Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 24
71%

Capítulo 24

Luca

Apoyé la cabeza en el respaldo del sillón de mi despacho y cerré los ojos unos segundos. Pensando en todo lo que había pasado.

Otra vez estábamos a sábado. La semana había pasado demasiado rápido. Demasiado.

Y eso me desconcertaba más de lo que quería admitir. Porque había sido buena, jodidamente buena.

Todas las mañanas, cuando cruzaba la calle con Elsa dormida en mis brazos y Yara me abría la puerta medio adormilada, con ese pijama corto que iba a acabar conmigo, terminaba besándola durante largos minutos antes de irme a trabajar.

Besos lentos. Intensos. De esos que me dejaban el cuerpo ardiendo todo el trayecto hasta Zúrich.

Suspiré y, sin abrir los ojos y en la misma posición, pensé en las tardes.

Todas las tardes habíamos terminado haciendo cosas todos juntos, juegos en la piscina que se convertían más en una competición a ver quién hacía más rabiar a quién, viendo películas en la buhardilla, todos acurrucados unos contra otros, hablando más que prestando atención a lo que salía en la pantalla.

Paseos por el pueblo, para ir de compras, al parque con las niñas o a cenar un par de noches fuera, montando un caos familiar increíble.

La semana había sido, en una palabra, increíble. Y eso precisamente era lo que me daba miedo: que todo parecía ir demasiado bien, quizá demasiado, y en los últimos años de mi vida todo se había torcido tanto que ya no estaba acostumbrado a esa paz.

Al pensar en eso, fue inevitable que Clarissa no se cruzara en mis pensamientos. Sin permiso. Como hacía tantas veces a lo largo de los días y, ¿por qué negarlo?, también algunas noches, sobre todo en mis sueños.

Seguía echándola de menos. Su ausencia seguía doliendo. Seguía habiendo una parte de mí que sentía que la estaba traicionando simplemente por sentir algo.

Cuando pensaba en eso, en todos esos momentos, la mirada de Yara se cruzaba entre los pensamientos de Clarissa y todo se volvía caos en mi cabeza.

Yara… Con ella nada era tranquilo. Nada era contenido. Nada era suave.

Todo era fuego, intensidad y caso, un caos delicioso, pero caos, al fin y al cabo.

Estaba mal por mi parte compararlas, pero me era imposible no hacerlo.

En cuanto a carácter, no tenían nada que ver una con la otra. Donde Clarissa era seriedad, contención y corrección desmedida, la otra era pura espontaneidad, cariñosa y tenía una locura controlada que arrastraba a cualquiera para hacerle sonreír, aunque no tuviera ganas.

Pero donde más diferencias había entre las dos era en el sexo.

Con Clarissa, el sexo había sido siempre más delicado, más controlado, más medido y convencional.

En cambio, con Yara era una puta explosión constante. Era salvaje, descontrolado, adictivo y espontáneo.

Apreté los dientes intentando controlarme porque, al pensar en el sexo, los destellos de las dos noches que me había quedado en su casa esa semana me obligaron a removerme incómodo en la silla por lo duro que me puse.

Me vinieron recuerdos de la pared de la ducha. De la cocina a oscuras, sentada y abierta para mí en la isla. De su cuerpo arqueándose debajo del mío mientras me rogaba que le diera más fuerte. Sus uñas clavándose en mi espalda cuando me la follé a altas horas de la noche dentro de la piscina.

De ella arrodillada en la ducha con mi miembro en la boca mientras yo hacía un gran esfuerzo por no correrme en su boca a los dos segundos de empezar a mover su cabeza, llegando con mi miembro hasta el fondo de su garganta.

Incluso había probado con ella cosas que jamás había hecho con Clarissa.

En la vida se me hubiera ocurrido proponerle a mi mujer que me dejara entrar por su puerta trasera; en cambio, con Yara fue algo totalmente natural que surgió sin más y a lo que ella me dijo: "Probamos y, si no nos gusta, con no repetir, solucionado".

Joder, claro que repetiríamos, porque a los dos nos gustó y mucho, fue brutal.

La puerta del despacho se abrió sin llamar y me hizo abrir los ojos de golpe.

Tuve que recolocarme en el sillón a toda prisa para que el capullo de Thomas, que era el que había entrado, no se diera cuenta del estado de excitación en el que estaba. Pensaba en todo lo que había hecho con Yara y las ganas que tenía de repetirlo.

