Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 30
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Capítulo 30

Luca

El resto de la semana pasó de la misma manera. Rutina y más rutina.

Yo trabajaba, aunque esos días delegué bastante trabajo a toda la gente de mi equipo y también a Thomas.

Aunque con él las cosas estaban muy tensas, ya que apenas nos dirigíamos la palabra desde que todo pasó. Cada vez que nos cruzábamos por la empresa o venía a mi despacho, empezaba con sus preguntas y sus recriminaciones.

Y yo callaba o esquivaba las balas como podía porque no quería decirle la verdad.

Conociendo a Thomas, estaba seguro de que no dudaría en ayudarme en todo lo que hiciera falta, pero no se lo conté por el mismo motivo que no lo hice con Yara: para mantenerle a salvo, si es que había realmente un peligro acechando.

Aunque cada vez estaba más insistente y no sabía cuánto sería capaz de aguantar sin derrumbarme delante de él y contarle la mierda en la que se había convertido mi vida.

Me giré en el sillón de mi despacho y me quedé mirando por la ventana. Pensaba en la conversación que había tenido con el investigador privado que había contratado al día siguiente de que Elsa viniera a la cama y se quedara dormida entre mis brazos después de nuestra charla.

Le encontré gracias a uno de mis clientes, al que le consideraba más amigo que cliente. Sabía por su boca que él mismo había contratado a Daniel Weber, que así se llamaba el investigador, y que era muy eficiente en su trabajo.

Le llamé ese mismo día y por teléfono le dije que necesitaba de sus servicios con urgencia.

No sé si vi la desesperación en mi voz o qué fue lo que le hizo atenderme ese mismo día; el caso es que esa misma tarde nos reunimos en una cafetería a las afueras de Zúrich y pasamos dos horas hablando.

Me preguntó cosas que a mí ni se me hubieran pasado por la cabeza, ni pensarlas.

Daniel me pareció un hombre muy concienzudo y una persona que se implicaba mucho en su trabajo; me gustó su profesionalidad y su discreción.

Después de apuntar todo lo que le hizo falta, nos despedimos con un apretón de manos y quedó en llamarme cuando descubriera qué era lo que estaba pasando.

Él, al ponerle al tanto de mis sospechas, me dijo una cosa que me hizo gracia por la expresión, pero que era totalmente cierta. Si huele a mierda, es que tiene mierda. Y este caso atufa.

Eso fue lo que me dijo antes de irse.

Vamos, que no es que pensara que estaba de acuerdo conmigo en que había algo raro que no cuadraba, es que me lo dijo bien claro. Daniel llevaba muchos años en ese trabajo y tenía buen olfato para saber cuándo no encaja, y en el comportamiento de Clarissa no encajaba nada.

La puerta del despacho se abrió con demasiada fuerza. Cerré los ojos y cogí aire. No me giré. Ya sabía por la manera en que habían entrado que era Thomas y que no venía en son de paz precisamente.

Me giré despacio y apoyé los brazos en la mesa antes de mirarle. Pues sí, no me había equivocado ni un poco, traía una cara de cabreo buena, la misma que casi todos los días desde que todo estalló con la vuelta de Clarissa.

—Ya está bien, Luca.

Apreté la mandíbula. Joder, ni un hola, ni un qué tal estás, nada. Solo entró a degüello.

—No estoy para sermones, Thomas.

—Pues te jodes, porque no lo pienso dejar pasar más, hoy me vas a escuchar.

Se acercó hasta mi mesa y me señaló con el dedo.

—¿Sabes lo que hice ayer?

Negué con la cabeza, pero no le contesté nada.

—Me pasé la tarde en casa de Yara, oyendo frases de lamentos de los chicos cada cinco minutos porque echan de menos a Elsa y Yara… mejor no te digo cómo está ella.

Bajé las manos debajo de la mesa y apreté los puños con fuerza. Joder… joder… y más joder.

Oírle decir eso me destrozó por dentro, porque una cosa era imaginarlo y otra que te lo dijeran.

—Thomas…

—No, no digas nada, no quiero tu mierda de excusas; hoy me vas a escuchar, quieras o no.

Su voz retumbó por todo el despacho.

—¿Cómo has podido hacerle eso? ¿Cómo coño has sido capaz de desaparecer sin darle una explicación o sin decirle al menos "esto se acabó"?

Me puse en pie de golpe.

—¡No sabes nada!

—¡Sé que está destrozada y con eso me vale!

Eso me rompió. Porque lo sabía, joder, claro que lo sabía.

Cada puto día imaginaba a Triste y sus ojos llenos de dolor, esos que vi en ese estado mientras besaba a Clarissa.

Cada vez que leía sus mensajes. Sobre todo, el último que me había enviado, ese que me sabía de memoria y que cada vez que lo veía era como si mil cuchillos se me clavaran en el corazón.

Cerré los ojos y lo reproduje en mi cabeza una vez más.

