Capítulo 22
Luca
¡Sí, joder, sí! Gritó con fuerza la voz de mi cabeza.
No recuerdo haber reaccionado tan rápido en toda mi vida. La agarré con firmeza de la cintura y me lancé a sus labios.
Y en ese instante en el que por fin nuestros labios se tocaron, sentí como algo explotaba dentro de mí, como el mundo desaparecía a nuestro alrededor, como si en ese momento solo existiéramos ella y yo.
El beso fue brutal. Hambriento. Desesperado.
Era como si lleváramos días reprimiéndonos y necesitáramos saciar ese deseo contenido; en realidad así era: habíamos aguantado demasiado.
Cuando abrió ligeramente la boca y me dio acceso, ahí sí que ya todo se descontroló todavía más. Nuestras lenguas exploraron la boca del otro con un hambre fuera de lo común.
Yara se separó un segundo y soltó un pequeño gemido contra mi boca que me puso más cachondo de lo que había estado en toda mi vida.
Mis manos recorrieron su cintura mientras profundizaba lentamente el beso, saboreándola.
Disfrutando de su sabor, de su calor y de cómo se estremecía entre mis brazos.
Yara sabía a verano. A locura. A algo peligrosamente adictivo.
Sus dedos se hundieron en mi camisa y tiraron de mí para pegarme más a ella y eso hizo que me encendiera todavía más.
La necesidad me golpeó tan fuerte que tuve que contener un gruñido. La levanté de la cintura, la senté en la encimera y me metí bien entre sus piernas. Por instinto me rodeó la cintura con sus piernas.
Me separé de su boca para que los dos pudiéramos coger el aire que empezaba a faltarnos. Pero no por eso paré.
Mis labios descendieron por su mandíbula hasta su cuello mientras ella arqueaba la cabeza hacia atrás jadeando.
—Madre mía —murmuré contra su piel.
Sus dedos se colaron por mi pelo.
—Ni te imaginas las ganas que tenía de que hicieras esto.
Oírla decir eso hizo que me encendiera todavía más.
Volví a besarla con fuerza mientras mis manos recorrían lentamente su espalda, su cintura, sus muslos.
Todo en ella me volvía completamente loco. Su olor, su sabor, su piel, su manera de responderme.
No pude aguantarme más, necesitaba ir más allá, necesitaba hacerle muchas cosas, pero no estábamos en el sitio adecuado. Los niños estaban arriba, sí, pero en cualquier momento podían bajar y sorprendernos.
Así que bajé las manos a su trasero y la levanté de la encimera y comencé a caminar sin separarnos ni un milímetro.
Salimos de la cocina y empecé a subir las escaleras con ella en brazos, guiándome por instinto.
Se separó de mi boca y volvió a mirarme; sus mejillas estaban sonrojadas, sus ojos velados por el deseo y sus labios totalmente hincados por mis besos. Al verla así, tuve la certeza de que estaba totalmente perdido.
—¿Tu habitación?
Estaba tan velada por el deseo que ni me escuchó y eso me hizo sonreír contra sus labios.
—¿Yara?
Parpadeó un par de veces al oír su nombre y me miró fijamente.
—¿Qué?
—Que cuál es tu habitación. Dímelo ya o no respondo y te tumbo aquí mismo en el suelo.
Soltó una risita.
—La segunda de la derecha.
Con pasos rápidos llegué hasta la puerta que me había dicho.
Alargué una mano y abrí la puerta como pude; ni de coña pensaba soltarla. Entré con ella agarrada a mi cuello y cerré la puerta con pestillo incluido.
Me alegré de que tuviera uno, porque lo que iba a pasar en esa habitación no era para que ojos inocentes lo vieran si se diera el caso de que entraban a buscarla.
Caminé con ella en brazos y apoyé una rodilla en la cama para dejarla sobre el colchón con suavidad.
Me separé un poco hacia atrás para observarla bien. Y joder, me di cuenta de que nunca había deseado tanto a una mujer.
