Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 28
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Capítulo 28

Luca

El grito de Elsa me atravesó el pecho.

—¡Mamá!

Durante un segundo me quedé completamente paralizado. No podía ser. Simplemente no podía ser. Pero lo era.

Clarissa estaba allí, al otro lado de la calle, de pie frente a la puerta de nuestra casa.

Viva.

Elsa salió corriendo sin que nadie pudiera detenerla y reaccioné apenas unos segundos después, cruzando la calle detrás de ella con el corazón golpeándome las costillas tan fuerte que me costaba respirar.

Cuando llegué hasta ellas, Elsa ya estaba abrazada a su madre, llorando desconsoladamente.

Y yo me quedé quieto mirándola, porque mi cabeza no conseguía procesarlo. Ella era así, de eso no había duda, aunque con algunos pequeños cambios.

Estaba un poco más delgada y tenía el pelo mucho más corto que la última vez que la había visto y había algo más distinto en ella que no supe identificar.

Clarissa levantó los ojos hacia mí y rompió a llorar todavía más.

—Luca…

Mi nombre en su boca hizo que algo dentro de mí se removiera violentamente.

—Clarissa —fue lo único que conseguí decir.

Ella, sin soltar a Elsa, a la que agarraba con una mano contra sus piernas, se acercó a mí dando el paso que nos separaba.

—Lo siento… —sollozó—. Lo siento tanto, te juro que de verdad lo siento muchísimo.

La miré sin entender nada.

—¿Qué te ha pasado?

Ella negó con la cabeza mientras las lágrimas seguían cayéndole por las mejillas.

—Te lo explicaré todo. Todo tiene una explicación, pero necesitaba desaparecer.

Mi corazón latía tan fuerte que pensé que me daría un infarto allí mismo.

Porque la mujer a la que había llorado durante un año estaba delante de mí, diciéndome que todo tenía una explicación, sin imaginarse el infierno por el que Elsa y yo habíamos pasado.

Porque Elsa estaba abrazada a ella como si el mundo acabara de recomponerse. Como si su deseo al final se hubiera cumplido. Porque había estado meses soñando con ese momento.

Porque dijo más veces de las que puedo contabilizar que su madre no estaba muerta, que no podíamos irnos de Zúrich porque su madre iba a volver a casa.

Pues al final Elsa había tenido razón todo el tiempo. Porque Clarissa había vuelto.

Pero algo dentro de mí me decía que las cosas no eran tan sencillas, como si algo no encajara.

Clarissa levantó las manos lentamente hasta mi rostro.

—Nunca dejé de quererte.

Y sin decir nada más ni dejarme decirlo a mí, me besó.

Cerré los ojos por puro instinto. Por costumbre. Por rutina. Y le devolví el beso.

Pero en cuanto nuestros labios se tocaron, supe que algo era distinto. Muy distinto. No era igual. No se sentía igual. Y aquello me golpeó más fuerte que verla viva.

Abrí los ojos apenas un instante y por el rabillo del ojo vi movimiento en el porche de la casa de Yara.

Vi a todos observándonos. Vi a los chicos que nos miraban sin entender nada; no lo entendía ni yo, pues ellos mucho menos. Celia y Peter nos miraban con una mezcla de curiosidad y preocupación.

Y Thomas nos miraba, pero su atención estaba puesta en Yara, que estaba con la cara totalmente descompuesta e incluso desde allí pude ver sus ojos llenos de dolor.

El estómago se me encogió con violencia. Porque justo en ese momento me di cuenta del daño que acababa de hacerle. Porque acaba de confirmarle con ese beso que Clarissa seguía en mi corazón.

Sus últimas palabras vinieron a mi mente.

“Te quiero”

Joder...

Eso me había dicho minutos antes por primera vez y mi contestación era que me viera besarme con mi mujer.

Me quise morir en ese momento. Pero ya era demasiado tarde, la había cagado y mucho.

Cuando Clarissa soltó mi cara y giré la cabeza para verlos bien, ya no estaba ninguno; todos se habían metido dentro de la casa.

Hice un amago para girarme. Algo en mi interior me decía que, aunque Clarissa estaba allí, tenía que cruzar, tenía que ir a ver a Yara.

Necesitaba hablar con ella. Necesitaba decirle algo, lo que fuera.

Pero sobre todo necesitaba ver esos ojos verdes sin dolor, porque eso me estaba destrozando por dentro, mucho más que cualquier cosa que me hubiera pasado en toda la vida.

—Por favor —susurró Clarissa agarrándome la mano—, no te vayas.

