Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 31
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Capítulo 31

Yara

Abrí los ojos aquella mañana de sábado y lo primero que hice fue mirar a la ventana. El cielo estaba completamente gris.

Suspiré despacio mientras me quedaba tumbada unos segundos más, abrazada al edredón, sintiendo ese vacío pesado que llevaba instalado dentro de mí desde hacía semanas.

Tres, para ser exactos.

Sí, ya habían pasado tres semanas desde la última vez que vi a Luca en la casa de enfrente. Y a Elsa. Solo de pensar en ella se me encogía el corazón.

Todos la echábamos de menos, mucho no, muchísimo.

Me incorporé lentamente y me pasé una mano por la cara antes de levantarme de la cama. El suelo estaba helado bajo mis pies y me estremecí mientras me ponía una sudadera que había dejado encima de la cama la noche anterior.

Pasé por el baño para adecentarme un poco y bajé a la cocina, sin hacer ruido, ya que la casa estaba en completo silencio todavía.

El día anterior fue el último día de colegio y los chicos se habían acostado un poco más tarde de lo habitual viendo una película en la buhardilla.

Preparé café casi por inercia y me quedé apoyada en la encimera con la taza caliente entre las manos, mirando por la ventana. Esa era otra de las cosas que hacía por inercia, costumbre, anhelo o una mezcla de las tres, que me hacía pensar en ellos más de lo que ya lo hacía.

Algunas mañanas cerraba unos segundos los ojos y veía en mi mente cómo Luca cruzaba la calle con Elsa en brazos, pero cuando los abría, la realidad me golpeaba, porque sabía que esos momentos nunca más se repetirían.

Levanté la vista al cielo y vi los nubarrones que se acercaban; tenía toda la pinta de que no tardaría en nevar.

El frío era intenso desde hacía días. El jardín estaba completamente blanco de escarcha y las montañas del fondo apenas se distinguían entre la niebla.

Suspiré antes de dar otro sorbo al café y volví a pensar en Luca otra vez.

En si estaría bien. En si pensaba alguna vez en nosotros. En si Elsa seguiría preguntando por nosotros.

Me obligué a dejar la taza sobre la encimera antes de ahogarme sola en aquellos pensamientos. Y me puse a preparar el desayuno.

Me quedé pensando unos segundos y quise sorprenderle con un desayuno diferente al de todos los días, algo que solía hacer de vez en cuando y sabía que a todos les encantaba.

Haría Zoft , que era un pan trenzado muy suave y mantequilloso, que les encantaba comerlo con chocolate a todos, menos a Heidi, que le gustaba con mermelada.

Estaba poniendo el último en la bandeja cuando empezaron a desfilar por la cocina como si el olor de los dulces les hubiera atraído.

—Madre mía, qué bien huele, con el hambre que tengo —dijo Joel acariciándose la barriga.

—Qué raro —murmuró Elías detrás de él sin levantar la vista del libro que traía en las manos.

—Buenos días para ti también, librillo.

Tuve que aguantarme la risa al oír a Joel llamarle así; se lo habían dicho un día en plan de broma y, al ver que el otro puso los ojos en blanco solo por pincharle, se lo llamaba a la mínima ocasión.

—Yo seré librillo, pero tú comes por tres; en nada será mejor saltarte que rodearte.

Heidi soltó una carcajada mientras se sentaba en la mesa.

—Tía, ¿hoy ponemos el árbol?

Forcé una sonrisa para contestar a Lina.

—Ese es el plan cuando terminemos el desayuno, sí.

—¡Sí, sí, sí! ¡Y las luces! ¡Y las bolas! ¡Y la estrella! —gritó, saltando antes de sentarse.

—Villancicos, no —protestó Joel señalándola con el dedo—. Como pongas villancicos, me tiro por la ventana.

—Eres un exagerado.

—No. Los villancicos deberían estar prohibidos por ley.

No pude evitar reírme un poco. Y ellos debieron notarlo porque enseguida empezaron todos a hablar a la vez.

—Tenemos que ir al mercadillo del pueblo.

—Y ver las luces.

—Y comprar chocolate caliente.

—Yo quiero esos gofres enormes.

—Tú quieres comida siempre —le dijo Heidi a Joel.

—Porque soy un hombre en pleno crecimiento.

—Lo que estás es en crecimiento horizontal —murmuró Elías.

Joel le lanzó una servilleta y yo terminé riéndome de verdad por primera vez en semanas.

—Vale, vale —dije levantando las manos—, durante la Navidad haremos todas esas cosas y muchas más.

—¡Ole! Esa es mi tía —dijo Joel emocionado.

Y Lina dio un chillido tan fuerte que casi nos rompió los tímpanos.

—¡Va a ser la mejor Navidad del mundo!

Mi sonrisa se apagó apenas un segundo, porque faltaban personas importantes, pero no quería que ellos lo notaran.

Respiré hondo y decidí seguir adelante y, justo cuando estaba pensando en eso llamaron al timbre.

Todos nos quedamos quietos. Fruncí el ceño mirando hacia la puerta.

—¿Quién será a estas horas? —preguntó Heidi.

—Igual es algún vecino, o un ladrón de villancicos —añadió Joel.

—Perfecto. Justo lo que necesitábamos antes del desayuno —murmuró Elías.

La curiosidad pudo con todos y terminaron siguiéndome mientras iba hacia la entrada.

Abrí la puerta todavía medio dormida y, al ver a Thomas apoyado en el marco de la puerta, arqueé una ceja.

—¿Qué pasa? ¿Te has caído de la cama y quieres que te invitemos a desayunar?

Thomas sonrió de medio lado.

—Os traigo un regalo prenavideño.

—Ah, ¿sí? —preguntó Lina asomando la cabeza—. ¿Cuál es?

