Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 29
85%

Capítulo 29

Luca

Me pasé las dos siguientes semanas viviendo una mentira. O al menos así me sentía yo.

Justo habían pasado dos semanas desde que volvimos a Zúrich. Esto ocurrió después de que Clarissa se presentara en la puerta de la casa del pueblo.

Necesitábamos irnos de inmediato a la mañana siguiente porque no podía ni imaginar que en cualquier momento ella —Yara— abriese la puerta de la casa y apareciera.

O pensar que en cualquier momento podría quedarme mirando por la ventana y que ella estuviera en la suya y que nuestras miradas se cruzaran en la distancia.

No, eso no podía pasar, me dije aquella noche, por eso nos fuimos con prisa.

Desde entonces me despertaba al lado de Clarissa cada mañana y tenía la sensación de estar ocupando un lugar que ya no me pertenecía. Y eso sin hablar de que había sido incapaz de tocarla, ni dejar que ella me tocara a mí.

No podía. Simplemente no podía.

Era como si hubiera retrocedido en el tiempo y alguien hubiera intentado encajar piezas antiguas en un puzle que ya estaban demasiado desgastadas para encajar bien en su lugar.

Y todo era porque algo dentro de mí gritaba a todas horas que aquello no estaba bien. Y no era por Yara. Era por Clarissa.

Por cómo actuaba. Por cómo evitaba mirarme demasiado a los ojos, por cómo se sobresaltaba cada vez que sonaba su móvil. Por las veces que desaparecía de casa diciendo que iba a comprar cualquier tontería o que iba a ver a alguna conocida para retomar un poco su vida y tardaba horas en volver.

Por los susurros. Por las llamadas que colgaba demasiado deprisa si yo entraba en la habitación. Por esa tensión constante que parecía llevar pegada a la piel todo el día.

No me cuadraba. Nada de todo eso me cuadraba y no me había cuadrado desde el primer día que volvió.

La historia que me había contado tenía sentido, pero no tenía sentido al mismo tiempo. Demasiadas lagunas, demasiadas preguntas que evitaba contestar por más que yo había insistido en preguntar, demasiadas contestaciones como si las tuviera apuntadas en un papel y se las supiera de memoria.

Sí, sabía que había sido capaz de fingir su muerte. Después de todo lo que había pasado durante dos años en los que el juego fue su vida, y de todo lo que había hecho, era muy capaz de eso y de más.

Por eso sentía todo el tiempo que había algo más. Y rara vez me equivocaba cuando tenía esa sensación. Por eso, durante esas dos semanas, decidí observar.

Esperar. Ver hasta donde llegaba todo aquello, ver hasta donde era capaz de llegar.

Lo primero que hice nada más llegar a Zúrich y sin que me viera fue sacar todas las joyas que quedaban en casa. Las mías, las de Elsa y alguna de ella que dejó atrás cuando desapareció. Incluso algunas reliquias familiares que mi madre había llevado allí.

Cogí todo en una bolsa de deporte y me lo llevé a la caja fuerte del despacho.

No me fiaba. Y me odiaba por no fiarme de mi propia mujer. O de la que había sido mi esposa, porque desde que volvió no la sentía así.

Durante aquellas dos semanas entendí algo que me destrozó por dentro. No seguía enamorado de Clarissa. Tal vez los primeros meses, al creerla muerta, sí que me aferré a esa idea, al recuerdo de lo que habíamos sido.

Pero la realidad era muy distinta. Y había tenido que volver para darme cuenta de ella.

Al tenerla de nuevo en mi vida, me di cuenta de que nuestra relación no murió cuando ella desapareció. Murió mucho antes.

Murió el día en el que el juego empezó a importar más que nosotros. Murió cada vez que mentía. Cada vez que desaparecía, cada vez que yo tenía que ir a apagar sus fuegos. Cada vez que Elsa preguntaba por qué mamá estaba rara y por qué nunca estaba en casa o por qué no le hacía caso.

Cuando el juego entró por la puerta, el amor salió por la ventana. Sí, eso fue lo que pasó. Ahora lo veía claro, demasiado claro.

El problema era que esa claridad llegaba tarde.

Porque mientras yo descubría todo eso, había dejado de lado a la única mujer a la que quería, a la única de la que estaba realmente enamorado. A la única con la que quería pasar el resto de mi vida. A Yara.

Y eso me estaba matando lentamente.

Lo peor de todo era no poder acercarme a ella, no poder explicarle nada. Porque si Clarissa realmente ocultaba algo, si estaba metida en algo peligroso o estaba tramando algo malo, no iba a permitir que Yara o los chicos acabaran salpicados.

Primero tenía que descubrir la verdad. Y después iría a buscarla, aunque tuviera que ponerme de rodillas, aunque tuviera que suplicarle que me perdonara, me daba igual; haría lo que hiciera falta para que me aceptara de nuevo.

Porque la quería. La quería como un jodido loco.

Mucho más de lo que jamás había querido reconocer.

—Papá…

Elsa apareció por la puerta de mi habitación y me sobresaltó porque me había quedado absorto pensando en todo lo que habían pasado esas dos semanas y en cómo me sentía, y no la había sentido llegar.

Levanté la cabeza de la almohada y le hice un gesto.

—Ven aquí, pequeña.