Tiré de las sandalias que tenía puestas y las dejé caer al suelo. Subí mis manos lentamente desde sus tobillos hasta sus muslos con lentitud, acariciando lentamente toda su piel.
Metí las manos por debajo de su vestido y con la misma lentitud le quité el tanga que llevaba. Volví a subir las manos de la misma manera y una mano la llevé hasta su abdomen, pero la otra, sin poder resistirme, la pasé por toda su apertura.
Estaba totalmente mojada. Chorreando. Y era por mí.
Cerré los ojos un segundo y suspiré. Tuve que hacerlo para conseguir un poco de calma. Quería ir despacio y que los dos disfrutáramos de nuestro primer encuentro, pero notar el estado en el que estaba me lo estaba poniendo difícil, muy difícil.
Me incliné sobre ella lentamente mientras mis dedos volvían a recorrer sus piernas.
—Dios mío, Yara —murmuré con la voz rota—, ni te imaginas las ganas que tenía de tenerte así.
Yara tragó saliva sin apartar sus ojos de los míos y me sonrió. Esa mirada terminó de volverme completamente loco.
La besé otra vez. Más lento. Más profundo. Como si quisiera memorizar cada sensación.
Mis manos fueron subiendo poco a poco hasta que agarraron el bajo de su vestido y tiraron de él hasta que se lo saqué del todo por la cabeza.
Fue una necesidad. Necesitaba verla. Ella misma se llevó una mano a la espalda y se deshizo del sujetador con rapidez al adivinar lo que quería. Verla sin ninguna barrera.
Cuando la vi completamente desnuda, el aire se me quedó atrapado en el pecho.
Era preciosa. Pero preciosa de una manera que dolía mirarla.
Tenía unas curvas impresionantes, una piel totalmente sedosa. Sus pechos eran los más perfectos que yo había visto nunca, de un tamaño ideal para mis manos, con unos pezones rosados y erectos en esos momentos por el deseo que estaba sintiendo, que llamaban a mi boca a gritos para que los saboreara.
—Joder… eres perfecta.
El rubor que se puso en sus mejillas me hizo sonreír.
—Quítate la camisa, yo también necesito verte, necesito tocarte.
Que me lo pidiera como si fuera un ruego me hizo perder la cabeza un poco más.
Me arranqué la camisa deprisa y, nada más hacerlo, ella pasó sus manos por todo mi pecho, despacio, muy despacio. Lo sentí como si fuera una tortura.
Hacía muchísimo tiempo que una simple caricia no me afectaba tanto. Cerré los ojos un momento disfrutando del momento e intentando mantener el control, pero fue inútil.
Acerqué mi boca y dejé un suave beso en sus labios, empecé a descender por su cuello dejando pequeños besos y pasando mi lengua por su piel, primero por el cuello, su clavícula hasta llegar a sus pechos.
Me relamí al ver sus pezones tan endurecidos esperando por mí.
La escuché jadear cuando empecé a jugar con uno de ellos en mi boca, succionándolo y mordiéndolo, mientras que al otro lo pellizcaba con mis dedos y tiraba con la fuerza justa para no hacerle daño.
—Sí… —susurró arqueándose contra mí.
La agarré más fuerte de la cintura con la mano que tenía libre, pegándola bien a mí para que nuestros cuerpos se rozaran.
—No sabes lo loco que me vuelves, ni te imaginas todo lo que me gustaría hacerte.
Y era verdad. Porque cuanto más la tocaba, más la necesitaba, más la deseaba, más quería hacerla de todo.
Dejé de dar atención a su pezón y descendí lentamente por su cuerpo, besando cada centímetro de su piel hasta que llegué a su monte de Venus.
Yara ya estaba temblando, presa de la anticipación de lo que sabía que le iba a hacer.
Levanté la mirada para ver sus ojos por última vez antes de hundir mi cabeza entre sus piernas.
—Luca…
Jadeó mi nombre con la primera pasada de mi lengua por todo su centro de arriba abajo.
La besé, lamí y penetré con mi lengua despacio al principio, disfrutando de cada reacción que provocaba en ella. Disfrutando de ver cómo se retorcía de placer levantando las caderas buscando más mi boca.
