Capítulo 25
Yara
Apreté la taza de café caliente en la mano mientras miraba por la ventana de la cocina, perdida en mis pensamientos.
La casa estaba en absoluto silencio, raro, pero así era.
El motivo de tal acontecimiento era porque toda la tropa, incluida Elsa, estaba en el colegio. Hacía ya varias semanas que habíamos vuelto a la rutina escolar y yo a la de trabajar después de un verano muy intenso.
El mejor de vida. Así podría describirlo sin lugar a equivocarme.
Nuestra vida, desde que la casa de enfrente dejó de estar vacía y se instalaron nuestros nuevos vecinos, había cambiado, y para bien.
Luca y Elsa… Solo con decir sus nombres la sonrisa me salía sola.
Entre sorbo y sorbo de café llegaron a mi mente los recuerdos más especiales de todo lo que había pasado ese verano.
Las tardes de piscina, los juegos que nos dejaron a todos agotados, pero con los que disfrutamos hasta niveles insospechados. Las risas compartidas, de esas hubo para parar un tren.
Los dos fines de semana que pasamos juntos en unas vacaciones improvisadas, en las que los niños, cuando se lo dijimos, hasta sin preparar las maletas, se nos querían subir en el coche para irnos cuanto antes.
Uno de ellos en una cabaña enorme en las montañas donde hasta nieve había. Allí hubo guerra de bolas de nieve donde Thomas fue el claro perdedor porque, por hacerse el gallito de que era el rey del lanzamiento, acabó poniéndose a todos en contra y casi acabó sepultado por la nieve.
Fue maravilloso.
El otro viaje fue a la playa. Destino opuesto al anterior, pero en el que nos lo pasamos igual de bien, disfrutando de las olas, de los flotadores con formas inexplicables y, como no, de las tonterías otra vez de Thomas, que, como ya dijimos Luca y yo aquel día en el que tuvimos nuestra primera cita, era más niño que los propios niños.
La cita. Dios mío, la cita…
Solo de pensar en ella, el corazón me empezaba a bombear a toda velocidad, igual que lo hizo aquel día de la emoción de salir a solas con Luca por primera vez como una pareja normal.
Hubo cena, copa, baile y una noche de pasión en la que no pegamos ojo ni siquiera cinco minutos.
Después de esa primera cita vinieron muchas más.
En algunas, Thomas se quedaba con los chicos y en otras fueron Celia y Peter los que se ofrecieron a quedarse sin tener que pedírselo, o incluso una de las veces se quedaron los tres y montaron tal fiesta que cuando Luca y yo regresamos a mi casa al día siguiente, se nos desencajó la mandíbula al entrar.
¿La razón? Pues que los ocho estaban durmiendo con sacos de dormir en el jardín, aún todos ellos con los bañadores puestos y rodeados de un auténtico caos.
¿De quién fue la idea de dormir ahí? Pues no creo que haga falta decir de quién fue, ¿no?
Sí, de Thomas, de él fue la maravillosa idea de montar tal lío; siempre era él el de las ideas más locas y divertidas. Y claro, los críos encantados de seguirle en su locura.
Sí, sin lugar a dudas, habían sido unos meses fabulosos.
Para mí, los mejores. Sobre todo, por tener a Luca en mi vida.
Nuestra relación, esa que empezó de una manera un poco inusual aquel día en el que llamé a la policía porque pensamos que era un okupa o un ladrón que quería desvalijar la casa de enfrente, había evolucionado de una forma que jamás hubiera pensado que pasaría.
Prácticamente a estas alturas era como si viviéramos juntos, ya que tanto él como Elsa pasaban más tiempo en nuestra casa que en la suya.
Empezó a quedarse a dormir alguna noche suelta las primeras semanas, pero desde que había empezado el colegio, para no tener que cruzar la calle con Elsa en brazos arriesgándose a que cogiera frío, ya que las bajas temperaturas habían llegado al pueblo con el otoño, se quedaban ya todas las noches a dormir en nuestra casa.
Los niños encantados con eso, ya que consideraban a Elsa una más de ellos.
Luca encantado también, como me había dicho en varias ocasiones, de que así fuera porque podía dormir conmigo entre sus brazos y no echarme de menos por la noche.
Y yo, la más encantada de todos, de tenerlos allí conmigo.
El sonido de móvil me sacó de mis pensamientos al sonar encima de la mesa, que era donde lo había dejado cuando me senté a tomarme un café y hacer un descanso del trabajo que tenía entre manos.
