Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 27
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Capítulo 27

Yara

—Luca, hay una mujer en la puerta de vuestra casa llamando al timbre.

Todos giramos la cabeza hacia él.

—¿Una mujer? ¿Qué mujer? —preguntó Heidi.

Elías frunció el ceño.

—No sé… pero creo que no es de por aquí; yo nunca la había visto.

Elsa fue la primera en correr hacia la ventana para mirar.

Y el grito que salió de su boca me heló la sangre.

—¡Mamá!

El mundo se detuvo para todos en ese momento. Literalmente.

Sentí como el corazón dejaba de latirme durante un minuto entero.

Elsa salió disparada hacia la puerta y la abrió de un tirón. Por el rabillo del ojo vi a Luca reaccionar un segundo después y salir corriendo detrás de ella.

Los demás, por instinto y arrastrados por la curiosidad, la incertidumbre y las ganas de saber, salimos al porche a la misma velocidad que lo habían hecho ellos.

Bueno, la verdad es que yo lo hice arrastrada por la mano de Celia porque estaba en tal estado de shock que por mi propia iniciativa no hubiera sido capaz de moverme.

Vimos cómo los dos cruzaban la calle corriendo. Nadie habló. Nadie puede hacerlo.

Porque todos teníamos la vista fija en la escena que teníamos a tan solo unos pocos metros. Fue Thomas quien rompió el silencio.

—Hostias…

Joel giró la cabeza con rapidez hacia él.

—¿Es… es ella de verdad?

Thomas se llevó las manos a la cabeza, muy nervioso.

—Sí, es Clarissa.

Celia se llevó las manos a la boca después de soltar un jadeo bien alto. Heidi y Lina abrieron los ojos como platos, Elías cerró su libro con un golpe seco y yo cerré los ojos un segundo e intenté coger el aire que empezaba a faltarme en los pulmones.

—Pero… ¿No había muerto? —preguntó Peter en voz baja.

—Pues parece que los fantasmas vuelven de entre los muertos —contestó Thomas sin apartar la mirada de la casa de enfrente.

Me apoyé en el marco de la puerta porque las piernas empezaron a fallarme. Y entonces ocurrió lo peor que mis ojos podían haber visto y mi corazón soportado.

Clarissa levantó las manos hasta el rostro de Luca y lo besó.

No en la mejilla, no, sino en la boca y no precisamente un beso corto, sino un beso largo, de amor, de reencuentro, de esos que llenan el alma.

Luca llevó sus manos a su cintura y la pegó más a él para corresponder mejor al beso mientras Elsa lloraba agarrada a las piernas de los dos.

En ese momento algo dentro de mí se rompió.

Thomas fue el primero en darse cuenta de que estaba a punto de desmayarme y con rapidez me agarró por la cintura para acercarme a él y sostenerme.

Las voces de los chicos empezaron a mezclarse a mi alrededor como si fueran ecos lejanos; todos preguntaban a la vez, y en esas preguntas pude notar la confusión y el miedo por lo que estaba por venir.

—¿Entonces estaba viva?

—¿Por qué no volvió antes?

—¿Qué va a pasar ahora?

—¿Luca sigue casado?

Volví a cerrar los ojos un segundo, porque esa última pregunta cayó en mí como una losa.

Claro que seguía casado y eso significaba que yo había sido la otra, aunque ninguno lo supiéramos.

Una risa amarga salió de mi garganta al darme cuenta de la verdad.

Habría sido la otra, pero desde ese momento y viendo el beso y el abrazo que se seguían dando, ya no sería ni la otra ni nada.

—Chicos —murmuré con la voz rota—, vamos dentro.

Nadie protestó. Ni siquiera Lina, que sabía que se moría de ganas por cruzar la calle corriendo y abrazar a su amiga.

Thomas se quedó a mi lado sin soltarme y me llevó a la cocina; ni recuerdo cómo llegué hasta allí ni tampoco cómo terminé sentada en una silla con una infusión delante de mí.

Intenté dar un sorbo a la infusión. Ni siquiera fui capaz de tragar; el nudo que tenía en la garganta y el dolor que tenía en el pecho me lo impidieron.