Yara: Entiendo… Tu silencio lo dice todo. No volveré a molestarte. Dale un beso y un abrazo a Elsa de parte de todos y dile, si quieres, que no la olvidaremos nunca. Os deseo todo lo mejor del mundo y me alegro muchísimo de que volváis a ser la familia feliz que nunca debió dejar de serlo.

No podía haber una mujer mejor en el mundo que ella; aun con el daño que le había hecho, me deseaba lo mejor.

Me apoyé en la mesa y me pasé las manos por la cara.

—No podía hacerlo…

—Claro que podías.

—¡No entiendes una mierda!

Thomas se quedó quieto y en su mirada solo había juicio, reproche y enfado. Por primera vez desde que nos conocíamos, en su mirada no había nada amigable y eso me hizo caer.

Me hizo explotar.

—¡No entiendes que algo va mal! —rugí—. ¡Que Clarissa me está ocultando algo! ¡Que tengo la sensación de que todo esto aún no ha terminado!

Vi cómo su expresión cambiaba, cómo sus ojos se llenaban de empatía al verme en ese estado de desesperación y ya no pude parar; le conté todo del tirón sin apenas coger aire.

Le hablé de por qué me fui al día siguiente a Zúrich, porque esa misma noche tuve la sensación de que algo no encajaba en la historia que me contó.

Historia que le resumí en cinco minutos.

Le conté lo de las llamadas, los mensajes, las salidas de casa con excusas chorras, el cómo estaba nerviosa, el cómo evitaba mi mirada para que no viera en sus ojos que me mentía una y otra vez.

Por último, le confesé cómo me sentía. Ese miedo constante que vivía dentro de mí a que a alguno le pasara algo, y que ese era el motivo por el que había querido dejar a Yara y a los chicos aparte de todo para no ponerles en peligro, por mucho que me doliera hacerlo.

Al final y con la voz rota le confesé lo peor.

—La quiero.

La voz se me quebró.

—La quiero tanto que no puedo respirar sin pensar en ella.

Thomas se quedó mirándome en silencio, pero no dijo nada. Y no pude más; me derrumbé del todo.

Me dejé caer en el sillón y me tapé la cara con las manos mientras las lágrimas me quemaban los ojos.

—La he perdido…

—Eh.

Se acercó rápidamente y me agarró del hombro.

—No digas eso.

Negué con la cabeza.

—La dejé sola, no le dije nada, le hice daño al igual que a los chicos.

—Porque intentabas protegerles.

—Eso no cambia nada, no cambia el dolor.

Thomas suspiró.

—Joder, Luca… ¿Por qué no me contaste esto antes?

—Porque no quería arrastrarte también, porque quise protegerte como a ellos.

—Pues te aguantas, porque estoy aquí y no me arrastras; yo solo me meto. No pienso dejar que sigas pasando solo por esto, ¿me oyes?

Solté una risa amarga entre lágrimas. Se apartó un poco y me miró muy serio.

—Vamos a descubrir qué coño trama Clarissa.

Asentí lentamente.

—Ya estoy en ello. He contratado a un investigador privado; me reuní con él hace unos días y quedó en llamarme en cuanto descubriera cualquier pista.

Levantó las cejas.

—¿Ya?

—Sí, no podía esperar más. Necesito saber cuanto antes qué está pasando para ir un paso por delante, para mover ficha antes que ella.

Thomas se sentó en el canto de la mesa.

—Bien. Entonces vamos a hacer esto juntos; cuando te llame, quiero estar en esa reunión.

—Vale, gracias —dije con la voz tomada.

—Guárdate esas gracias para cuando te ayude a recuperar a Yara, aunque creo que cuando sepa toda la verdad, se ablandará y comprenderá todo lo que has hecho.

—Eso espero —susurré.

Se hizo un breve silencio.

—Thomas…

—Dime.

—Necesito pedirte un favor.

—Lo que quieras.

—Necesito que lleves a Elsa mañana a casa de Yara y que le preguntes si se puede quedar con ellos hasta el domingo.

—¿En serio? —preguntó sonriendo.

—La niña los necesita y ellos a ella también.

A continuación, le expliqué el porqué de mi petición y la promesa de Elsa de no decir nada que me hizo al final de nuestra conversación.

—¿Y Yara?

Cerré los ojos. Dios, Yara.

—No le cuentes nada todavía.

—Luca… sería mejor que supiera lo que está pasando.

—Quiero ser yo quien se lo diga cuando todo esto termine. Daniel me ha dicho que no tardará mucho en tener algo; seguramente esta semana me llamará.

Thomas suspiró despacio.

—Entonces espero que te llame pronto.

Yo también lo espero, pensé. Porque cada día que pasaba lejos de ella, lejos de los chicos, se sentía como una maldita condena.

El resto del día Thomas se lo pasó a mi lado, sin dejarme solo en ningún momento.

Y se lo agradecí en el alma, porque de verdad que necesitaba a mi amigo en esos momentos más que a nada para poder seguir adelante hasta que todo acabara sin acabar volviéndome loco.