Capítulo 21
Luca
Subí las escaleras detrás de Yara, intentando concentrarme en cualquier cosa que no fuera ella, pero fue un fracaso absoluto.
Porque verla subir delante de mí, con aquel vestido corto moviéndose sobre sus piernas y ese maldito balanceo de caderas, hizo que mi cuerpo reaccionara al instante.
Mi miembro no dejaba de dar sacudidas dentro de los pantalones, pidiendo, no, exigiendo atención.
Yo también quiero y necesito esa atención, no creas que eres el único, le dije mentalmente.
Solté un resoplido grave sin poder evitarlo y Yara giró la cabeza al oírme.
—¿Estás bien?
Si ella supiera lo poco bien que estaba y lo que necesitaba más que nada en esos momentos, lo mismo salía corriendo. Si supiera que quería llevármela donde fuera y follármela sin descanso toda la noche, lo mismo me echaba de la casa de una patada en el culo.
O igual ella quiere lo mismo, me susurró esa vocecita maliciosa en la cabeza para excitarme aún más.
Me pasé una mano por la nuca y mascullé.
—Si te digo cómo estoy, no te lo crees.
Su mirada bajó instintivamente desde mis ojos y me recorrió el cuerpo entero de arriba abajo sin dejarse ni una parte sin mirar. Al darse cuenta del bulto en mis pantalones, abrió los ojos como platos.
Un pequeño jadeo salió de su boca y eso hizo que al oírla mi sangre hirviera todavía más, y no solo eso, porque el dolor de huevos que se me estaba poniendo de tener eso ahí apretado dentro de mi ropa interior ya era casi insoportable.
—No digas nada y sigue andando porque, como sigas mirándome de esa manera y hagas que me encienda solo un poquito más, no respondo de mí y no llegamos a la buhardilla.
Vi cómo sus pupilas se dilataban y cómo se pasó la lengua por su labio inferior. Madre mía…
Di un paso hacia ella y no reculó. Alargué la mano y cuando iba a tocarle la parte de atrás de los muslos, un grito de los chicos riéndose a carcajadas volvió a romper el momento.
Y menos mal, porque no sé si hubiera sido capaz de controlarme y si no hubiera acabado tumbándola allí mismo en las escaleras.
Cerró los ojos un segundo intentando recuperar la compostura y volvió a recuperar el paso subiendo a toda prisa las escaleras.
La seguí. ¿Cómo no hacerlo si era como un imán poderoso que tiraba de mí sin remedio?
Cuando llegamos arriba, el caos infantil explotaba por todas partes.
Joel estaba peleándose con la televisión intentando encontrar la película que iban a ver.
Heidi intentaba, sin mucho éxito, colocar los sacos de dormir en fila.
Lina y Elsa daban saltos, descalzas encima de uno de los sofás, y Elías colocaba cuencos de palomitas y chucherías encima de la mesa con una precisión casi milimétrica.
Yara se puso las manos en la cintura y yo sonreí al verla en esa pose de madre regañona.
—¡Eh! ¡Terremotos! Bajad un poco el volumen.
Nadie le hizo caso. Ella suspiró resignada y miró a Joel.
—Te quedas al cargo.
—Sí, sí, tranquila. Aquí nadie va a liarla hoy.
—Joel…
—Bueno, al menos lo intentaremos.
Yara soltó una risa cansada, pero los miró con tanto amor a todos, que se me calentó el alma al verlo.
Los adoraba, de eso no había duda, eran su vida, su razón para existir, y ahora mi hija también entraba en ese lote, por eso estaba allí con todos ellos.
Y eso me gustó, joder, me gustó muchísimo.
—Cualquier cosa, estaré abajo.
—Ve tranquila, de verdad, de aquí no vamos a salir.
Joel solo tenía quince años, pero por lo que había podido ver y observar durante los días que le conocía y mucho más durante la fiesta, era muy maduro para su edad. Y su nivel de protección con todos era altísimo, incluida Yara.
Me acerqué a Elsa y ella paró de saltar para mirarme interrogante. Acomodé un mechón de su pelo detrás de la oreja, uno de los muchos que se le habían salido de la coleta improvisada que Yara le había hecho en un momento dado en el jardín, y le hablé con tono serio.
—Pórtate bien, ¿vale?
Ella puso cara de ofendida.
—Yo siempre me porto bien.
Todos soltaron una carcajada al oírla, incluido yo. Y no por lo que había dicho, sino por su pose con los brazos cruzados y el gesto de poner los ojos en blanco como si fuera imposible tratar conmigo.
Dudó un momento después de eso y algo se le pasó por la cabeza; lo vi y sabía que no iba a callárselo. Ya no se callaba nada de lo que pensaba, como había estado haciendo durante meses, y eso también tenía que agradecérselo a Yara y a los chicos, que me estaban devolviendo a mi niña.