El dolor… Dios, el dolor.

Ese dolor que ya era para mí conocido para mí era el dolor de la pérdida otra vez.

Con la mirada perdida en ningún punto concreto de la cocina, de fondo podía oír a los chicos de fondo haciendo un montón de preguntas mientras Celia y Peter intentaban calmarles y darles respuestas que ni ellos mismos tenían.

Bajé la mirada a mi regazo al darme cuenta de que todavía tenía en mi mano, apretándolo con fuerza, el sobre que Luca me había dado minutos antes, donde estaba mi regalo de cumpleaños.

Una risa amarga salió de mis labios demasiado alta. Thomas que estaba sentado a mi lado giró la cabeza de golpe al oírme y vi como levantaba una ceja al no comprender que me pasaba.

No hizo falta ninguna explicación. Levanté la mano y tiré el sobre encima de la mesa. Thomas negó con la cabeza y farfulló algo en voz tan baja que no fui capaz de distinguir sus palabras.

Pasaron unos minutos en los que ninguno de los dos dijo nada. Yo, porque mi cabeza iba a tanta rapidez que no era capaz de hilar bien mis pensamientos y ponerlos en palabras.

Y Thomas calló respetando mi silencio.

—Lo he perdido —murmuré por fin.

Thomas agarró mi mano.

—No digas eso.

Negué con la cabeza.

—¿No? Tomas, has visto lo mismo que yo. Luca la sigue amando.

—Eso no significa…

—Se han besado delante de mí. Creo que está todo bastante claro.

Mi voz se quebró por completo.

—Siempre he sabido que la amaba a ella, me lo dijo. Pero tenía la esperanza de que en algún momento me dejara entrar en su corazón, aunque solo fuera en un rincón, y me quisiera un poco.

Thomas pasó una mano por su cara, frustrado.

—Ha sido un shock para todos, lo mismo ha sido el momento, lo mismo la ha besado…

No le dejé seguir. Sabía que lo estaba haciendo para que no sintiera tanto dolor, para que no me sintiera tan mal, pero nada de lo que dijera podría valerme.

—Yo no puedo competir con ella. No podía cuando estaba muerta, mucho menos ahora. No soy nada, nunca lo fui y cuanto antes lo acepté, mejor para todos.

—Yara…

Thomas se giró rápido y me envolvió entre sus brazos y allí, entre ellos, ya no pude soportar más el dolor que me estaba desgarrando por dentro y me rompí.

Las lágrimas empezaron a salir de mis ojos sin medida ni control. Thomas se quedó conmigo toda la noche.

Celia y Peter, después de conseguir que los chicos se acostaran mucho más tarde de lo que era su costumbre, también quisieron quedarse. Pero les obligué a irse a casa.

Celia en su estado no estaba para estar toda la noche en vela, y ante mi dolor estaba su bienestar y el del bebé.

No dormí. Ni un minuto. Pero lo peor no fue esa noche, fue después.

Porque el domingo pasó y Luca no apareció, ni me llamó, ni me mandó ni un triste mensaje.

El lunes tampoco lo hizo, ni siquiera trajo a Elsa a casa ni tampoco la llevó al colegio.

Durante toda la semana me pasé horas mirando por la ventana, mirando la casa de enfrente. Pero ni uno solo de los días hubo la más mínima señal de vida en la casa.

Era como si se les hubiera tragado la tierra, como si todo hubiera sido un sueño y en realidad nunca estuvieron allí de verdad.

No volví a ver su coche. Ni luces encendidas. Ni a ellos salir ni entrar en ningún momento. Como tampoco Elsa volvió al colegio ninguno de los días.

El fin de semana llegó demasiado rápido y ahí entendí que no iban a volver. Así que decidí hacer una estupidez.

El sábado por la mañana, sentada en la poyata en la ventana del salón otra vez, saqué fuerzas de donde no las tenía, cogí el móvil con manos temblorosas y le mandé algunos mensajes.