Dejé la taza en el fregadero y me acerqué a cogerla.
Nada más ver el nombre de Celia, sonreí. Estaba entusiasmada con la idea de ser tía otra vez, en esa ocasión por parte de ella y Peter, ya que un mes atrás nos habían dicho a todos una noche en casa mientras cenábamos todos juntos que estaban embarazados.
Me alegraba muchísimo por mi amiga; era lo que llevaban buscando un tiempo y por fin cumplirían su deseo de ampliar la familia.
Me senté un momento en una de las sillas y abrí el chat para saber qué quería la loca de mi amiga.
Celia: ¿Ya tienes todo preparado para mañana? Estoy deseando ver qué te regala tu vecino el ogro adorable.
La carcajada me salió sola al leer cómo lo había llamado.
Desde que empezamos juntos, Luca pasó de ser el vecino ogro a ser el vecino ogro agradable y ninguno en la casa se cortaba a la hora de decírselo en alguna ocasión.
En esas ocasiones, Luca acababa echándole la bronca a Thomas, ya que, que le llamaran ogro, era por su culpa, siendo él el primero que empezó a llamarle así.
Yara: Sí, pesada. Ya tengo parte de la comida preparada, la nevera hasta los topes de bebida y la ilusión en nivel diez por celebrar mi treinta y un cumpleaños con todos vosotros.
Yara: Y del regalo no me digas nada, joder, que bastante nerviosa estoy ya.
La respuesta llegó al instante.
Celia: Thomas me ha dicho que el regalo es… MUY ESPECIAL.
La madre que la parió, pensé mientras me reía. En mayúsculas y todo, que me lo había puesto para picarme.
Como si no estuviera ya bastante nerviosa yo y necesitara ponerme más, vamos.
Luca llevaba días insinuando cosas extrañas sobre mi cumpleaños y eso solo conseguía ponerme más atacada a cada minuto que pasaba. Lo peor es que, por más que había intentado que me dijera qué era lo que tenía pensado regalarme, no había soltado prenda.
Yara: No me piques más, cabrona.
Celia: Ja, ja, ja, me encanta, ya lo sabes.
Puse los ojos en blanco, pero seguí riéndome.
Yara: ¿Qué tal tú hoy?
Celia: Bien, ya llevo muchos días sin náuseas, así que estupendamente.
Yara: Me alegro mucho, cariño. Qué ganas tengo de que te digan lo que es para poder empezar a comprarle cosas.
Celia: Estate quieta, que ya te veo venir y seguro que te lías la manta a la cabeza y me llenas la casa de cosas.
Yara: Coño, pues como tú y Peter habéis hecho con mis niños, ahora llega la venganza y seré yo la que compre todo lo que quieras.
Celia: Vale… haz lo que quieras.
Yara: Lo haré, ja, ja, ja.
Celia: Guapa, te dejo, que entran pacientes. Mañana en tu cumple nos vemos. Un beso.
Yara: No trabajes mucho. Un beso, cariño.
Con el móvil en la mano me fui al salón y me senté en la mesa a seguir con mi trabajo hasta que llegara la hora en la que los chicos llegaran de clase para comer.
El resto del día pasó como todos los demás entre semana.
Los chicos llegaban a la hora de comer todos juntos y el silencio y la paz se acababan en la casa para ser sustituidos por las risas, las voces y el caos familiar.
Luca algunos días llegaba a comer con nosotros si le daba tiempo y el trabajo no le absorbía demasiado, y otros, como fue el caso de ese día, me avisaba para decirme que llegaría por la tarde lo más pronto posible.
Al terminar de comer entre semana, todos se subían a la buhardilla para hacer las tareas de la escuela y, cuando terminaban, llegaba el momento de compartir juegos.
Joel y Heidi en la consola, aunque no siempre.
Lina y Elsa jugaban con sus muñecas. Hacían mucho lío con el maletín de maquillaje que Thomas, el gracioso, les había regalado en verano. Con ese maletín, incluso maquillaban al perro que no teníamos.
Y Elías, que como siempre iba por libre, pegado a alguno de sus libros, pero con un ojo en las líneas y con el otro observando y riendo de lo que hacían los demás.
Cuando llegó Luca a mitad de tarde, cansado y cabreado por un tema de trabajo, le propuse que nos tumbáramos juntos en el sofá a ver una película para relajarnos y, a los diez minutos de hacerlo, estaba más que relajado gracias a mis besos y mis caricias.