—Uy, uy, uy… esa cara es de hombre recién follado y sentimental. Mala combinación.

Puse los ojos en blanco y me guardé el cabrón que se merecía que le llamara para mí.

—Buenos días para ti también, Thomas.

Entró riéndose, aflojándose la corbata mientras se dejaba caer en el sillón que tenía frente a mi escritorio.

—¿Qué tal la vecina pelirroja?

No pude evitar sonreír de medio lado, y el muy capullo lo vio.

—Hostias… estás muy jodido.

—No estoy muy jodido.

—Claro, por eso sonríes como un niño la mañana de Navidad.

Le lancé una mirada seca.

—¿Has venido a trabajar o a tocarme los cojones?

—Las dos cosas son totalmente compatibles y pueden coexistir perfectamente.

Resoplé mientras él se acomodaba mejor en la silla.

—Entonces, a ver, que yo me entere, ¿qué esperas de esto?

La pregunta me hizo tensarme. Thomas, al ver mi reacción, dejó de bromear al instante.

—Te lo digo en serio, Luca. ¿Qué esperas de esto que tenéis?

Bajé la mirada unos segundos.

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—No.

—Sí.

Negué lentamente.

—Clarissa sigue aquí, sigue estando —murmuré llevándome una mano al pecho.

Thomas suspiró.

—Yara también empieza a estarlo.

No contesté. No hizo falta, pues quien calla, otorga. Y ese era precisamente el problema, que las dos estaban, y eso me tenía loco.

—No puedes querer a dos personas a la vez sin acabar rompiendo a una de ellas. Y contando con que una ni siquiera está en este mundo, ya sabemos quién saldrá perdiendo entonces.

Me pasé las manos por la cara con gesto cansado.

—Yara merece que la quieran entera, no a medias.

Apreté la mandíbula.

—No me digas cómo tengo que sentirme.

—No te lo digo. Te digo que, por un minuto, aunque solo sea uno, te pongas en su lugar. ¿Cómo te sentirías tú si Yara estuviera enamorada de otro tío y pensara en él incluso cuando está contigo?

Ese pensamiento me revolvió el estómago. Porque solo imaginar que Yara recordara las manos de otro tocándola o deseara los besos de otro hizo que se me soltaran los demonios.

Thomas notó enseguida por dónde fueron mis pensamientos.

—Exacto —dijo señalándome—, ahí lo tienes.

Resoplé de nuevo con total frustración.

—Joder…

—Solo piénsalo con calma. Porque si sigues adelante con ella, no puedes hacerlo a medias.

—Si no vas a estar al cien por cien como merece, es mejor que la dejes cuanto antes. —Cuanto más tiempo pase, será peor para todos —añadió.

Solo de pensar en dejarla, en perderla, mi cuerpo se tensó de tal manera y mis puños se apretaron tanto que pensé que me partiría en dos.

No, eso sí que no, me dije a mí mismo, no quiero perderla, no quiero que salga de mi vida.

—Bueno, vamos a dejar el drama aparte por hoy. ¿Qué planes tienes para el fin de semana?

Sonreí despacio y de medio lado. Y Thomás entrecerró los ojos.

—Esa sonrisa da miedo.

—Necesito pedirte un favor.

—Hostia, definitivamente tengo miedo.

Me recosté contra el sillón y le miré fijamente.

—Quiero tener una cita con Yara.

Thomas abrió mucho los ojos.

—¿Una cita? ¿En plan romántico? ¿Con cena, velas y música? ¿Tú?

—Joder, no pongas esa cara, pues no parece que te haya dicho que me voy a hacer un cambio de sexo.

—Coño, eso creo que me hubiera sorprendido menos.

—Eres gilipollas, de verdad te lo digo.

—Perdona, sí me sorprendo, pero pensé que en la vida volvería a verte a ti teniendo una cita. Joder, sí te has casado con el color negro y con el trabajo.

Solté una risa breve.

—Simplemente quiero pasar tiempo a solas con ella.

Thomas sonrió satisfecho.

—Mira qué bonito. El ogro evolucionando emocionalmente.

—¿Quieres dejar de decir chorradas?

—Jamás.

Cogió la botella de agua que tenía encima de la mesa y le dio un trago largo.

—Entonces, ¿qué necesitas de mí exactamente?

—Que hagas de niñera.

