Capítulo 19
Yara
Deambulé por el jardín con una sonrisa pegada en los labios mientras recogía vasos vacíos, colocaba platos y atendía a unos y a otros. Pero por dentro estaba lejos de allí. Muy lejos.
Mi mente estaba anclada en el momento en el que había oído a Thomas y a Luca hablar junto a la mesa de comida.
Las palabras de Luca seguían clavadas dentro de mí como si fueran una astilla y se repetían en bucle una y otra vez sin dejarme pensar en nada más.
“Sí que me la follaría, pero nada más”.
A esa frase se podía resumir la conversación que habían tenido.
Y cada vez que la conversación se repetía en mi cabeza, algo me apretaba por dentro, algo que hacía que un regusto amargo me subiera a la garganta después de estrujarme el estómago.
Y no era porque esperara amor eterno por parte de un hombre que apenas conocía.
No porque me hubiera imaginado una historia de película, sino porque dolía sentir que alguien te reducía, alguien que encima te gustaba, te reducía solo a eso.
A un cuerpo, a un rato, a un polvo.
Me lo había negado los primeros días, pero con el paso de ellos no pude hacerlo más. Luca me gustaba y mucho.
Me gustaban sus silencios. Sus miradas intensas. Incluso me gustaba cuando se ponía en plan ogro y se enfadaba conmigo.
Todo, me gustaba todo de él.
Eso era preocupante para mi salud mental, así que después de escuchar esa conversación con su amigo, había decidido mantener las distancias.
Esas que yo había intentado acortar sin ningún resultado y que él cada día me dejaba más claro qué era lo que quería.
Pues deseo concedido, Luca, ya tienes lo que querías, le dije mentalmente.
Con mi decisión tomada, eso era lo que había hecho el resto de la tarde. Ignorarle.
No volví a mirarle directamente. Me aparté cuando estaba demasiado cerca. Y no crucé ni una sola palabra más con él.
Pero sorprendentemente, y eso fue algo que me descolocaba porque no le encontraba ninguna lógica, noté cómo mi actitud, dándole lo que quería, en vez de aliviarle, le molestaba.
Noté cómo había intentado varias veces buscar mi mirada. Cómo se había acercado sutilmente para hablarme y cómo, al no conseguir su propósito, su mandíbula se tensaba y sus resoplidos cada vez fueron más constantes.
No entendía su actitud y no quise comerme la cabeza buscando una explicación, así que seguí en esa línea.
Cuando llegó el momento de repartir la tarta, intenté apartar todos esos pensamientos que lo único que hacían era hacerme daño y rayarme la cabeza, y me concentré en los niños.
Lina sopló las velas mientras Elsa chillaba: "Felicidades, amiga", a su lado, riendo a carcajadas.
Heidi a su lado daba manotazos a Joel, que estaba intentando robar un par de fresas de la tarta.
Y Elías intentaba escabullirse a una hamaca para engancharse un rato con uno de sus libros; demasiado había aguantado ya sin leer ni una sola línea toda la tarde.
Me los quedé mirando y sonreí.
Pensé que si los tenía a ellos no necesitaba nada más; eran mi vida, eran la razón por la que me levantaba cada mañana y, si mi vida tenía que ser así, sola con ellos y sin ningún hombre, pues que así fuera.
Total, así llevaba casi seis años, pues podrían ser muchos más. Incluso el resto de mi vida.
Mientras todos alrededor reían y le entregaban a Lina sus regalos, mi mente se fue a muchos años atrás.
Concretamente, a dos meses después de morir mi hermana y Hans, cuando como tenía poco encima, la vida decidió darme otro palo más.
Liam…
Él era mi novio, con el que llevaba saliendo ya cuatro años, con el que tenía planes para casarme, con el que tenía muchos planes de futuro.
Y con él experimenté la mayor decepción de mi vida cuando se enteró de que me iba a quedar al cargo de mis sobrinos.
Me dijo que él no estaba dispuesto a cargar con los hijos de nadie y que eligiera, o él o los niños.
No hace falta explicar cuál fue mi decisión, ¿no?
Lo quería, estaba enamorada de él, pero bajo ningún concepto iba a dejar a mis sobrinos en un orfanato para seguir mi vida con él.
Y no porque me sintiera en la obligación de quedarme con ellos porque su madre lo hubiera hecho conmigo, sino porque ni mi corazón ni mi razón me hubieran dejado hacer otra cosa.