Thomas se apartó lentamente y, al ver quién estaba detrás de él, me llevé las manos a la boca y los ojos se me llenaron de lágrimas.

—¡Elsaaaaa!

El chillido de Lina retumbó por toda la casa.

La pequeña salió disparada hacia ella y las dos se abrazaron tan fuerte que terminaron llorando casi al instante.

Entonces todo explotó.

Heidi empezó a llorar también. Joel la separó de Lina para cogerla en brazos y dar vueltas con ella mientras la hacía reír y llorar a la vez.

Hasta Elías cerró el libro de golpe y sonrió de verdad.

Y yo… Yo me quedé paralizada unos segundos antes de notar las lágrimas resbalándome por las mejillas.

Elsa se soltó de Joel y vino corriendo hacia mí.

—Yara…

Me agaché justo a tiempo para abrazarla fuerte contra mi pecho. Dios mío. Sabía que la había echado mucho de menos, pero no supe cuánto hasta tenerla así, pegada a mí, mientras las dos llorábamos.

—Hola, terremoto pequeño —susurré contra su pelo con la voz rota.

Ella se agarró fuerte a mi cuello sollozando.

—Te he echado mucho de menos, Yara, muchísimo.

Cerré los ojos un instante intentando no derrumbarme allí mismo.

Cuando levanté la vista, miré a Thomas interrogándolo en silencio; él, con el mismo silencio y un movimiento de la mano, me dijo que ya me explicaría en otro momento.

Asentí despacio. No hacía falta ser muy lista para entender que no quería darme una explicación delante de los niños, así que esperaría hasta que estuviéramos solos.

En pocos minutos la casa volvió a llenarse de ruido.

Elsa ya estaba sentada en la cocina desayunando rodeada de todos mientras hablaban atropelladamente.

—Vamos a poner el árbol.

—¡Y luego salimos al jardín si nieva!

—¡Y hay que ver una película navideña!

—No pienso ver una película de un muñeco de nieve que canta —gruñó Joel.

—Pues te aguantas —contestó Lina.

Me apoyé en la encimera sonriendo mientras observaba la escena. Aquello sí parecía la misma casa de la semana atrás.

Casi, me dijo mi mente.

Sí, tenía razón con el casi, porque faltaba alguien. Él, faltaba él. Luca.

Sacudí la cabeza para sacar esos pensamientos de mi cabeza; no quería ponerme triste en esos momentos. Elsa y los chicos estaban viviendo un buen momento y no era plan de amargárselo viendo mi cara de acelga.

—¿Cuánto tiempo te vas a quedar? —Le preguntó de repente Lina a Elsa.

La pequeña me miró a mí antes de contestar bajito.

—Hasta el domingo por la tarde, si puedo quedarme, es el tope que tiene Thomas para llevarme de vuelta.

Sin pensarlo siquiera, sonreí.

—Eso no tienes ni que preguntarlo, claro que te quedas.

—Y yo me apunto al plan —dijo Thomas mientras le robaba una galleta a Elías de la mano.

Joel levantó una ceja, pero sonrió de medio lado.

—Ya contábamos con ello.

—Ya sé que me quieres, chaval.

—Es que alguien tiene que ayudarme a comer churros para que no quede ninguno.

Pero qué morro tenía mi chico, solo pensaba en comer. Así se estaba poniendo, no gordo, eh, se estaba poniendo con un cuerpo ya de hombre.

Ay, mi pequeño… que de pequeño no tenía nada, porque casi era más grande que yo, pero para mí, como el resto, seguiría siendo mi pequeño de por vida.

El resto del día fue precioso.

Decoramos la casa entre risas, discusiones absurdas y bolas rotas rodando por el suelo.

Thomas y Joel casi se mataron intentando poner la estrella del árbol mientras Heidi les gritaba instrucciones.

Elías fingía que aquello no le importaba mientras, con el libro metido en la cinturilla trasera de los pantalones, colocaba las luces con una precisión casi enfermiza.

Lina y Elsa bailaron por todo el salón cantando villancicos desafinados.

Yo intenté guardar cada momento en mi cabeza mientras les hacía fotos y grababa videos sin parar. Porque por primera vez en semanas las risas de verdad volvieron a la casa, volvieron a nuestras vidas.

A la hora de la comida se nos unieron Celia y Peter, que al ver a Elsa se la comieron a besos.

Por la tarde, mientras merendábamos chocolate caliente, Elías levantó de pronto la vista del libro para mirar un segundo por la ventana.

—Está nevando mucho.

Todos nos giramos a mirar al instante. Y entonces empezó el caos.

Los chicos salieron disparados escaleras arriba a ponerse los abrigos, los guantes, las bufandas, los gorros y las botas gruesas.

Thomas fue el primero en salir con un gorro y una bufanda puesta que ni sé de dónde la sacó.

—El último en salir invita mañana a los churros.

—¡Tramposo! —gritó Joel.

Terminamos todos fuera en el jardín riendo bajo la nieve.

Elsa y Lina dando vueltas agarradas de las manos mientras Celia las grababa, riéndose al ver las muecas que ponían porque la nieve se les metía en la boca.

Heidi intentaba hacer un muñeco de nieve que era cualquier cosa menos un muñeco.

Thomas, Joel, Peter y Elías se enfrascaron en una guerra de bolas en equipos de a dos.

Mis chicos ganaron a los dos mayores; les había entrenado bien, me dije orgullosa.

Levanté la cabeza y dejé que la nieve me mojara la cara mientras pensaba en mi madre, en Ruth y en Hans, y en lo contentos que tenían que estar al ver a sus niños riendo y jugando.

En dos palabras, siendo felices.

Hacía frío, muchísimo, pero aun así sentía el pecho un poco más caliente que días atrás.