fui la primera en reaccionar y salí corriendo hacia la puerta. Abrí de un tirón y allí me encontré a Thomas en el porche cubierto de nieve.

A uno de sus lados estaba Elsa, y al otro Lena. Elsa sonrió en cuanto me vio.

—¡Yara!

Di dos pasos rápidos y la abracé, sintiendo cómo todo su cuerpo temblaba.

—Cariño…

Levanté la vista hacia Thomas y Lena; ella tenía los ojos llenos de lágrimas y él tenía la mirada llena de preocupación y el gesto muy serio.

—Pasad, por favor; hace muchísimo frío.

Entramos todos y Elsa enseguida se quitó el abrigo.

—Venimos a pasar la Nochebuena y la Navidad con vosotros —dijo Elsa emocionada.

Aquello me dejó completamente descolocada, pero aun así sonreí.

—Pues claro que sí, pequeña. Me alegro muchísimo.

Le acaricié el pelo.

—Los chicos están por la casa, aunque creo que algunos han salido al jardín con la nieve. Ve a buscarlos si quieres.

Salió disparada hacia el pasillo gritando el nombre de Lina. En cuanto desapareció, me giré hacia Thomas.

—Dios mío, ¿qué está pasando? Hemos visto la detención de Clarissa en la tele.

—Todo ha estallado.

—¿Qué significa eso?

Lena se llevó una mano a la boca intentando contener el llanto. Me acerqué a ella y le pasé un brazo por los hombros para intentar infundirle una calma que no sentía, pero aun así me mantuve fuerte.

—Dios mío, mi hijo. Lo mal que lo ha tenido que estar pasando.

—Thomas, por favor, explícate —le pidió Peter.

Asintió, cogió aire y empezó a explicarnos todo.

Nos contó las sospechas de Luca desde el principio sobre que algo en la historia que había contado Clarissa nada más volver no encajaba. Cómo, con el paso de los días, estaba cada vez más seguro de que algo estaba tramando, o al menos eso creía él por el comportamiento raro que tenía.

Nos habló de las deudas, de cómo fingió su muerte; de una vez de vuelta a Zúrich, las llamadas, los mensajes y las salidas sospechosas se volvieron más constantes.

Mientras hablaba, una idea se me cruzó por la mente, comprendiendo el comportamiento de Luca, y se me encogió el estómago.

—Por eso se alejó, nos alejó… —murmuré casi sin voz.

—No quería involucraros, pensaba que podíais correr peligro. Se dio cuenta de que Clarissa sabía más de la cuenta de su vida el primer día de llegar porque ella ya sabía que estaba contigo.

Aquello me golpeó de lleno. Las palabras que Thomas me había dicho días atrás vinieron de golpe a mi cabeza.

“Las cosas no son lo que parecen”.

Me apoyé contra la pared para sujetarme mientras intentaba asimilarlo todo.

—¿Qué ha pasado exactamente?

Thomas nos hizo un pequeño resumen de cómo Luca había contratado a un investigador privado. Cómo ese hombre, que se llamaba Daniel, había seguido todos los pasos que había dado Clarissa desde el día de su supuesta muerte.

Cómo había descubierto que había mentido en todo. No había vivido donde dijo, ni trabajado en nada en ese tiempo.

Había estado viviendo con su amante en una ciudad a dos horas de Zúrich, y ese hombre tenía el mismo problema con el juego que ella.

Cómo los dos habían estado viviendo y jugándose el dinero que le dieron a él por el seguro de vida que Clarissa había contratado poniéndole a él de beneficiario y que cobró enseguida en cuanto la declararon muerta.

Pero, pasado un año, el dinero se había acabado y necesitaban más.

Así idearon otro plan para conseguir más, mucho más, y sabían bien dónde podían conseguirlo.

El plan era que Clarissa volviera a casa contando la milonga de la deuda con gente peligrosa. Estar unos días fingiendo haber vuelto a su vida familiar y después fingiendo un accidente para matar a Luca, para quedarse con todo.

Con el dinero, con la empresa que tenían pensado vender, con la casa y cobrar también el seguro de vida que le había hecho a Luca sin que él lo supiera.

—Está enferma y loca —susurró Celia cuando Thomas acabó de hablar.

—Sí, su enfermedad se le fue completamente de las manos hace mucho tiempo —contestó Thomas con dureza.

—¿Dónde está Luca ahora? —pregunté.

—En comisaría declarando. Por eso me pidió que trajera aquí a Elsa y a Lena; no quiere que la prensa se acerque a ellas. No quiere que Elsa oiga lo que no debe; quiere explicárselo él de una manera que ella lo entienda.

Asentí entendiendo perfectamente lo que me decía, antes de hacer la pregunta que llevaba quemándome en la garganta desde que había empezado a hablar.

—¿Va a venir?

—No lo sé, me dijo que probablemente no. Que quería explicarte todo con calma y a los chicos también, y hoy no es el mejor día.

—¿Se va a quedar solo en Zúrich el día de Nochebuena y el día de Navidad? —preguntó Celia con la voz tomada.

—No, se quedará en la casa de enfrente, para estar cerca. Además, Lena y yo iremos esta noche, cuando la fiesta acabe, a dormir allí.

—Eso ya lo veremos, cenará con nosotros así tenga que llamar a la policía otra vez para que le saquen de la casa de nuevo.

Mis palabras dichas con mucha seguridad hicieron sonreír a todos. Porque sí, me había hecho daño dejándome de lado, ignorándome, no dándome ninguna explicación, pero me di cuenta enseguida de por qué lo había hecho.

Porque me quería tanto como yo a él.