Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 23
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Capítulo 23

Yara

Abrí los ojos lentamente a la mañana siguiente y lo primero que noté fue el dolor dulce que recorría cada rincón de mi cuerpo.

No pude por menos que sonreír.

Madre mía, sí sonreí. Porque sabía perfectamente de dónde venía cada molestia, cada dolor y ese cansancio que tenía en todo el cuerpo.

De Luca. De sus manos. De su boca. De la noche completamente salvaje y deliciosa que habíamos pasado juntos.

Perdí la cuenta de las veces que grité su nombre mientras me corría, las veces que me besó, las veces que él gruñó o susurró mi nombre y las veces que nuestra mirada dijo más que nuestras bocas.

Lo hicimos en la cama, contra la pared, en la ducha y hasta encima de mi tocador.

Exploramos cada rincón de mi habitación a la vez que explorábamos también cada rincón de nuestros cuerpos, grabando en nuestras mentes todos los pliegues de nuestra piel.

Cerré los ojos un momento sin moverme, aun recordando su respiración sobre mi piel, sus manos agarrándome fuerte, la manera en la que pronunciaba mi nombre y la manera intensa en la que me miraba.

Giré la cabeza para mirarle y la sonrisa se me borró de golpe. No estaba.

Acerqué la mano y la pasé por las sábanas conteniendo la respiración. El lado donde había dormido seguía caliente, pero estaba vacío y algo dentro de mí se encogió.

Noté que el pecho se me apretaba mientras mil pensamientos horribles empezaban a pasarme por la cabeza.

Quizá se había arrepentido, pensé. O quizá no. Quizá simplemente había conseguido lo que quería. Los polvos que tanto deseaba y ya con eso no quería nada más.

A lo mejor todo aquello que me había dicho en la cocina solo había sido para convencerme de que me acostara con él.

— Dios mío… —susurré conteniendo las lágrimas.

Apreté los puños con fuerza y negué con la cabeza mientras me sentaba en la cama.

— Enhorabuena, Yara, te acabas de convertir en la tonta oficial del pueblo.

Resoplé y me levanté rápidamente de la cama. Ya lloraría luego, me dije mentalmente.

En esos momentos tenía cuatro sobrinos y una niña pequeña que seguramente me estaban esperando para que les hiciera el desayuno. Y ellos iban por delante de todo.

Delante de mis lamentos. Delante de mi estupidez. Y delante de ese dolor que sentía en el corazón.

Abrí el armario, me puse la primera ropa cómoda que encontré y bajé las escaleras casi corriendo.

Abrí la puerta de la cocina sabiendo que los chicos ya estaban allí esperándome; había oído sus voces y sus risas desde las escaleras, pero cuando centré la mirada dentro, me quedé paralizada.

Allí estaban todos. Heidi y Joel discutiendo por una tostada. Elías leyendo mientras mordía una galleta. Lina y Elsa riéndose, sentadas juntas. Y Luca…

Luca estaba con la camisa negra que llevaba el día anterior arremangada en los brazos delante de los fogones, preparando huevos con bacon mientras removía una sartén.

Parpadeé varias veces, completamente descolocada.

—Buenos días —murmuré todavía en shock.

—¡Buenos días! —gritaron todos al mismo tiempo.

Luca giró la cabeza y me dedicó una sonrisa preciosa, una sonrisa no de buenos días, sino una sonrisa que prometía cosas. Y después de esa sonrisa hizo algo que me dejó todavía más descolocada de lo que ya estaba.

Apagó el fuego, dejó la sartén a un lado y caminó hacia mí. Todo eso sin apartar su mirada de la mía en ningún momento.

Cada paso que daba acercándose a mí, mi corazón daba dos latidos de más, y mi respiración se empezó a acelerar.

Sin decir ni una sola palabra, cuando llegó a mí, me agarró por la cintura, me pegó a él y, sin pensarlo ni dejarme pensar a mí, me besó allí delante de todos.

Aun con su boca en la mía, pude oír de fondo a los chicos gritar, silbar y aplaudir como si aquello fuera el evento del año. Pero quien más me sorprendió fue Elsa.