Yara: Sé que no tienes por qué hacerlo, ¿pero no vas a darme una explicación?

Yara: Ni un adiós me merezco que me digas.

Vi cómo leía el mensaje, pero no me contestó.

Yara: Entiendo… Tu silencio lo dice todo. No volveré a molestarte. Dale un beso y un abrazo a Elsa de parte de todos y dile, si quieres, que no la olvidaremos nunca. Os deseo todo lo mejor del mundo y me alegro muchísimo de que volváis a ser la familia feliz que nunca debió dejar de serlo.

Las últimas palabras ni sé cómo pude escribirlas, ya que las lágrimas me nublaron los ojos totalmente.

La siguiente semana pasó igual de rápido para todos, porque para mí los minutos y las horas se me hicieron eternos Les echaba tanto de menos que seguir adelante me costaba un mundo.

Y no solo yo lo pasé mal esas dos semanas; los niños también lo hicieron.

Apenas decían nada, pero el silencio constante que había en la casa lo decía todo: las risas eran más contenidas, los juegos menos divertidos y los ceños fruncidos se hacían presentes cada dos por tres.

Thomas siguió viniendo, no todos los días, pero cada dos no fallaba. Y no tendría vida para agradecérselo porque ponía esa alegría con sus cosas que a todos nos faltaba.

Celía y Peter se pasaron algunas noches a cenar y vinieron cargados de helado y chuches para todos.

Tenía gracia que un dentista nos atiborrara a dulces, aunque su excusa fue que el azúcar curaba el alma.

Pero nada de eso calmaba las preguntas constantes de los chicos y sus ganas de saber qué estaba pasando y qué pasaría.

Sobre todo, a Lina, que echaba cada vez más de menos a Elsa.

—¿Elsa no va a volver?

Su pregunta a todas horas era la misma. Y ese domingo, mientras comíamos, y volvió a hacerla, no pude más y decidí que, aunque yo no la había tenido, ellos sí se merecían una explicación.

Así que esa noche los reuní a todos en el salón y, tumbados en el sofá con una taza caliente de chocolate entre las manos y acurrucados con mantas unos contra los otros, empecé a hablar.

Respiré hondo, y les dije la verdad.

—Luca ha vuelto con su mujer.

El silencio fue inmediato.

—Entonces… ¿Ya no es tu novio? —preguntó Heidi despacio.

Tragué saliva.

—No.

Joel apretó la mandíbula.

—Eso no es justo.

—Joel —murmuré cansada.

—¡No lo es, joder!

Cerré los ojos y negué con la cabeza.

—Joel, por favor.

—Hicimos un trato, prometió cuidarte.

—Y lo ha hecho todo este tiempo, pero las cosas han cambiado.

—Pues qué mierda —dijo Elías resoplando.

Pues sí, cariño, una mierda muy grande, pero la vida es así y, como me dijo Celia, si el destino quiere que pase, pasará, pero al parecer que Luca y yo acabáramos juntos no estaba escrito en mi historia.

Quise decirle eso, pero preferí callarme para no desmoronarme delante de ellos.

Lina empezó a llorar en silencio.

—Yo echo mucho de menos a Elsa…

Sentí como el pecho se me hacía pedazos. La abracé inmediatamente y todos, sin pensárselo, se unieron al abrazo.

—Yo también, cariño. Todos la echamos de menos. Pero lo mismo podemos volver a verla, aunque Luca ya no esté en mi vida.

Eso era algo que tenía clavado dentro. Si él quería salir de mi vida y de la de los niños, yo respetaría su decisión; a nadie se le puede obligar a estar ni a querer.

Pero haría todo lo posible para que pudiéramos volver a ver a Elsa. No tenía ni idea de si lo conseguiría, pero al menos lo intentaría.

Por ellos, por mí y también por Elsa, que estaba completamente segura de que, aunque su madre hubiera vuelto, a nosotros sí que nos echaría un poquito de menos.

Con esos pensamientos y esa promesa me metí en la cama y, por primera vez en días, conseguí dormirme por sueño y no por el agotamiento de llorar como todas las noches anteriores.