Bajé la mirada hacia Elsa, que seguía abrazada a su madre llorando.

Al verla así, entendí que por más que mi corazón me gritara que hiciera una cosa, mi razón ganó la partida, haciéndome ver que estar con mi hija y con Clarissa en esos momentos era prioritario.

Entramos en la casa y cerré la puerta detrás de nosotros mientras intentaba recomponer mi cabeza.

Pero era imposible. Cientos de pensamientos y sentimientos encontrados no dejaban de martillarme una y otra vez, volviéndome loco.

Clarissa se sentó en el sofá con Elsa abrazada a ella como si temiera que volviera a desaparecer.

—¿Qué tal estás, cariño? ¿Te gusta vuestra nueva casa?

Elsa asintió rápidamente.

—Sí, tengo nuevos amigos y el cole me gusta mucho.

Clarissa sonrió, pasándole la mano por el pelo.

—Ah, ¿sí? Eso está genial.

—Y Yara cocina como los ángeles, como dice Thomas, y siempre inventa juegos estupendos.

Apreté la mandíbula al oírla nombrar a Yara. Clarissa levantó la vista hacia mí apenas un instante.

—Bueno, eso ha estado bien, pero ya no tendrás que preocuparte más por eso; mamá ya está en casa.

Sentí una punzada horrible en el pecho. Porque supe enseguida lo que implicaban esas palabras.

Volver. Retomar nuestra vida, nuestra familia y dejar todo atrás. Borrar todo lo que había pasado durante ese año en el que ella no había estado.

Eso era lo que entre líneas le había dicho a Elsa.

No podrás borrar nada, nada va a volver a ser como antes, porque ninguno sois los mismos. Porque tú no eres el mismo. Porque tus sentimientos no son…

¡Cállate! Le chillé a esa voz en mi cabeza que me estaba diciendo todo eso a toda velocidad, pero no le dije que se callara porque no tuviera razón, sino porque la tenía toda y no quería pensar en eso en esos momentos; bastante ya tenía con el panorama que tenía delante.

Clarissa siguió durante una hora preguntándole a Elsa qué había hecho durante su ausencia o, más bien, haciéndole un interrogatorio.

Elsa también le preguntó a ella, pero se las ingenió de maravilla para no soltar prenda.

Desvió las preguntas haciéndole otra rápidamente para no contestar. La niña acabó quedándose dormida en sus brazos y yo mismo se la cogí de los brazos para llevarla a la cama.

Cuando regresé al salón, Clarissa estaba acomodada en el sofá como si tal cosa.

Algo en mi interior no dejaba de gritarme que algo no iba bien, que había algo raro en su vuelta, que no me fiara.

Decidí dejar esos pensamientos aparte por el momento y preguntarle qué había pasado; necesitaba tener todos los datos para ponerme en situación.

—¿Qué pasó?

Clarissa frunció el ceño.

—No podemos dejar las explicaciones para mañana, te he echado mucho de menos y…

Mientras me decía esas palabras, alargó la mano para acariciarme el pecho, pero algo me hizo retirarme para atrás.

¿Fue rechazo? Sí, lo fue. No pude evitarlo.

—No, quiero las explicaciones ahora —exigí.

Resopló.

—Habla —insistí.

—La situación con el dinero se me fue de las manos —admitió muy seria.

Tócate los cojones, cuéntame algo que no sepa. Eso fue lo que quise decirle, pero me callé.

—Intenté ayudarte mil veces.

—Lo sé.

—Te pedí que dejaras el juego por activa y por pasiva.

—Lo sé.

La frustración me llegó de golpe al ver su cara, porque, joder, había muchas emociones en sus ojos, pero no el arrepentimiento; no, ese no estaba y eso me jodió.

—¡Nunca me escuchaste!

Rompió a llorar. Pero no me preguntéis por qué no me dio ninguna pena y no me salió acercarme a ella y abrazarla para consolarla. Solo me la quedé mirando, esperando.

—Pensé que podía controlarlo.

Me pasé las manos por la cara intentando controlarme.

Está claro que eso no pasó. ¿Qué cojones pasó en ese accidente? ¿O no fue un accidente?

Lo vi. Lo vi en sus ojos. Vi la verdad, no, no lo había sido.

Tardó unos segundos en contestar, segundos en los que no supe por qué por el cuerpo me empezó a recorrer una mala hostia increíble.

—Les debía dinero.

—¿A quién?

—A gente peligrosa.

—¡¿Qué coño dices?! ¡¿Qué hiciste?!