Cuando le comuniqué mi decisión, le faltó tiempo para decirme cosas horribles y, cuando terminó de despacharse a gusto, se dio la media vuelta y se largó, no solo de mi casa, que fue donde estábamos hablando, sino también de mi vida.
Ese día blindé mi corazón y me prometí a mí misma que no dejaría que ningún hombre volviera a hacerme daño.
Pero al parecer ese blindaje llevaba tantos años ahí que estaba empezando a tener grietas y eso sí que no; tendría que repararlas y dejarlo sin fisuras.
Sacudí la cabeza para apartar ese momento de mi vida que no sabía por qué había venido a mi mente en ese momento.
Bueno, sí lo sabía, porque Luca era el que estaba colándose por esas grietas. Pero no se lo permitiría, me prometí a mí misma.
Me acerqué a la mesa y empecé a repartir platos con la tarta a todos los que quisieron comerla.
Luca y Thomas se acercaron a por su trozo.
El primero no habló, aunque sí que buscó mi mirada, esa que no encontró porque no se lo permití. En cambio, el segundo empezó a bromear conmigo y a hacerme reír.
Tenía que admitir que Thomas me había caído estupendamente; no tenía nada que ver con Luca, eran totalmente opuestos.
Thomas era abierto, divertido y fácil de tratar.
Mientras hablábamos, noté la tensión que se estaba interponiendo entre los tres y decidí buscar una salida fácil. Le pregunté si quería bailar y le faltó tiempo para arrastrarme hasta la pista improvisada que los niños habían hecho en el jardín.
Me agarró por la cintura y empezamos a movernos al ritmo de la música mientras él hacía pasos exagerados y yo reía sin poder evitarlo.
—Tengo que decirte algo —me soltó de pronto.
—Miedo me das.
—Tu vecino está a punto de asesinarme con la mirada.
No pude evitar reírme.
—Eso no es extraño, lo hace siempre con todo el mundo.
—No, créeme, esto es distinto.
Negué con la cabeza aun sonriendo.
—No te montes películas, solo está enfadado porque soy una entrometida de manual.
—No cuela.
—¿Qué no cuela?
—Que entre vosotros no pasa nada. No le he creído a él y tampoco te creeré a ti.
Suspiré despacio.
—Pues debería no pasar.
Thomas me observó con atención mientras me daba otro giro exagerado.
—Has oído toda la conversación, ¿verdad?
Mi sonrisa se apagó un poco, porque me vino otra vez de golpe a la cabeza.
—Sí.
—Luca es idiota.
—No hace falta que le excuses.
—No le estoy excusando, estoy diciendo la verdad.
Me encogí de hombros.
—Tampoco dijo nada que no fuera verdad.
—Ah, ¿no?
—No, sé perfectamente que sigue enamorado de su mujer. Se le nota en la mirada cuando Elsa la nombra en su presencia. Además, ella me ha contado cómo en casa se pasa mucho tiempo mirando sus fotografías y cómo se pone triste cuando lo hace.
Hice una pausa y tragué saliva.
—Y también sé que yo no soy una mujer para él.
Thomas soltó una risa sin humor.
—¿Tú te has visto?
—No hablo físicamente.
—Pues él no se está fijando solo en el físico cuando te mira, cosa que no ha dejado de hacer en toda la tarde, por cierto.
—Mira, Thomas, seré sincera. Luca me gusta, mucho, muchísimo en realidad.
Cerré los ojos un segundo mientras hacía una pausa.
—Pero he entendido perfectamente lo que ha querido decir, por mucho que pueda parecer que su mirada diga otra cosa. Quiere un par de polvos y ya está.
Frunció el ceño.
—No creo que sea tan simple.
—Pues va a tener que serlo.
—¿Por qué?
—Porque él tiene el corazón ocupado y yo el mío blindado, así que perfecto. Todo controlado. Si pasa algo, será un polvo como él ha dicho, con cero complicaciones.
—No te lo crees ni tú.
Abrí la boca para contestarle, pero algo me lo impidió.
Sentí unas manos en mi cintura, firmes y calientes, y sin girarme, ya supe de quién eran, y lo supe por el escalofrío que me recorrió todo el cuerpo.
Thomas me sonrió despacio y me guiñó un ojo antes de apartarse.
—Te dejo con el ogro, que creo que viene a comerte —me susurró.
Capullo, le dije mentalmente mientras apretaba los dientes.