Porque cuando Luca se separó de mí, vi que tenía lágrimas en los ojos, y que Lina, que estaba a su lado, la agarraba la mano para tranquilizarla.

Me dio un vuelco el corazón.

Me acerqué rápidamente hacia ella y me agaché a su altura para poderla mirar bien a los ojos y que ella hiciera lo mismo conmigo.

—¿Qué te pasa, cielo? ¿Por qué lloras?

—Porque estoy muy contenta.

Cerré los ojos solo un segundo y solté el aire que estaba conteniendo y empecé a respirar con normalidad al ver la verdad de sus palabras en sus ojos.

Pero lo siguiente que dijo ya sí que acabó de romperme por dentro.

—Yara… gracias, no solo yo te necesitaba, papá también.

Se me hizo un nudo en la garganta tan grande que, si fuera de lana, me hubiera ahogado ahí mismo.

Levanté la mirada hacia Luca, que se había puesto a nuestro lado, y él me sostuvo la mirada sonriendo y asintiendo, dándole la razón a su hija en lo que acaba de decir.

Madre mía de mi vida… Esa mirada era tan bonita y verdadera que, si no estuviera ya enamorada de él, de verdad que lo habría hecho sin remedio en ese momento.

—Vale, vale —intervino Joel llevándose una mano al pecho—. ¿Podemos desayunar antes de que me dé una hipoglucemia romántica?

Todos soltamos una carcajada.

—Sentaros anda —les dijo Luca mientras volvía a la sartén.

Los chicos obedecieron entre protestas y yo me acerqué lentamente a él y me puse a su lado mientras servía los huevos y el beicon en los platos que tenía ya preparados para todos.

—¿Qué has hecho? —le pregunté en voz baja.

Luca dejó uno de los platos en la isla de la cocina y me miró de medio lado.

—Dejarles claro lo que quiero.

Tragué saliva.

—¿Y qué es lo que quieres?

No dudó ni un segundo, ni siquiera tuvo que pensar la respuesta; le salió sola.

—Estar contigo.

Miles de mariposas revolotearon en ese momento en mi estómago.

—Luca… si esto sale mal, no quiero que los chicos sufran. Y mucho menos Elsa.

Dejó otro plato en la isla y se acercó un poco más a mí.

—Entonces tendremos que poner todo de nuestra parte para que todo vaya bien, ¿no?

Y joder… ¿Cómo puede una persona resistirse a algo así? A mí que me lo explicaran si alguien tenía la suficiente sangre fría y el corazón tan congelado para hacerlo, porque desde luego yo no pude hacerlo.

—Sí, claro que sí —contesté muy segura.

Nos sentamos todos alrededor de la mesa y aquello terminó convirtiéndose en un caos maravilloso.

Joel se quejaba porque Heidi no dejaba de robarle beicon cuando él giraba la cabeza para hablar con alguien. Lina y Elsa hablaban tan rápido, pisándose las palabras, que no se entendían ni ellas. Y Elías seguía leyendo mientras desayunaba como si estuviera él solo con el libro en la cocina.

—Por cierto, ahora cuando terminemos de desayunar nos iremos a Zúrich a pasar el día con mi madre; ayer no pudimos hacerlo y…

Me lo dijo como si se estuviera disculpando y eso me hizo sonreír. Qué mono era el ogro, por dios.

—Me parece estupendo; a Elsa le vendrá bien pasar el día con su abuela, hace días que no la ve.

—¿No te molesta que nos vayamos?

Solté una risita.

—¿Molestarme? Por supuesto que no, es tu madre y a las madres hay que cuidarlas. Una madre es una madre, Luca, nunca se las visita demasiado.

Me miró de una manera que me desarmó, como si me admirara por lo que acaba de decirle. Pero leñes, es que era verdad; ojalá pudiera yo visitar a la mía.

—Gracias por entenderlo —murmuró.

—Ay, Dios mío —dramatizó Heidi llevándose una mano a la frente—. La tensión romántica en esta cocina es tan elevada que el bacon en breve se va a transformar de tiras a forma de corazón.

—Totalmente, pero oye, que ya era hora de que la tía se echara novio; ya pensé que se quedaría para vestir santos —añadió Joel.