—Tú te negaste a darme dinero.

Una risa amarga demasiado alta salió de mi garganta.

—No, si encima tendré yo la culpa —dije con sorna.

—Luca, escúchame… déjame que te explique —me rogó.

Oírla rogarme hizo que algo se me removiera, y me dije que esperara, que no la juzgara tan pronto, que la dejara hablar.

—Las joyas que vendí no eran para el casino, eran para pagar parte de la deuda.

La miré con incredulidad.

—¿Qué?

—Cuando dejaste de darme dinero era cuando más enganchada estaba, cuando más dinero necesitaba. Pedí dinero, mucho dinero, a gente poco recomendable.

Hizo una pausa y yo seguí mirándola alucinado.

—El interés era alto; pensé que con algún golpe de suerte podría devolverlo sin problemas, pero no, ese golpe no llegaba y los intereses empezaron a subir. La deuda se hizo más grande. Y las exigencias de ellos por cobrar, cada vez más insistentes.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Creí que podría solucionarlo sola; además, no quería que te enfadaras más, era muchísimo dinero.

Apreté los puños con tanta fuerza que la sangre hasta dejó de llegarme a las manos.

—¿Qué pasó después?

—Empezaron las amenazas serias, amenazas de muerte, y me asusté.

Con esas palabras, la claridad de lo que había pasado llegó a mi mente.

—Fingiste tu muerte.

Asintió confirmándomelo.

—Pensé que era lo mejor, pensé que si desaparecía una temporada se olvidarían de mí, que dejarían de buscarme, de amenazarme.

Un pensamiento se me cruzó en ese momento por la cabeza y me quedé completamente quieto. Sin saber qué sentir.

Miedo. Dolor. Rabia.

—¡Nos pusiste en peligro! ¡A mí! ¡A Elsa!

—¡No! Eso nunca me aseguré bien de que no supieran quiénes erais vosotros.

Suspiré aliviado.

—¿Dónde has estado? ¿Y por qué has vuelto? ¿Has pagado la deuda?

Las preguntas se me amontonaban de dos en dos en la cabeza. Necesitaba hacer muchas y tener las respuestas de todas.

—En un pequeño pueblo cerca de Basilea, trabajando en una cafetería.

¿Ella trabajando en una cafetería? Pero si no sabía ni encender el microondas de casa.

Y encima había estado a una hora de Zúrich, a una puta hora de nosotros, viviendo otra vida escondida mientras nosotros la llorábamos. Mientras Elsa se rompía cada día un poco más

Cada cosa que me contaba más increíble me parecía.

—He vuelto porque al hombre al que le debía el dinero ha muerto. Como se suele decir, muerto el perro, se acabó la rabia.

Qué oportuno, pensé con ironía.

—He cambiado, Luca. Te lo prometo. Dejé el juego el mismo día que me marché. He dejado todo eso atrás… solo quería que todo se solucionara, solo quería volver con vosotros.

Dijo todo eso con lágrimas en los ojos; parecía que hablaba con sinceridad. Pero algo dentro de mí me impidió creerla. Al menos no del todo.

Era como si algo me dijera una y otra vez que detrás de toda la historia que me había contado había algo más. Que escondía algo, que no estaba siendo sincera. Que no me fiara.

Todos esos pensamientos y sensaciones podían venir por todo lo que pasamos durante dos putos años con su problema de juego.

Porque sí, durante ese tiempo no dejé de quererla, pero también era verdad que dejé de confiar en ella. Ella misma se encargó de que eso pasara, mintiéndome una y otra vez.

Clarissa intentó tocarme de nuevo, pero volví a retirarme.

—Necesito tiempo.

Frunció el ceño.

—¿Tiempo?

—Acabas de volver de entre los muertos después de un año. Han pasado muchas cosas desde entonces. Tú has dicho que no eres la misma, pues yo tampoco lo soy.

Su expresión cambió.

—Bien poco has tardado en olvidarme. ¿Qué me guardaste luto cinco minutos?

Lo que me faltaba por ir, vamos. Después de todo lo que había liado, tenía los santos cojones de venir a echarme en cara que hubiera seguido adelante. Me había costado dar un paso con Yara y decirle que seguía queriéndola.

Estaba alucinando. No quise seguir discutiendo, porque estaba seguro de que diría cosas de las que después podría arrepentirme.

—No tienes ni puta idea del infierno por el que hemos pasado Elsa y yo durante meses cuando te creímos muerta. Pero ni puta idea, así que no hables de lo que no sabes. Me voy a la cama; ya seguiremos con esto mañana.