—¿Tú también te vas a quedar a dormir aquí?
Crucé una mirada con Yara. Ella apartó la suya demasiado rápido y algo dentro de mí disfrutó de eso, porque me di cuenta de que estaba empezando a ponerse nerviosa, mucho más de lo que en realidad aparentaba.
—Bueno… si me ceden una habitación, puede que sí.
Elsa chilló emocionada.
—¡Sí! ¡Yara, por favor, deja que se quede! Así mañana desayunará con nosotros.
Yara se aclaró la garganta.
—Bueno, ya veremos.
Después de esa respuesta, se cruzaron entre todos algunos comentarios más y cinco minutos después los dos salimos de allí cerrando la puerta a nuestra espalda.
No dejé ni que diera dos pasos. Me acerqué por detrás e incliné mi cabeza hacia su oído.
—¿Vas a dejarme una habitación o vas a hacerme sitio en la tuya?
Noté cómo se estremecía y sonreí hacia dentro, contento de ser yo el que consiguiera esa reacción en ella.
No me contestó, simplemente bajó las escaleras demasiado rápido. Y yo fui detrás de ella hasta la cocina pensando que esa tensión que había entre los dos o la resolvíamos pronto o sería imposible seguir así sin volvernos completamente locos.
Cuando llegamos a la cocina, ella apoyó las manos en la encimera fingiendo que estaba recogiendo unas cosas que ni siquiera necesitaban ser recogidas.
No lo pensé y no dudé, solo actué.
Me coloqué a su espalda y apoyé mis manos en la encimera muy cerca de las suyas, dejándola acorralada entre mis brazos.
—Creo que tenemos una conversación pendiente.
Suspiró.
—Creo que ya hemos dicho bastante por hoy.
Me pegué un poco más a ella y le susurré al oído.
—Mírame, por favor, necesito ver esos ojos verdes que me tienen loco.
Volvió a suspirar, pero se giró lentamente.
Y cuando levantó la mirada y clavó esos ojos verdes que, como le acababa de decir, me volvían loco, tuve que contenerme para no perder la cabeza.
No, al menos hasta que le dijera lo que tenía pensado decirle.
Cogí aire y tragué saliva.
—Quiero ser sincero contigo.
Vi cómo contenía la respiración.
—Aún siento cosas por mi mujer —admití con honestidad—. No voy a negarlo porque sería injusto para ti y para mí.
Yara bajó un instante los ojos para que no viera todas las emociones que pasaban por ellos en esos momentos, aunque tampoco me hacía falta verlos porque me podía imaginar lo que podía estar sintiendo al oírme.
Una mezcla entre decepción y esperanza. O al menos así me hubiera sentido yo en el caso contrario.
Lo bueno fue que no se apartó, así que seguí.
—Clarissa fue muy importante en mi vida, y una parte de mí todavía sigue atrapada ahí.
Mi voz salió más ronca de lo normal.
—Pero también estoy empezando a sentir algo por ti.
Sus labios se separaron apenas para decir algo, pero en el último momento, al parecer, se arrepintió y volvió a cerrarlos.
—Y ya no puedo fingir que no pasa nada.
Me incliné un poco hacia ella, lo justo para notar su respiración un poco agitada contra mi cara y cómo su cuerpo temblaba levemente por mi contacto.
—No quiero que esto sea solo un polvo, Yara. Antes he dicho una estupidez porque estaba asustado y confundido. Pero sería mentirme a mí mismo y a ti si siguiera diciendo que solo quiero eso contigo.
Hice una pausa y dejé salir un poco el aire que me estaba apretando los pulmones antes de seguir.
—Quiero que empecemos algo, lo que tú quieras, al ritmo que tú quieras, pero algo.
Su pecho empezó a subir y a bajar cada vez más deprisa. No pude contenerme más e hice algo que al parecer los dos necesitábamos.
La pegué un poco más contra la encimera para que notara exactamente el efecto que tenía sobre mí.
En cuanto notó mi erección contra su muslo, un jadeo salió de su garganta y, al oírla, tuve que apretar los dedos haciendo fuerza contra la encimera y apretar los dientes para controlarme y no correrme allí mismo como si fuera un adolescente.
—Luca…
—No puedo resistirme más a ti, Yara.
Me miró dudando y vi cómo sus pensamientos iban a toda velocidad, como si quisiera decidir algo muy importante, como si estuviera en una encrucijada. La de aceptar y lanzarse a la piscina o, por el contrario, echarse atrás y dejar que nada pasara.
Unos segundos después vi el momento exacto en el que tomó la decisión. Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.
—Vecino… deja de mirarme y bésame.