—¡Joel! —protesté poniéndome roja como un tomate de la vergüenza.

—Es verdad, tía, siempre estabas trabajando o cuidándonos a nosotros —dijo Lina.

Elías levantó por fin la mirada del libro y, muy serio, se unió a los comentarios de sus hermanos.

—Ya era hora de que alguien te cuidara un poco a ti también.

La madre que los parió a todos, pensé conteniendo el aliento, pues no estaban haciendo que me emocionara y, como no pararan, harían que acabara allí llorando como una magdalena.

Joel señaló a Luca con el tenedor.

—Eso sí, vecino ogro.

Luca arqueó una ceja y yo casi me muero de vergüenza al oír a mi sobrino llamarle de esa manera.

—¿Vecino ogro?

—Sí. Así te llamábamos al principio.

—Bueno, en realidad hasta ayer —añadió Lina con inocencia, haciéndonos reír a todos.

—Yo también le llamaba papá ogro —susurró Elsa con timidez.

—Fantástico —protestó Luca, haciendo que todos rieran.

Joel se puso serio de golpe y lo señaló con el tenedor que tenía en la mano otra vez.

—Bueno, pues escúchame atentamente. Más te vale cuidar bien a mi tía o tendrás problemas conmigo.

—Ah, ¿sí? —le preguntó Luca aguantándose la risa.

—Muy serios.

—Joel… —murmuré muerta de la vergüenza otra vez.

Pero Luca lo miró muy serio y asintió.

—Trato hecho.

Y como cualquier trato, Luca extendió su mano y Joel se la estrechó con fuerza para sellarlo como caballeros.

Después de desayunar, ayudamos entre todos a recoger la mesa y los restos de lo que había sobrado.

Elsa subió acompañada de Lina a darse una ducha y a vestirse, mientras Luca lo hizo en su casa, de la que volvió a buscar a la niña en un tiempo récord.

Tuve que reírme al verlo volver a entrar en casa, porque era verdad que había pasado por la ducha.

Su pelo aún húmedo le delataba, pero su ropa era otra vez completamente negra.

Cualquiera, que no era mi caso, que no se fijara mucho en el estilo del corte de la ropa, podría pensar que usaba a diario lo mismo. Siempre todo negro.

Daba igual el día o la hora. Siempre camisa, pantalón, zapatos y americana negras.

Llegó el momento de irse y Elsa abrazó tan fuerte a Lina que casi se cayeron al suelo; menos mal que Elías estaba siempre al quite de las dos y evitó el desastre.

—Mañana vuelvo, dormida, pero vuelvo.

—Aquí te esperamos —contestaron todos.

Luca abrió la puerta de la calle, pero antes de salir se giró para mirarme.

—Mañana hablamos.

Asentí levemente. Y antes de que pudiera decirle algo más, me agarró por la cintura pegándome a él y me besó otra vez delante de los niños.

El beso fue más corto. Más tranquilo. Más contenido. Pero igual de intenso.

Cuando se separó de mí, sonrió acariciándome la mejilla y me guiñó un ojo, haciendo que me deshiciera.

Cerré la puerta todavía con el corazón acelerado, y más se me aceleró cuando oí el grito que pegaron mis sobrinos a mi espalda.

—¡¡¡Por fin!!!

Los cuatro se lanzaron sobre mí al mismo tiempo, rodeándome entre sus brazos.

—¡Ya era hora de que encontraras un novio! Dios ha escuchado mis plegarias —gritó Heidi levantando las manos al cielo.

—No sabemos cómo ha aguantado el ogro tanto en besarte; te miraba de una manera que… parecía que quería comerte —dijo Joel, haciéndome ruborizar más de lo que lo había hecho en mi vida.

—Yo sí lo sé, porque la tía enfadada da más miedo que él cuando frunce el ceño.

La frase de Elías nos hizo reír a todos a carcajadas.

Todos volvieron a abrazarme mientras me repetían una y otra vez lo mucho que se alegraban de que hubiera encontrado un novio que me mirara bonito y de que quisiera cuidarme. Les creí que así sería, necesitaba creerles.