Subió a la cama por el lado que ocupaba Clarissa, que estaba vacío, porque según ella estaba cenando en casa de una amiga; otra milonga más, seguro.

Elsa se acurrucó contra mi pecho, la abracé automáticamente y ella suspiró.

—¿No puedes dormir?

Negó con la cabeza.

—Echo de menos el pueblo y el cole.

Aquello me atravesó. Elsa estaba siendo la más perjudicada con todo lo que estaba pasando.

Había tenido que dejar otra vez una vida que le gustaba y un cole en el que estaba muy contenta. Aunque por el momento no habías hecho el cambio al antiguo de Zúrich por mucho que Clarissa había insistido.

Yo tomé la decisión de esperar a que empezara el nuevo año y, en las apenas tres semanas que quedaban para que les dieran las vacaciones de Navidad, comuniqué al colegio del pueblo que se ausentaría por problemas familiares.

Cerré los ojos un segundo antes de contestarla.

—Es normal.

—No quiero estar aquí.

La miré y pude ver la tristeza en sus ojos. Otra vez esa jodida tristeza que había desaparecido tiempo atrás gracias a Yara y a los chicos.

—Elsa…

—Aquí mamá vuelve a estar rara.

Fruncí el ceño.

—No digas eso.

—Es verdad —susurró—. Los primeros días parecía ser la misma de antes de cambiar, pero otra vez vuelve a ser esa.

No sabía explicarse muy bien, pero yo la entendí perfectamente lo que quería decir.

La verdad. Eso era lo que estaba diciendo, la puta verdad.

Esa que yo ya sabía, pero que tenía que esperar a ver qué era lo que pasaba, por lo que tenía que disimular delante de todos, incluso delante de ella, ya que era demasiado pequeña para comprender ciertas cosas.

—Mamá está intentando acostumbrarse a nosotros otra vez.

Tragué saliva y me maldije por dentro por mentirle a mi hija, pero era lo mejor en esos momentos.

—Pues a mí me gustaba más antes.

—¿Antes cuándo?

—Con Yara y los chicos.

Ahí sí que sentí que algo me golpeaba por dentro, directo al corazón; hacía daño, muchísimo daño.

—Echo mucho de menos a Lina —continuó—, a Joel, a Heidi, a Elías y sus libros y a Yara, sobre todo a Yara.

Y yo, cariño, y yo también los echo de menos a todos, mucho, sobre todo a Yara. Quise decirle, pero por el bien futuro tuve que callar.

—Le he dicho a mamá que quiero ir a verlos, pero dice que esa gente ya no forma parte de nuestra vida y que me olvide de ellos. Pero yo no quiero olvidarme de ellos, papá. Los quiero mucho, a todos. Y a la gente que se quiere no se la olvida, ¿verdad?

Tuve que contenerme y no soltar cuatro juramentos en voz alta en contra de Clarissa por haberle dicho eso.

¿Quién coño se creía que era para decir ella a nadie a quién tienes que olvidar o querer?

—No, cariño, a la gente que se quiere no se la olvida, ni cuando está lejos ni cuando se está un tiempo sin verlos.

Se agarró fuerte a mi camiseta.

—¿Podemos volver?

Dios mío, no me lo estaba pidiendo, me lo estaba rogando y eso me terminó de destrozar del todo.

Tenía que descubrir qué cojones estaba pasando con urgencia porque las cosas no podían seguir así.

Elsa estaba sufriendo mucho con esa situación, pero no era la única. Yo también lo estaba haciendo y, aunque no lo veía, sabía que Yara y los chicos también.

—Ahora mismo no podemos, pequeña.

—¿Por qué? —preguntó con los ojos aguados.

Porque tu padre es un cobarde. Porque he hecho daño a la mujer que amo. Porque no tengo ni idea de cómo arreglar este desastre. Porque tu madre está liando algo que puede perjudicar a todos y no puedo permitir que salgan peor de lo que ya lo están.

Todas esas respuestas vinieron de golpe a mi cabeza con su pregunta, pero no pude decirle la verdad, así que me callé.

Le acaricié la espalda y ella se pegó todavía más a mí.

—Déjame arreglar unas cosas primero, ¿vale?

Asintió despacio.

—Pero no tardes, por favor.

—No lo haré, te lo prometo.

Promesa que no sabía si sería capaz de cumplir. Pero desde luego pondría todo de mi parte para poder hacerlo.

—Hasta entonces podemos hacer una cosa.

—¿Qué?

—Pero tiene que ser un secreto entre nosotros.

—Lo prometo, no diré nada a nadie, lo juro, papá —dijo llevándose la mano al pecho.

—Hablaré con el tío Thomas y le pediré que el fin de semana que viene, que mamá ha dicho que pasará los dos días en un spa con unas amigas, te lleve a casa de Yara.

—¡¿De verdad?!

—De verdad, pero recuerda que tiene que ser un secreto que tiene que quedar entre nosotros; mamá no puede saberlo, ¿vale?

—Sí, sí, sí, no diré nada, papá, lo prometo.

Solo con decirle eso, el brillo de sus ojos volvió, no del todo, pero sí algo, y con eso valía, de momento. Y así, de esa manera, y un poco más contenta de lo que llegó a la cama, se quedó dormida entre mis brazos.