Vecino, deja de mirarme y bésame Capítulo 20
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Capítulo 20

Yara

Me giré y ahí estaba Luca, como había supuesto.

Demasiado serio, demasiado cerca y demasiado guapo para mi paz mental y para que mi cuerpo no reaccionara a ello.

Mi cuerpo se tensó totalmente cuando de un solo movimiento me pegó totalmente a su cuerpo.

—¿Qué haces?

—Quiero bailar contigo.

—Pues mala suerte, yo no.

Sus dedos me apretaron un poco más la cintura, no como para hacerme daño, sino para decirme que no me iba a dejar irme.

—Yara…

—No tienes que decir nada, me ha quedado todo muy claro.

Apretó la mandíbula.

—No era eso lo que quería decir.

—Sí, sí lo era.

—No.

Solté una breve risa amarga.

—Mira, Luca, no pasa nada, de verdad. Ya sabía que sigues enamorado de Clarissa. Lo sé porque se nota. Tu mirada cambia cuando Elsa la nombra delante de ti.

Sus ojos se oscurecieron.

—Eso no significa…

Le corté porque no quería oír algo que seguramente no era verdad, algo que dijera para intentar que lo que había dicho de mí no sonara tan mal.

—Puedes quedarte tranquilo, no espero nada de ti, ni siquiera una amistad. Ya sabía desde el primer día que no tenía ninguna posibilidad contigo.

Llevó su mano hasta mi cara y con dos dedos en mi barbilla hizo que subiera la cabeza para que le mirara.

Sus ojos eran puro fuego en esos momentos. Desde que nos conocíamos me había mirado con intensidad, pero, joder, en esa mirada había muchas más cosas, cosas que no entendía o no quería pararme a pensar en ellas.

—Estás muy equivocada.

—No. Lo único que pasa es que te gustaría acostarte conmigo. Y créeme, eso ya lo había notado.

Su mirada descendió un instante hasta mi boca antes de volver a subir a mis ojos.

—Bueno… creo que eso no es un secreto entre nosotros, los dos lo deseamos desde el primer día.

El corazón me dio un vuelco total. Porque, joder, la forma en la que me estaba mirando hizo que me humedeciera entera.

—Pero quizás no he sido del todo sincero conmigo mismo, por eso he dicho eso antes.

Tragué saliva.

—Ah, ¿no?

—No.

—¿Entonces?

—Entonces me gustaría que habláramos claro.

Me quedé quieta sin saber qué contestar, enganchada a su mirada y él a la mía. Sin saber si aceptar su proposición de poner las cartas sobre la mesa sería una buena idea o la peor de todas.

Me apretó un poco más contra él; ya apenas pasaba ni el aire entre nuestros cuerpos. Volvió a mirar mi boca y yo la suya.

Un grito a nuestro lado y un breve empujón de dos niños que pasaron corriendo rompieron el momento.

Me separé un paso atrás. Necesitaba aire.

—Déjalo estar, Luca, de verdad. Lo mejor es que mantengamos las distancias.

No era verdad, no quería eso, lo quería todo con él.

Me había dado cuenta en el momento que lo tuve tan cerca, en el momento que su mirada me estaba atravesando, en el momento que sus manos estaban en mi cuerpo, que no solo era atracción. Era algo más.

Me estaba enamorando de él. Si no lo estaba ya. Y guardar las distancias era lo mejor para no sufrir. Porque tenía claro que él nunca me correspondería.

Él negó lentamente con la cabeza, y cuando volvió a mirarme, algo dentro de mí tembló.

—Eso ya no va a poder ser.

Mi respiración se aceleró y le miré confundida.

—¿Por qué?

—Porque ha llegado un momento en el que ya no puedo seguir, ni tampoco quiero, fingiendo que no me pasa algo contigo.

La hostia…

El corazón empezó a latirme tan fuerte que pensé que me desmayaría allí mismo.

—Luca…

—Yara…

Abrió la boca para decir algo, pero Elsa se metió entre nosotros riendo y le agarró la mano.

—¡Papá! ¡Ven! ¡Joel está intentando tirarse desde el borde de la piscina haciendo una voltereta! Tienes que verlo.

Luca cerró los ojos un momento y soltó un resoplido. Nos miramos y sonreí negando con la cabeza.

—¡Vamos! —insistió Elsa.

—Esto no se acaba aquí —me susurró.

No fui capaz de contestarle; el nudo que tenía en la garganta por lo que acababa de pasar me lo impidió.

Así que solo asentí con la cabeza, antes de verlos marchar a los dos en dirección a la piscina.

El resto de la tarde pasó demasiado rápido. Los invitados empezaron a marcharse poco a poco. A los padres les costó lo suyo convencer a sus hijos de que era tarde y de que ya bastante habían disfrutado.

