Capítulo 26
Yara
Siempre era la primera en abrir los ojos todas las mañanas, pero ese día lo hice al menos una hora antes de lo normal.
Estaba emocionada, nerviosa y atacada de los nervios por la fiesta de cumpleaños que íbamos a celebrar. En ella estarían todas las personas importantes de mi vida.
Todos los que quería, de maneras distintas, pero los quería.
—¿Ya estás despierta? Ni siquiera ha amanecido.
Luca tiró de mi cuerpo y me pegó más a él.
Cuando noté su erección contra mi muslo, una risilla se me escapó de la boca. Al oír mi risa levantó la cabeza y me miró con una ceja alzada.
Bajé mi mano hasta su miembro y lo rodeé con ella, dándole un ligero apretón.
—No soy la única que está despierta, al parecer.
—Ese va por libre; cuando estás cerca, siempre está despierto y con ganas de atención.
Tuve que contenerme la carcajada al ver la cara que puso al decirme eso subiendo las dos cejas.
—Atención, eh…
—Sí, mucha atención.
—Pues no podemos dejar que el pobre se ponga triste porque no reciba la atención que quiere. Vamos a ver qué podemos hacer…
Sin separar mi mano de su miembro mientras se lo masajeaba de arriba abajo, haciendo presión al llegar a la punta, como a Luca le gustaba, fui bajando mi cuerpo hasta que me coloqué de rodillas entre sus piernas.
Sin pensármelo, con mi lengua empecé a darle largas pasadas por todo su tronco.
El primer jadeo salió de la boca de Luca segundos después con la voz ronca, ya que aún la tenía tomada por el sueño.
Esa fue la señal para ir más allá.
Abrí la boca y me lo metí en la boca, llegando bien profundo hasta la garganta.
Sin soltarle, realicé movimientos compenetrados con mi mano y mi boca, marcando el ritmo que le gustaba.
—Dios… Yara, qué boca tienes… sigue… sigue.
Claro que iba a seguir, no tenía ninguna intención de parar.
Seguí y seguí.
Sus gemidos subieron de tono, su respiración empezó a acelerarme y su movimiento de caderas empezó a ser más brusco, buscando mi boca para marcar el ritmo que quería.
—Para…
No le hice caso; yo seguí a lo mío.
—Para, Yara.
La segunda vez que me lo dijo, fruncí el ceño y paré un segundo para mirarle a los ojos a ver cuál era el motivo por el que quería que parara.
No me dijo nada, lo hizo. Tiró de mis brazos para subirme hacia él.
—¿Qué…?
—Date la vuelta; el placer compartido es mejor placer. Yo también quiero darte placer a ti.
Sonreí porque con esas palabras ya entendí qué era lo que quería.
Me di la vuelta como me había pedido, y en esa posición agarró mis caderas para acercar mi vagina a su boca a la vez que yo agachaba la cabeza para seguir con lo que estaba haciendo antes de que me parara.
Con su primera succión en mi clítoris, el jadeo me salió solo contra su miembro, que ya lo tenía otra vez dentro de mi boca.
No paramos ninguno de los dos.
Yo moviendo mi cabeza adelante y atrás, llevando su miembro todo lo profundo que podía hasta mi garganta, mientras con mis manos, con una le agarraba fuerte por la base, moviéndola también, y con la otra le acariciaba los testículos, dándole pequeños apretones que sabía que le encantaban.
Luca me dio la atención que me había dicho, follándome con su lengua y sus dedos, volviéndome loca de placer.
Después de tantos meses, ya nos conocíamos tan bien en el terreno sexual que no hacía falta avisar que estábamos a punto de llegar; los dos lo sabíamos por el tono de nuestros jadeos.
Así que cuando notó que mis jadeos aumentaron y que estaba a punto de dejarme ir, movió más fuerte las caderas contra mi boca para llegar los dos a la vez.
Caímos exhaustos en la cama después de un orgasmo brutal.
—Feliz cumpleaños.
Me agarró de la nuca y me devoró la boca.
El beso fue sucio. Caliente. Todo dientes, lengua y saliva.
Tuvimos que parar porque nos faltaba el aire.
—Gracias.
—¿Estás nerviosa? ¿Por eso te has despertado antes de tiempo?
—Sí, un poco.
—¿Cómo así?
—Es la primera vez en años que quiero celebrar mi cumpleaños de verdad. Antes lo hacía por los niños, no porque tuviera ganas.
No me contestó.