Sus dedos se hundieron en mi pelo mientras arqueaba cada vez más la espalda de forma descontrolada.
—Joder… no pares…
No paré. Al contrario, seguí y seguí hasta que conseguí que todo su cuerpo se tensara de golpe y se dejara ir en mi boca, conteniendo el chillido que quiso salir de su boca, llevándose una mano allí para tapársela.
Después de recoger toda su esencia con mi lengua, subí lentamente por su cuerpo mientras con mis manos terminaba de quitarme los pantalones y la ropa interior.
Al verme acercarme completamente desnudo, abrió más las piernas para que me acomodara entre ellas. Eso me hizo apretar los dientes.
—Yara… —murmuré más serio—. Si quieres que pare, dímelo ahora. Porque cuando entre en ti ya no habrá vuelta atrás, serás mía.
Llevó su mano a mi cara y me acarició lentamente. Y lo que dijo después me atravesó por dentro.
—Llevo demasiados días deseando ser tuya, así que no pares, por favor.
Aquellas palabras acabaron de romper la poca resistencia que me quedaba.
Mirándola a los ojos, entré en ella de una sola embestida que nos hizo soltar el aire que estábamos conteniendo los dos a la vez.
Cerré los ojos un segundo apoyando la frente en la suya.
—Joder… te sientes tan bien, eres perfecta para mí.
Empecé a moverme despacio, muy despacio. Quería disfrutarla, quería sentir cómo me apretaba desde dentro, quería sentir cómo su humedad envolvía mi miembro, quería sentirlo todo despacio, pero mantener el control con Yara era imposible.
Sus jadeos fueron en aumento a la misma vez que lo hicieron mis embestidas, cada vez más fuertes, más certeras, más profundas.
—No sabes lo difícil que ha sido resistirme a ti —gruñí contra su piel mientras aumentaba el ritmo—. Viéndote cada puto día, provocándome con la mirada.
Tiró de mi nuca para acercarme a su boca y, antes de volver a besarme, dijo algo que me hizo perder el control por completo.
—Entonces deja de resistirte.
A partir de ahí, el ritmo se volvió intenso, salvaje, profundo.
Bombeé dentro de ella con fuerza hasta que conseguí que se corriera por segunda vez.
—Ahora voy a subir esto un poco más de nivel. Si te molesta o no te gusta, dímelo y paro —le advertí respirando con dificultad.
—Yo también necesito que sea más fuerte.
Pues dicho y hecho.
La giré en la cama y tiré de sus caderas hacia mí para que se quedara a cuatro patas en la cama.
Agarré su cadera con una mano, quizá con más fuerza de la necesaria, pero no se quejó.
Con la otra mano agarré su pelo, envolviéndolo en mi puño, y cuando estuvo lista, entré en ella de un solo empellón.
El grito que soltó me atravesó entero, y ya no pude parar.
Mis embestidas se volvieron rápidas, duras, completamente desesperadas.
Yara no dejó de jadear mi nombre y pedirme que le diera más y más.
Le di un azote en el trasero y el gemido que salió de su boca me hizo perder la poca cordura que me quedaba. Joder, era perfecta para mí, era como si la hubieran moldeado para encajar conmigo.
—¿Quieres más?
—Sí, por favor.
Ese por favor, me descontroló del todo.
Seguí moviéndome dentro de ella con fuerza, sin parar, sin darnos tregua a ninguno de los dos. No paré hasta que los dos explotamos en un orgasmo brutal al mismo tiempo.
Caímos rendidos encima del colchón con la respiración acelerada y el corazón bombeando a toda velocidad.
—Ha sido brutalmente delicioso.
Giré la cabeza para mirarla y con mi brazo la atraje contra mi pecho.
—Y más que lo va a ser —murmuré besándole el pelo—. Porque no pienso dejarte dormir en toda la noche.
Sonrío contra mi pecho y me dejó un suave beso allí cerca de mi corazón.
—Vecino, espero que eso sea verdad y no me decepciones.
—Lo es —contesté antes de volver a besarla con pasión.