Celia y Peter fueron los últimos en marcharse.

Peter me dio un abrazo y un beso y salió de la casa para darnos a Celia y a mí unos minutos para hablar a solas.

Era un hombre estupendo, el mejor que mi amiga podría haber encontrado. Llevaban juntos ya diez años, casi desde el mismo momento en que ella empezó a trabajar en la clínica dental que él tenía en el pueblo.

Lo suyo fue un flechazo en toda regla.

Estuvieron seis años de novios y ya llevaban cuatro casados, y esperando que el momento de aumentar la familia llegara, ya que, según me había dicho Celia en una de nuestras largas charlas, esa semana se habían puesto a ello hacía un mes.

Celia y yo nos conocíamos desde el colegio.

Las dos teníamos el mismo grupo de amigos, ese que desapareció del mapa, como Liam, cuando mi vida cambió y ya no podía hacer vida social.

Que no es que me metiera en una cueva y no saliera, pero con cuatro niños tan pequeños, sobre todo Lina, que tenía un año cuando todo pasó, no me quedaban ni ganas ni tiempo para salir de fiesta, a cenar, de viaje de fin de semana y cosas así.

Así que todos me fueron dejando de lado y ellos siguieron con su vida sin responsabilidades ni preocupaciones como tenía yo. Pero Celia no lo hizo. No se apartó de mi lado, ni me dejó.

Todo lo contrario, fue en muchos momentos en los que estuve a punto de caer la mano que me ayudó a mantenerme en pie. Era más que mi amiga, era familia, al igual que Peter, que también me había ayudado y escuchado mucho durante todos esos años duros que había pasado.

Nos abrazamos para despedirnos y cuando se retiró, vi ese brillo pillín que tenía siempre en sus ojos cuando iba a decir algo en modo confidencia.

—Aquí va a pasar algo gordo.

Suspiré.

—No empieces.

—Joder, he visto cómo te mira, Yara.

—Y yo ya te he dicho lo que dice.

Entre las dos no había secretos, así que cuando después de oír la conversación entre Luca y Thomas, ella me había pillado en la cocina demasiado pensativa y con mala cara, se lo conté.

—Una cosa es lo que se dice con la boca y otra lo que dicen los ojos. Y esos nunca mienten.

La volví a abrazar.

—Ya hablaremos.

—Yara, no te cierres. No todos son como Liam. Si esto está de pasar, pasará por mucho que tú no quieras. Contra el destino no se puede luchar; tú lo sabes mejor que nadie.

Tragué saliva, o lo intenté. Porque en eso tenía toda la razón del mundo. Lo que el destino tiene escrito para nosotros no se podía evitar, hicieras lo que hicieras.

—No quiero sufrir.

—Lo sé, pero también sé que si no te arriesgas, ni sufrirás ni sentirás.

—Celia…

—No, escúchame. Es mejor arrepentirse de lo que uno ha hecho que de lo que dejó por hacer. No puedes dejar de vivir algo bueno por miedo a que salga mal y sufrir. Tú no eres así, tú eres valiente, eres una luchadora.

Joder, pues no me iba a hacer emocionarme y todo.

Contuve las lágrimas y asentí con la cabeza.

—Vale…

—Bien, esa es mi chica. Además, si sale mal, pues que le den, pero por el camino que te dé unos buenos orgasmos, que falta te hacen. Y me parece a mí que el ogro tiene pinta de en ese terreno ser bueno.

La madre que la parió. No pude evitar echarme a reír.

—Anda, vete ya, que el pobre Peter te está esperando.

—Sí me voy ya, que esta noche espero que a mí también me den unos cuantos.

Salió por la puerta riéndose mientras yo negaba con la cabeza, pero riéndome también por las burradas sin filtro que soltaba algunas veces.

Me di la vuelta para ir a buscar a los niños y me los encontré de frente acompañados por Luca y Thomas.

—¿Listos para la pijamada?

Todos empezaron a gritar que sí y salieron disparados hacia las escaleras para subir a la buhardilla.

—¿Queréis ver dónde van a dormir?

—Yo me apunto —contestó Thomas enseguida.

Pero ni un segundo después se quedó mirándonos a los dos y sonrió lentamente.

—Aunque pensándolo bien, creo que va a ser mejor que me vaya retirando.

Luca frunció el ceño.

—¿Ya te vas?

—Sí, he quedado con una amiga en Zúrich.

Tuve que morderme el labio para no echarme a reír, porque era experta en excusas; joder, que vivía con cuatro niños y esa sonó a la madre de todas las excusas. Se vio clarísimo que quería que Luca y yo nos quedáramos solos.

Ni tiempo a decir más nos dio; con un "ya nos veremos", se dio la media vuelta y se marchó, dejándonos solos, al pie de las escaleras.