Me contuve la risa porque había bebido otro trago y casi se ahoga con el agua al oír mi petición.

—¿Cómo?

—Que te quedes con los niños esta noche.

Thomas empezó a reírse.

—O sea, que no es solo cena romántica. Tú quieres desaparecer hasta mañana.

—Si te empeñas en decirlo así.

—Dios mío, estoy emocionado. Voy a llorar y todo.

Le lancé una carpeta que tenía encima del escritorio, que esquivó riéndose.

—Claro que me quedo con ellos, idiota.

Cuando llegamos a casa de Yara al mediodía, el jardín ya parecía una fiesta.

Los niños corrían alrededor de la piscina. Peter estaba peleándose con la barbacoa, mientras tenía una conversación seria y le decía, apuntando con el dedo, que se portara bien o dejarían de ser amigos.

Celia se reía mientras intentaba evitar que la guerra de pistolas de agua que tenían montada llegara a un nivel superior y se desatara el caos absoluto.

Yara salió al jardín y cuando la vi, todo lo demás dejó de existir.

Llevaba unos pantalones cortos vaqueros y un top blanco que deberían ser ilegales. Hice varias respiraciones profundas para poder controlarme mientras caminaba hacia nosotros, con una sonrisa preciosa en la cara.

—Ya está aquí el club de los hombres guapos.

Thomas levantó una mano.

—Eh, ese soy yo, este es el ogro y los ogros son feos.

Yara soltó una carcajada.

—Pues a mí me encanta el ogro.

Se acercó más a mí y me dio un suave beso en los labios, pero cuando se fue a separar, no pude resistirme y la agarré de la cintura para pegarla a mí y darle un beso que seguramente estaría penado por la ley.

Nos separamos y Thomas y yo fuimos a saludar a todos los demás.

Aproveché un momento en que Yara entró en la cocina y fui detrás. La pillé sacando unas bebidas de la nevera y me apoyé en el marco de la puerta, recreándome la vista con su cuerpo unos segundos antes de abrir la boca.

—A las nueve estate lista.

Giró la cabeza para mirarme.

—¿Cómo?

—A las nueve, tú y yo tenemos una cita.

Se quedó mirándome con la boca abierta unos segundos.

—¿Y los niños?

—Ya tenemos niñero.

Los dos miramos al jardín. Thomas estaba dentro de la piscina con todos los críos sobre la espalda mientras fingía ahogarse de forma dramática.

—No sé si es más niño él que ellos —murmuró riéndose.

—Yo tampoco lo tengo claro.

Volvió a mirarme y esa sonrisa suave que apareció en sus labios me dejó sin aire.

—¿Una cita de verdad?

Di un paso hacia ella.

—Una de verdad.

—¿Con cena y todo?

—Con cena y todo.

—Vaya… el vecino ogro sabe sorprender.

Le agarré suavemente de la cintura para acercarla a mí.

—Tú prepárate. Lo demás déjamelo a mí. Te diría que cogieras un pijama porque no vas a volver a dormir, pero no te va a hacer falta, así que eso me lo ahorro.

—Vaya, los planes de la cita mejoran por momentos. Va a ser interesante, una cita completa, con desayuno incluido y todo.

—Ese todo es lo que mejor suena —murmuré contra sus labios.

—Suena peligrosamente sexy.

—Entonces suena igual que tú.

No hubo más palabras; con un beso caliente y sucio sellamos el trato de estar los dos listos a las nueve para tener nuestra primera cita.

Horas después, cuando dieron las nueve, estaba con Lina y Elsa al pie de las escaleras esperando a que Yara bajara y, cuando lo hizo, se me cortó totalmente la respiración.

Llevaba un vestido azul ajustado que terminaba a medio muslo, el pelo recogido y esos ojos verdes que me tenían fascinado clavados en mí mientras sonreía de forma coqueta.

No recordaba haber visto nunca en mi vida a una mujer tan preciosa.

Ni siquiera fui capaz de disimularlo hasta que el cabrón de Thomas me susurró al oído que, si no sería conveniente que me pusiera un babero durante la cita para no joder la camisa, antes de que saliéramos por la puerta.

La cena. La copa de después y el baile. Y la noche que pasamos entre las sábanas de mi cama.

No se podrían catalogar de otra manera que no fuera perfecta.

Y es que, con ella, todo lo que hacía y vivía era así, ni más ni menos que perfecto.