Sabía de sobra por qué pensaba así. No había tenido ganas de celebrarlo, aunque lo hice por los niños porque en fechas señaladas era cuando más sentía la ausencia de mi madre, de Ruth y Hans.
Al bajar a la cocina en la que ya estaban los niños esperándonos para desayunar, la algarabía fue tal al chillarme feliz cumpleaños que debieron oírnos todos los vecinos del barrio.
El día se nos pasó volando y la hora de la fiesta, que habíamos acordado hacerla a la hora de la merienda, llegó enseguida.
Los chicos me mandaron a mi cuarto para que me pusiera guapa, alegando que ellos se encargaban de colocar todos los platos y bebidas en el salón, que era donde sería la celebración.
Cuando entré en el salón media hora después, tuve que contener las lágrimas de emoción al ver todo lo que habían hecho con la ayuda de Luca, Thomas, Celia y Peter, que estaban allí también esperándome.
Había globos, luces, guirnaldas y carteles colgados por todas partes. Y en todo el centro del salón, justo encima de la chimenea, un cartel muy grande hecho con purpurina que, por la forma de las letras, Elsa y Lina habían sido las encargadas de escribirlo, que decía:
“Felicidades, amiga, tía y novia Yara.”
Me hizo muchísima gracia la ocurrencia que habían tenido, pero la misma ilusión.
La merienda se convirtió rápidamente en una pequeña locura improvisada.
Música de fondo, niños corriendo de un lado al otro y Thomas haciendo el idiota con una servilleta atada en la cabeza, imitando a una viejecita muy pequeña que era conocida en el pueblo por la cantidad de pañuelos de mil colores que tenía, mientras Peter, muerto de risa, le grababa con el móvil.
—Te juro que un día voy a vender ese video —dijo Celia entre carcajadas.
—Eso sería traición y me romperías el corazoncito —contestó llevándose las manos al pecho de forma dramática—. Soy un hombre muy sensible.
—Tú lo que eres es un payaso sin nariz roja.
—Y tú un ogro sin mugre.
Cuando Thomas y Luca empezaban con su lucha verbal, eso sí que era digno de grabar. Siempre nos hacían a todos reír a carcajadas.
Llegó el momento de los regalos y los chicos prácticamente me obligaron a sentarme en el centro del salón mientras me entregaban paquetes envueltos de todas las formas posibles.
Una bufanda, unas botas, un álbum de fotos de todos juntos de todo lo que habíamos vivido ese verano, que me hizo soltar unas lagrimillas. Un perfume y muchos dibujos y cosas hechas a mano de los chicos fue lo primero que recibí.
Cuando abrí el regalo de Luca, que lo dejé para el final, el aire abandonó mis pulmones de golpe.
París. Dos billetes de avión y una reserva en uno de los mejores hoteles de París para un fin de semana, para los dos solos, con fecha para un mes después, justo a mediados de diciembre, antes de meternos de lleno en plenas navidades.
Levanté la vista hacia él con los ojos llenos de lágrimas.
—Luca… esto es demasiado —balbuceé.
Negó lentamente con la cabeza a la vez que me estrechaba entre sus brazos.
—Para ti todo me parece poco.
Sus palabras me atravesaron por dentro. Abrí la boca para decirle que le quería.
Esas palabras que llevaban semanas atascadas en mi garganta y que no me había atrevido a decírselas porque sabía o intuía que él no podría decírmelas de vuelta y lo mismo le hacía sentir incómodo.
Pero en ese momento y por lo emocionada que estaba, me dio exactamente igual; quería decírselas, aunque él no sintiera lo mismo. Yo nos querría por los dos.
Me abracé a él.
Pasé mis brazos por su cuello y primero acerqué mi boca a la suya para besarle. No fue un beso largo. Fueron varios besos cortos en sus labios a la vez que con mis manos le acariciaba el pelo.
—Luca…
Al oírme susurrar su nombre, separó un poco la cabeza y clavó su mirada en la mía.
—Te quiero… —susurré por fin contra sus labios.
Noté cómo se estremecía entre mis brazos al oírme decir eso y pude ver cómo por sus ojos pasaron muchas cosas.
Me abrazó más fuerte y metió la cabeza entre mi cuello.
—Yara…
Si fue a decir algo para bien o para mal, me quedaría sin saberlo porque las palabras de Elías, que estaba sentado con un libro en las manos como siempre, interrumpieron el momento porque fue Luca al que llamó.